POR: Bacánika Viernes, 15 Julio 2016

A pesar de la reputación sombría que pesa sobre Bogotá, esta es una ciudad que se ha entregado a los placeres liberadores de la música tropical.

Bogotatropical

Desde finales de la década de 1930, la capital colombiana se empezó a calentar haciendo temblar rígidas estructuras morales cimentadas en el racismo, el machismo y el complejo de superioridad intelectual. Ahora que Bogotá es una sucursal de la tierra caliente, viene bien recordar que el fenómeno actual no es nuevo. Se viene cocinando desde hace mucho tiempo.

A mediados del siglo XIX, la música de baile se había consolidado en la Costa Caribe gracias a que compositores e intérpretes de bandas, principalmente, habían adaptado las estéticas locales a los influjos de la música bailable internacional. En Carmen de Bolívar, Cartagena, Lorica, Mompox y Barranquilla la influencia de conjuntos y orquestas cubanas se hizo evidente en las nuevas formas de interpretar porros, fandangos y cumbias. En Bogotá estos sonidos estuvieron en boga alrededor de 1880, y especialmente durante la primera administración de Rafael Nuñez (de 1880 a 1882). Por ejemplo, la danza cartagenera “La borinqueña” se constituyó en una de las bases de la música nacional colombiana en la última década del siglo XIX junto al pasillo y al bambuco.

Asimismo, a finales de la década de 1920, el saxofonista y compositor Cipriano Guerrero, quien provenía del contexto caribeño, ya se había hecho notar en los círculos musicales capitalinos con el danzón “La pringamosa”, anunciado en las páginas de la sección musical del periódico Mundo al Día. Aparte de este evento notable, viene bien recordar que en 1934 se presentó una velada nombrada “Noche Tropical” en el Teatro Faenza, donde el afamado Trío Matamoros alternó con Jorge Áñez. Luego de este concierto memorable, las orquestas de tipo cubano y otras de música bailable colombiana harían parte crucial de la vida nocturna de Bogotá en lugares como el Metropolitan, el Hotel Granada y el Hotel Tequendama, en los que artistas como Lucho Bermúdez, Rafael Hernández y el tenor René Cabel calentaron la capital. A finales de esa década, las grabaciones de Discos Fuentes comenzaron a circular a través de espacios radiales como la “Hora Costeña” de Enrique Ariza y la llamada rumba criolla –cruce espontáneo de sonoridades del interior con elementos caribeños– se popularizó con la célebre canción “Que vivan los novios”, estrenada por Emilio Sierra en 1941. La rumba criolla (o “bambucos recalentados”, como los llamó el antropólogo británico Peter Wade) causó gran conmoción en la capital, llegando incluso a etiquetarse como el primer intento serio de un género musical auténticamente bogotano.

Unos años antes de que la ciudad se incendiara tras el asesinato del caudillo Jorge Eliécer Gaitán –quien era un apasionado bailarín de cumbia–, Bogotá vivió un cataclismo sonoro que cambió para siempre el panorama: la arrogante prevención andina frente a las músicas costeñas se vino abajo con la presentación oficial de la gran Orquesta del Caribe dirigida por Lucho Bermúdez, a quien en 1944 se le encargó la inauguración del cabaret Metropolitan, ubicado en los sótanos de la Avenida Jiménez. Fandangos, porros y cumbias pusieron a bailar incluso a quienes pocos años atrás se les exigían pudorosos y recatados límites de contacto corporal. Así las cosas, y a pesar de la angustia clerical por estos bailes y ritmos pecaminosos, aparecieron los primeros profesores que se comprometieron a convertir a los flemáticos capitalinos en hábiles maestros de la pista de La Casbah o el Grill Europa, dos bares legendarios donde ya era natural escuchar música tropical bailable afrocubana, antillana y colombiana.

Vale la pena mencionar que en 1950, en respuesta al vallenato de Buitrago, Abel Antonio Villa y Luis Enrique Martínez, el bogotano Julio Torres Mayorga y su grupo Los Alegres Vallenatos grabaron Los Camarones, primera placa del catálogo de Discos Vergara –primer sello discográfico de la capital– que para ese año, tres meses antes de la navidad, ya había vendido la sorpresiva cifra de treinta mil discos.

En la década de los sesenta se inauguraron los dos primeros bares de salsa en la capital: el Mozambique, de Senén Mosquera, y La Gaité, de Hernando “el Mono” Tovar. A ese par de asentamientos míticos se sumaron otros no menos legendarios como Miramar, El Éxito, el Hotel Tequendama, El Sol de Medianoche, el Scondite y La Quintrala. Allí se forjaron nuevas generaciones que reaccionaron ante las convenciones a través de su experiencia con la música tropical. Aunque los registros discográficos son escasos, algunos como los dos volúmenes de Cumbia Colombia (1965) de la Orquesta de Chucho Fernández dan cuenta de un vigoroso e inédito encuentro entre las rítmicas cubanas, la cumbia y, en este caso, el jazz. Años después, fueron grupos de rock los que experimentaron tanto con las músicas antillanas como con las provenientes del Pacífico y el Caribe colombianos: los Speakers, Columna de Fuego, Genesis, Malanga, Los Electrónicos y Los Ángeles entre otros, marcaron un precedente fundamental que en la década de los noventa se cristalizó en manos de Aterciopelados, Distrito y Bloque de Búsqueda.

A finales de los setenta se fundaron los bares La Teja Corrida y Casa Colombia. Allí, además de la salsa, se vivieron con intensidad acontecimientos cruciales como las primeras temporadas de los Gaiteros de San Jacinto –quienes, a propósito, grabaron su primer disco en los famosos estudios Ingesón de Bogotá– o grupos vallenatos que, antes de la explosión comercial del género en los ochenta, ya hacían vibrar la pista de Casa Colombia. El fenómeno de la música tropical bogotana que vivimos en la actualidad no hubiese sido posible sin esa descarga inédita de vallenato, currulao y cumbia sanjacintera.

Por esos mismos años, Aristarco Perea Copete “Arista”, emigró a Bogotá proveniente de Quibdó. En una vieja casona del centro fundó La Casa Folclórica del Chocó, en la que no solo retumbaban la chirimía y el son chocoano, también se tomaba aguardiente Platino, se comía sancocho y nacieron musicalmente héroes de la música tropical colombiana como Jairo Varela, Alexis Lozano y Nicolás Rodríguez “Nicoyembe”.

En plena época dorada de la salsa en Bogotá, cabe aclarar que Niche y Guayacán se estrenaron públicamente en las céntricas calles bogotanas. Por su lado, el pianista cartagenero Joe Madrid debutó con su disco Llegó la salsa (1976) y convocó a varios de los mejores músicos de la capital en Tropibomba, un combo que mezclaba salsa, latin jazz y cumbia. También el percusionista Willie Salcedo grabó sus primeros discos en la capital, de la misma manera que el trombonista Pantera hizo lo suyo con el incunable Pantera de 1979. Apareció, también, Washington y sus Latinos, la poderosa orquesta del tumaqueño Washington Cabezas Cajiao; emergieron orquestas tropicales como Los Univox, Los Alfa 8 y Los Tupamaros; el primero de diciembre de 1978 abrió sus puertas el Goce Pagano y se consolidó el estrambótico mercado negro de vinilos tropicales en las tiendas espontáneas de la Plaza España y la Calle 19.

Con una actividad más bien tímida en la década de los ochenta, Bogotá ya estaba preparada para que, a partir de los noventa, la sopa en el caldero entrara en ebullición…

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