POR: Adrián Atehortúa FOTOGRAFÍA: Juan Zorro Martes, 28 Abril 2015


No por sabido es más asimilable. La quimioterapia es el punto más avanzado al que ha llegado la medicina en su lucha contra el cáncer, y sin embargo sus consecuencias no son mejores que la enfermedad. El cuerpo parece desvanecerse pues pierde vigor y tono en un intento por salvarse.

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De todo lo que muere y todo lo que se salva en esa recuperación, hay algo que en la mayoría de los casos no sobrevive. Las cabezas se convierten en terrenos estériles de los que no volverá a brotar nada. Y, como en las extensiones de tierras áridas –tierras arrasadas- pasará el viento sin que nada se ondee con la belleza de las cosas que se mecen suaves en el aire. El cáncer pasa y la alopecia es su huella personal.

En Colombia, el cáncer es una enfermedad con dimensiones de epidemia. De acuerdo con el Plan Decenal Para el Control del Cáncer 2012 – 2021, presentado por el Ministerio de Salud, en el país se reportaron cerca de 78.887 casos de cáncer por año entre el 2000 y 2006. En 2010, se registraron 33.450 muertes por cáncer, que representaron el 16.9% del total de defunciones en el país, de las cuales 16.381 fueron hombres y 17.069 mujeres. Los casos más comunes: próstata, estómago, pulmón, colon, recto –en los hombres- y mama, cuello uterino y tiroides -en las mujeres-.

Al igual que la cifras, en la Liga Colombiana Contra el Cáncer, seccional Bogotá, acuden más mujeres que hombres por la enfermedad. Hoy, por ejemplo, es una tarde de jueves y en la recepción hay cuarenta sillas azules de plástico alineadas, de las cuales 23 están ocupadas. De pie, están siete personas más. De todos ellos, dos son hombres: un médico y el vigilante de la entrada. La sede es una edificación hecha de la unión de dos tradicionales casas de Chapinero Alto, a orillas de la carrera séptima, donde la gente con dificultades para encontrar un tratamiento, acude para hacer más llevadera su enfermedad y la de otros. Cada jueves, ya es tradicional la reunión del grupo de apoyo de mujeres que padecen y padecieron el cáncer de mama. En la oficina del departamento de Restablecimiento, sentada ante un escritorio rodeado de cabezas de poliestireno y pelucas, está Sofía de Noval, coordinadora de las voluntarias de esta sección. Sofía tiene 72 años de vida y 33 de voluntariado en la Liga. Es prolija, liviana y lleva un peinado alto y monolítico color oliva. Como todas aquí, llegó después de padecer la enfermedad y, tras su recuperación, dejó su vida como ama de casa y decidió compartir su experiencia con otros. Ayuda a las mujeres antes y después de la quimioterapia y, especialmente, a encargarse de los detalles que los médicos no contemplan: terapia tras la amputación del seno, su respectiva prótesis, brassieres, vestidos de baño, trámites, citas, recetas. 

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Las mujeres vienen con muchos problemas físicos y psicológicos. La vida les cambia por completo. Hay muchos traumas que quedan después de la quimioterapia. A eso, se le suma, por ejemplo, la extensa tramitología de las Empresas Prestadoras de Salud de los pacientes, que generalmente hacen más difícil el acceso a tratamientos, exámenes y medicamentos. De todos esos traumas, es infaltable el de la alopecia. Aunque ha habido soluciones desde los inicios de la lucha contra el cáncer, la circulación de pelucas, capules, sombreros, boinas y turbantes no fluye como se espera. Los precios de una peluca en el mercado son poco asequibles para la mayoría de la población que padece de cáncer. Aunque sea uno de las mayores preocupaciones, entre la lista de efectos en los que deviene el cáncer y la quimioterapia, una peluca pasa a un segundo plano, más como un lujo que como una prioridad. De todos modos, es poco disimulable. Hace un año, Sofía y las voluntarias de su departamento hicieron una convocatoria para recibir donaciones de pelo y hacer pelucas para las mujeres y los niños que acuden a la Liga. La idea fue exitosa y ahora, a un costado de la oficina, reposan dos cajas que suman 18 kilos de mechones de cabello de todo tipo. Con eso podrán conseguir algunas pelucas por un buen tiempo. -La idea es que la gente pueda conseguir una peluca, cualquiera, por 50 mil pesos, por ejemplo. Y si alguien se recupera, y vuelve a tener pelo, la idea es que la devuelvan y la donen para otras personas.- Y ¿sí se devuelven?- Bueno… hay que entender que la mujeres somos muy vanidosas y quedarse calva es un drama muy traumatizante a cualquier edad. Lo ideal sería eso, pero muchas veces la gente se queda con ellas. Uno entiende. La conversación termina. Una mujer está llamando a la puerta. Viene, por supuesto, buscando a Sofía. 

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Es de conocimiento básico que los mamíferos se diferencian de las demás especies del reino animal por dos rasgos: su alimentación primaria a base de leche producida por las glándulas mamarias de las que están dotadas las hembras y el pelo que recubre sus pieles. La relación entre ambas es directa: la leche contiene dos tipos de proteínas destinadas a enriquecer el crecimiento de huesos y pelo. El ser humano se considera a sí mismo el mamífero supremo. Entonces, el asunto se enreda. Llamamos pelo a cada una de las fibras delgadas que nacen de la última capa de la piel hacia el exterior y crecen como tallos de queratina, con raíz y vida propia. Al conjunto de esas fibras, agrupadas como campos, les llamamos pelaje, y en los humanos cabello. A diferencia de las escamas en los peces, las plumas en las aves y el pelaje en los otros mamíferos, el cabello en la humanidad no cumple mayor función vital. No lo protege, no lo abriga, no lo transporta. Por lo tanto, con su evolución, el hombre cada vez tiende a tener menos pelo. Y a falta de esa función, no ha tardado en asignarle alguna, con un significado trascendental, como muestra de su conciencia superior: la identidad. El cabello se ha convertido en una materia prima invaluable que corona cabezas y representa ideas. Militares, religiosos, oficinistas, afros, orientales, occidentales, etnias, cavernícolas, samuráis, rastas, punks, hippies… un etcétera de personajes, todos identificables por la cabellera. De las materias orgánicas que producen los seres vivos –madera, cuero, sangre, saliva, lágrimas, heces, seda, ácidos, venenos- el pelo es uno de los más valorados. Como toda materia orgánica, no se puede inventar y los intentos por hacerlo se quedan en imitaciones muy generales, no muy satisfactorias para quienes las codician. Cuando se habla de abrigos de pieles, no es la piel lo deseado: es el hipnótico pelaje de fieras y bestias. Y, aunque no hemos llegado a la caza sistemática de cabellos hermosos, la maquinaria del hombre por mimarlo es desorbitada. Una lista básica –muy básica- incluye: peines, peinillas, peinetas, cepillos, hebillas, listones, moños, chulos, shakiras, ganchos, mayas, gorros, palillos, diademas, tubos, tijeras, barberas, rapadoras, secadores, planchas, rizadores, masajeadores, lacas, gel, cera, cremas, aceites, ungüentos, tinturas, decolorantes, químicos, recetas.

En Colombia, por ejemplo, hay más de 30 marcas de champús en el mercado, con sus respectivas variedades, y su pauta comercial ya es una escuela identificable dentro del campo de la publicidad. El pelo es una materia orgánica paradójica digna del drama cotidiano. Ya no es una capa sin función, sino un material preciado que habla por cada individuo. Un hilado obsesionante que presiona el imaginario humano y lo acompleja, desde Rapunzel hasta Homero Simpson. Por eso, y a pesar de eso, después del calvario de la quimioterapia, lo que podría ser una vanidad, es una preocupación igual de dolorosa. La más visible de todas. La que corona los días del cáncer. Como cualquier cosa que imita a otra, una buena peluca debe esmerarse en parecer eso que no es. Y como cualquier cosa que imita una obra de la naturaleza, una peluca debe asemejarse a algo con esa vida, aunque no la tiene. Sin embargo, su creación es igual de compleja, como cualquier intento del hombre por crear lo que no puede. Alexánder Sarmiento, ingeniero, 31 años, pertenece a la segunda generación de una empresa familiar dedicada a fabricar pelucas oncológicas, es decir, pelucas destinadas a reemplazar y comportarse como la cabellera extinta. Sistemas Sarmiento es una idea que nació hace treinta años, cuando Jairo Sarmiento, el padre de Alexánder, un tricólogo como pocos en Colombia, empezó a preocuparse por lo que nadie se preocupaba con respecto al cáncer y la quimioterapia: el después.

La tricología es un conocimiento científico que ya poco o nada se cursa en Colombia, y su objeto de estudio es muy específico: el cuero cabelludo. Eso y la poca difusión sobre las causas y consecuencias del cáncer, hacen que la fabricación de pelucas oncológicas en el país sea un mercado con una oferta muy baja, a pesar de la demanda. Sin embargo, Jairo Sarmiento levantó su empresa, que hoy está ubicada en el barrio Chapinero de Bogotá, y entre pelos y pelucas crio a tres hijos que estudiaron cosas que nada tiene que ver con la tricología y, aun así, se dedican al negocio familiar. Alexánder es el menor de ellos. Sentado en un sofá amplio a la entrada de Sistemas Sarmiento, Alexánder lleva en brazos a su sobrina y habla de pelucas. Al fondo del local se ve una silla de barbería vacía y un hombre de delantal y cabello como una nube que se mueve de un lado a otro. Las paredes son un mosaico de cabezas de maniquís con rostros finos que exhiben toda clase de peinados. El cuarto tiene la vida de los cabellos y la esterilidad inodora de cualquier laboratorio. Es, con evidencia, radicalmente diferente a un salón de belleza. Alexánder hace a un lado a su sobrina, toma una de las cabezas de maniquí, la acerca, la mueve y dice “toque tranquilo. Toque”. Para hacer una peluca como esa, de veinte centímetros de largo, hay que importar cabello que en Colombia no se consigue porque los largos –es decir, los mechones continuos, uniformes y extensos- no se cultivan. Es un cabello suave, prolongado y sedoso. El material proviene generalmente de Europa, India o el Cono Sur, donde dejarse crecer la cabellera y venderla por un buen precio, ya es costumbre y negocio. También es difícil conseguir las tonalidades pardas, claras y cobrizas. Además, anota Alexánder, el cabello colombiano es genéticamente menos maleable que el de las zonas de las que se importa. 

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Aclarado esto, es normal suponer que no todo el cabello que se dona sirve para hacer una peluca. Después de que se recibe, se selecciona el mejor material, creando un filtro donde gran parte de lo que llega se descarta, especialmente por la hidratación de los mechones. Los seleccionados se agrupan por color, tono, largo y textura. Luego, pasan a una especie de minitelar donde se enhebra pelo por pelo a un hilillo que va formando un tejido que dibuja el contorno de una cabeza humana. Para completar, sobre una capa de piel de silicona que simula el cuero cabelludo, se insertan de a uno cada pelo que conforma la coronilla, de la cual se desprende una malla a la que se adhieren las capas producidas en el minitelar. Por último, se lava, se peina y se le da un corte de cabello personalizado. Entonces, se entrega a la persona beneficiada. La fabricación de una peluca puede tomarse una semana. En el proceso, se pierden cerca de diez centímetros de cada mechón donado o comprado. Los precios: entre 900 mil pesos y 2 millones. En Sistemas Sarmiento, se producen cerca de 45 al mes, de todo tipo, corte, textura y color. No todas se venden.

“La experiencia” es la forma en que algunas mujeres se refieren al cáncer que han padecido. Sofía, por ejemplo, dice que “ninguna mujer está preparada para la experiencia”, o que “la experiencia siempre marca la vida de la mujer y de sus familiares”. Esos son algunos de los episodios que más le preocupan en su labor como voluntaria. Todos los días atiende y escucha a hijas, amigas, novias, familiares que vienen a donar el pelo en solidaridad de su ser querido con la experiencia.Cuando Sofía tuvo su experiencia todavía era muy joven y, recuerda, nadie hablaba de cáncer, mucho menos del de mama, mucho menos de quimioterapia y alopecia. Sin embargo, de eso fue de lo que le hablaron y ella cuenta que su vida cambió con la experiencia. Cuando se enlistó como voluntaria, el departamento del que hoy es coordinadora solo llevaba dos años de fundación y estaba todo por hacer.La iniciativa del departamento de Restablecimiento nació cuando Therese Lasser, estadounidense, y Adela Méndez, costarricense, llegaron a Bogotá a compartir su experiencia y hacerles saber a las mujeres –y a las personas con cáncer en general- que en caso de sobrevivir a la enfermedad, las cosas tal vez no serían igual pero se podía vivir bien. Aunque su legado fue inspirador, Sofía no llegó a conocerlas. En su oficina, colgados de la pared donde descansan las cajas con el cabello donado, se conservan sus retratos, junto al de otras dos mujeres, una de las cuales fue amigas de Sofía. Tres de ellas ya murieron. Llevan sendos peinados altos y abundantes. Sofía los señala, los mira, habla de cada una de ellas, imperturbable. Sofía también lleva peinado alto que da visos delicados cuando gira la cabeza, como un postre dando vueltas en el mostrador, igual de exquisito.Sofía habla sobre todas las tareas que tiene para esos días con las mujeres del grupo de apoyo. También, de la campaña de donación de pelo. También, de los usos de las pelucas y las prótesis y de la gente que espera beneficiarse con ellas. Dice, con serenidad, que la labor es inacabable. Con la misma serenidad, Sofía toma el teléfono de la oficina que está sonando. Y contesta: -¿Aló?... Sí ¿Cómo está?... Claro, claro. No hay problema, tranquila. Anote mi celular: 310… No, para nada, puede llamarme a cualquier hora, yo me acuesto muy tarde y me levanto temprano… Bueno, listo. Siempre a la orden.Cuelga, y pregunta “¿En qué íbamos? Ah sí, lo de las donaciones…”Es cierto. Su trabajo es inagotable. Su voluntad también.