POR: Chilango Páez Jueves, 29 Octubre 2015

 

En medio de los árboles y los edificios blancos aparece refundido un gran espacio dedicado al arte y a la academia. Este es el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia.

Muchos estudiantes de la misma universidad ni siquiera saben qué sucede en el primer edificio a la izquierda de la entrada principal del campus de Bogotá. Se trata del escenario que ha comisionado más obras en la última década en Colombia, que ha traído a artistas desde Japón (por nombrar un solo país) para crear montajes alucinantes y demostrar que el arte contemporáneo no es una cosa que toca ver con la mano en la barbilla o con muchos millones en el banco. Con el respeto que merecen otros museos del país –especialmente el de Arte Moderno de Medellín–, nadie ha hecho un esfuerzo tan grande para construir en Colombia exposiciones de talla internacional por fuera del mercado. Eventos como ArtBo y Odeón, muy necesarios para consolidar el arte como parte de la agenda cultural del país, están más enfocados en el coleccionismo; por otra parte, muestras como la de Andy Warhol hace unos años (de nuevo, por poner un solo ejemplo) se basan en colecciones ajenas, no en obras que se muestren en exclusiva.

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Fotografía de Wilmar Lozano

Nombres como Clemencia Echeverri, Hannah Collins, José Alejandro Restrepo (en la foto de arriba), María Elvira Escallón, Óscar Murillo, Vicky Neumann y Carlos Bunga han trabajado en el Museo de la Universidad Nacional para crear obras que no se limitan a un medio (pintura, escultura, fotografía o instalación) sino que sacan provecho del gran espacio y construyen exposiciones únicas, prácticamente irrepetibles.

Una de las más contundentes fue El camino corto, de Miguel Ángel Rojas, en la que se usaron billetes de dólar, figuras precolombinas, estrellas al estilo de Hollywood Boulevard y polvo de coca (mambe) para cuestionar los alcances del narcotráfico por encima de la lucha contra las drogas o cualquier opinión moral –lo mejor de todo: nunca se vio la cara de Pablo Escobar–. La exposición después se llevó al Instituto Nacional de Bellas Artes de México.

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Fotografías de Wilmar Lozano

También se han realizado muestras colectivas con artistas como Antonio Caro, Beatriz González, Bernardo Salcedo, Feliza Bursztin, Juan Fernando Herrán, Delcy Morelos y Álvaro Barrios, algunos de los nombres más importantes de las artes plásticas del último medio siglo en Colombia. Por ejemplo, en Selva Cosmopolítica se crearon diferentes piezas para hablar de la cuenca amazónica, incluyendo un contenedor que parecía sumergido en medio del museo. Desligada de discursos ecológicos acartonados (y a pesar del material), la obra de Miler Lagos era tal vez la más impresionante de todas: árboles gigantes –como traídos de la selva pero realizados con materiales reciclados– se acoplaron bajo techo en la sala principal del Museo. La sensación era bastante surrealista.

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Fotografías de Wilmar Lozano

Además de los artistas ya mencionados, personalmente destaco las exposiciones de Luis Camnitzer y de Ryoji Ikeda. La primera fue realizada en conjunto con la Daros Latinamerica Collection, de Suiza, y reunió cerca de setenta obras de uno de los artistas suramericanos más ignorados e irreverentes del último medio siglo. Se trataba de un recorrido sarcástico a lo largo del esnobismo y el coleccionismo, una burla a la firma como moneda corriente en el arte, escenarios construidos con palabras y árboles con lápices, cuadros que decían “Este es un espejo y usted es una frase escrita”… Entre otras grandes obras de la retrospectiva, en el espacio central de la exposición uno podía llevarse fotocopias selladas con la firma de Camnitzer con mensajes como “MIRAR SIN PAGAR ES ROBO”.

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Fotografía de Juan Pablo Gutiérrez

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Fotografía de Wilmar Lozano

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Fotografía de Juan Pablo Gutiérrez

Por su parte, la muestra del japonés Ikeda, bautizada Datamatics, combinaba video y sonido de una manera sorprendente; esta obra comisionada superaba cualquier etiqueta conceptual y se ubicaba más del lado del espectáculo que de lo que la gente suele esperar de los museos. Incluso había poltronas para sentarse a contemplar la muestra; como anécdota, un amigo que fue con su hija de tres años me dice que la niña no se quería ir: en el museo uno se sentía como en un concierto de Nine Inch Nails o de U2 pero no tocaba aplaudir ni corear canciones.

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Fotografías de León Darío Peláez

Por supuesto, el Museo de Arte también sirve como espacio académico y expone trabajos de grado u obras de alumnos –el evento más llamativo es el Salón Cano, que reúne creaciones de estudiantes en diferentes medios alrededor de una curaduría–.

El Museo siempre ofrece visitas guiadas (algunas veces de la mano con los artistas expositores) y, si a usted le da pereza que lo lleven como borrego, también realizan unos catálogos buenísimos, muchos de los cuales funcionan como afiches o piezas de colección.

Pero quién sabe cuáles son los motivos por los que poco se sabe de este Museo y la asistencia no es masiva, excepto por algunas inauguraciones (la de Óscar Murillo parecía un partido de fútbol). Me atrevo a especular con que a muchos ciudadanos les da miedo ir a la Universidad Nacional porque creen que ahí todos los días explotan bombas (cosa que muy rara vez sucede, en realidad), aunque ni siquiera sepan que el Auditorio León de Greiff (a pocos metros del Museo) es la casa de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. También hay que hacer el regaño de abuela y decir que la mayoría de los colombianos se sabe de memoria las versiones de Una noche en el museo pero jamás ha pisado un museo de verdad por iniciativa propia –es decir, si ha ido es por obligación escolar–. Eso reduce la audiencia de espacios como este que, sin quererlo, se limitan al público que se dedica de alguna manera al arte.

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Sin embargo, y justamente para contradecir cualquier sospecha de ser un espacio excluyente, lo más destacable del Museo de la Universidad Nacional es el criterio que le ha dado María Belén Sáez de Ibarra: su objetivo parece ser que la ciudad tenga la posibilidad de vivir el arte con experiencias únicas (así suene a infomercial), sin basarse únicamente en colecciones y sin pensar en las obras como objetos de consumo. Eso no significa que lo otro esté mal, solo que a Colombia no le sobran estos escenarios, que le permitan a los espectadores quedarse con un recuerdo que no venden en la tienda de suvenires.

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Arte