POR: Juan Sebastián Salazar FOTOGRAFÍA: Erick Espejo Jueves, 17 Diciembre 2015

 Bogotá es una ciudad que nunca se termina de recorrer. En uno de sus extremos se encuentra un espacio natural sorprendente, con muchos mitos a su alrededor y con una vista que supera cualquier otra panorámica de la capital. Esta es la historia de un parque entre nubes.

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Hace más de treinta años un tal Carlos Bacca Sandoval convenció a María y su esposo para que compraran un lote en la localidad de San Cristóbal, en el suroriente de Bogotá; ahí podrían construir una casa para la pareja y sus cinco hijos. No sonaba mal: Bogotá se expandía, el sur se había convertido en el refugio de miles de personas desplazadas por la violencia o la escasez (o ambas); al lado del nuevo hogar pasaba una quebrada de agua; además, había un parque –arriba, arriba– donde se podían hacer paseos de olla los fines de semana. “Mi esposo pagó y Carlos Bacca Sandoval no volvió a aparecer”, recuerda María pronunciando el nombre lento y marcando con su boca cada letra y vocal. El vendedor estafó a varias familias transando terrenos que no le pertenecían. A los engañados les tocó renegociar, volver a comprar y, por fin, ser parte de uno de los tantos barrios informales y no planificados que se crearon en Bogotá. “Esto era un potrero, los servicios públicos venían de contrabando y por allá”, María señala el parque –hoy en día conocido como Parque Ecológico Distrital de Montaña Entre Nubes– “tenían todo loteado [dividido] para seguir vendiendo”.

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En los setenta Bogotá crecía a ritmo frenético, cada borde era tragado por el cemento y la zona rural del suroriente perdía terreno por culpa de urbanizadores clandestinos que vendían lotes baratos sin servicios públicos. Lo que antes era un par de haciendas inmensas utilizadas por las familias ricas para recrearse, en los ochenta era una cuadrícula limitada por millones de bordes pequeños que dieron paso a industrias mineras y a obreros y campesinos que crearon barrios ilegales.

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El área que hoy es conocida como Entre Nubes –en las localidades de San Cristóbal, Usme y Rafael Uribe– fue una de las tantas zonas verdes que recibió aquella presión. Poco a poco los osos, venados y tigrillos se fueron desplazando o extinguiendo para darle paso a los chircales (ladrilleras), zonas de pequeña minería, siembras agrícolas, ganadería vacuna y porcina, casas y hasta a ladrones, paramilitares y células guerrilleras.

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En 1989 el parque tenía un área de 1.400 hectáreas; actualmente, rodeado por cerca de cien barrios y más de treinta canteras –la mayoría de ellas ilegales– tiene 626: una reducción de más de la mitad y, aún así, casi duplica en extensión al Simón Bolívar. Adicionalmente, de las siete quebradas que nacen en el parque –antes había más pero no se sabe exactamente–, algunas han disminuido su caudal y todas, a pocos kilómetros de su nacimiento, están contaminadas; en ellas se vierten las aguas residuales de las casas vecinas, las aguas negras de las actividades agropecuarias, y la basura y los escombros producidos por las industrias mineras. Toda esa cloaca desemboca en el río Tunjuelo y luego en el Bogotá, que finalmente vierte su basura (nuestra basura) en el Magdalena, la principal arteria fluvial de Colombia.

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“A la academia no le parece sexy la cuenca del río Tunjuelo”, dice Germán Quimbayo, ecólogo y magister en Geografía de la Universidad de los Andes. “Ni siquiera es sexy en términos de política pública”, sonríe y coge entre sus dedos la cola de su pelo, la jala hacia abajo. Se peina. “Bogotá no se conoce desde Bogotá; poco se habla de la expansión de la ciudad al sur y cómo esta amenaza un modo de habitación campesina. Poco se habla del Parque Entre Nubes y de su importancia en la cuenca media del Tunjuelo; o sea, conexión entre el Páramo de Sumapaz (donde nace el río) y Bogotá, que recibe el fluido”. Pausa. Se acomoda un manojo de pelos ondulados que se le cuelan entre los ojos: “Sí. Bogotá no es solo Chapinero, el centro o el norte”.

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A finales de los ochenta, a las espaldas de esa Bogotá, varios líderes comunales y residentes de Rafael Uribe, Usme y San Cristóbal se reunieron y empezaron a llamar la atención de sus vecinos sobre Entre Nubes. No podían permitir que ese parque se convirtiera en un cúmulo de casas y en un peladero. El lugar tenía que ser de la comunidad, un espacio público para la recreación pasiva y activa (como el Parque Simón Bolívar) y no solo barrios. La comunidad se apropió del territorio: hicieron caminatas, paseos de olla, asambleas comunales, publicaron notas en medios comunitarios como Zona 4, El Tizón y Ya Casi, se reunieron con políticos, llevaron a sus hijos al parque, jugaron fútbol y tocaron las puertas de las alcaldías menores. “Se convirtieron”, dice Quimbayo, “en uno de los primeros ejercicios de planeación local de la ciudad”.

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Finalmente, en 1996, gracias, en parte, a esa presión, el Concejo de Bogotá aprobó el Estatuto General de Protección Ambiental y dictó normas para la preservación y defensa del patrimonio ecológico; el Entre Nubes quedó protegido bajo un amparo jurídico que lo declaraba como un área de preservación y conservación ambiental: “¡Lo logramos!”, celebraron los líderes comunitarios. “Ahora sí podremos tener un parque para compartir con nuestras familias”, gritó una de las madres que apoyó los movimientos sociales que visibilizaron la zona.

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El distrito, por su parte, tuvo trabajo que hacer y, sin gritos de fondo, después de décadas de urbanización ilegal y de la destrucción de cientos de hectáreas de zonas verdes, tenía que garantizar y defender el patrimonio ecológico, los recursos naturales y el ambiente.

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Así pues, a partir de 1999, el DAMA (Departamento Administrativo de Medio Ambiente) –hoy Secretaría Distrital de Ambiente (SDA)– delimitó el área protegida y compró varios lotes que estaban a punto de ser urbanizados (hasta hoy, la alcaldía ha comprado 626 hectáreas). En esos terrenos, la administración diseñó recorridos ecológicos para los visitantes, tumbó un bosque de pinos porque era una especie invasiva que secaba la tierra, sembró más de 19.000 árboles nativos, inició el proceso de recuperación de la vegetación en zonas donde se hacía minería, construyó un aula ambiental para la comunidad, creó huertas, contrató una empresa privada de seguridad (armada de perros y caballos) e impulsó actividades con la comunidad. Así mismo, empezó un plan de reasentemiento de más de mil quinientas familias e inició la restricción de actividades agrícolas y de pequeña minería en el parque. El mensaje era claro: ¡preservar y restaurar el patrimonio ecológico!

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A partir de entonces, el señor Eutimio Peña fue reprendido porque, al lavar la porqueriza donde vivían sus cerdos –cosa que llevaba haciendo durante años–, generaba vertimientos que desembocaban en una de las quebradas del parque; no podía seguir con eso. Más de diez canteras fueron clausuradas y las familias que por décadas vivieron de la explotación del suelo tuvieron que buscar otras formas de supervivencia “más amigables con el ambiente”. María, su esposo y sus hijos tuvieron que venderle su casa al distrito, después de más de veinte años de vivir ahí, porque esta quedaba en una zona de riesgo, al lado de una quebrada: “A mi esposo le dijeron que tenía que dar las llaves o que nosotros teníamos que tumbar la casa y deshacernos de los escombros… Al final las entregamos y nos fuimos a Diana Turbay [a cuarenta minutos, aproximadamente, caminando desde el parque]; a una casa donde llueve más adentro que afuera”, dice María, resignada, sosteniendo el carrito en el que cuelgan los paquetes de chitos, chicles y gomitas que vende a la entrada de Entre Nubes desde hace más de diez años.

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“Mire”, dice Clara Triana, funcionaria de la SDA y administradora del Parque Entre Nubes desde 2012, “nuestro objetivo principal es conservar y proteger la flora y fauna nativa”. “Y no ha sido fácil”, complementa Carlos, mano derecha de Clara, “anteriormente este era un punto de inseguridad. Aquí venían a consumir pegante y a botar basura… Ya no es igual”. “Sí”, contrapuntea la administradora, “hoy en día vienen cerca de mil visitantes mensuales. Además, hay más de 320 especies vegetales, más de 150 de aves, cuatro de anfibios, cinco de reptiles y doce de mamíferos. Ver comadrejas, gavilanes o búhos al lado de la administración es satisfactorio”. Y sentencia con voz seria, segura: “Si esto no se hubiera declarado Área Protegida, todo sería un barrio… Suelo barato para casas y no uno de los pulmones más importantes de Bogotá”.

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Hace unos años Germán Quimbayo empezó su tesis de maestría sobre Entre Nubes, uno de los pocos estudios que se han hecho sobre el parque. Recuerda que la primera vez que vino le embargó una sensación de sobrecogimiento. No solo veía naturaleza –árboles, quebradas, plantas, pájaros–, también que la zona estaba rodeada por un borde humano atestado de casas que se agarraban al suelo inclinado de la loma, un borde vestido de cemento que respiraba ruido: “Como un rugido: ¡ruuuuargh!”, remedó Erick Espejo, fotógrafo de Bacánika, mientras hacía uno de los recorridos de la zona para este artículo.

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“Venir acá me cambió la sensación de Bogotá”, confiesa Quimbayo, “Es abrumador. En este parque está el mejor mirador de la ciudad, el Juan Rey, que tiene casi 80% de la perspectiva de la capital; comparado a esto, el mirador de Monserrate es carreta”. Pausa. De nuevo se coge la cola del pelo. “Finalmente las personas que lucharon por Entre Nubes obtuvieron el parque... pero no el que ellos querían”, afirma. No hubo un Parque Simón Bolívar, los líderes no tuvieron ninguna voz en la reconstrucción de la zona, tampoco se creó un nivel de pertenencia desde las comunidades que rodean el área –bien dijo Carlos, la mano derecha de Clara Triana, que hay mucha gente que a pesar de vivir cerca al parque no lo conoce–. La defensa del territorio (con sus contextos sociales y sus personas) fue anulada por la conservación. Punto. Con las semillas en una mano y con la ley en la otra, el Distrito sacó y reprendió familias que aprendieron a producir con lo que tenían y a vivir en el riesgo y en la ilegalidad durante décadas, sin un Estado que los protegiera. De un momento a otro se despertaron en una zona protegida y miles de familias se tuvieron que ir a barrios fuera de Entre Nubes en las localidades de Kennedy, San Cristóbal, Ciudad Bolívar o Usme a empezar de nuevo, sin sus marranos, hortalizas o ladrillos: desplazados por la conservación.

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“Pero bueno…”, se consuela María mientras observa el parque y ve bajar a un grupo de estudiantes de colegio que hacían una caminata guiada: “Esto antes era un potrero donde robaban, botaban basura y venían a drogarse… A la orden, niños, ¿qué van a llevar?”.

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El Parque Ecológico de Montaña Entre Nubes está abierto todos los días de seis de la mañana a cinco de la tarde. La entrada principal está entre la calle 48 sur y 48M sur con carrera 1B este y 8A este: lejos de su casa, seguramente. La forma más fácil de llegar es vía Transmilenio: llegue hasta el Portal 20 de Julio; ahí, tome el Alimentador Villas del Cerro que sube las calles inclinadas y angostas de los barrios de San Cristóbal; se debe bajar en la última parada, al frente de una cancha de fútbol; lo más fácil, desde ese punto, es preguntar cómo llegar; tiene que caminar cerca de diez minutos. La SDA ofrece once recorridos guiados que pueden durar, máximo, tres horas o, mínimo, cuarenta minutos; son gratis. Solo tiene que llamar al 3627609 y preguntar por las visitas. La entrada es libre.

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