POR: María Camila Peña Bernal FOTOGRAFÍA: Federico Ruiz Martes, 11 Agosto 2015


Desde antes de la Colonia, la pesca ha sido el principal oficio de los habitantes de Taganga, al norte de Santa Marta. Estos hombres han heredado las artes del mar de sus antepasados y se resisten a abandonar su tradición.

Bienestar139-3

C

 

omienza a caer el sol y se dejan ver las sombras de los primeros cayucos que se acercan a la bahía de Taganga. En cada embarcación no van más de ocho hombres que reman en turnos de a dos, tratando de ganarle al oleaje que los aleja de la playa. En el pueblo los esperan sus mujeres, los dueños de los chinchorros, los de los restaurantes, los que no salieron a pescar o dejaron el oficio de entregarle los días al mar a los más jóvenes, y alguno que otro turista que quiere constatar con sus propios ojos por qué a esta población le dicen la aldea de los pescadores de Santa Marta.

“La pesca es una aventura”, dice Víctor Asís, de 66 años, antiguo pescador, que desde su hamaca vigila la llegada de sus compañeros. La tarde se marca por los tonos naranja que cada vez se hacen más intensos. Los ranchitos del pueblo, de un solo piso, se pierden entre las montañas enfrentadas al mar Caribe, azul, infinito, lleno de vida. Taganga solo tiene un par de calles pavimentadas, las otras son de tierra. La principal, la primera, corre paralela al mar rodeada de comercio, restaurantes, refresquerías y kioscos con vista hacia la playa. En el lugar la vida es sencilla y de puertas abiertas. No son más de tres mil habitantes.

En el extremo norte del pueblo es donde se espera a los pescadores. Con el resplandor el ambiente se llena de ese inconfundible aroma del pescado fresco revuelto con agua de mar. En el fondo de los viejos cayucos hechos de una sola pieza de madera todavía revolotean algunos peces intentando liberarse de la red de tejido fino, que parece una bolsa gigantesca, para volver a las profundidades marinas donde el sol ha decidido esconderse.

“El muñe trae buena cojinúa”, “¡Mira!, ¡mira!, sacaron sierra de la grande”, “Ese bonito está pequeñitico”, “Yo hoy me voy por el jurel” son los gritos que se destacan entre la multitud, que una vez llegan los pescadores a la orilla se amontona a su alrededor para recibirlos como si fueran héroes. Unos y otros ayudan a sacar las embarcaciones del agua, que son macizas y pesadas y vienen cargadas de lo que el mar tuvo para ofrecerles. Hay días buenos y otros no tanto. El arte de la pesca es difícil de predecir y tal vez esa también es su magia. “Lo importante es siempre levantarse con esperanza”, dice Jairo Asís, hermano de Víctor, quien mira al mar de manera constante mientras hablamos. Él también espera que entre las sombras aparezcan los demás.

En la playa el augurio es que hoy es uno de los buenos días, y la gente lo sabe porque los pescadores comenzaron a volver temprano. Los dueños de los chinchorros contabilizan la pesca, se quedan con el 30% y reparten el resto en partes iguales entre los que participaron en la faena. Ese es el pago por el día de trabajo. Entre ellos no hay transacciones con dinero, ni jerarquías; todos reciben lo mismo, es un oficio que se hace en colectivo. La utilización comunitaria del mar la heredaron de sus antepasados, los indígenas pescadores descendientes de los taironas que habitaron estas tierras desde siempre.

En días como hoy las mujeres tienen de sobra para vender y para alimentar a su hijos, ellas son las de los negocios. Dicen los más viejos que en épocas antiguas a las tagangueras se les conocía porque cargaban sobre sus cabezas bateas llenas de pescado fresco, que iban vendiendo por los barrios de Santa Marta. Ellas también se encargan de desescamar el pescado y limpiarlo, y en este trabajo las ayudan los más jóvenes.

Pero no siempre hay días así. Cada vez son menos los peces que caen en las redes de los pescadores, o al menos eso dicen todos en el pueblo. “Antes, cuando nosotros íbamos a pescar, en la temporada de febrero a marzo se cogían unas 5.000 cachoretas. Ahora salen unas 30 o 50 máximo, y eso en los mejores días”, dice uno de los viejos que se reúnen frente a la estatua de la Virgen del Carmen, patrona de los hombres del mar. Ellos también hablan de los delfines y cachalotes que visitaban estas aguas. Sus historias parecen hoy leyendas.

Bienestar139

Comienza la faena

“¡Yao!”, grita desde lo más alto de la montaña José Asís, el más curtido vigía de esta familia de pescadores que tiene un ojo que no falla. Esa es la señal para indicarles a sus demás compañeros –los que están abajo, cerca de la playa– que el chinchorro está lleno y es hora de jalar con todas sus fuerzas para llevar la red a la arena y con ella a los peces. “Yao” es la antigua palabra indígena para “jala”. Don José es uno de los pocos que todavía tienen los ojos entrenados para ver desde lejos y a través del agua, y sabe leer las señales del mar. Los vigías jóvenes supervisan los chinchorros con caretas, sumergidos en el agua. “Se ha perdido esa experticia que tenemos los pescadores antiguos”, dice.

José aprendió este oficio de su padre, que de niño lo dejaba quedarse en la loma con él mientras trabajaba. Así agudizó la vista. “Hay que estar pendiente de las sombras, las manchas oscuras en el agua, los brillos o si hay mucho movimiento en la superficie. Uno ya sabe cuando está ahí el pescado”. Su rol es el más solitario. Las horas del día se le van sumido en sus pensamientos, no despega la mirada del fondo del mar, ni siquiera mientras hablamos.

En la playa se agudiza el alboroto, los pescadores nunca están callados, siempre andan mamando gallo. Luego del aviso del vigía, los jaloneros toman sus posiciones. Se necesitan al menos seis: tres hombres en cada extremo. Esa es la verdadera lucha entre el hombre y el pez, los animales se resisten, los pescadores jalan, gritan y ríen entre tanto por la suerte que les trae el mar. Al final son los vencedores. “Un verdadero pescador se debe enfrentar a peces grandes e inteligentes como el hombre”, parafraseando el relato de un escritor local sobre uno de los pescadores más emblemáticos de la bahía.

Es la primera jala del día y pinta bien. Sacan sobre todo bonito, una especie de atún de tamaño mediano, de carne roja, que es bien apetecida por los locales por su bajo precio. Ya tienen al menos lo del almuerzo. La jornada comenzó antes de que los primeros rayos del sol pintaran con tonos turquesa ese mar rodeado por montañas que en las épocas de sequía toman tonos naranja y se asemejan más a un desierto. El esfuerzo les abre el apetito, ni es media mañana, igual no importa, prenden el fogón. El pescado va directamente a la brasa. Del bastimento –las provisiones que lleva el dueño del chinchorro en una bolsa plástica– sacan arroz cocido, bollos de yuca y gaseosa para todos. El chinchorro está en la playa y los bonitos que no cocinaron los guardan en un balde a la sombra.

Comen sin afán. Unos se sientan en sillas plásticas, otros sobre las rocas, los demás se acuclillan en la playa. La temperatura sube a medida que se acerca el medio día y el sol comienza a pegarles de frente. Pronto tendrán que buscar otro punto para el vigía. El agua del mar se les seca sobre la piel quemada, dejándoles una sombra blanca de sal. La arena se les pega a los pies descalzos que de tanto andar sin zapatos se han vuelto anchos y resisten el suelo caliente. Son familia y todos se parecen.

Mientras comen, hablan de la novela, la de Diomedes, que tiene a todos “encarretados”. “Qué tal ese man desde chiquito enamorado”, dice uno de los Asís. “¡Sí ve!, es que las mujeres solo traen problemas”.

Una vez satisfechos se ponen a desenredar el chinchorro y lo vuelven a montar en el cayuco. Los jaladores suben a bordo, la embarcación se separa apenas unos cuantos metros de la playa. Abastecerse sin abandonar demasiado la tierra firme fue la razón por la que los indígenas utilizaron este método para su subsistencia. Tiran la red al agua formando una L, de esta cuelgan piedras perforadas y boyas improvisadas de poliestireno y madera que ayudarán a que repose en el fondo del mar y a la vez abarque toda la altura hasta la superficie. Por lo general, en Taganga se pesca con chinchorros de unas 30 brazas de largo y cuatro metros de alto.

El vigía retoma su posición y los demás se quedan bajo la sombra de un ranchito de madera cubierto con teja. Este es un oficio de paciencia. Mientras esperan el nuevo aviso del vigía, los que están en la playa comienzan con la partida de dominó de las tardes, que dice don Víctor “es el oficio principal de todo pescador”. En sus manos de huesos anchos y uñas desgastadas por el agua y los golpes las fichas parecen perderse. Juegan rápido, sin titubeos y las tiran fuerte sobre la mesa de plástico. Cada jugada se nota por el sonido seco. Es el primer momento del día que están callados. No apuestan nada, juegan entre bromas y se llaman por sus apodos. “Siete”, por que es el hijo numero siete de la familia; “Súper”, no por el superhéroe sino por que todos dicen que es el supermantenido de su mujer, la que opera uno de los restaurantes de la playa; “Carvallo”, por que es fuerte como un roble…

Como parte del ritual, los perdedores deben amarrarse una concha de caracol en la oreja, al modo de un arete, por cada vez que son derrotados. “Hay días en que uno termina hasta con 20 conchas en cada oreja, ¡eso sí pesa! Después todo el mundo lo está molestando a uno, tirándole arena, haciéndole chistes y maldades. Ese es el precio que hay que pagar por no estar atento en el juego”, dice Joselito, uno de los que no tuvo mucha suerte en la partida y carga unos cuantos pares de conchas en las orejas.

“¡Yao!”, se oye desde lejos. El llamado del vigía le pone fin al juego. Es hora de regresar al agua y jalar. Pronto va a comenzar a bajar el sol y hay que llegar a la bahía de Taganga antes de que oscurezca. Dicen que la fuerza para completar la faena se las da el mismo mar. “El pescado es proteína pura, comida de verdad. Cuando yo era joven tenía tanta potencia que metía al arquero en el arco con todo y bola”, afirma don Víctor, quien para el próximo campeonato de fútbol de Taganga va a armar su propio equipo. “Entre los 50 nietos y 12 hijos, alguno debe salir bueno”. El fútbol es la otra cosa que une al pueblo. 

Bienestar139 2

Oficio de tradición

De la pesca han vivido los tagangueros desde siempre. “La gente aquí hizo sus casas a punta de lo que sacaban del mar y vendían en el mercado de Santa Marta”, dice Jairo Asís. Si uno pregunta entre la gente del pueblo, todos dicen ser pescadores, jóvenes y viejos, ya sea porque alguna vez han pescado, porque sus papas lo son o simplemente porque se sienten identificados con el oficio. En la base de datos del Servicio Estadístico Pesquero Colombiano hay registrados en Taganga 270 pescadores, lo que representa 9% de la población. “Se considera que este número es el total de pescadores actualmente activos que se dedican de forma permanente a la actividad. Más de 50% realizan sus faenas con chinchorro, seguido de la línea de mano y la red de enmalle con 23% y 15% respectivamente, el restante utiliza artes como palangre, nasas y buceo”, explica Juan Carlos Narváez, docente de la Universidad del Magdalena adscrito al programa de Ingeniería Pesquera.

Los tiempos han cambiado y las condiciones del mar también. Muchos, además de pescadores, son profesionales. “Tenemos abogados, médicos, ingenieros que trabajan en Santa Marta, pero siguen saliendo a pescar con nosotros cuando vienen. Esta es una práctica innata, heredada, de la que uno no puede desprenderse tan fácil”, dice uno de los líderes de la Corporación de Chinchorreros de Taganga. Esta es la organización que se encarga de distribuir los turnos de pesca entre los dueños de los chinchorros; pues no todos pueden salir a pescar todos los días. Se estima que actualmente hay unas 130 redes y solo 9 ancones o playas habilitadas para la pesca, por lo que existen ciertas restricciones sobre quién va al mar y quién no.

Cuando los pescadores no están de turno, se dedican a la que ahora es la principal actividad económica de la bahía: el turismo. Ellos son los que manejan las lanchas rápidas que van a las distintas playas del Parque Tayrona. “La pesca en Taganga se volvió una actividad de simple subsistencia, ya no es un negocio. El recurso pesquero es finito, al incrementar la población y al aparecer los motores de borda se tecnifican las artes de extracción y el resultado es hoy un recurso en estado de agotamiento”, afirma Narváez.

El turismo ha dejado sus huellas tanto en el ecosistema como en la comunidad. “A Taganga llegan muchos extranjeros, el problema es que vienen buscando drogas y fiesta, y muchos de nuestros jóvenes terminan metidos en eso”, dice uno de los líderes de la Corporación. Los pescadores también se quejan de las basuras que dejan los visitantes en las playas y que termina en el mar, y de que muchas veces no respetan sus sitios tradicionales de pesca.

Cuando no están en el mar, a los hombres también se les ve en los portones de sus casas tejiendo en grupo los chinchorros, pintando los cayucos, arreglando el pescado que quedó del día anterior para que las mujeres les preparen el almuerzo, con sus hijos en brazos meciéndose para espantar el calor, reparando sus anzuelos o simplemente tomando una siesta. En la tarde bajan a la playa a reunirse con los que sí salieron a trabajar. La partida de dominó es imperdible. Con la llegada de la noche, la playa de los pescadores de la bahía de Taganga es un cementerio de redes de cabuya, de las que cuelgan piedras y boyas desgastadas por el uso. Los rastros de la faena están por todas partes, los perros y gatos merodean el lugar en busca de las sobras. Por hoy el pueblo de los pescadores cumplió con su cometido. 

*Algunos de los nombres fueron cambiados a petición de los entrevistados. 

En cifras

270 personas se dedican de forma permanente a la actividad de la pesca en la bahía de Taganga. Así lo registra la base de datos del Servicio Estadístico Pesquero Colombiano.

20 toneladas es el promedio mensual de captura en la pesca artesanal para el corregimiento de Taganga.

$556.173 es el ingreso promedio de una faena, siendo la pesca con línea de mano el arte que menos aporta. 30%, o más, de las ganancias le corresponde al dueño del chinchorro, y el resto se reparte en partes iguales entre los pescadores que hayan participado en la faena.

6 asociaciones agrupan a los pescadores de Taganga, dependiendo de su arte de pesca. Entre ellas está la Corporación de Chinchorreros de Taganga, Bupezca, Asopargo y la Asociación de Pescadores Piscicultores de Taganga. 

Fuente: Universidad del Magdalena. 

 

Etiquetas:

Colombia Guía Viaje