TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Nicolás Rocha Cortés Miércoles, 06 Abril 2016

 

Ella es una artista que convierte a las vajillas y a las teteras en una forma de expresión.
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“Empecé porque así pasa la vida, porque sí”.

Las vajillas forman parte de la identidad de los hogares. En un apartamento al norte de Bogotá, con una gran ventana que muestra el enladrillado edificio de enfrente, vive María Paula Barón Aristizabal, una artista colombiana con 26 años y mil platos.

Tal vez es la expresión, el material, la tradición que tiene o la idea de comer lo que la sedujo de la cerámica. Quizá es su disciplina, o su constante búsqueda del ser lo que la situó entre pocillos y teteras. A lo mejor es su fuerte herencia entre cachaca y quindiana la razón por la que, a tan corta edad, resulta ser un referente en el peculiar arte sobre cerámica.

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Lo que sí es verídico es que, como quien no quiere la cosa, esta bogotana encontró su camino tras un mal llamado accidente. Emanando la figura de Alexander Fleming al descubrir la penicilina, María Paula, antes de ser reconocida por su marca (Barón Aristizabal), realizaba prints, creía que le gustaba la ropa pero sentía que siempre estaba fuera de lugar. Lo que hacía era divertido pero considera que no era algo que las personas quisieran tener. No era algo horrible pero no pertenecía al lugar donde se encontraba, afirma.

Así fue como, durante su maestría en moda y textiles realizada en The Glasgow School of Art en el año 2012, notó lo raro que era para ella estar ahí. Al volver a Colombia trabajó para Protela como freelance y producía cincuenta prints, de los cuales le compraban veinte; los 30 restantes se quedaban intactos en su computador. 

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Para ese entonces, ya ejercía como profesora en la Universidad de los Andes. Al dictar una clase acerca de superficies digitales de impresión encontró algunos proveedores, se topó con la cerámica y dijo hagamos una muestra a ver qué es esto tan raro que hacen acá. Envió imágenes que ya tenía diseñadas y ahí nació su primera colección, Groteske. En ese momento, y a pesar de que la impresión fue totalmente opuesta a lo que inicialmente había diseñado, se enamoró del arte que alguna vez Joseph Théodore Deck elaboró con tanta destreza en el siglo XIX.

Fue en ese instante en el que entendió que la cerámica tiene mil mundos: se puede tornear, hacer, estampar, pintar. Y empezó su gran exploración, que según ella es donde todavía se encuentra.

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¿Cómo fue la experiencia de Barón Aristizabal y María Paula Barón en el Designboom Mart 2016 en Toronto?

Fue buenísima. Ser la única colombiana es como ser un spot. Yo era de las muy poquitas que fueron desde el país en el que trabajan a llevar sus cosas. Al escuchar “Suramérica, Colombia” me preguntaban ¿de verdad vienes desde Bogotá? Fue increíble ver lugares donde vendían tapetes de 12.000 dólares pero poder abrirse a otro mercado, competir con las grandes ligas… Además que el trasladar la cerámica es una demencia: el peso, el volumen y que es muy delicada. Parecía el peor escenario pero fue increíble. 

Para María Paula significó el viajar, estar con mi familia en Canadá, conocer un montón de diseñadores, fue hermoso. 

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¿De dónde nacen los nombres de Groteske, Epimeleia Heatou y Tropicalia?

Todas las colecciones tienen algo que ver con lo que estoy descubriendo sobre mí en el momento. Son un acercamiento a la creatividad.

Groteske fue la primera de todas y fue una gran casualidad, como todo en la vida. Al ser diseñadora de base con maestría en textiles y énfasis en prints trabajaba en eso, en estampados. En una de esas dije ay, que chimba imprimir un plato ¡y ya! La primera colección la hice en estampado digital, era muy colorida… demasiado colorida… era grotesca pero chévere. Estaba entre esa línea de ser tan fea que era atractiva, no era linda y bonita, era ruda pero atraía.

Epimeleia nació de que tengo una gran amiga griega y en uno de mis dramas artísticos sobre qué pintar, por qué pintar y por qué dibujar –pues ese es mi más grande drama, aunque sé que lo más importante es ser uno mismo– me regaló un libro de Michel Foucault, una gran charla sobre la naturaleza del ser: Epimeleia Heatou. Esta segunda colección resultó ser un paso más que me va llevando hacia lo que creo que va a ser mi estilo. Que igual todavía no sé cuál es.

Tropicalia es, quizás, porque soy una persona adicta a las frutas y al jugo, además soy colombiana, soy un ser muy tropical.

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¿Cómo es plasmar el arte en vajillas, cerámicas o impresiones textiles?

Eso es difícil porque tú no juegas en ningún equipo. No eres artista, no eres ceramista, no eres diseñador. Mi trabajo va siempre hacia estampar algo; la vajilla ya está, la tela ya está y yo solo la estampo. Entonces no eres un crafter, no haces la pieza, no eres el artista que hace un dibujo espectacular y tampoco eres el diseñador. Estás en la mitad. Es como un lugar ambiguo.

En la parte técnica, estampar un textil es mucho más fácil que una cerámica. Digamos: los límites de color son infinitos, puedes sublimar o imprimir en digital todos los colores, mientras que en la cerámica no, pues la impresión digital no funciona muy bien, las impresiones digitales no tienen una larga vida, que es la idea inicial de la cerámica. Ahora hago calco cerámico, si bien tienes límites de color, pasarán años para que esa pieza muera. 

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¿Qué le aportó Bogotá a su trabajo antes y después de viajar a Glasgow?

Bogotá para mí es lo máximo. Odio su movilidad con el corazón pero es mi ciudad. Mi familia es paisa y soy un ser muy paisa en mis costumbres pero nací y viví toda la vida en Bogotá. Para mí es increíble, mis amigos y mi familia están acá y eso lo hace todo.

Antes de irme era una Bogotá que daba la sensación de que eres muy valiente, nunca me sentí incapaz de nada; Bogotá te hace valiente, no te dan miedo las cosas. Mientras que Glasgow era chiquito, seguro.

La nueva Bogotá es impresionante, está al nivel de cualquier ciudad primermundista, es supercreativa. Está conectada, hay espacios en los que no tienes que ser amigo de los artistas para asistir. Además, todos están proponiendo cosas y está abierta para que todos la disfruten, si eres un estudiante de colegio y pasaste al lado de una inauguración en San Felipe, puedes entrar; eso antes no existía.

Bogotá está al nivel de cualquier ciudad en dinámicas creativas. Eso aporta mucho porque yo siempre he creído que ponerse a prueba con el resto es la mitad del trabajo. No sé si soy una artista, yo no hago arte sólo por mi expresión, me parece muy valioso mostrar lo que hago y saber qué piensa la gente; sin importar que sea asqueroso, uno tiene una retroalimentación que sin duda va a nutrir lo que uno hace. Si uno no está pendiente de lo que está pasando, el trabajo no va a evolucionar y Bogotá se actualiza diariamente.

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¿Dónde encuentra inspiración?

Yo no sé cómo pasa eso. Creo que uno tiene que trabajar. Si hoy quieres hacer bolas, empiezas a ver a dónde moverte. La inspiración es una construcción colectiva que yo plasmo en algo. Yo no me levanto ni pienso con un discurso de artista. Si me gusta algo, investigo y busco; si me gustó una ilustración, busco de quién es y posiblemente sea de un artista que sí tiene un gran discurso. Entonces uno empieza a tomar un poco de cada cosa. Uno resulta ser un embudo y esa es otra manera de ser artista: mezclar algo y tener voz propia sobre todo lo que está pasando.

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¿Algún consejo para artistas que estén comenzando? 

Dos frases que han sido la clave de todo: Fail, fail again and fail better [falle, vuelva a fallar y falle mejor] y esté dispuesto a perder. Claro, existe gente excepcional, la suerte pasa o hay gente extracool. Pero uno debe estar dispuesto a encontrarse, a vivir el día a día. Hay que trabajar mucho, levantarse todas las mañanas de a practicar y tarde o temprano se mejorará, todo es cuestión de constancia.

¿Cómo nació el logo de Barón Aristizabal?

Ser diseñador es una presión no tan agradable. Apenas salieron las oportunidades de comercializar mi producto, entró mi drama de diseñadora: no soy buena gráfica, no tengo ni idea de combinar una tipografía con un logo, pero tengo una ligera obsesión con mi perra, es mi familia, vivimos las dos solas y la dibujo un montón. En una de esas hice un dibujo chiquito, y en mi sentido estético de diseñadora me di cuenta de que funcionaba. No responde al concepto de la marca pero nació de estar con ella siempre.

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¿Qué es para usted el arte?

Es una profesión, por eso no sé si soy artista. Requiere trabajo, disciplina, puede dar para vivir contrario a lo que dicen en la calle. Puede ser una dinámica social, como la política, ya que es una disciplina. Se trata de tener retos: si yo tengo un reto y es que mi perra se vea igual en esta ilustración, es igual al reto político de alguien o al de una ingeniera.

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¿Qué hace en la vida real y la imaginaria?

En la vida real: trabajo en la universidad. Soy profesora en Los Andes y tengo varias versiones de profesora: hay una clase más seria, otra enfocada al diseño. En la vida real soy una persona superfamiliar, amiguera, sensible, llena de amor. Y en la imaginaria, muy esotérica, me encanta pensar que hay un espíritu a mi lado o que si me como un ajo me va a dar suerte; en mi vida imaginaria somos mi perra y yo como una gran familia y soy una chamán.

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María Paula Barón Aristizabal es una artista que hace algo más que estampar platos, es una persona que entiende el arte como la suma de horas y horas de esfuerzo y que en medio de su estudio convive con un ser de ojos y pelaje café que llena sus días de alegría. Un animal por el que desempolva los lápices y se adentra en el mundo del dibujo.

Sonríe cada tanto y ordena su escritorio constantemente, confiesa entre preguntas que le obsesiona el orden de su estudio y se pierde en su ventana asiduamente, la misma que parece a la distancia un cuadro de ladrillos naranja y aves en movimiento.

Profesora desde los 23 años, con un poco más de un metro cincuenta de estatura y con un amor ingente por la comida y las flores, así es esta artista que aún no sabe realmente si lo es pero que cree que algún día la respuesta llegará por sí sola. 

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María Paula Barón Aristizabal

 
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