POR: Juan F. Hincapié ILUSTRACIÓN: Edgar Andrés Rozo Domingo, 21 Junio 2015

 

HASTA QUE LLEGARON LOS ARGENTINOS

OSPINA

 

El equipo que estornudaba y marcaba un gol en el verano brasileño de 2014 se va del invierno chileno un año después habiendo marcado un solo gol en cuatro partidos. Un gol que vino de una confusión en el área brasileña, un gol de un central. A esto quedó reducida esta versión de la selección colombiana de fútbol en la Copa América 2015, un equipo que nunca encontró ideas, una selección incapaz de dar tres pases seguidos, un equipo que da patadas y que se aferra a los penales: una versión que haríamos bien en olvidar lo antes posible. Lo de hoy contra Argentina rayó en la vergüenza. Al final el partido se fue a penales y allí venció el único equipo que hizo algo por el partido. Argentina espera rival en la semifinal.

Lo más extraño del primer tiempo es que el equipo de Messi no se haya ido ganando. Argentina jugó acaso su mejor primera mitad de la Copa. Presionó bien a Colombia, se juntó, abrió la cancha. Todo lo hizo bien, salvo anotar un gol, y en esto la figura de Ospina fue determinante. Colombia saltó al campo con Jackson por Falcao, algo que todos esperábamos pero que vino a confirmar que este equipo trata mal a sus nueves; en el mediocampo Pékerman optó por dejar un solo volante de marca, en espera tal vez de que Ibarbo ayudara un poco con el juego, pero da la impresión de que la gambeta fría y nerviosa de Ibarbo no está para estos partidos. En la zaga entró Arias por Armero, para evitar que Messi enganchara para su zurda. Pero Colombia fue un amasijo de nervios, y las amarillas para James, Mejía y Arias dieron cuenta de ello. Argentina puso las condiciones en todo momento, y en todos los lances merodeó el área colombiana. Por momentos dio la impresión de que los albicelestes no querían hacerle gol a su rival. Era eso, o la rezadera de las madres colombianas. No puede haber otra explicación. Tan mal pintaba la cosa, que Pékerman optó por un cambio a los veintitrés minutos, con todo lo que significa hacer eso tan temprano. Además, salió Teo, un favorito del técnico.

Cardona no se terminaba de acomodar en cancha cuando comenzaron los milagros de Ospina. Gran jugada de Pastore por derecha, centro para Agüero que remató de primera; la sobra quedó para Messi y Ospina halló la forma de llegar a este nuevo remate. El arquero colombiano estuvo inmenso. Solo le faltó parar un par de penales y hacer llover.

Los más optimistas pensamos que todo en el segundo tiempo se alinearía para que Colombia obtuviera un triunfo inmerecido. A ello sumaron la falta de puntería de Argentina y su cansancio. Pastore desapareció y el equipo albiceleste quedó en manos de las corridas egocéntricas de Di María y de Messi, siendo Messi quien es (con todo y su evidente cansancio). Cardona mejoró un poco (solo un poco) el desastre colombiano, pero el equipo nunca se asomó por el arco defendido por Romero. Hubo un tímido cabezazo de Zapata, y James tuvo una buena pero se apendejó.

En el minuto 73 ingresó Falcao por Jackson y en La Cueva del Tigre tal vez todos pensaron que esta sí sería la de Radamel –James ayudó entregándole de manera cinematográfica la cinta de capitán, un gesto que le sobraba a un partido caliente como el que Argentina jugaba–, pero no fue así. Strike número cuatro para Falcao, que al menos tuvo la decencia de no fallar su penalti. El partido murió con una Argentina haciendo lo que había hecho todo el partido: empujar a Colombia contra su propio arco. Ospina tapó una fusilada de Otamendi a la salida de un tiro de esquina, que después de pegar en el palo desfiló por la línea hasta el rechazo, y Murillo, con una barrida fabulosa, evitó que Zapata marcara para los argentinos, algo que ya había intentado en el primer tiempo. Murillo es una de las pocas buenas noticias de este equipo, y tal vez diga algo que justamente él haya sido quien fallara el último cobro desde los doce metros. Tévez hizo el resto.

 

SABER PERDER

peru colombia

No es lo mismo que Colombia pierda a que el Perú pierda. Un mal partido de los colombianos y hasta el más patriota se instala inmediatamente en la antípoda: así somos en el país de la pasión. Los peruanos son distintos, o parecen serlo. Los peruanos saben perder. En «Atiguibas», uno de mis relatos favoritos del gran cuentista peruano Julio Ramón Ribeyro, se   explica el que tal vez sea el origen de por qué los vecinos han hecho de perder algo significativo, casi bello. Dice Ribeyro en el primer párrafo: «… entonces teníamos grandes jugadores y equipos que realizaron hazañas memorables. En las Olimpiadas de Berlín del 36, para poner un ejemplo, estuvimos a punto de campeonar luego de vencer a Austria por 4 a 2. Pero a Hitler no le gustó la cosa: que negros y zambos de un país como el Perú derrotaran a rubios teutones era para él no sólo un traspié deportivo sino un revés ideológico. La FIFA, presionada por el Führer, ordenó que se anulara el partido alegando que la cancha tenía no sé cuántos metros más o menos de largo. Nos retiramos de las Olimpiadas, con lo que salvamos nuestra dignidad, pero perdimos el campeonato». Setenta y nueve años después, la FIFA sigue haciendo lo que le da la gana y el Perú ha perdido de todas las maneras posibles, aunque le alcanzó para ganar dos Copas Américas –una de ellas contra Colombia en el 75–, y también para dejarnos afuera de la última Copa en Argentina. El buen equipo que Gareca ha presentado en el invierno chileno perdió muy a la peruana contra Brasil, le ganó a una corajuda Venezuela y ha empatado a cero con Colombia en un discreto partido, justo lo que necesitaba. No sabemos lo que sucederá con Perú en este campeonato, pero se irá de una manera sublime, o todo lo contrario. En cuanto al partido de hoy, nadie perdió, pero Colombia ha perdido. 

Lo raro es que la tarde de Temuco comenzó favorable a los colombianos, cuyo único cambio fue Arias por Zúñiga en el lateral derecho. Una lástima, pues contra Brasil Zúñiga había dado muestras de que podía ser un buen compañero para Cuadrado. El equipo de Pékerman presionó bien a Perú y jugó con una vitalidad que lo llevó a tener de entrada las opciones más claras. Al minuto tres y tras un tiro de esquina, Falcao recogió el rebote y con la agilidad de otros tiempos se volteó y sacó un zurdazo que por poco bate al meta de Gallese y hace morir de felicidad al equipo del Canal Caracol, que le tiró flores a Radamel hasta en el lance más nimio. Para hacerle justicia, el Tigre mostró una mejor versión que en partidos pasados, pero ¿acaso se podía jugar peor? Tal vez allí resida parte de la explicación de por qué Colombia no ha logrado encontrarse en Chile. Con el Falcao de hace unos años esto habría sido pan comido, pero del Tigre queda tan poco que ya casi no queda nada. Corría el minuto seis cuando Teo habilitó con clase a Armero, quien con su zurda sacó un buen disparo que pasó cerca. La tarde se presentaba favorable para los de camiseta amarilla pero fue un espejismo. De a poco, Perú comenzó a utilizar a sus jugadores de mejor pie, y el partido se presentó como una pulseada interminable, en la que ambos equipos merodearon el área rival sin que sucediera nada. El minuto veintitrés trajo una pésima noticia para Colombia: lesión de Valencia, que había logrado por fin no estorbarle demasiado a Sánchez. Entró Alexander Mejía e hizo lo que pudo (nada). A partir de entonces las figuras colombianas se fueron apagando, y el equipo lo sintió. James desapareció, Teo se iba y volvía a veces, y Cuadrado se puso a tirar   gambetas que enojaron a todo un país. Preocupa su mala lectura de los partidos, y no es la   primera vez. Perú terminó mucho mejor el primer tiempo, e incluso dio para que Pizarro inquietara a Ospina.

La segunda mitad no varió mucho. Llegaba Perú por oleadas, después Colombia. En el minuto 50 James perdió un balón que Cueva supo llevar al borde del área y dejar para Sánchez, que de primera sacó un buen disparo que murió en las manos de Ospina. Falcao tuvo una buena en el minuto 59 en la mejor jugada colombiana, pero cabeceó «con la otra punta». El de Santa Marta se fue relevado en el 65, y Jackson se vio mal en la primera opción que tuvo, un pase sencillo para Teo que se le fue largo. Antes habían ingresado Farfán por Pizarro e Ibarbo por Pablo Armero. Esto obligó a retrasar a Cuadrado al lateral, donde siguió jugando su pésimo partido, y a mover a Arias a la izquierda. James dio muestras de vida en el 67, en una gran pared con Teo, y dio algún buen pase, como el que le puso a Jackson sobre el final, cuando las necesidades colombianas metieron a Perú contra su arco. El remate del chocoano, no   obstante, fue lamentable, como esta tercera presentación de su equipo. Colombia fue incapaz de sobreponerse a sus propias incapacidades.

Después del horror contra Venezuela y de la resurrección ante Brasil, este cronista llegó a pensar que lo de Colombia sería la típica historia del equipo que se sobrepone a una primera adversidad y llega a la final. Nada de eso. Contra Brasil fue la excepción, no la norma. Cuando las figuras no aparecen y el grueso del equipo calienta bancas en Europa, Colombia es incapaz de generar fútbol y queda a merced de cualquier rival. Pékerman ha hecho lo que ha podido, pero el equipo no ha salido de la medianía en tres partidos. Y ahora se viene Argentina (Brasil, con más de un problema, ha logrado vencer a Venezuela), el subcampeón del mundo que también ha estado irreconocible a lo largo de la competición. Sabrá Dios lo que ocurrirá allí.

 

Toda la culpa es de Pékerman

COLOMBIABRA

P


ékerman siempre me ha parecido un tipo inteligente. Habla de autocrítica, es mesurado, cauto, no atropella a nadie y casi siempre toma buenas decisiones (todos rasgos ajenos al carácter nacional, valga decirlo). Cuando en la pasada eliminatoria decidió juntar a Teo con Falcao en el ataque colombiano, se hizo la luz. Corrían los tiempos pretéritos en que Radamel era un goleador de talla mundial que no daba pie con bola en su selección; ahora solo lo segundo se mantiene. Con Teo en campo, el equipo por fin tomó forma, todos tocaron y brillaron, Falcao, Lorelei y el cristianismo florecieron, y volvimos a un Mundial. Tal vez persiguiendo el mismo objetivo, el técnico argentino dejó de lado la horrorosa sudadera azul clara que Adidas le embuchó a la Selección Colombia y se vistió de traje. En el segundo partido de esta Copa América, puso a Teo adelante en detrimento de Bacca, que sobre el final entró a cascar a la figura rival: Neymar. Es probable que José Néstor también se hubiera dado la bendición, porque lo que se vio sobre el estadio Monumental de Santiago de Chile fue un partidazo del equipo de amarillo. Era cierto que peor que contra Venezuela no se podía jugar, pero lo visto esta noche fue otra cosa. Y eso que al frente estaban Neymar y los suyos. 

No solo fue Teo que se juntó con todos, el desmadre de la media cancha también fue subsanado, y los laterales mejoraron una barbaridad, en especial Zúñiga. Sánchez se mostró imperial (de verdad, qué monstruo), y Valencia lo hizo todo de primera, hasta las burradas. No es por ensañarme con Valencia, pero ante Venezuela fue como la mayonesa: únicamente huevos, ni una pizca de fútbol. Hoy tuvo un mejor partido, como todo el equipo, que siempre intentó jugar ante un rival que por ratos buscó asociarse. Lo cierto es que el primer tiempo fue favorable para los colombianos, en un intercambio de dos equipos tocadores que en todo momento merodearon el área rival sin mayor peligro. Parte de la falta de peligro se la achaco a Falcao: pura voluntad, arengas a los compañeros y remates de delantero de campeonato de oficinistas. No obstante el evidente declive de El Tigre, tuvo la buena estrella de sufrir la falta que desencadenó el gol de Colombia (Dios nunca te desampara, Radamel). Corría el minuto 35 cuando Cuadrado –de magnífico partido y magnífica gambeta– levantó un centro al área brasileña, donde todo fue confusión hasta que la muy respetable zurda de Murillo venció a Jefferson. Si consideramos que Jeison Murillo tomó el puesto de Yepes, esto no puede ser sino una buena señal.

Colombia mostró buenos síntomas después de marcar su gol, pero Brasil tuvo una buena ocasión con un cabezazo de Neymar en el minuto 43, que Ospina logró contener. El segundo tiempo fue un intento vano de Brasil por inclinar la cancha, con el ocasional contraataque de los colombianos, que también supieron sufrir. Ibarbo relevó a Falcao y Mejía entró para ayudar en el medio. Firmino –que no: no se pronuncia Firmiño– tuvo la más clara para su equipo ante una de las distracciones colombianas, pero su disparo salió desviado. Fred le dejó su puesto a Coutinho, Willlian a Costa y Elías a Tardelli, pero Brasil se compone de diez obreros y un genio, y el genio no apareció. La explicación del partido de Neymar se halla en el minuto cuatro, cuando fue evidente que quiso tirar los mismos sombreros que maravillaron al mundo contra Perú y terminó aturullándose ante Zúñiga y Teo. El diez brasileño lo intentó pero terminó abrumado por Sánchez y peleándose con todos. Feo final para Brasil, y el comienzo de algo para Colombia. La culpa es de Pékerman.

JUGADORES 

Contra el vecino siempre es más difícil, sobre todo si se llama Salomón.

COLOMBIAVNZ

F


ueron noticia esta semana las chicas (bueno, no tan chicas, había alguna bastante jamona) venezolanas que se desnudaron en apoyo a su selección e instaron a sus pares suramericanas a hacer lo mismo. La selección Colombia, un año después de su debut en lo que fue el mejor Mundial de su historia, llegó a tierras chilenas tal vez esperando encontrar la misma desnudez en la zaga venezolana. No hubo tal: Venezuela jugó con solvencia, enredó en todo momento al equipo colombiano y logró vencerlo por un gol a cero. De tanto decirlo, los futbolistas venezolanos se han convencido de que el partido contra Colombia es un clásico, y siempre juegan con el cuchillo en los dientes. El equipo de Noel Sanvicente obtuvo una victoria que se antoja merecida. 

Colombia nunca se encontró en el partido. Falcao, que en una final europea ya había desnudado a Amorebieta, puso voluntad y poco más, al igual que Bacca, sin suerte hoy. James jugó un partido malísimo, al igual que Cuadrado, que al menos lo intentó. Los puntos altos del equipo de amarillo en los primeros cuarenta y cinco minutos fueron el arquero, el central por izquierda y el volante de marca procedente del Chocó. De resto, todos pusieron voluntad y corrieron y tomaron el sol, pero terminaron naufragando ante una Venezuela que hizo que el partido se jugara de la manera que más le convenía.

Poco se vio en el primer tiempo, y tal vez lo más significativo haya sido un paneo del banco colombiano, en donde Alexander Mejía estaba repantigado cual si estuviera en la sala de su casa esperando a que su mujer le llevara una cerveza. Si pensábamos que a este equipo venezolano le íbamos a ganar con esa actitud, estábamos equivocados. Las mejores opciones de la primera mitad las tuvo Venezuela. En el minuto 26, Arango habilitó con calidad a Vargas, cuyo puntazo fue bien tapado por Ospina. Nueva llegada al 41 y nueva atajada de Ospina a tiro de Guerra. Venezuela presionó muy bien a los colombianos, a veces con excesiva dureza, pero siempre logrando su cometido. Colombia se aproximó con timidez y sin ningún tipo de riesgo para Baroja. El primer tiempo estaba tan aburrido que en algún momento puse el Canal Caracol en busca de la alharaca políticamente correcta y torpe del cantante del gol, quien hoy me pareció especialmente tonto. Pobre hombre.

El segundo tiempo se siguió jugando como quería Venezuela, pero Colombia mejoró, aún sin jugar bien. Paradójicamente, en un buen momento del equipo de Pékerman (para los estándares del partido), una seria desconcentración de toda la zaga permitió que Juan Arango, quien sigue siendo un crack y teniendo una madre colombiana, hiciera una diagonal y con rapidez enviara un centro que Guerra dejó para Rondón, que con un certero cabezazo venció a Ospina. Cuando uno se llama Salomón Rondón no le queda otra que convertirse en un goleador. Qué gran delantero es el venezolano. Una bestia.

Pékerman desbarató rápidamente la idea del doble cinco, que nunca funcionó. Quién iba a pensarlo, pero el equipo extraña el pasecito corto de Aguilar, y hasta el desorden de Guarín. Valencia por izquierda es una ventaja para cualquier rival, quedó clarísimo, pero quien salió fue Sánchez, que ya tenía amarilla. Valencia quedó de cinco y James ocupó la banda izquierda. Desde entonces hasta el final todo fue desorden, pero Colombia logró meter a Venezuela en su arco, sin mayor suerte. Un buen tiro de James con la izquierda, arremetidas de Cuadrado, intentos de Cardona, algo de Teo (que había ingresado por Bacca, como Jackson ingresó por Armero), cobros de falta, cobros de tiro de esquina. Muy poco para la cuarta selección del mundo, que el miércoles jugará contra la quinta, y si se siguen cumpliendo los lugares comunes –Venezuela siempre nos complica, Brasil siempre nos gana–, esta Copa no tiene muy buena pinta.