POR: Juana Restrepo FOTOGRAFÍA: Emilio Aparicio Rodríguez Lunes, 01 Febrero 2016

El ángel de mi nacimiento es el del amor –Anael– y me rige Venus. En definitiva, hoy la consulta va por el lado sentimental. San Miguel Arcángel también está conmigo, según esta pitonisa, y me protege de las malas energías y los espíritus chocarreros. 

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Por alguna razón siempre me ha dado miedo ir a cualquier rito de adivinación. Creo que fue porque alguna vez le escuché a algún profesor que si uno se acostumbraba a querer conocer el futuro abría puertas a algunas energías o fenómenos que nadie quisiera tener cerca. Es por eso que en el momento de ir a una sesión de psicomagia y de lectura del tarot de los ángeles, más que escepticismo, sentía ignorancia frente al tema. No sabía casi nada sobre los ángeles, solo que eran esos seres alados que nos protegían y ¡claro!, rezaba la oración de “Ángel de mi guarda, no me desampares ni de noche ni de día” cuando era niña. Siempre creí más en energías que acompañan a la gente en distintos momentos. También sabía que había algunos ángeles buenos y otros malos, como nos enseñan sobre el propio Satán. Conocía mucho menos sobre el tarot. Me convencí de que podía ser algo “menos maléfico” y me armé de valor para hacer esta crónica.

Había tenido la experiencia de la carta astral, con la que me sentí muy bien porque lo más importante no era el futuro sino la esencia de la persona y su lugar en el mundo. Esta vez iba a ver qué tan honesto era el tarot de los ángeles, un ritual o experiencia que se ha venido extendiendo en las ciudades y al que muchas personas que conozco van en busca de una ayuda o mensaje celestial.

Al entrar a la casa de Betty noté un tono muy blanco. Hay algunos ángeles, aunque no muchos, y parecen estar ubicados en una posición estratégica. Todo está completamente limpio y la luz recorre la casa transversalmente. Está el aroma del incienso y una música de fondo. Me siento en la sala con el fotógrafo para esperar a Betty, que bajó pronto, y la veo tal como me la imaginaba: impecable como su casa, con el pelo perfectamente arreglado y muy bien maquillada.

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Se siente una energía neutra, pura, limpia y tengo la sensación de que todo está cuidadosamente puesto en su lugar. Muñequitos extraños (para mí) y algunos cuarzos rodean el lugar. Desde otra posición estratégica se encuentra el arcángel San Miguel, que se diferencia de un ángel por ser de un rango superior. San Miguel, por ejemplo, es un guerrero. “Me gustan las piedras, los budas, los ángeles, tengo una mescolanza”, dice Betty.

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Me fijo en la cantidad de diplomas que tiene colgados en su consultorio y me cuenta que estudió primero psicología y que después se especializó en Argentina en psicomagia, una ciencia que estudia los fenómenos paranormales. También ha ido a Cuba a estudiar santería. En la psicomagia se investiga sobre chamanes, magos y brujos, sus diferencias y lo que significan en la historia. Pero Betty no solo se dedica a investigar fenómenos paranormales sino que afirma haber tenido siempre una fuerte relación con su ángel de la guarda. Es angeóloga y por medio de un círculo de ángeles se comunica con el ángel guardián de la otra persona. “La psicología es real pero la magia también lo es. Se investiga la potencia mental y se dice el cuándo, el cómo y el por qué”. Betty Urrutia se dio cuenta de sus facultades de vidente hace treinta años y dice que atrae a los ángeles. Le daba miedo la oscuridad y sabía cuando las personas se iban a morir. “No podía dormir sola y tenía muchos miedos. Los superé gracias a mis profesión. Por ejemplo, supe el día en el que se iba a morir mi padre”, me va contando, mientras pone en círculo siete cartas que voy escogiendo.

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Las predicciones

Creo que Betty comienza a notar mis nervios y me cuenta que hay mucho estafador. Afirma que lo que ella hace es encontrar ataduras guardadas en el subconsciente para que la persona logre abrir la mente a todo lo que desea y que el universo se lo conceda. La idea de la psicomagia es canalizar los problemas con ayuda de la psicología y que la magia permita llegar a un punto más profundo. Después de ver las cartas me comenta que tengo muchos ángeles. La verdad siempre me consideré torpe y distraída. “Tal vez por eso me salvé de tantas caídas”, pienso y me da risa, pero ella me mira seria y yo no sé qué cara poner. Me dice que el ángel de mi nacimiento es el del amor, Anael, y que me rige Venus. En definitiva, hoy la consulta va por el lado sentimental. San Miguel Arcángel también está conmigo, según ella, y me protege de malas energías y espíritus. “Y puede que otro espíritu o maestro del pasado también te acompañe”, afirma.

Me pide que formule preguntas y me da respuestas, algunas más vagas que otras. El fotógrafo nos ronda y ella me dice que podría decirme nombres y fechas exactas pero no lo hará, tal vez porque no estamos solas. Por cada pregunta debo sacar dos cartas. Después pasamos a los números. Pone mi mano sobre una hoja y la dibuja. Escribe mi nombre completo: Juana Alejandra Restrepo Díaz. Y lo veo tan raro. “No sé porque mis papás me pusieron ese nombre tan largo”, digo. Ella hace cuentas. “Veo varios tres, un ocho, pero este cinco no es positivo”, dice. Lo podemos arreglar poniendo otra letra o nombre simbólico. “Pero eso será cuando tengas tiempo”, dice y me explica que de ese cinco viene mi capacidad de insistencia. Me da risa reconocer que sí soy así y también considero que esa insistencia me hace preguntona. Y, por ende, me ayuda como periodista. Adivina lo que pienso y me dice que no es problema para investigar, pero que seguramente en mis relaciones puedo llegar a escarbar demasiado. “Te puedo quitar este cinco. Eres ansiosa y nerviosa. Y siempre te gusta aclarar las cosas. Mirar por qué pasa todo. Yo te mejoro el nombre”. Mi fecha de nacimiento también cuenta y, según eso, emito vibraciones con el número cuatro. Eso significa que estoy conectada con la tierra. “El que siempre vuelve pero siempre se va, regresó hace poco; él no está seguro de nada, ni siquiera de sí mismo. Pero por tu lado ya no va más”, dice Betty. La miro y entiendo perfectamente a qué se refiere.

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Sorprendida. Ahí sí quede sorprendida. En esta experiencia tan subjetiva, algo así puede ser solo un dato suelto al aire que cualquiera puede relacionar con su vida, sobre todo con la expresión de mi cara, pero para mí esa frase tomó sentido. Y por eso pensé que el sentido de lo que se dice depende más del momento de la vida por el que se esté pasando y que la propia intuición puede crearle un valor a cualquier experiencia esotérica. Si sirve para disipar alguna duda o para continuar adelante, ¿por qué no hacerlo?

“Muy pronto sabrás lo que realmente quieres y a quién quieres”, me sigue contando. Hasta ahí ya no sentí ganas de conocer más. El futuro nos tienta a espiarlo, pero preferí dejarlo ahí. Mientras continúa, escucho atenta. Me propone bañarme con ruda y canela en luna menguante para llenarme de energía antes de mi cumpleaños, un viernes que es, según ella, el mejor día de la semana para mí. Se acuerda de que no ha prendido la música de los angelitos y pone un sonido relajante, como de meditación.

Los clientes que más visitan a Betty son políticos y empresarios, según confiesa. Me cuenta que hasta la Reina Isabel tiene un astrólogo de cabecera y que las personas más importantes que conoce saben que en cada momento de la vida hay un ciclo en el que algunas veces es bueno llevar algunas acciones, pero en otros no. Por ejemplo, ella sabe en qué año o mes un político se debe lanzar a la candidatura y en cuál no.

Betty seguro notó que no soy la más creyente. Pero sí me di cuenta de la conexión que se puede generar con una persona al hablar de esos tres tiempos que tanto nos obsesionan a los humanos: el pasado, el presente y el futuro. Y algunas cosas se saben al observar a una persona cuando se presiente que es honesta. Ella misma me dice que soy muy intuitiva.

Se despide. Pide que le tomemos una foto. Quiere quedar así como es ella: impecable y perfecta. Al final me voy atando cabos, pensativa. Sé que algunas cosas quedaron sin responder, pero que ni Betty ni yo quisimos llevarlas más lejos. Tal vez era la presencia de un tercero en el cuarto (el fotógrafo) o la sensación de que otras personas iban a leer esta crónica. Mucho de lo que se dijo no lo escribo porque quisiera que se cumpliera. Y entonces sabré si creer o no creer.

Al llegar a mi casa leo más sobre la psicomagia, un término inventado por el escritor chileno Alejandro Jodorowsky, quien habla de una técnica que mezcla el chamanismo con el psicoanálisis. “El inconsciente toma los actos simbólicos como si fueran reales”. De manera que estos rituales sólo tienen poder cuando se los damos. Lo que los convierte en un hecho real, ya que modifica nuestro inconsciente. El psicomago decide cuál acto realizar para romper ciertos rasgos que nos hacen daño. Eso me deja pensando en qué efecto tendría el acto de cambiar mi nombre. Si realmente se diagnosticó mi problema y si estuve muy convencida del poder del mismo; se supone que el acto de agregar un nombre simbólico, de realizar algo en el mundo real con un significado metafórico para romper el nudo, funciona. Tal vez así y solo así se me calmaría la enfermedad de preguntar tanto.