POR: Camila Arango FOTOGRAFÍA: Sebastián Jaramillo Martes, 07 Julio 2015


Con la ilusión de ahorrar unos dólares, Camila Arango, estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, se le midió a limpiar 300 salmones por hora durante 35 días. Esta es su historia.

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U

na amiga se lo había dicho varias veces. Trabajar en vacaciones en Estados Unidos es una de las mejores opciones para conseguir dinero. Lo había pensado dos años hasta que sintió el impulso de hacerlo. Contactó a World and Travel Solutions, una agencia de intercambios culturales que ofrece a universitarios de distintas partes del mundo la posibilidad de trabajar en Estados Unidos durante el verano, con la firme intención de conseguir empleo en una planta de salmón en Alaska. También existía la posibilidad de viajar a Washington para ser la supervisora de una piscina, pero Camila sabía que, aunque la primera opción era la más difícil, también era la que más le convenía: pagaban mejor y no tenía que gastar un peso en comidas y hospedaje. El 20 de junio de 2010 llegó a Naknek, un pueblo de tres kilómetros –a una hora en avioneta de Anchorage, capital de Alaska– cuyo único atractivo son las cuatro plantas que de mayo a agosto se dedican a limpiar, procesar y empacar salmón para enviar a diversos países del mundo. 

Cientos de estudiantes latinoamericanos, asiáticos y europeos llegaron con el mismo propósito: trabajar 16 horas de pie, dormir en grandes dormitorios compartidos o en trailers para diez personas, y partir satisfechos por la labor cumplida y con varios dólares en el bolsillo.

El fish house, departamento encargado de cortar la vena del salmón y quitar la sangre del pescado, fue donde, por sorteo, Camila tuvo que limpiar más de diez mil pescados durante un mes. Con un instrumento que tenía un afilado cuchillo por un lado y una cuchara por el otro, le tocó aprender desde el primer día una tarea que debía desarrollar con ritmo y rapidez. No podía dudar o demorarse, ya que eso no solo significaba pasar varias horas con cientos de tripas de pescado acumuladas alrededor de sus pies, sino atrasar a los otros departamentos: filet, donde quitan las espinas del salmón y seleccionan el HG –salmón de alta calidad– y packing, encargado de empacar el pescado.

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- FRÍO Y DOLOR -

Cada jornada llegaba a una planta helada junto a 300 empleados, vestida con dos leggings, dos jeans, cinco camisetas, un gorro de lana, una malla para el pelo, tres guantes –de lana, de cuero y sintéticos– y un uniforme impermeable amarillo por el que tuvo que pagar 40 dólares y que lavaba tres veces al día para quitarle la sangre del salmón que irremediablemente la salpicaba. A los pocos días empezó a sentir el dolor en las manos, la resequedad de la piel, el punzante dolor en los brazos… No había manera de escapar, ya había un compromiso de por medio y devolverse le costaría un dinero que no tenía. Tampoco había tiempo para fiestas o reuniones sociales, trabajaba los siete días de la semana de dos de la tarde a seis de la mañana y dormía en las pocas horas libres que le quedaban.

En su cabeza hacía todos los días las cuentas. Sabía que cada jornada los dólares aumentaban y eso le daba ánimos para continuar. Las primeras ocho horas las pagaban a 7,75 dólares y los ocho siguientes a 11,63. Con el dinero que pronto iba a llegar a sus manos se mantendría sin ayuda de sus padres un semestre y podría comprar ropa y regalos para sus hermanos.

Cuando la cantidad de pescado empezó a disminuir, varios trabajadores tuvieron que irse. Camila fue uno de ellos. Hoy, a pesar del esfuerzo, el cansancio y cierta fobia que le tiene al salmón, asegura que volvería a repetir la experiencia. Al fin y al cabo el viaje, además de dejarle 2.800 dólares y varios amigos, tuvo otro lado positivo: le permitió probarse a ella misma.

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