POR: Nathaly Martínez Ariza FOTOGRAFÍA: Benjamín Liao Lunes, 01 Febrero 2016

El gran país del sur parece otro en el norte. Este es un recorrido por una de sus
provincias menos conocidas por los turistas.

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Después de haber viajado 26 horas en tren desde Buenos Aires hasta Tucumán, caminamos quince cuadras desde la estación hasta la terminal y de ahí tomamos un bus para Jujuy, nos bajamos y en cinco minutos ya estábamos en otro bus rumbo a Purmamarca, ese pueblito de la provincia de Jujuy donde se encuentra el Cerro de los Siete Colores. Ese paisaje de montañas coloridas hizo que el largo viaje se compensará.

Treinta y dos horas de viaje fueron olvidadas cuando nos fuimos acercando a Purmamarca. Montañas color menta, morado y rosado se imponían a medida que el pequeño y precario bus en el que íbamos se acercaba más a esa tierra árida adornada por inmensos cactus. Era claro: el paisaje había cambiado. Ya no estábamos a los 35 grados de temperatura de Buenos Aires con un 100 por ciento de humedad, sino a 15 grados o menos. No solo se sentía el frío de la montaña sino la altura que nos recordaba que estábamos muy al norte de Argentina, a solo tres horas de la Quiaca, la frontera con Bolivia. Tan solo fue bajarnos del bus para sentirnos en otro país. Mis compañeros de viaje, Laura y Benjamín, no pararon de tomar fotos. Era como si estuviéramos dentro de un cuadro paisajista. Como si todo fuera producto de un pintor impresionista.

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Dos días y dos noches fueron suficientes para conocer Purmamarca y sus alrededores. La primera noche dimos una vuelta por el pueblo en busca de comida típica. Yo había escuchado que en el norte se preparan humitas, que son una especie de envuelto de mazorca colombiana, y como parte de mis genes indígenas me piden constantemente esos alimentos preparados a base de maíz, obviamente moría por probar una de estas. Y las encontramos. Bastó entrar en un pequeño restaurante ambientado por música saya para leer un menú diferente: humitas, tamales, milanesa de llama, empanadas de queso de cabra, asado de llama, cocido de llama y locro.
 
¿Qué vamos a hacer con tanta llama? Nos preguntábamos un poco impresionados por pensar en la posibilidad de comernos a un animal al que estamos acostumbrados a ver de una manera tierna en las plazas de los pueblos como un atractivo turístico. Y mientras decidíamos, yo preferí seguir el antojo de comer algo que me remontaría a mi país, una humita y un tamal, que obviamente no eran como los colombianos. La humita es un poco aguada, como si estuviera recién licuado el maíz, tiene unos trozos de queso y un tris de picante. El tamal es una bolita de harina de mazorca con carne picante en el medio. Deliciosos pero un poco pequeños. Benjamín por su parte se arriesgó a probar la milanesa de llama, que no estaba mal, porque en realidad su sabor es muy parecido al de la res, así que el drama quedo ahí, entre mordisco y mordisco, sin pensar en que era una llama.

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Al día siguiente nos fuimos a las Salinas Grandes, a 70 kilómetros de Purmamarca. El paisaje de ida nos remontó a un western, donde solo hay montañas áridas, abismos y una carretera vacía de vez en cuando. El bus turístico que salió del pueblo paraba en ciertos lugares para que pudiéramos tomar fotos. En una de las paradas nos encontramos en el punto más alto: 4.100 metros sobre el nivel del mar. Altura que obligaba a mambear algunas hojas de coca para evitar el soroche, el mal de alturas. Las Salinas son un desierto de sal con algunos morros que son procesados para su consumo. El azul del cielo contrastaba perfectamente con el blanco de la sal perdido en el horizonte y las montañas verde oliva.
 
Volvimos a Purmamarca y al otro día continuamos nuestro camino más hacia el norte. Primero llegamos a Tilcara, donde nos quedamos una noche. Ese mismo día fuimos a la Garganta del Diablo, una especie de cañón situado aproximadamente a una hora del pueblo si se va caminando. Y sí que vale la pena la caminata, aunque casi toda sea en subida; el paisaje desértico, las ovejitas bajando en manada, el viento seco y helado bajo un sol intenso nos hicieron sentir la tierrita de verdad. Justo al lado del camino donde empieza el recorrido hacia la Garganta hay un puente que conduce a Pucará de Tilcara, un pueblito prehispánico que se encuentra en la zona de la quebrada de Humahuaca. En esta reserva arqueológica se encuentran varías viviendas indígenas que fueron construidas hace mil años. También hay una necrópolis, un centro ceremonial, un taller lapidario y un monumento que se encuentra en la cima del Pucará y que fue construido en 1935 como homenaje a los primeros arqueólogos que visitaron la zona, Juan Bautista Ambrosetti y Salvador Benedetti. Ahí fuimos al día siguiente, nuestro último día, ese que tratamos aprovechar al máximo recorriendo el pueblo más cercano, Humahuaca y el Cerro de los Siete Colores, que aún nos faltaba.
 
En el camino hacía Humahuaca las montañas se volvían más coloridas aún. La razón por la que justo en este lugar de Argentina se pueden ver montañas amarillas con rosado, morado y verde es por el contenido de minerales y la antigüedad de estos en la tierra. Montañas como La Pollera de la Coya –que parece una falda que va en degradé del amarillo al rojo– o La Paleta del Pintor –que es la continuación del amarillo, el rosado, el morado y el rojo en varias montañas seguidas– adornan los Andes hasta llegar a Bolivia.Con este último recorrido ya estábamos satisfechos. Sentíamos, realmente, que esta era la verdadera Argentina, la de sus contrastes entre montañas áridas y glaciares, la del sur y la del norte, incluso el centro con sus viñedos en la frontera con Chile, la de los indígenas.
 
Ya no importaba el largo camino de regreso porque este viaje fue la más linda despedida que pude tener de Argentina.
 

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