POR: Juan Sebastián Salazar ILUSTRACIÓN: Diego Bedoya Miércoles, 27 Julio 2016

¿Drogas para crear superhumanos?
Esta es una crónica sobre los esteroides anabólicos androgénicos.

ESTEROIDESILUSTACION

N


elson se cansó de hacer ejercicio todos los días y no ver un resultado evidente después de seis años. El abdomen no se marcaba, los pectorales aún no tomaban forma –más rectangulares y menos circulares– y los músculos de las piernas seguían grandes, pero sin rayas. Y le daba y le daba y nada. En el colegio, en los descansos, hacía barras, fondos y flexiones. Luego fue al gimnasio de la universidad con unos amigos de la carrera de publicidad: un pelirrojo ancho –grande y tatuado– y un caleño gordo. Unos días hacían piernas, otros brazos, otros espalda, otros hombros. Cuando se graduó, Nelson se inscribió en un gimnasio cerca de su casa. Y le daba y le daba y nada. Y se enojaba. Otras personas se marcaban de un día para otro: “Y estas gonorreas, ¿qué?”, pensaba cuando los veía. Empezó a investigar sobre fisiculturismo. Leyó los comentarios de los foros sobre el tema y siguió páginas de Facebook. Habló con sus amigos y con los entrenadores.

“Llegó un punto en el que decidí darle un chancletazo a mi cuerpo… Aquí le dicen un empujón”, confiesa. Silencio. Saca el celular del bolsillo. Muestra una foto dividida en dos: en una parte está él en ropa interior, con unos bóxeres apretados rojos con rayas blancas y negras, los pantalones debajo de sus rodillas: su cuerpo grueso sin rayas, sin músculos definidos, sin marcas; en la otra parte está él, también en ropa interior (con unos calzones grises), y con los pectorales marcados, las piernas con una raya que diferencia los músculos internos y externos, y un abdomen que empieza a dividirse en cuadros. La primera foto fue tomada hace dos meses; la otra, hace un par de días. Ninguna fue editada con Photoshop; las dos fueron tomadas desde el mismo ángulo y Nelson tiene la misma pose.

NELSON

[fotografía: Nelson]

“¿Ve la diferencia?”. Sonríe. “Ese es el truquito. La magia de esto”. Sonríe de nuevo. “Bienvenido al mundo de los esteres”. 

*** 

Los esteroides anabólicos androgénicos (EAA) son sustancias sintéticas –producidas a través de procedimientos industriales– derivadas de hormonas masculinas como la testosterona, la androstenediona, la dehidroepiandrosterona y la dihidrotestosterona. Estas se producen naturalmente en los testículos y tienen una función sexual (androgénica) y otra anabólica. En la primera, se encargan de la masculinización del cuerpo (vellos, voz gruesa) y de la producción de espermatozoides; en la segunda, provocan el crecimiento del músculo esquelético y el aumento de la producción de glóbulos rojos: o sea, mayor oxigeno para el cuerpo. Cuando una persona consume EAA –bien sea por medio de inyecciones intramusculares o pastillas– potencia los efectos de esas hormonas y mejora su rendimiento físico: mayor musculatura, mayor resistencia y menor tiempo para la recuperación después de cada actividad.

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Entre los primeros que se dieron cuenta de los beneficios de los esteroides estuvieron los deportistas y guerreros griegos. Cuentan que antes de cada competencia física y de cada batalla, cientos de años antes del nacimiento de Cristo, consumían testículos de carnero para darle energía al cuerpo. Los testículos eran símbolo de masculinidad y poder y se demostraban en la guerra y en los deportes.

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Tres mil años después, en 1849, el fisiólogo y zoólogo Arnold Adolf Berthold descubrió que los gallos con testículos tenían comportamientos distintos a los castrados. Eran más agresivos, con una cresta más grande, con mayor musculatura, más ruidosos y con una actitud más activa en el sexo: buscaban a la hembra, la cortejaban, competían con otros machos. Con base en esos estudios, Berthold dijo que los testículos secretaban unas sustancias que estaban conectadas a la constitución física del macho y a ciertos comportamientos. Cuarenta años después, en 1889, Charles-Edouard Brown-Sequard, capturó –sintetizó– aquellas sustancias derivadas de algunos testículos de perros, primates y conejillos de indias. En un reporte que escribió para la Sociedad de Biología de París dijo que había descubierto el “elixir de la vida”. Las personas ya no tenían que comer gónadas o tenerlas, ahora podían inyectarse. El médico afirmó que el líquido rejuvenecía el cuerpo, aumentaba la fuerza y la habilidad intelectual y prolongaba la vida.

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A partir de aquellos hallazgos científicos, a principios del siglo XX, varios laboratorios químicos como Organon, Schering y CIBA, y varias universidades de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Austria, empezaron proyectos para desentrañar los secretos que se escondían en los testículos: descubrieron que las sustancias derivadas de los testículos de un bovino podían “remasculinizar” gallos, ratas y cerdos castrados; declararon que podían sintetizar las de los seres humanos; revelaron que podían ser útiles para contrarrestar los efectos de condiciones médicas como problemas de crecimiento, desnutrición, terapias de recuperación con personas quemadas, pubertad tardía e hipogonadismo. Descubrieron que los esteroides –nombre acuñado por el bioquímico británico Kenneth Callow en 1936– podían ser “el desayuno para los campeones”.

***

El gimnasio es una fábrica. Cada tanto suenan las pesas que se chocan, un chasquido seco –¡tac!–, y un bufido o un gemido que sale de alguien haciendo muecas, apretando los dientes y los párpados. Alguien grita “¡Vamos!” y otro “¡Quiubo!” y otro cuenta hasta doce. En el fondo hay música electrónica y las personas se mueven de manera sincronizada –arriba abajo, abajo arriba–. Bailan al son de las mancuernas. Huele a ajo y ambientador de frutos rojos y champú y metal.

“Cuando el carro no funciona usted tiene que ir al mecánico, ¿no?”, dice Holman Beltrán, entrenador personalizado de un gimnasio cerca de Galerías, en Bogotá. “Yo curo a todo el mundo”, confiesa. Se sube la camiseta y empieza a mover los pectorales frente al espejo: “¿Y esto cómo se llama?”, señala. Luego hace fuerza en los abdominales y se marcan seis cuadros: “¿Y esto?”, señala. Se baja los pantalones y muestra sus piernas. Grandes y marcadas, como si fueran cortadas por bisturíes para diferenciar un músculo de otro. “¿Y esto?”. Tiene setenta años y a los treinta empezó a inyectarse EAA. Duró veinte haciéndolo, a punta de testosterona sintética: “Sí, tengo setenta y vivo cagado de la risa. Hago el amor tres veces al día y me masturbo otro par”, se ríe. “Jamás he tenido problemas médicos por chuzarme… Yo soy como un hacker en el chuzo… ¿Sí me entiende?”. Bajo la sudadera, su pellejo está abarrotado de colinas de músculo, venas y arrugas. “Músculo, papá. Músculo”.

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A Holman se le metió en la cabeza que quería ser fisiculturista cuando un profesor del colegio, de educación física, en Socorro (Santander) se quitó la camiseta. “Yo quería ser así”, marcado. Y empezó a darle. Barras. Argollas. Pesas. Mancuernas. “Mi sueño era ser campeón de Mr. Olympia”, el concurso más importante de fisiculturismo en el mundo.

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En los años setenta, Holman participó en las competencias Sr. Bogotá, Sr. Raza, Sr. Colombia y en algunos panamericanos de fisiculturismo en Panamá, Costa Rica y Puerto Rico. Primer lugar, segundo lugar, tercer lugar. Posaba con una tanga naranja en el podio. Alzaba trofeos. Se llenaba el cuerpo de aceite. Hacía fuerza. En las fotos aparece con una espalda con forma de copa de vino; los pechos simétricos, dos almohadas de hierro; abajo, el abdomen, plano y con seis cuadros en línea; las piernas cortas pero anchas.

Holman-Fisiculturismo-I

Holman-Fisiculturismo-IV

Medallas-I

“Lindo”, dice mientras ve su foto. Serio. “A mí no me asustó eso”. Pausa. “Yo me metí ayudas. Eso no se logra ni a punta de comida ni a punta de ejercicio”. Serio. “Puro no, ¡pura mierda!”, confiesa.

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De un momento a otro alguien se quita la camiseta en el gimnasio y empieza a hacer fuerza frente al espejo. Todos lo miran. “Eso, métase así”, grita Holman. El hombre posa, saca pecho, frunce el ceño. “Hágale, así como está sudando”, vuelve a gritar. Luego coge una maleta y saca otras fotos. “Mire, acá estoy yo con el papá de los pollitos”. Señala. Es Arnold Schwarzenegger, el ícono del fisiculturismo, actor y exgobernador de California. “Mire, una con Franco Colombu”. Y sigue: una con Lee Haney, otra con Peter y David Paul (los hermanos bárbaros), con Cory Everson y, entre otros, nada más y nada menos que con Sylvester Stallone. Todas estrellas del fisiculturismo, todos campeones, todos musculosos, todos consumidores de esteroides anabólicos.

Holman-y-Arnold

Holman-y-Hermanos-Barbaros

Holman-y-Lee-Haney

Gimnasio-V-Holman

“¿Y qué?”, pregunta Holman. “Sí. La mayoría consumía esteroide, ¿y qué?”. Alza la voz. “¿Y usted por qué tiene que contar? ¿Usted mete perico, marihuana y heroína y dice?”. Él mismo responde: “¡No! ¡Nada! ¿Por qué tiene que decir que se chuza? ¿Qué es chuzarse? La gente dice “¡ah es que se chuza!”, ¿y qué?”. Respira. Pausa. “La gente es ignorante”.

***

En 1931 los bioquímicos Adolf Butenandt y Leopold Ružička sintetizaron por primera vez, mediante un método práctico e industrial, la androsterona masculina. En 1934 lo lograron con la testosterona, el segundo EAA comercial. Gracias a lo anterior ganaron el Premio Nobel de Química en 1939, pero fueron obligados a rechazarlo por órdenes del gobierno nazi. Es más, dicen que Hitler aprovechó el descubrimiento y repartió la sustancia a sus soldados para mejorar su condición física en la Segunda Guerra Mundial.

A partir de aquellos hallazgos, la industria de los esteroides explotó. Se sintetizaron cientos de derivados de testosterona en menos de diez años y, entre 1950 y 1965, se produjeron los más populares: Dianabol, Anadrol, Anavar, Winstrol, Halotestin, Equipoise, Durabolin, Deca Durabolin, Primobolan, Turinabol, Proviron y Trembolona.

Estos productos fueron creados para uso médico. Sin embargo, los entrenadores de varios equipos olímpicos se fijaron en sus efectos androgénicos y decidieron aplicarlos en sus rutinas de ejercicio con los deportistas, sobre todo en los que practicaban levantamiento de pesas (halterofilia). Primero fue el equipo olímpico de la Unión Soviética, a partir de 1952, y luego el de Estados Unidos, desde 1960, y el de Alemania Oriental, territorio de los soviéticos, en 1972.

A la par de los deportistas, los luchadores y fisiculturistas y actores de Hollywood empezaron a consumir esteroides. En el libro autobiográfico de Arnold Schwarzenegger, Total Recall (Desafío total, en español), hay un capítulo sobre Mr. Universo: “Lo único que tenía que saber era que los grandes campeones consumían esteroides. Yo no iba a entrar en ninguna competencia con desventajas”, escribe el famoso Terminator, que se chuzó y ganó un Mr. Europa, un Mr. Internacional, un Mr. Mundo y siete Mr. Olympia. Lo mismo hicieron Ronnie Coleman, ocho veces ganador de Mr. Olympia; también Dorian Yates, seis veces ganador, y Jay Cutler, cuatro veces.

En la famosa liga WWE los luchadores empezaron a consumir esteroides anabólicos para mantener la forma: Hulk Hogan, Rick Rude, Chris Benoit, Edge, Shawn Michaels, Chris Masters, Vince McMahon y La Roca, entre muchos otros.

Pero no solo los fisiculturistas y los luchadores lo hicieron. El jugador de béisbol con más home runs en la historia del deporte, Barry Bonds, consumió esteroides. También José Canseco, Sammy Sosa, Rafael Palmeiro y Curt Schilling. Todos campeones. Todos superestrellas como Lance Armstrong, quien ganó ocho veces el Tour de Francia con la ayuda de sustancias como testosterona, cortisona, hormonas de crecimiento y eritropoyetina (EPO). Lo mismo hicieron algunos atletas olímpicos rusos en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 y los colombianos Diego Palomeque, María Luisa Calle, Naroldo Palacios y los 32 deportistas que, según la Agencia Nacional Anti Doping de Colombia, en 2014, consumieron sustancias prohibidas –entre ellas esteroides anabólicos–.

La gran mayoría de organizaciones deportivas prohíben el consumo de estas sustancias. En Estados Unidos, la posesión de esteroides anabólicos –conocidos como “Arnolds”, “jugos”, “roids” o “dulces de gimnasio”– es ilegal y está categorizada en el mismo nivel de la metanfetamina; o sea, su porte es prohibido a menos que haya una prescripción médica. El que sea pillado consumiendo o distribuyendo puede tener una pena de cinco años de cárcel y una multa de más de 250.000 dólares, lo que equivale a más de 740 ciclos básicos de esteroides anabólicos o más de 1.500 frascos de Winstrol-5.

En el mercado negro de Colombia se pueden conseguir con dealers, entrenadores de gimnasio, páginas web, amigos o en el Sanandresito de la 38, en Bogotá. Porque en Colombia ese tipo de productos solo pueden ser consumidos o comprados legalmente con una prescripción médica y en lugares que tengan los permisos estatales para dispensar y distribuir medicamentos.

“Formular esteroides anabólicos no es ilegal”, dice el doctor Jorge Castillo, médico internista endocrinólogo, especialista en hormonas. “En términos generales, los efectos son buenos en los pacientes que sufren de pubertad tardía, asma, VIH/Sida o enfermedades como la hepatitis autoinmune, la artritis y la anemia… Tampoco pienso que sean una amenaza a la salud pública”. Con las dos manos coge el cuello de su camisa y jala hacia adelante. Tiene una blazer azul claro. En un par de horas va a estar en Panamá dictando una conferencia sobre hormonas. “Si algún joven me dice que le recete esteroides anabólicos para aumentar su masa muscular… le diría que no”. Se calla. Viene una confesión: “Yo no los motivaría a que se metan esteroides; sí los acompañaría si ya lo están haciendo. Yo podría aceptar ser un médico que recete anabólicos pero… sería un Frankenstein y la reputación… bueno…”. Vuelve a cogerse el cuello. “Mire: de los endocrinos nadie tiene experiencia en usar anabólicos. Yo no sé si nos estamos perdiendo de algo o si es nuestra función recetar esas sustancias… Nadie quiere hablar de esto y, como no hay médicos, ¿quién lo hace?”.

* * *

Esteroides-VII

Sanandresito es un mercado de pulgas organizado en locales pequeños que están embutidos en bodegas. Allí la gente anuncia todo tipo de promociones, descuentos, precios cómodos, lo mejor a su alcance. Siga sin compromiso. ¿Busca yines Levi’s? ¿Tenis Nike o Adidas? Barato. Barato. ¿Lechona? ¡Pruebe! Los mejores perfumes con los mejores precios. ¿Computadores? ¿Cámaras? ¡Siga! ¡Siga! ¿Contrabando? ¿Esteroides?

“¿Tiene de… los tales?”, pregunta Nelson en voz baja, mirando los ojos del vendedor. Sin miedo. El hombre mira alrededor. “¿Los qué?”, responde. “¡Los tales!”. Una mujer escucha y se acerca: “¿Chuzos? ¡Claro!”. Se agacha y saca un recipiente de plástico rosado, brillante. En la vitrina hay suplementos vitamínicos, proteínas, tarros con polvos para apoyar el crecimiento muscular, tonificar o bajar de peso. “Mire, esto es lo que tenemos”: decenas de esteroides anabólicos. Trembolona, Halotestin, Primobolan, Sustanon, Anadrol, Winstrol… “Uf, ese es fuerte. Lo usan para los caballos”, exclama Nelson mientras coge un frasco con un líquido blanco. “Ese es muy bueno. La gente lo compra harto. Con eso tiene”, complementa el vendedor. “¿Cuánto vale?”. “$420.000”. Silencio. Nelson lo mira. “¡Gracias!”, sonríe y se aleja. “Vamos donde compré mi primer ciclo de esteroides”, dice.

Quienes usan EAA lo hacen con un programa llamado “ciclo”, que varía según la fuente, las intenciones, los objetivos o el dinero que cada interesado tiene. Estos programas pueden durar entre seis y quince semanas y combinan esteroides, protectores y posciclos. Los primeros, dependiendo de la duración, se consumen en las primeras semanas; luego se consumen protectores hepáticos (para que las sustancias no afecten demasiado al hígado), hormonales (para que la producción de espermatozoides no se reduzca) y antiestrógenos (para que el cuerpo no genere aromatasas y, por ende, estradiol, una hormona sexual femenina que puede aumentar el tamaño de los pechos –tetas– en los hombres); y, para cerrar los ciclos, algunas vitaminas, aminoácidos y omega.

“Hola Nelson, ¿cómo estás?”, pregunta una vendedora de Sanandresito de unos cuarenta años. Alrededor de ella hay productos alimenticios para la actividad física: barras energéticas, suplementos, batidos, bebidas energizantes… “Venimos por los mágicos”. Sonríe Nelson. “Él quiere empezar un ciclo”. “¿Para marcado o masa muscular?”, pregunta la mujer. Experta. Saca un papel y un lapicero. “Por tu constitución física te recomiendo un ciclo de diez semanas: Winstrol los lunes y los viernes; Sustanol los martes y los jueves; y Primobolan los sábados. En la segunda semana empiezas el Provinon y a la cuarta semana Nolvadex. Luego Clomil y Gonodatropina en las últimas semanas; eso lo acompañas, al final, con vitamina C, multivitamínicos y protectores hepáticos”. Todo lo escribe como si estuviera formulando una receta de aspirinas. Alza la mirada y señala con su esfero: “Recuerda que el éxito del ciclo está en la dieta (70%), dieta suplementaria (20%), entrenamiento (5%) y descanso (5%)”. Y termina: “Si vas a empezar, no pares. Si lo haces bien, en una semana se verán los resultados”. Entrega el papel. “¿Cuánto costaría todo?”, pregunta Nelson mientras ve los productos. “Entre $800.000 y $1.000.000”. “Oiga, ¿y usted cómo sabe tanto?”. Ella sonríe. “Hace siete años vendo estos productos y aquí vienen entrenadores que me enseñan. Por eso conozco… Esto es ilegal, yo no debería hacer esto, pero… la gente viene a buscar esteroides a diario”. Fin de la consulta.

* * *

En la medicina se habla de la ley del péndulo: algo que hace unos años era vanguardista, después de un tiempo es obsoleto y, tras unos años, vuelve a ser utilizado. Es el tic-tac de una aguja que va de un lado a otro: bueno-malo, saludable-perjudicial, alabado-satanizado. Algo así.

Los EAA hacen parte de ese ir y venir. A principios del siglo XX eran el cáliz dorado: científicos, laboratorios, deportistas y enfermos celebraban sus efectos positivos. A partir de los ochenta, el consumo de estas sustancias fue visto como una maldición; lleno de tabúes y mitos. En términos médicos, los esteroides se asocian con el cáncer de páncreas, conductas agresivas, psicóticas, irracionales y depresivas; con tumores benignos y malignos o con enfermedades cardiovasculares que derivan en ataques al corazón o al cerebro; con la generación de quistes llenos de sangre en el hígado o con la muerte. Sin embargo, nada de lo anterior se ha comprobado de manera científica; las investigaciones sobre el tema son escasas y limitadas. A los deportistas que los consumen se les acusa de mentirosos, embusteros y desleales. A los que van al gimnasio y se inyectan, los señalan de tramposos, despreciando su musculatura: “¡Ah, no! ¡Con chuzos quién no!”.

“¿Sabe qué es lo que pasa?”, pregunta Víctor Hugo, fisiculturista de 59 años y dueño de un gimnasio pequeño en Facatativá (Cundinamarca). “La gente abusa. Por un lado los chinos se meten un poco de cosas y ni saben qué son”. A pesar de tener una camiseta ancha, sus brazos y su pecho sobresalen, parecen hechos de acero con relieves picados por un escultor. “Por otro lado, los profesionales, los que saben, se sobrepasan. Se vuelven unos monstruos”. Mira alrededor. “Hay gente que se chuza hasta la cédula”.

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Víctor Hugo es de los que piensa que antes de empezar un ciclo, la persona debe ir a un médico para hacerse exámenes de sangre y de orina; saber cómo están el hígado y la producción de espermatozoides; saber qué esteroides son los mejores dependiendo de su condición médica. La pregunta es, ¿qué especialista está dispuesto a acompañar a alguien que quiere consumir esteroides para incrementar la musculatura o el rendimiento físico? ¿Frankenstein? Algunos médicos de clubes deportivos privados lo hacen, pero de forma clandestina y son pocos los que pueden acceder a los EAA.

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Nelson hizo su ciclo con base en información que recogió en Internet. Un ciclo barato y no tan fuerte, para comenzar. El camino no es fácil. No es que uno se chuce y quede como Popeye después de sus espinacas enlatadas. Cuando una persona consume esteroides tiene que protegerse en algunos aspectos y ser consciente de los efectos adversos: se puede quedar calvo, le puede dar acné, su producción de testosterona va a disminuir y, si no se cuida, puede quedar estéril. También puede que le dé la pálida: mareo, debilidad, ánimo bajo, estrés; además, a la par de la gran inversión en términos económicos y de la disciplina con el ciclo, la persona debe comer cada tres horas una buena cantidad de carbohidratos y proteínas (arroz, pasta, atún, pollo…), comidas preparadas al vapor o asadas (nada de fritos), hacer ejercicio todos los días y descansar bien. El alcohol no está prohibido, aunque es mejor evitarlo.

“Es difícil. El deporte nuestro y los deportes olímpicos manejan la doble moral. Todo el mundo dice que no se chuza y es mentira”, afirma uno de los pocos fisiculturistas colombianos que tienen tarjeta de competencia en Estados Unidos y de los pocos que sobreviven haciendo deporte. “Donde ellos sepan que yo me chuzo, me expulsan. Por eso no puedo hablar con usted… Esa es la hipocresía, hay que saberla usar”.

ROIDS

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“Sí. Yo me inyecto y conozco a muchos que lo hacen”. Nelson sonríe mientras me muestra algunas fotos de fisiculturistas “monstruos” en Internet. “¿Usted cree que el cuerpo de Cristiano Ronaldo es por el ejercicio únicamente?”. Sus labios se arquean: “¿Se acuerda cómo tenía las piernas James cuando salió de Colombia? Ahora mire las que tiene”. Bufa. Es como si Nelson hubiera ganado algo. Está feliz. Deja el computador a un lado:

“Mire, papá: puro chuzo”.

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