TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Andrea Melo Tobón Jueves, 03 Marzo 2016

Al sur de Bogotá se realiza un encuentro de fútbol de aficionados que transforma al vecindario en un solo carnaval: calles cerradas, fritanguerías ancestrales y encuentros familiares hacen del Hexagonal del Olaya un torneo con aguante, sabor e historia.

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l reloj de la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro marca las cuatro de la tarde desde hace tanto que ya nadie recuerda cuándo dejó de mover los brazos. Sus puertas reciben a feligreses que visitan la parroquia para celebrar matrimonios, bautizos y primeras comuniones; mientras tanto, millares de personas se reúnen en otra edificación erigida en frente para rendirle culto a otro dios: el fútbol.

La carrera 21 # 25 sur - 35 es una dirección que nadie se sabe de memoria pero a la que todos llegan ya sea porque crecieron cerca o porque les indicaron el camino hacia el estadio. “Si usted viene en Transmilenio, lo mejor es bajarse en la estación Olaya, tomar la salida norte y bajar cinco cuadras hacia el occidente, el ruido y el olor a fritanga guían a cualquiera”, explica Marta Escobar, ama de casa que sigue el Hexagonal del Olaya desde niña y que, ante la ausencia de sus hijos, lleva a cada encuentro a sus french poodle Tony y Darkqueen, que muestran los dientes al ritmo de los gritos en las gradas.


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Mientras que el Maracaneiros y el equipo de casa luchan por romper la defensa del rival, David y Fredy tienen un partido paralelo en las gradas al otro lado de la reja: el primero hace un taco corto, su amigo lo intercepta y lo controla. Según un grupo de señores que va dando puntada tras puntada futbolera, ellos juegan con mayor concentración que los que se encuentran en la cancha pero no tienen arco ni arquero, solo lasganas de improvisar pases a la nada entre las piernas de los vendedores ambulantes.

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Un balón por fin tropieza con el zapato de uno de ellos. Se trata de Jorge Arciniegas, un hombre canoso y delgado que carga una bandeja con merengones descomunales: tres pisos de merengue, guanábana y crema, coronados por una fresa fresca y jugosa. Este pedazo de felicidad alta en azúcares cuesta tres mil pesos y es fabricada en la panadería Delipan del Olaya. “A veces me empujan, yo trato de evitarlo pero sí ha habido ocasiones en las que me he caído con la bandeja completa; por ejemplo hoy, que faltando dos minutos pitaron un penal a favor del Maracaneiros y del griterío casi se me cae todo”, cuenta mientras acomoda los postres en su lugar.

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El campeonato aficionado Amistad del Sur

Desde 1934, casi diez años después de que pusieran el primer bloque de cemento que dio paso al barrio en honor al expresidente colombiano, se creó el Club Deportivo Olaya Herrera. “Mis abuelos fueron unos de los fundadores y sus seis hijos varones fueron futbolistas, ellos se casaron y ayudaron a crear el club, nos tuvieron a nosotros y continuamos el legado ya fuera en el equipo o como miembros administrativos”, cuenta Jimmy Parra, un hombre bajo y menudo que anda por las calles de su barrio como una estrella de rock. Varios lo saludan con la mano mientras él trata de escabullirse. Jimmy jugó desde los doce años en el equipo y es su actual presidente.

Varios vecinos de los barrios Olaya y Centenario crearon en 1959 el Hexagonal del Olaya –también conocido como el Torneo Amistad del Sur– que se desarrolla entre diciembre y enero como alternativa al campeonato de fútbol profesional colombiano. El certamen convoca a seis o siete equipos, dependiendo de los inscritos, para disputarse la copa. El que queda de último descansa un año y, si reitera su fracaso, se olvida de la casilla; el único equipo exento de esta medida es el Olaya por ser creador de la competencia.

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Desde que comenzó el torneo, varias empresas han creado sus propias selecciones para participar de la fiesta y, de paso, hacer un poco de publicidad: no es raro ver nombres como Sastrería Navarrete, Caterpillar Motor, Apuestas Monserrate, Nacional de Eléctricos, Calzado Juvenil y Golazo FBC. No todos han sobrevivido al torneo pero el torneo ha sobrevivido gracias a ellos: según Parra, no cuentan con inversión de entidades del Distrito e, incluso, “nos toca pagarle impuestos por el alquiler del estadio, las vallas y los puestos de comida y, aunque hay que buscar patrocinio a como dé lugar, no cobramos la entrada. La empresa privada es la que nos ha ayudado. El día que no consigamos patrocinio, el torneo se acaba”. Cada edición del certamen cuesta entre cien y ciento veinte millones de pesos. 

Según la resolución 277 del año 2006 y el decreto 456 de 2013, hay una regulación frente a los vendedores que hagan uso económico del espacio público por parte del Instituto Distrital de Recreación y Deportes (IDRD) que se encarga de protegerlo. Desde 2007, el torneo fue declarado evento de interés cultural por el Concejo de Bogotá; aún así, el Hexagonal es organizado por equipos de carácter privado e impide que el IDRD intervenga más allá de la adecuación, el mantenimiento y el cobro por el uso del estadio.

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Una gran escuela

Alberto Espitia es uno de los periodistas deportivos que no se pierde una cita con el Hexagonal. Ha asistido al torneo desde hace 37 años, cuando se escapaba de su casa en el barrio San Benito para verlo: “era como un circo romano porque la gente se subía a los camiones y a los árboles para ver el partido y había al menos doscientos puestos de comida… esto era un carnaval”. De hecho, él aprendió su oficio desde pequeño, cuando se ocultaba discretamente al lado de los locutores radiales de la época. Desde entonces, ha tenido que olvidar las fiestas decembrinas y quedarse en cabina a las siete de la mañana un 25 de diciembre o un primero de enero para transmitir los partidos.

Hace cincuenta años, solo dos emisoras transmitían los encuentros –Radio Melodía y Malta Andina–. Poco después se incorporaron medios como El Tiempo, El Espectador, Todelar y Deporte Gráfico, entre otros. “De aquí han salido grandes como William Vinasco Ch., Paché Andrade, Alberto Piedrahita o Carlos Antonio Vélez. Este lugar ha sido una escuela no solo de jugadores sino de periodistas”, señala Espitia con orgullo.

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En la cancha, además de los futbolistas, técnicos, jueces y locutores, hay un fotógrafo que se acerca sin temor al defensa que está a punto de hacer un tiro de esquina; sin agacharse o hacer mayor esfuerzo de flexibilidad, el hombre obtura y se retira a la reja para revisar la toma. Enrique Prada lleva 44 años cubriendo el torneo, pero añora el tiempo en el que la cerca que separa al público de la cancha no existía: “lo bonito de la afición del Olaya por los años setenta y ochenta era que podía tocar a los jugadores. Antes, ellos se cambiaban en una esquina a las afueras del estadio y era la oportunidad perfecta para que la gente los saludara o se tomara una foto con ellos; si se salía un balón de la cancha, había que parar el partido para que alguien fuera a buscarlo, porque no se habían inventado eso de tener tres o cuatro balones”.

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Antes de conocer el torneo, Enrique Prada se dedicaba a tomar fotografías de personas a punto de casarse, hacer la primera comunión o bautizar a sus hijos; apenas entraban a misa, él iba al laboratorio para revelar las imágenes y así poder vendérselas a los recién purificados a la salida del templo. Sin embargo, al enterarse de que existía este torneo aficionado, decidió aventurar su ojo y su cámara en el Olaya. “Trabajar en una iglesia me daba cincuenta pesos; yo recibía cien yendo al Hexagonal y hacía lo mismo: iba y tomaba las fotos de los jugadores posando y mientras la pelota rodaba, revelaba y se las vendía mientras ellos tomaban cerveza. Me di cuenta de que eso era mejor que lo que hacía en las iglesias porque compran más rápido las fotos, me dan propina y me invitan a una que otra polita”, cuenta “Pradita”, como lo llaman cariñosamente sus colegas.

A las afueras del campo, un hombre con mirada bonachona esconde bajo un saco su carné de directivo del Olaya. William Contreras recuerda cuando llegaba a las siete de la mañana para poder apartar la cancha, ya que cerca de treinta niños se acomodaban en el potrero improvisado para retar el arco. “Eso era fabuloso porque no era grama sino tierra y no había ni una sola gradería, era un hermoso peladero, como nosotros lo llamábamos”. Si alguien quería ver el partido tenía que correr para poder apartar un lugar pues la cancha no estaba delimitada –ni siquiera había mallas– sino que se ponía un cordel alrededor del campo que era sostenido por los mismos asistentes. “Cuando uno oía la palabra piedra tenía que salir corriendo porque los que no veían el partido tiraban rocas a los que se metían en la cancha para ver los cobros más de cerca: ese era el Full HD de la época. Era lo más hermoso porque uno tenía que aguantar sol y tierra y hasta pedradas, pero se jugaba un fútbol excelente”, dice el directivo.

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Tercer Tiempo
 

Jorge Arciniegas se quita el delantal mientras cuida de reojo el merengón que sobrevivió los 90 minutos de fútbol dentro y fuera de la cancha. Hace veinte años que trabaja en el Olaya: ha sido zapatero, vendedor y cocinero y desde que conoce el torneo se ofrece a vender los dulces bajo cualquier clima, “este es mi pasatiempo, vender el postrecito a los amigos y vecinos de siempre; así seamos de otros barrios, todos nos encontramos acá. Ojalá dure para siempre”, confiesa.

Este año, Club El Olaya perdió la final. El campo comienza a desocuparse y varios hinchas murmuran y agitan las manos con rabia mientras se dirigen hacia una carpa naranja que destila humo y olor a frito en el costado oriental del estadio. El local se llama Las picadas de Consuelo del Olaya, un negocio familiar que lleva 37 años bajando la fiebre por el balón a punta de morcilla, chunchullo, bofe, chorizo, papa criolla y ají hecho con cilantro y tomate. “Yo he vivido aquí desde que nací y soy fanática del fútbol pero tengo que estar pendiente del negocio, por lo que los clientes me van contando quién va ganando”, explica Consuelo mientras rescata un chorizo de un ahogo inminente en el oscuro aceite. Como muchos negocios del barrio, ella lo heredó de una tía y ahora su suegra, su esposo, su hermana y sus cuñados le ayudan en la cocción y venta del alimento para campeones: la canasta personal cuesta cinco mil; la especial, diez mil; el combo familiar con gaseosa, veinte mil.

A pocos metros de este templo del colesterol hay una vía rebelde, la calle 26 sur con carrera 20. Camionetas particulares repletas de cerveza lista para ser vendida, puestos de mazorca, pinchos y jugos ocupan las esquinas formando un laberinto que es delimitado por los grupos de aficionados, directivos, jugadores y familias que llegan para comentar los pormenores del partido.

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Pero más allá de la tertulia futbolística, el Tercer Tiempo también es un local de licores que hace casi veinte años abrió sus puertas a la hinchada de la esférica en esa misma calle. Alirio Molina, un hombre imponente de poco más de metro ochenta de estatura, siempre está en pie de batalla con su destapador frente a la nevera que guarda la bebida tan añorada por los asistentes; su local no supera el tamaño de una alcoba promedio pero le da la bienvenida a los que compran botellas para beber en la calle, a los que encuentran un asiento en las pocas mesas presentes, a los que bailan abrazados lo que estalla en sus parlantes y a los que usan el baño de la entrada –una puerta en forma de cuadrado que tapa milagrosamente la retaguardia del caballero que quiera liberar su vejiga–. No resulta raro escuchar un chorro golpeando la porcelana del orinal mientras el dueño de la cascada le pega un grito a Alirio pidiendo otra cerveza.

Uno de los hitos del campeonato –entonces de arena y tierra– fue la vinculación en 1972 del bautizado “Pelé Blanco”, Dragoslav Šekularac, considerado el mejor jugador del Mundial de Chile 1962. En ese entonces, Daniel Torres, dirigente del Club Fotorres, invitó al yugoslavo –que en esa época jugaba para Santafé– y le pagó diez mil pesos por su participación; su equipo llegó a la final pero perdió ante el Sindiley. “Una vez se cayó la malla que protege el arco de la parte occidental y Šekularac se subió al arco y él mismo amarró la malla, fue una jornada monumental”, narra el periodista Alberto Espitia.

Además de Šekularac, estrellas del fútbol nacional como Carlos “el Pibe” Valderrama, Gerardo Bedoya, Leider Calimenio Preciado, Bonner Mosquera, Ricardo “el Gato” Pérez y Francisco Delgado han jugado en el Hexagonal para los equipos de las empresas que los han contratado por sumas de hasta diez millones de pesos. Muchos espectadores llegan al torneo con la ilusión de ver a sus jugadores favoritos reunirse con el balón y los partidos no siempre resultan como se espera: “ellos vienen y juegan dos o tres partidos, más por exhibición que porque quieran realmente dejarlo todo en la cancha”, afirma William Contreras.

Lo peor que pudo ocurrir, según algunos amantes del torneo, fue cuando el IDRD decidió invertir en el mejoramiento del campo: en 1980 taparon la tierra y el polvo bajo un pasto verde; luego, en 2008, construyeron un estadio con gradería central, camerinos, salones, escuelas deportivas, módulos de ventas y cabinas radiales, algo inconcebible para la hinchada acostumbrada a su peladero. “Ahí fue cuando el campeonato perdió su calidad de fútbol, porque anteriormente venían a jugar los que querían progresar o sobresalir; cuando armaron un campeonato con un estadio, la gente cambió de mentalidad, venían jugadores que estaban programados para no perder”, afirma Contreras. Para Prada, el fotógrafo, otro factor que a su juicio ha perjudicado el torneo es que los futbolistas ya no tienen la cultura del equipo: antes no había escuelas, “los jóvenes jugaban en su cuadra y si querían entrar al equipo del barrio le decían al profe que los probara. Ningún jugador se vendía para el Nacional o el Junior sino que moría en su equipo”, afirma.

Sudando la camiseta o no, el torneo sigue brindando la oportunidad perfecta para que aficionados al fútbol demuestren su talento a directores técnicos de equipos profesionales que se escabullen entre la multitud para buscar nuevas promesas, así que la calidad deportiva depende del punto de vista. No será la Copa del Rey pero el Hexagonal ha sido cantera de jugadores como Maravilla Gamboa, Ernesto Díaz, Mario Jiménez, Andrés Chitiva, Neko Martínez, Kilian Virviescas, Mina Camacho, Jhon Mario Ramírez, Moisés Pachón, Omar Franco, Jairo Suárez, Eduardo Niño, Radamel García (el papá de Falcao), Gabriel Hernández, Carlos Rendón, Juan Daniel Roa y Fabián Vargas, entre otros.

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El dilema de la tradición

El torneo no solo ha reunido a familias después de mudanzas y separaciones; habitantes de barrios vecinos como Quiroga, Restrepo, Santander, Claret y Centenario tienen una cita cada diciembre para apoyar a su equipo. Este modelo se ha replicado en casi todas las localidades de Bogotá pero el Hexagonal es reconocido como el más tradicional del fútbol aficionado en el país. “El público tiene una cosa familiar que es el desenguayabe de diciembre y la nostalgia de año nuevo; es muy lindo venir y encontrarse a los amigos, que aunque uno no ve durante el año, sabe que no se pierden el torneo”, dice Marta mientras tranquiliza a Darkqueen con una caricia en su oreja blanca.

Consuelo, desde su trinchera de fritanga, parece la guardiana sin paga del estadio Olaya pues abre su puesto de domingo a domingo durante todos los días del año. “Aquí la fiesta del barrio es con cervecita y comida. Todos somos muy unidos y la pasamos bueno, por eso es que no tenemos problemas con la Policía”, cuenta mientras estira su brazo con una mazorca para darle una ñapa a un cliente que le reclamó por su tacañería.

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A diferencia de muchos encuentros de fútbol en los que los agentes ejercen un control extremo frente al consumo de bebidas alcohólicas, en el Olaya es normal ver patrulleros conversando con los vecinos frente al Tercer Tiempo. Ni los ojos perdidos o el tufo logran indignar a los uniformados que, por el contrario, brindan con botellas de agua, gaseosa o una cerveza ocasional por el triunfo o la derrota del equipo de la casa. Aunque suene a que la anarquía se apodera de estas cuadras, a las siete de la noche cada botella y cada borracho desaparecen sin gritos o peleas, refugiándose en el calor de su barrio o pasando el guayabo en casa de algún conocido.

Pradita alista su equipo para partir, tiene una cámara digital semiprofesional que le ha permitido seguir trabajando. “¿Que si los celulares han afectado mi trabajo? No, la verdad no porque en el Olaya hay una rosca familiar muy grande: el hijo compra la foto del padre y el nieto la del abuelo, siempre hay quien compre esas imágenes de archivo y aún hay quienes prefieren que yo les tome la foto con el jugador del barrio”, cuenta mientras toma un sorbo de tinto. Pero a pesar de la gran afluencia de personas que ocupan el estadio y sus alrededores, hay algo que preocupa al directivo Jimmy Parra: “aunque es una costumbre familiar, mis hijos estudiaron y ahora son profesionales y no se metieron en el fútbol. Somos el último eslabón de la cadena”, dice entre nostálgico y tranquilo mientras es abrazado por sus amigos.

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