TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Andrea Melo Tobón Martes, 03 Mayo 2016

 
Bogotá es una de las ciudades más contaminadas del mundo.
Sin embargo, al sur de la capital se esconde su más grande tesoro:
el Páramo de Sumapaz.

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ay una localidad de Bogotá que no se reduce a ladrillos y avenidas: la número 20 es un manto verde que se extiende en 333.420 hectáreas, de las cuales solo 142.112 se encuentran protegidas bajo la figura de Parque Nacional Natural Sumapaz. Este lugar ha sido albergue de indígenas, resistencias campesinas y un paraíso ecológico que funciona como pulmón del planeta. Suena exagerado, pero este espacio no sólo sirve para que Bogotá respire.

Inicialmente, en la sabana se encontraban los chibchas y, en la cuenca del río Blanco, los muiscas. Nicolás de Federmán fue el primer europeo en atravesar el páramo y ya sería cuestión de tiempo para que las expediciones dieran cuenta de la riqueza de la región: Alexander von Humboldt, José Cuatrecasas, Ernesto Guhl y Thomas van der Hammen, entre otros, divulgaron este ecosistema, único en el mundo.

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Usted también puede descubrir y redescubrir este páramo. Si sale por la vía al Llano o desde el Portal Usme de Transmilenio, tome una buseta que lo deje en el corregimiento de San Juan de Arama. Le tomará menos de dos horas de  viaje llegar al parque y, en ese tiempo, es probable que sienta el contraste entre las últimas esquinas de la ciudad, los embalses de acueducto y los cultivos de papa que se desparraman de lado y lado de la carretera. Si decide parar para buscar algo de comer, en San Juan puede ir al parque central y encontrará alguna tienda o panadería abierta; de ahí puede retomar el camino y cada cierto tiempo verá campesinos refugiados en tiendas y casas vecinas, calentando sus manos con tinto y aguardiente –a cualquier hora del día–, mostrando un atisbo de la tradición rural de esta localidad.

De hecho, esta tradición viene de hace casi un siglo atrás, cuando familias enteras decidieron rechazar la venta de tierras a grandes latifundistas y se organizaron para exigir un trato justo. En la época conocida como La Violencia, se persiguieron a miembros del Partido Liberal y a opositores del Estado; en el Sumapaz aún se pueden ver las ruinas de una prisión construida por orden del General Rojas Pinilla para albergar a presos políticos. Con las guerrillas campesinas, este territorio ha estado en disputa entre movimientos armados ilegales que vieron en el páramo un pasadizo geográfico en el centro del país hacia los departamentos de Meta, Huila y Cundinamarca. Desde 2001, el Batallón de Alta Montaña patrulla el parque y hay varias hectáreas sembradas con minas para evitar la entrada de intrusos –irónicamente, las maniobras del Ejército son una de las grandes amenazas a la armonía de este lugar– por lo que no es una buena idea dárselas de Indiana Jones y salir a inventar caminos.

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“El páramo es tierra de libertad en todo sentido, porque aquí el hombre se somete a prueba de la naturaleza. Pero la mayoría de los viajeros han sido injustos con este maravilloso paisaje que es la región ecológica más típica de los Andes ecuatoriales húmedos de Colombia. El páramo no es triste, es serio. No es melancólico, es severo. No es hostil, es grandioso y como culminación geográfica y ecológica de los Andes ecuatoriales de Colombia, es único en el mundo”, escribió Guhl en Los páramos circundantes de la Sabana de Bogotá.

En la niebla y la eterna escarcha de este lugar no solo se esconden osos de anteojos, águilas y uno que otro boina verde; este ecosistema se encarga de regular las cuencas altas de los ríos Tunjuelo, Sumapaz, Blanco, Ariari, Guape, Duda y Cabrera y es una de las principales fuentes hídricas de Bogotá, Huila y Meta gracias a las lagunas Boca Grande, Larga, La Guitarra, La Cajita y Chisacá. Además, tiene uno de los picos más altos del país: el Cerro Nevado del Sumapaz, con una altura de 4.306 metros sobre el nivel del mar.

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Lo primero que verá al llegar al parque será la laguna de Chisacá, un espejo de agua que refleja las nubes. A partir de ahí –dependiendo del guía y de la zona restringida que esté delimitada en el momento–, podrá ir hacia las lagunas de Cajones y Cajitas o hacia la Negra y la Larga. Si desea conocer el pico más alto, el camino le tomará de dos a tres horas y es probable que la altura lo afecte, por lo que se recomienda no correr sino caminar con calma. Mientras anda, es probable que conozca los chusques, los frailejones y las puyas –alimento de los osos– que delimitan y a la vez cubren las montañas y los valles del parque. Los habitantes más reconocidos son los frailejones, que pueden medir de veinte centímetros a siete metros y, como otras plantas, recogen el agua que cae en forma de lluvia o de rocío para liberarlo en tiempos de calor –si se acerca a ellos podrá observar cómo las gotas de agua las cubren como vestidos de agua–.

Si desea ir, le recomendamos llevar agua, algo para comer, chaqueta impermeable, gorro, guantes y bloqueador: en el páramo hay temperaturas extremas que pueden pasar de mucho frío a mucho calor –desde los dos grados centígrados hasta los treinta–. Y aunque suene a plan de persona fitness, caminar en este parque no requiere pulmones de alpinista, ni estado físico de atleta: cualquiera puede recorrerlo; eso sí, use tenis o botas cómodos y vaya sin guayabo para poder disfrutar del aire puro y no deshidratarse después de media hora.

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Aunque el parque no está abierto al público, varias organizaciones ecológicas realizan visitas los fines de semana en pequeños grupos. Aquí le dejamos algunas opciones para que no se pierda la oportunidad de ver un paisaje sin igual:

Campamentos y caminantes
Ambientalismo extremo
Ecoglobal expeditions
Caminantes del retorno
Ecohills 

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