POR: Bacánika ILUSTRACIÓN: Felipe Novoa Martes, 05 Abril 2016

Docentes de diferentes facultades y programas académicos, escondidos en el anonimato,
nos revelaron algunos secretos, trucos y anécdotas detrás de la pedagogía. 

Hay uno que ya sabíamos: ellos también son humanos. 

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Guayabo III
[Profesor de Comunicación Social]

p 1

No entiendo cómo hay profesores que llegan borrachos a dictar clase, o enguayabados. No tienen disculpa, porque hay una cosa que se llama “perico” que le despeja a uno la cabeza, le da luces para aguantar con algo de entereza esa hora y media o dos horas que está parado frente a veinte flacos a los que les importa un culo lo que uno está diciendo. Y uno haciendo fuerza… Qué va. Después de diez años de dar cátedra, puedo decir que el perico lo ayuda a uno con la precisión, la memoria, el ánimo y la rapidez mental cuando uno se ha tomado unas copas de más la noche anterior a una clase. Un par de rayas en el baño justo antes de entrar al salón y listo: no recuerdo muy bien qué pasa en esas dos horas, pero no me desmayé nunca y pude dar mi clase sin que los flacos que estaban frente a mí me la montaran al saber que estaba borracho. O enguayabado. Fácil y barato: guarde un ripio de la noche, o tenga por ahí a la mano el kit de emergencias para el guayabo: una o dos dosis de cocaína, una botella de agua helada y dos acetaminofén de 400 es todo lo que uno necesita para pasar una clase con guayabo. Aunque mi consejo principal es no emparrandarse la noche anterior a una clase.

separador¿Cómo sobrevivir a una clase si estás entusada?
[Profesora de Finanzas]

 2

Estaba dictando una clase de maestría y gracias a un amor “corto en tiempo pero intenso en emociones” (léase con voz de actriz de telenovela mexicana), sentía que iba a morir. La clase era de bases de datos, entonces opté por poner a los estudiantes a presentar por temas lo que se podía encontrar en diversos repositorios de información. Mientras ellos presentaban, yo me desquitaba con el papel y escribía todo lo que se me pasaba por la cabeza, con el fin de no romper en llanto. Luego de las presentaciones, los ponía a preguntarse entre ellos y, para que el conocimiento quedara consolidado, hacía un taller de cierre. Estoy segura de que el aprendizaje está en el hacer y eso justificaba mi metodología. Sí, cómo no.

separadorMírala a los ojos
[Profesor de Mercadeo] 

p 2

En mi universidad pueden perder las asignaturas por fallas. Una estudiante llegó tarde un día a la primera hora y se quedó fuera; sin embargo, la dejé pasar al cambio de hora para que solo se le contabilizara una falla. Resultó que el apodo de ella era “La Barbie”, y ciertamente lo tenía bien merecido. Su costumbre era dejar cargando el celular en una esquina, ella sentarse en la otra y levantarse varias veces durante la sesión para chequearlo, dejando a sus compañeros boquiabiertos. Cuando terminó esa clase, se acercó a mí. Iba vestida con unos pantalones muy ajustados junto con un top que marcaba sus enormes pechos y un escote que insinuaba más de la cuenta. En estos momentos comencé a pensar para mis adentros “¡mírala a los ojos! ¡No apartes la mirada de sus ojos!”. Se paró al frente mío para preguntarme si podía quitarle la falla de la primera hora por una excusa que ni recuerdo, pero que desde luego no era nada robusta. Le respondí escuetamente que no, que la normativa era la normativa y que no podía hacer nada. Ella puso carita de insatisfacción y siguió insistiendo, añadiendo un “por favor, profesor, no fue mi culpa” y ladeando ligeramente la cabeza mientras se contorsionaba un poco sobre su cintura y tensaba aún más ese top que parecía que iba a estallar de la presión. “No, señorita, no se puede hacer nada”, le respondí, aguantando la mirada con la suya, sin ceder a ninguna tentación. Su última súplica fue brutal: se acercó un poquito más a mí y puso una cara mezcla de actriz porno y niñita y me gimió muy lentamente un “por favor, profesor, seré buena, haré cualquier cosa, quíteme esa fallita…”. Dios, no sé cómo lo hice pero sacando fuerzas de flaqueza, aguantando una hemorragia nasal por hipertensión cardíaca y siguiendo con la mirada fija contra la suya, me reafirmé en un “no, lo siento, no hay nada que hacer”. Al retirarse la señorita, me di cuenta de que a pesar de haber finalizado la clase hacía un buen rato, todos los estudiantes –todos– se habían quedado en la clase para presenciar la escena, en silencio, y creo que incluso mirando lo que mis ojos no miraban, para ver si yo cedía en el tema de las fallas o en el tema de ese par de enormes, voluptuosas e increíbles…

separadorQue viva el taller
[Profesora de Diseño Gráfico]

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Los talleres son la mejor excusa para no hacer clase. Se deja un trabajo extenso –que en la carrera se suele llamar “entrega”–, de manera que tanto los estudiantes como la docente nos quedemos en casa “adelantando y revisando”. Para que no parezca que me invento estas clases a las que no voy, y que aprovecho para dedicarlas a mi trabajo freelance, las dejo programadas desde el principio del semestre y las hago ver como parte del proceso académico. Por lo bien que pagan en la Universidad, no creo que esté cometiendo ningún delito por ganarme unas pocas horas sin trabajar, digamos que ahí compenso que me toca pagarme salud y pensión, no me pagan vacaciones ni cesantías y todas esas cosas tan lindas de la reforma laboral.

separadorMaestro de la improvisación
[Profesor de Ingeniería Industrial]

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Por culpa de otros trabajos, he llegado a clase sin haberla preparado y tengo que improvisar sobre la marcha. Me invento actividades a último minuto y, por pura habilidad y conocimiento del tema, logro tramar a los alumnos (o eso espero): ejercicios o talleres para quemar tiempo y que se pase rápido, consultas de los estudiantes en las que se gasta mucho tiempo –dando respuestas largas, contando anécdotas, generando que los estudiantes debatan entre ellos y así no dar la clase– o inventarse una sesión al aire libre –se consume tiempo sacando a los alumnos y volviéndolos a entrar al salón–.

separadorLa llamada imprudente
[Profesora de Economía]

5

Cuando comencé a dictar clases de pregrado tenía 23 años. Para mí estaba claro que un hombre de 18 años no es una opción romántica. Para un ejercicio académico tuve que darles a los estudiantes mi número celular y un viernes en la noche recibí la llamada millonaria: “Hola profe, ¿qué haces?”, “¿Con quién hablo?”, “Profe, con Juan: es que estamos con Manuel en la T y te queríamos invitar a salir”, “Juan, dos cosas: primero, mi número se los di con un objetivo específico y no era precisamente salir juntos y, segundo, espero que esto no se repita”. Buscando que efectivamente esa fuera la primera y última vez que algo así sucedía, decidí contar la historia frente a todo el salón de clases con mi mejor cara de mujer seria, incluyendo algo de sarcasmo en el relato. Mantener mi cara de brava durante todo el cuento, acompañada de la risa de todos sus compañeros, logró que a Juan y a los demás estudiantes les quedara claro el mensaje.

separadorIn competencia
[Profesor de Diseño Gráfico]

 p 6

Mucho se habla de “mediocridad”, no sólo en estas cosas de la creatividad. Y la palabra ya está bastante gastada, tanto que perdió su significado. El primer semestre que dicté, enarbolé la bandera de la responsabilidad y rajé a tres estudiantes en la nota final y pasé raspando a la mitad de la clase, que en total tenía trece o catorce alumnos. En la calificación docente ellos se vengaron y hasta tuve que rendir descargos ante el decano porque algún dolido dijo que yo tenía un romance con una alumna, cosa que no era cierta. Hablando con otros profesores recibí un consejo de alguien que incluso me había dado clase a mí cuando fui primíparo: “no se preocupe por los vagos o los malos, páselos raspando que cuando se gradúen no van a ser competencia para nadie”. Seguí su consejo desde entonces. No hace mucho tiempo, me encontré a uno de esos alumnos que pasaba por pura condescendencia –según mis cálculos, se debió graduar de la universidad hace ya un par de años– trabajando de mesero en un bar; se alegró de verme y hasta me regaló un martini.

separadorEl poder de la credibilidad
[Profesora de Filosofía]

p 8

Recién empezaba a dictar clases, salí un miércoles con una amiga y nos pegamos la borrachera más impresionante del mundo. Cuando íbamos llegando a mi casa, como a las tres de la mañana (yo tenía que dictar clase a las siete), me di cuenta de que no llevaba llaves, así que se me ocurrió entrarme por una ventana que vi abierta en el segundo piso. Lo logré, pero obviamente no aterricé bien y me rompí la ceja, además de quedar con el ojo morado. Después de aguantar cantaleta de mis papás durante un rato, mi amiga me ayudó a limpiar la herida, me puso hielo, dormí dos horas, me bañé, me puse gafas negras y me fui al trabajo. No bien entraba, me encontré con el decano, a quien le sorprendió verme con unas gafas tan grandes y oscuras a esas horas y me preguntó qué pasaba. No sé cómo, pero la mentira empezó a salir sin que me lo propusiera: dije que en mi casa teníamos un problema de maltrato familiar porque mi padrastro era alcohólico y que había intentado pegarle a mi mamá la noche anterior y yo, al intentar defenderla, fui depositaria de un golpe y que además me había tropezado y así me había lastimado la ceja. El rector no solo me abrazó, sino que me pidió que fuera a poner la denuncia y me tomara todo el tiempo que necesitara; yo le dije que no pensaba llevarlo a la policía sino que estábamos intentando convencer a mi padrastro de que entrara en rehabilitación; él me dijo que lo primero era la familia y que no importaba, que me daba ese jueves y el viernes libres y que no olvidara que podía contar con él. Así no solo logré sobrellevar mi guayabo sino, en realidad, arreglar la vaina en mi casa porque, después de tamaña irresponsabilidad, mi mamá estaba que me mataba. Paradójicamente, el que me defendía era mi padrastro. No me siento orgullosa, fue una medida desesperada, poco ética, pero efectiva.

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Educación Humor