TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Chilango Páez Miércoles, 09 Diciembre 2015


A pesar de las malas noticias que suelen llegar desde La Guajira, conocerla debería ser una obligación para que los colombianos entendamos mejor quiénes somos. Este es un encuentro con los extremos del país. 

Necesitaba huir de Bogotá por razones de salud que no vienen al caso, así que aproveché unos días libres y decidí irme a un lugar tan apartado como me fuera posible: un error de una aerolínea me llevó gratis a Riohacha un martes de octubre. Es triste, y a muchos no les gustará la afirmación, pero lo primero que vi de La Guajira fue la pobreza: calles sin pavimentar, basura voladora, tugurios seguramente sin servicios públicos y niños con el uniforme de colegio raído caminando descalzos a unos 35 grados centígrados, en un cielo completamente azul. Por la hora en la que llegué, opté por pasar la primera noche en Camarones, a media hora de Riohacha.

Aquí empezó lo bueno: este es uno de los sitios más tranquilos en los que he estado en la vida, con un atardecer que parece eterno. Conseguí hospedaje en el Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos, que no alcanza el estatus de parque nacional por su tamaño, pero que igual está protegido y no se encuentra en el casco urbano de Camarones, más ruidoso. Se trata de una ciénaga pequeña con unas cuantas cabañas y un tramo de playa desde donde se alcanza a ver borrosa la Sierra Nevada de Santa Marta. Cuando fui no había luz eléctrica ni agua potable, lo que puede ser una mala noticia para algunos. Personalmente, estuve a mis anchas: aunque la marea estaba muy fuerte y no me pude bañar en la playa, pasé la noche hablando con los pescadores y las personas encargadas del Santuario –yo era el único huésped: las ventajas de ir en temporada baja y entre semana–. Con el sol despuntando y la luna todavía en el cielo, uno de los pescadores me llevó en su chalupa tan cerca de los flamencos como lo permiten antes de salir a volar. La hora no es un capricho: más tarde las aves empiezan a buscar la sombra y se hace más difícil verlas –en ese momento lamenté no llevar una cámara con un teleobjetivo más grande: recomendado para los que tengan la posiblidad–.

Cuando desayuné, salí de vuelta a Riohacha para ir al Cabo de la Vela. No hay mayor transporte hacia el lugar, mucho menos cuando uno viaja solo –si va en grupos de más de cuatro personas, las camionetas “burbuja” son la opción más cómoda–, por eso toca estar con tiempo en una especie de terminal desde la que salen carros particulares (muchos con placas venezolanas) hacia diferentes pueblos de La Guajira, en este caso Uribia. Aunque se le llame “la capital indígena de Colombia”, son más los mestizos quienes dominan las calles de Uribia, vociferan promociones (incluyendo el transporte) y ofrecen productos y servicios. Aquí vale la pena aprovisionarse de agua y galguerías.

No espere un bus con aire acondicionado para llegar al Cabo de la Vela; desde Uribia salen camionetas de platón que cargan personas, chivos, gallinas y costales de comida. Si le preocupa su peinado, mejor quédese en Bogotá. El trayecto toma unas tres horas por una carretera polvorienta que solamente ven los conductores: no hay señalización ni tramos claros ni pavimento; de vez en cuando aparecen las bases de unos puentes que deberían pasar sobre los arroyos que se forman cuando llueve (sin puentes, claro) y que no van a ningún lado pero que sí promocionan a políticos que prometen progreso para La Guajira. En medio del desierto apenas si se ven algunas casuchas en las rancherías del horizonte; y no digo “casuchas” de manera despectiva: casi todas tienen antenas de televisión satelital y casi todos los hombres adultos usan gafas de sol que no parecen baratas, aunque sus paredes se las lleve el viento y, como se puede constatar haciendo unas pocas preguntas, no tengan agua potable. Produce tristeza saber que los niños se mueren de hambre pero también resulta paradójico que las mujeres, antes de cumplir treinta años, ya tengan cuatro o seis hijos.

No es el camino más placentero pero tampoco es insoportable. Cuando aparece el mar, todo sacrificio vale la pena. No hay hoteles, por lo que mucha gente escoge quedarse en hamacas o carpas junto a la playa: no recomiendo esa opción, por barata que parezca, porque los vientos pueden ser tan fuertes que resulta imposible dormir. Yo, a diferencia de los únicos dos turistas que viajaban conmigo en la camioneta, dormí muy bien en una cama en una de las rancherías que quedan más cerca al faro del Cabo de la Vela (el hospedaje se llama Utta). Es un poco más costoso pero incluye desayuno, baño privado –que igual no tiene agua, me dieron un balde para todo el día– y ventilador hasta que cortan el suministro de energía –más o menos a la media noche–, así que se compensa el costo con la posibilidad de descansar.

Empezando temprano cada jornada, dos días son suficientes para conocer el Cabo de la Vela. Lo primero (porque el sol aún no es tan fuerte y no llegan los turistas) es subir al Pilón de Azúcar o Kamachi, un cerro que produce una sensación sobrecogedora al llegar a su cima: la palabra infinito cobra sentido y uno siente que, literalmente, ha llegado muy lejos. La subida es suave, no son más de diez minutos. A pesar de ser un sitio sagrado para los wayúu, en la punta hicieron un altar de la Virgen María que le da un significado de santuario pintoresco. Al lado de la montañita se encuentra una playa un poco más apacible que otras –de nuevo: el viento no es el mejor aliado de La Guajira, las olas pueden ser muy fuertes– para refrescarse mientras el calor va en ascenso y poder caminar entre rocas y arena. Transportarse puede ser más práctico en una moto: es posible alquilarlas por un día o tener a una persona que lo recoge, lo espera y lo lleva a los diferentes puntos del Cabo. Caminar es demasiado extenuante por las condiciones del clima. Por supuesto, si usted va en burbuja, los conductores lo llevan a todos los lugares en pocos minutos.

Lo demás para hacer en el Cabo de la Vela es buscar playas, conocer el parque eólico –muy importante en tiempos de crisis eléctrica– y pillar el atardecer desde el faro, que al menos cuando fui estaba muy sucio y abandonado (el faro, el atardecer, como ya dije, parece eterno), aunque también ofrece una vista alucinante del océano. No sé si sea posible ir hasta Puerto Bolívar, a donde se embarca el carbón de El Cerrejón y dicen los lugareños que se ven los lujos que son exclusivos de las empresas mineras.

En temporada baja no hay precisamente vida nocturna, apenas una tienda que vende cerveza venezolana de contrabando; en otras épocas hay más bulla pero el Cabo de la Vela tampoco es un sitio de mucha fiesta. En general, la alimentación en La Guajira se basa en frutos del mar y chivo. La langosta, en comparación con los precios de las ciudades colombianas, es bastante barata pero no espere conseguir un plato fuerte por menos de $20.000 –me dicen que en temporada alta suele subir todo–. El chivo frito o frichi, incluso para mí que no soy el más carnívoro (pero tampoco vegetariano), resultó fantástico: una carne suave con un sabor característico.

El regreso a Riohacha es igual: camioneta hasta Uribia, lo que haya (carro o camioneta) hasta la capital. Por tiempo, no pude ir a Manaure, que está más cerca de Uribia. Tampoco fue posible ir hasta Punta Gallinas ni recorrer la Alta Guajira porque como mínimo se necesitan seis personas para hacer el recorrido en lancha –y eso si el mar lo permite– o en burbuja, y aun así sigue saliendo caro. Para aprovechar mi último día en La Guajira me quedé en Mayapo, a menos de media hora de Riohacha, una playa pequeña poco concurrida y más limpia que Riohacha.

Según el tiempo con el que cuente, recomiendo irse hasta Dibulla –yo apenas alcancé a ir una mañana antes de volar de regreso a Bogotá–, incluso hasta la propia Sierra Nevada o el Tayrona, aunque ese ya es otro viaje. Como sea, el Cabo de la Vela muestra un país que va más allá de la magia salvaje, que da lástima y rabia por el abandono pero que también renueva el alma con su belleza. El simple hecho de estar tan lejos de cualquier gran ciudad deja claro que es posible vivir sin toda la basura que creemos necesitar. Así son los extremos en este gran país.

 

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