POR: Andrea Melo Tobón Miércoles, 16 Marzo 2016

 

La película colombiana La Ciénaga entre el mar y la tierra aún no se ha estrenado comercialmente y ya recibió dos importantes reconocimientos en el Festival de Cine de Sundance: el Premio especial del jurado por la actuación de Vicky Hernández y Manolo Cruz y el Premio del público a la mejor película de ficción internacional. 

La historia de esta obra cuenta la relación de una madre y su hijo Alberto, que padece una enfermedad muscular que le impide moverse de la cama. Hablamos con Manolo Cruz –quien no solo protagonizó el filme sino que también lo escribió y lo produjo– y con su director, Carlos del Castillo, para que nos contaran sobre esta pieza que, además de salirse del abanico temático típico del cine nacional, fue costeada sin ayuda del Estado o de la empresa privada.

¿Cómo surgió la historia?
Manolo Cruz:

La Ciénaga entre el mar y la tierra surgió por dos cosas: por un lado, desde los seis años trabajo en televisión, teatro y cine pero sentía que estaba encerrado dentro de una industria que no me dejaba mostrar lo que puedo ser como actor. Le imprimí esa necesidad al papel principal de la película: un hombre que está preso dentro de un cuerpo que no lo deja vivir, no lo deja ni ser ni estar bien, como una persona normal, ni estar del todo mal porque es una persona agradable, que hace reír, que aporta a otras vidas en medio de su condición. Por otra parte, una vez iba por la carretera que pasa por la ciénaga, a un lado vi este mar tan azul, volcado con sus olas, con esa playa bonita, giré la cabeza y al otro lado estaban unas casitas construidas con troncos de madera, tablas y tejas de zinc y la primera impresión que tuve fue “esta gente en estas condiciones tan precarias, esta humildad en la que viven ¡pobres personas!”. Pero llegué al peaje y pude observarlos con detenimiento y me di cuenta de que era gente feliz, gente que no necesitaba tener carros ni cosas y quise plasmar eso en la pantalla: ¿cómo una persona en esas condiciones tan fuertes, en medio de una desventura, puede ser más bonita que nosotros que tenemos todo? Entonces creé este personaje enfermo, con su anhelo de conocer el mar que se encuentra cruzando la calle. Así fue cómo nació la película.

En cuanto al personaje, ¿cómo fue ese proceso de concebir sus características y fisionomía?
Manolo Cruz:

Lo más importante para mí fue hacer un personaje que fuera real y el mayor reto era interpretar a una persona con discapacidad con veracidad y que los que la padecen y sus familias se sintieran realmente identificados. Durante seis meses, hice un trabajo de observación a instituciones que tratan estas distrofias musculares –dos personas que visitaba fallecieron en ese tiempo–. Hubo unas escenas de sueño del protagonista para las que subí cinco kilos –la idea era que se viera un cuerpo físicamente robusto– y, desde ahí, comencé una dieta para bajar los 21 kilos que necesitaba para el personaje en la cual estuve acompañado por una nutricionista.

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Ustedes no recibieron fondos para realizar su película, ¿cómo lograron el rodaje?
Manolo Cruz:

Lo más especial de esta película es que no se hizo con dinero sino con el amor de las personas que se unieron a este equipo para poder contar la historia. Fue una bendición poder haber hecho esta historia con cuarenta mil dólares y estar compitiendo con películas de nueve millones de dólares y ganarles.

Carlos del Castillo:

Nosotros teníamos el afán de terminar esta película en un tiempo récord e intentamos recoger fondos por crowfounding, pero al final solamente se sumó una productora colombiana, Luisa Castro, y ella le hizo una inyección en el momento en el que más lo necesitábamos. Por mi lado, vendí un carro que tenía para pagar la parte que me correspondía y tuve que empeñar una moto para poder terminar la película –cuento algo tan íntimo para que entiendan que cuando uno está enamorado de un proyecto y cuando tiene la pasión, es capaz de renunciar a lo que más quiere–. Robespierre Rodríguez –el director de fotografía– y Manolo también tuvieron que aportar dinero que hacía falta para tapar los huecos, la verdad es que fue una cooperación milagrosa de tres productores pequeños que lograron sacar adelante el proyecto.

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¿Qué balance haría usted sobre el impulso de las convocatorias estatales a la industria cinematográfica nacional?
Carlos del Castillo:

Creo que deberíamos tratar de ser un poco más condescendientes sin que la calidad de los productos cinematográficos se disminuya. Tratar de aminorar la burocracia, el papeleo y las estrictas fechas límites que a veces impiden que grandes proyectos y obras cinematográficas puedan contar con las ayudas del Estado.

Manolo Cruz:

La plata se nos ha vuelto el primer obstáculo; cada vez que concebimos algo pensamos en quién nos va a pagar o a invertir por hacer esto. Los estímulos que da el gobierno están muy bien, pero creo que deberían enfocarlos en los productos que verdaderamente van a tener alguna trascendencia en un público –no de festivales de cine ni nada– sino en audiencia. ¿Qué le aportamos los artistas? Ahí deberían enfocarse un poco mejor las ayudas del Estado. Y como balance general, por lo menos en esta película, el problema era la plata: ¿cómo conseguir dinero para hacerla cuando yo no tenía ni para vivir durante tres meses? Pero cuando nos quitamos ese peso de encima y comenzamos a hacerla, fue duro pero gracias a la fe de todo el equipo la sacamos adelante.

¿Hubo dificultades durante el proceso de grabación?
Carlos del Castillo:

Una de las dificultades más grandes –aparte del presupuesto– fue que Manolo había perdido veinte kilos de peso desde que se empezó el proceso de preproducción de la película, por lo tanto teníamos a un personaje muy debilitado, que también era productor y sorteaba una cantidad de pormenores y problemas. Hubo un día en el que muchos nos intoxicamos porque tomamos agua cruda, pero afortunadamente todo salió muy bien.

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¿Cómo lograron que la película entrara en la competencia del Festival de Cine de Sundance?

Manolo Cruz: Participamos en el Bogotá Audivisual Market que se realiza todos los años en la Cámara de Comercio. Gracias a las ruedas de negocio conocimos a Trevor Groth, uno de los programadores de Sundance, quien nos dijo que La ciénaga entre el mar y la tierra era una película que le interesaría a este encuentro, nos dieron una fecha límite de envío y la mandamos.

¿Qué sienten después de haber recibido los reconocimientos de Sundance?
Carlos del Castillo:

En realidad creo que valió la pena. No es un filme de Hollywood ni cuenta con un gran presupuesto y podemos decir con orgullo que logramos financiarlo sin la ayuda del Estado. Los premios para la maestra de maestras Vicky Hernández y para Manolo son un logro gigante, además de poder compartir un poco de nuestra realidad colombiana que no tiene que ver con narcotráfico ni con guerra.

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Manolo Cruz:

Fue muy especial porque los premios que nos ganamos fueron reconocimientos al esfuerzo: por un lado, recibí premio por mi actuación junto a la grandiosa Vicky Hernández; por otro, el premio del público es el mejor que nos pudimos ganar porque yo hago cine solo por tener una conexión con la gente, y si cinco mil personas –que fueron las que vieron la película– dicen que La Ciénaga fue la que más les llegó al corazón, creo que ahí ya se cumplió la misión. Son muy buenos los premios internacionales, pero creo que lo que más debería valorar el cine colombiano es a nosotros mismos y lo que somos como personas.

Tres consejos para contar buenas historias…
Carlos del Castillo:

Lo primero es ir más allá y dejar de contar historias superficiales, buscar relatos que sean cercanos y profundos. Lo segundo: no se detengan nunca por un presupuesto porque, entre más trabajo cueste realizar una obra cinematográfica, se va a disfrutar más. Y lo tercero y más importante: entender que esto es un trabajo en equipo de actores, directores, productores y técnicos. Jamás se debe olvidar que uno solo no hace cine, esto es un trabajo en equipo: hay que contar con todos y respetar el trabajo y la experiencia de todos, así sea mucha o poca.