POR: Chilango Páez Martes, 08 Marzo 2016

 
Hubo un tiempo en el que la semana santa no era sinónimo de vacaciones y parranda. Aquí recordamos el significado de cuatro tradiciones que representan el momento más importante del catolicismo.
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Fotografías tomadas de "Bogotá, años 40" de Sady González.

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Visitar monumentos

Desde el jueves santo hasta el domingo de resurrección, los días parecían más un retiro espiritual: pocos católicos salían de paseo, se debía escuchar música sacra –incluso Mozart pasaba por mundano–, hablar apenas lo necesario y no se podía ver televisión ni jugar o reírse. También circulaban mitos como que bañarse convertía a la gente en pez o que si alguien tenía cualquier tipo de sexo se quedaba pegado a su pareja o a su mano: hasta ahora no se conoce el primer caso comprobado de nada similar. Los monumentos, entonces, no se referían a sitios de interés turístico; se trataba de algunos puntos específicos de las iglesias que están destinados a la comunión. Y aquí cambiamos de tiempo verbal porque la tradición sigue viva: la idea es visitar siete escenarios en el lapso que transcurre entre la misa del jueves santo y la conmemoración de la pasión y muerte de Cristo (el viernes santo) para acompañar al mesías durante los momentos en que más sufrió. Las parroquias lucen sus custodias y ornamentos y trabajan con ahínco en una decoración blanca y solemne. Cuando la semana santa no era de vacaciones, los más pequeños aprovechaban este escape de la casa para bajarle a la carga religiosa y tomar del pelo, pero la idea era (y es) entregarse a la oración y guardar una especie de estado de duelo.

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Fotografías tomadas de "Bogotá, años 40" de Sady González.

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Fotografías tomadas de Historia de Bogotá Siglo XIX.

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Ayuno y abstinencia

Así como Jesucristo dio su vida por los pecados de la humanidad, la humanidad puede agradecerle con unos pequeños sacrificios. Durante la cuaresma, el código canónico –una serie de normas católicas– señala que no se debe comer carne los viernes. El viernes santo es el día más duro: no solo está prohibida la carne sino que se recomienda una sola comida durante toda la jornada, apenas acompañada por un desayuno y una cena muy ligeros. Aplican condiciones y restricciones: si usted es menor de catorce y mayor de cincuenta y nueve, no tiene obligación de ayunar; el rechazo a la carne de res tiene su origen en que, en tiempos romanos, era muy costosa, así que la idea es abstenerse de los lujos no de un tipo de carne específico; y si algún asunto de salud le exige comer ciertas cosas o cada cierto tiempo, tampoco tiene usted que terminar en una sala de urgencias por amor a Dios.

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 Fotografías tomadas de Historia de Bogotá Siglo XIX. 

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Los siete potajes

Casi en contraposición al ayuno, esta tradición arraigada en Latinoamérica se basa en la idea de compartir y hacer una reminiscencia de la última cena. Como tiene lugar el jueves santo, sirve para soportar mejor la vigilia del viernes. La hora de la comida depende de cada hogar: en algunas regiones suele dejarse para la noche y, en otras, para empezar el día con un desayuno suculento, los más prácticos la hacen a la hora del almuerzo. Quesos, sopas, panes especiales, diferentes carnes, frutas, postres, algo de vino (poquito pero bendito: el alcohol no es bienvenido en semana santa)… lo importante es romper con las preparaciones del resto del año, usar las mejores vajillas, alistar muy bien la mesa, encomendarla a Jesucristo y pasar un rato de saludable comunión con la familia o los vecinos.

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Fotografías tomadas de "Bogotá, años 50" de Sady González. 

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Las procesiones

Así como visitar monumentos sirve de excusa para salir de casa, las procesiones del viernes y el sábado dan la oportunidad de hacer un poquito de ejercicio, así sea para seguir rezando. La procesión más famosa es el viacrucis del viernes santo, seguida por el homenaje a la Virgen María del sábado. Algunos lugares son más vistosos para estas marchas, como el Palo del Ahorcado en Bogotá o las calles de Mompox y Popayán, por nombrar apenas un par de ejemplos en Colombia. En ellas se congregan miles de fieles y turistas no tan fieles unidos alrededor de la muerte del hijo de Dios. Música sacra, ropas prístinas y pesadas figuras religiosas construyen una puesta en escena menos costosa y sangrienta que la película de Mel Gibson. Más allá de su significado religioso y de las promesas que realizan algunos de los sacrificados caminantes, en casos como el de Mompox es muy divertido encontrarse con borrachines cargando estatuas y músicos desafinados que esperan al final de la procesión para quitarse la corbata y dedicarse a la cumbia. Sin embargo, en otros tiempos el rigor de las procesiones era parte de los sacrificios que terminaban el domingo con la misa de resurrección.

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Fotografías tomadas deFotografías tomadas de "Bogotá, años 40" de Sady González y Historia de Bogotá Siglo XIX.

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Fotografías tomadas de "Bogotá, años 50" de Sady González.

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Agradecimientos al Archivo de Bogotá que nos permitió esculcar en su material
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Religión