TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Chilango Páez Viernes, 06 Mayo 2016

 
Muy bonita, sí; también costosa y mentirosa. La isla más grande del Caribe es un destino complicado a la hora de viajar. Aquí le damos unas recomendaciones para que tenga cuidado antes de ir a Cuba.

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No se engañe: puede que Cuba aún no esté invadida por el cáncer de Starbucks y McDonald’s pero tampoco se trata de un paraíso anticapitalista. En una farsa económica y política, todo es caro y la gente está más que harta de la “revolución”, aunque tampoco hace nada para cambiar las cosas. Vaya bajo su propio riesgo.

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Prepare con antelación los 25 dólares de la visa –algunas aerolíneas se la cobran al hacer el check-in– y atesore el papelito porque su vida dependerá de él. Por experiencia propia: si es periodista, mejor diga que se dedica a otra cosa y así se ahorra interrogatorios incómodos. Tampoco es que tengan acceso a los archivos de la CIA para saberlo todo sobre usted.

En el aeropuerto debe cambiar su dinero a CUC, que es la moneda para los turistas –eso significa que hay otra moneda, CUP, para los nativos: ya hablaremos sobre ella–. No lleve dólares porque todavía están “penalizados”, es mejor cambiar euros, que son casi equivalentes al CUC. Esa equivalencia es responsable de que todo resulte bastante caro para los extranjeros, más para los que tenemos el peso tan devaluado. Existen pocas posibilidades de pagar con tarjeta de crédito, aunque es más común encontrar cajeros automáticos que reciben tarjetas internacionales: averigüe en su banco si su cuenta funciona en Cuba.

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La tarifa de taxi para salir del aeropuerto de La Habana suele ser de 25 CUC, lo máximo que le pueden cobrar es 30 pero habrá quienes le pidan más. No se deje tumbar. No es posible usar bus u otro medio.

Los hoteles son carísimos (estoy hablando de 80 euros por noche o más, aunque muchas veces son todo incluido). Las casas de familia son la única opción distinta y se pueden buscar por internet. Hay diferentes páginas para encontrarlas, están mal diseñadas y no son tan eficientes como Airbnb pero, con suerte, hasta le pueden aparecer promociones –fue mi caso en Baracoa–. Tienen la ventaja de que se paga por habitación, no por persona (es decir, si duermen cuatro personas pagan lo mismo que una). Sin embargo, no hay comentarios o evaluaciones de usuarios para saber en qué clase de lugar se está metiendo uno: la cosa resulta en una lotería. Cuando logre registrarse, exija sus derechos: le deben dar jabón, toallas limpias y papel higiénico.

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Trate de conseguir pesos cubanos (CUP) tan pronto se acomode en La Habana –que suele ser el primer lugar al que uno llega–. Una manera de hacerlo es ir a una heladería, un restaurante o un supermercado y comprar cualquier cosa con un billete grande de CUC para pedir los vueltos en CUP. Pídalo cortésmente y es probable que le ayuden. También habrá lugareños dispuestos a cambiarle a una tasa a veces desproporcionada. Hacer ese cambio es ilegal para los extranjeros; igual, todos lo hacen porque ese dinero sirve para pagar cosas muy baratas, como el transporte público.

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Movilizarse dentro de La Habana –que es una ciudad muy grande– es posible en buses, carros (viejos), taxis (nuevos) y mototaxis (los oficiales tienen forma de coco amarillo). Por supuesto, los transportes ilegales son más baratos; a veces en los hospedajes le pueden recomendar a conductores de confianza. En mi caso, regresé al aeropuerto en el sidecar de una moto y fue muy divertido.

A diferencia de muchas otras ciudades del mundo, usar buses turísticos puede ser una forma práctica de conocer la capital, sobre todo si va con la mamá: el clima, unas pequeñas lomas y el lamentable estado de la mayoría de edificaciones hacen que caminar sea muy desgastante. Igual: use los pies hasta donde aguante, vale la pena a pesar de lo deprimente.

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Aunque la comida no siempre es buena (y el servicio mucho menos), las cantidades sí suelen ser generosas. Los “paladares”, que son restaurantes familiares, ofrecen precios razonables por lo general. De todas maneras, verifique en qué moneda está el menú (CUC o CUP) porque la diferencia puede ser abismal.

No es buena idea ser vegetariano: tal vez ir a Cuba sea una oportunidad para dejar el radicalismo. En la isla hay poco o nulo acceso a la mayoría de precursores químicos del mundo, entonces se podría decir que su sector agropecuario es eso que llaman “orgánico”.

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Toallas higiénicas, condones, jabón antibacterial, paños húmedos y otros lujos burgueses de ese tipo son difíciles de conseguir si uno no es cubano. Si no puede vivir sin ellos, llévelos desde su casa.

 

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No resulta tan bueno viajar solo, mucho menos sola. La ubicua prostitución en La Habana es un problema muy incómodo y hasta agresivo –en mi caso, después de dos horas en la ciudad ya no daba más con tanto acoso: hombres y mujeres, incluso menores de edad aparecen apenas uno saca la cámara fotográfica–. También es más fácil discutir con un cubano cuando usted cuenta con alguien de su lado: cada cierto tiempo habrá alguien con algún interés por cobrarle más de lo que debe, entonces no sobra estar con alguien sinceramente amigable.

Si, como yo, ya decidió viajar sin compañía, evite hablar con cubanos en la calle: suena mezquino pero en la capital se vive una sensación casi constante de que quieren sacarle algo (comida, papel higiénico, ropa, sexo, dinero) a como dé lugar.

Los robos son poco frecuentes –los cubanos le tienen más miedo a la cárcel que a la muerte–; de todas maneras, cuide sus objetos y no lleve mucha tecnología. Sí: es un escenario común en toda Latinoamérica, aunque ciudades tan peligrosas y desiguales como Cartagena parecen Estocolmo al lado de La Habana.

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Eso me lleva al principal consejo: La Habana y su gente son quizá lo peor de Cuba. Quédese lo menos posible en esa ciudad y vaya a otros lugares. Viñales, por ejemplo, es fantástico, tranquilo y amable. Las montañas de la isla son muy bonitas –hay varias cerca de Santiago, Trinidad, Baracoa y Bayamo, entre otras–. Evite las playas turísticas, como Varadero, que se convirtieron en balnearios para gringos y le ofrecen una experiencia “todo incluido” igual a la de cualquier otra playa del Caribe pero mucho más costosa.

Rentar carros o conseguir aviones para moverse dentro de la isla no es fácil, toca hacerlo con bastante antelación y sale caro. Sin embargo, los aviones son la mejor opción para atravesar la isla, que es mucho más grande de lo que uno piensa y, como sólo cuenta con una carretera, obliga a hacer desplazamientos demasiado largos por tierra –por ejemplo, entre Santiago y La Habana hay 15 horas de camino–.

En temporada alta (especialmente fin de año), es mejor comprar los tiquetes de bus antes de llegar a Cuba. Viazul es la única opción para los turistas: el servicio es decente y generalmente puntual, pero la atención al cliente es pésima y los precios no son justos. También hay taxis o carros particulares que van de una ciudad a otra: toca tener cuidado porque el azar juega en la calidad del transporte (la mayoría de carros son muy viejos, se pueden varar), aunque si va en grupo pueden salir más prácticos que Viazul.

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TODO lo que reserve desde su casa, imprímalo (incluso dos veces, por si las moscas). Repito: imprima todo, no se preocupe por el desperdicio de papel. Reservas de hospedaje, de buses, correos con taxistas… TODO.

Internet no ha terminado de llegar a Cuba y apenas funcionan dos bastiones del antiimperialismo: Gmail y Facebook.

Si tiene que conectarse a Internet, en ETECSA (la empresa de telecomunicaciones de la isla) venden tarjetas de minutos. En esas mismas oficinas hay computadores y en los alrededores, conexión wifi. Oficialmente no prestan las impresoras, pero hacerle ojitos de Bambi a algún servidor puede tener buenos resultados en caso de necesitar imprimir algún documento –experiencia propia–.

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No sobra volverlo a decir: tenga cuidado con la prostitución. Mucho más si sale de fiesta. Hay bares o plazas más destinados a los turistas y, por lo tanto, más costosos y asediados; por ejemplo, La Bodeguita del Medio es una trampa de turistas.

Se puede tomar en la calle y el trago es barato en las tiendas –el pueblo borracho jamás será vencido, ¡beba la revolución!–.

Algunos días hay presentaciones gratuitas de orquestas locales o DJ improvisados en tarimas al aire libre: ahí están las mejores fiestas porque es donde suelen parrandear los lugareños, no los turistas. Por supuesto, estas son parrandas que no se encuentran en ninguna guía Lonely Planet y a las que uno llega un poco por azar.

La salsa y el son se volvieron una cosa más de museo o de feria. La primera suena regularmente en salones en los que dan clases de baile para que los turistas aprendan movimientos robóticos; el segundo aparece espontáneamente, casi siempre en voz de simpáticos viejillos que esperan recibir monedas a cambio de su música. Lo que más suena es reggaetón, así que prepare su tolerancia y mejor no se queje de escuchar la misma canción diez veces al día.

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Cuando pueda –en mi caso, en las paradas de bus–, vea un poco de televisión nacional. Además de las producciones locales que parecen realizadas en 1978 y de los eternos partidos de beisbol, también pasan series socialistas como How I met your mother. Los periódicos también son muy chistosos, pasquines anacrónicos con un tono propagandístico que uno no sabe si alguien se cree todavía.

Eso sí, evite los suvenires:
todo lo que venden en Cuba también es hecho en China.

 

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