TEXTO Y FOTOGRAFÍA: David Jáuregui Sarmiento Lunes, 29 Febrero 2016

 

Nada de chanclas y camisillas exhibicionistas. Botas, ropa cómoda y repelente de insectos son suficientes para turistear en la amazonia colombiana.

M

i amigo, el señor aventurero, llamó al celular. Contesté. “¿Nos vamos para el amazonas o qué?”, me dijo a manera de saludo. Respondí que no tenía plata para el vuelo, que debía trabajar y que no le veía tanta gracia a meterme en una selva. Mucho menos en el Amazonas. “Todo bien, yo le pago el pasaje”, le alcancé a escuchar antes de colgar. Francamente no pensé que fuera en serio. Un par de meses después aterricé en Leticia, la capital del Amazonas colombiano. Intenté todo para evitarlo, usé mis mejores excusas, apelé a todo argumento e incluso llegué tarde al aeropuerto, pero nada funcionó. Y resultó divertido, aunque no quería ir porque me daba miedo. Es más, me tomó por sorpresa lo interesante del lugar a pesar de vivir cubierto hasta los tobillos para evitar los mosquitos. “La regla es: mejor sudado que picado”, me dijo el único amigo mío que es más quejicas que yo.

De entrada, uno no tiene que preocuparse por las personas: son muy amables. No hay que dárselas de antropólogo pues, de verdad, por más que uno se esfuerce, cualquiera se da cuenta de su condición de turista. Sobre todo porque en diez años –de 2001 a 2011– llegaron al departamento del Amazonas 261.985 turistas, de los cuáles 65.693 eran extranjeros. Eso es muy poquita gente, teniendo en cuenta que a Piscilago, el balneario que está a un par de horas de Bogotá, llegan más de un millón de personas en un solo año –no es paja, lo encontré en Internet–.

Por eso, si se deciden a viajar al Amazonas, aquí encontrarán algunos datos para sobrevivir y disfrutar en el pulmón del mundo. 

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Leticia – Tabatinga
 

Catedral-de-Tabatinga

A las dos ciudades las divide un separador de madera, pintado de blanco, que llega a la altura de la cintura y que dice “Policía Nacional de Colombia”, con uno o dos uniformados vigilando la frontera. Del otro lado, si usted viene de Brasil, encontrará uno similar pero de la policía brasileña. Sin embargo, los dos pueblos son como la misma cosa y se puede transitar libremente. Si alguna vez quiso ir a Brasil y no ha podido, al menos en Leticia lo logrará porque está pegada a Tabatinga. Tanto que, si retiraran los separadores en la frontera, parecería una calle normal de una ciudad, solo que de un lado hablan portugués y del otro, español. Lo único que hay que tener en cuenta, y esta advertencia la recibí más de una vez, es no llamar la atención de la Policía de Brasil. No quise averiguar por qué lo decían, así que cada vez que vi una patrulla brasileña saqué mi mejor cara de brasileño.

Esquina-Tabatinga

En Tabatinga se puede almorzar y hacer compras de chécheres y dulces en la Casa del Chocolate, donde la gente va y compra un montón de Garotos para llevarle a la suegra y a los primos preferidos, y dos botellas de cachaza para cuando se adentre en el monte. Para comer, siempre será recomendado el Restaurante Tres Fronteras, en Tabatinga, donde hay alimentos y bebidas típicas de Brasil. El plato, en promedio, cuesta 25.000 pesos colombianos. Suena costoso si va corto de efectivo, pero tal vez sea lo más caro que encontrará en cuanto a comidas en esta parte del mundo. En Leticia puede conseguir todo tipo de restaurantes, sobre todo de comida rápida y corrientazo con toque local. Allá puede encontrar las variedades y combinaciones propias de una ciudad en la que confluyen las costumbres de la frontera con Brasil, Perú y Colombia. Especialmente recomendado, para los que no les emociona mucho la comida étnica, el chicharrón de Pirarucú: pequeños trozos de carne del segundo pez de agua dulce más grande del mundo, que mide más o menos tres metros y cuya textura consistente es bien receptiva a los condimentos y participa en varias preparaciones amazónicas. Los platos, en general, se acompañan de patacones, fariña –una especie de puré de yuca– y casabe –arepa local–. Es decir, si usted es un ecologista consumado y tampoco le jala al pescado, también hay preparaciones locales que puede conocer sin romper la dieta. 

La oferta gastronómica y fiestera se encuentra en las cuadras alrededor de la Plaza Santander, en Leticia, donde, al caer el sol, un sinnúmero de loros llega a descansar y se hace una especie de espectáculo natural.

Si va en plan guerrero, en el puerto de Leticia puede conseguir tamales a dos mil pesos, lo mismo que un pasaje de Transmilenio en Bogotá. Además, podrá ver las casas flotantes, las estaciones de gasolina flotantes y los parqueaderos de lanchas flotantes. Suena a cualquier cosa, pero en realidad es la vida sobre el río. También, si le pica la curiosidad, podrá ver la arquitectura de las casas que se levantan un par de metros sobre el suelo, para cuando el río crece. Igual de interesante es ver el estilo de vida de acuerdo a la época: dependiendo de la altura del Amazonas, la gente duerme debajo o sobre el piso de las casas. En fin, no adelanto más para no dañar las sorpresas del puerto.

Puerto-Leticia

Antes de seguir, una última recomendación: los taxis cobran duro. Hay otras formas de transportarse, como mototaxis –que no son los conductores más amables– y motocarros (o tatucos), unos bicitaxis estilo citadino pero propulsados por una motocicleta. Es preferible hacer caminata por la ciudad pero la decisión ya es cuestión de gustos.

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El Río

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Muchos hoteles organizan excursiones de cuatro o cinco horas al Amazonas, “con almuerzo y refrigerio”. A la salida del aeropuerto Alfredo Vásquez Cobo puede encontrar montones de guías, y la mayoría ofrece paquetes turísticos dependiendo de la cantidad de días de la estadía. Lo que dicen es costoso, al menos si usted vive del cuentacobrismo. Por eso, puede preguntar el recorrido y hacerlo por su propia cuenta tomando lanchas rápidas que lo llevan a los diferentes lugares turísticos por mucho menos dinero. Se puede gastar 60.000 pesos ida y vuelta mientras un tour llega a los 180.000 pesos y suele llevarlo de afán: apenas le dan tiempo para hacerse un selfie y volver a la lancha. Entonces, si puede, elabore un plan que no lo obligue volver el mismo día a Leticia, teniendo en cuenta que en los ecohostales cuesta, en promedio, 20.000 pesos la noche.

Amazonas-1

La recomendación es conseguirse un buen guía con su propia lancha, de forma que puedan recorrer el río al ritmo y por los lugares que mejor les parezca. Por mi parte, la recomendación es dar con la gente de Hippielandia. A pesar de que su nombre pueda generar algo de molestia, esta gente la tiene clara: hace el tour a su acomodo y le ofrece todas las actividades a precios razonables. Tiene incluso un hippiemóvil, una especie de lancha–hostal con parrilla para asados y uno duerme en el río a la vez que avanza hacia su destino. Aquí toca controlar un poco la ingesta de cachaza; si consigue una preparación que mezcla dicho trago con miel y corteza de un árbol silvestre local que se llama chuchuhuasa, le va mejor pero siempre manténgase en el bote, por favor.

En el hippiemóvil, las varias posibilidades de tener contacto con cardúmenes de peces –de muchas variedades y que, a veces, se quedan dentro del bote hasta la muerte–, con delfines rosados, con pescadores, con comunidades indígenas, con manglares y con excentricidades selváticas aumentará considerablemente.

Entonces, estos son los lugares que recomiendo cuando decida embarcarse por el río:

Tres-Fronteras

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Las tres fronteras:

Parece una pendejada porque lo ponen en la mitad del río para que usted vea hacia tres lugares diferentes. De un lado estará Perú, al otro Brasil y del otro Colombia. Pero si escoge un buen horario –temprano en la mañana o antes del anochecer, por aquello del sol cambiante–, tendrá la oportunidad de ver cómo funciona el lugar y cómo nadie vino a pedirle papeles ni a hundirle el barquito.

Playas

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Las playas:

Dependiendo de la época del año se pueden encontrar islas y playas. Son un buen lugar para detenerse a almorzar y comerse alguno de esos peces incautos que no logró volver al agua. En este punto uno ya se siente en un documental de National Geographic: con lo que murió ahogado en el bote y un par de elementos que encuentra en el terreno, puede preparar su comida. Si le molesta que, como por arte de magia, su comida llegue a morir en el bote, también puede pescar su presa: no cazar puede rayar con lo mainstream. Eso depende de qué tanta hambre y falta de presencia perezosa-alcohólica haya en su cuerpo. También podrá ver con claridad a muchas de las aves que hace parte del paisaje: no se distraiga, más de 800 especies de pájaros habitan el sector, desde águilas hasta tucanes. Tenga en cuenta que la mayoría de los tures no incluyen este tipo de paradas, vaya uno a saber por qué –un punto más para los hippies–. 

El-Vergel

Victoria-Regia-El-Vergel

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Resguardos indígenas:
 

Camino al municipio de Puerto Nariño se pueden encontrar varios resguardos de la comunidad Tikuna. En casi todos uno puede detenerse a conocer las artesanías y hasta sorprenderse al encontrar a los niños escuchando al pseudorapero español Porta. La globalización acaba con todo. Uno de los asentamientos más bonitos que conocí, donde también les encanta la cachaza, se llama El Vergel. En las tardes juegan fútbol los hombres y las mujeres, microfútbol. Hay para escoger con quién jugar, no subestime a las chicas. Después del cotejo puede buscarse un jugo de arazá o copoazú, frutas típicas realmente deliciosas. La gente recomienda no tomar agua que no sea embotellada, pero se puede estar perdiendo cosas interesantes. Lo que nos lleva a otra recomendación: cargue pastas potabilizadoras de agua o medicamentos contra la diarrea. Puede que no las necesite, pero las dos funcionan.

A unos veinte minutos de recorrido por entre la espesa y muy resbalosa selva, suele haber alojamiento cómodo y barato. Lo mejor es buscar estadía antes de las nueve de la noche, hora en la que cortan la electricidad y la oscuridad se vuelve sobrecogedora. Es muy recomendable estar para ese momento en algún lugar fijo para evitar extraviarse. Por último, si le gustan las artesanías locales, o los mismos recuerdillos turísticos que encuentra en Tabatinga, puede acercarse al resguardo de Maicedonia, que ofrece bastante variedad. 

Puerto-Leticia

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Puerto Nariño:
 

Este es el segundo municipio del amazonas colombiano. Está a 87 Km de Leticia, a unas tres horas en lancha rápida y unas cinco en lancha normal. Allá puede hacer caminatas por la selva con acompañamiento guiado por unos 20.000 pesos. El precio depende de la cantidad de las personas y de qué tan negociante se considere usted. El pueblo es bastante tranquilo, tanto que el único vehículo motorizado es la ambulancia y todos transitan a pie, por las callecitas de concreto que recorren las cuadras. También se puede jugar fútbol, pescar, tomar cachaza y cerveza, además de disfrutar de la comida típica de la región. La variedad de pescado local es grande y el precio oscila entre los ocho y los doce mil pesos. Puede probar la gamitana, una preparación del pirarucú más selvática, con patacones y fariña. Aquí se encontrará con que los micos, las guacamayas, caimanes y todos esos animales que osadamente Jeff Corwin reta en Animal Planet son parte de la cotidianidad. Si está en plan familiar o por algún motivo no quiere ir hasta Puerto Nariño, puede acercarse a la Isla de los Micos, donde pagará por rodearse de primates entrenados para entretener turistas. 

Mico-1

Mico-2

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Ceiba:
 

Por último, antes de irse es muy importante que camine hasta una ceiba del Amazonas. En la cosmogonía tikuna, la vida y el universo se desprenden de estos árboles. Se los ve desde el río porque sobresalen del resto del follaje. Para llegar a algunos, tal vez los más altos –de 60 o 70 metros de altura–, se necesita caminar durante algunas horas. Sin embargo, si por algún motivo resulta imposible, siempre puede ir a la reserva natural del lago Tarapoto, ubicada a dos horas de Leticia en lancha rápida. Allá se encuentran muchas de las rarezas turísticas de la región: desde la ceiba o la victoria regia (el loto gigante de color verde que flota sobre el río) hasta los delfines rosados y grises de agua dulce. Ofrecen caminatas por la reserva: el costo, igual que en la isla de los micos, es de 25.000 pesos. 

Ceiba

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Ultimas recomendaciones:
 

En total, para una travesía corta de unos cuatro días y tres noches, descontando el costo del avión, usted puede sobrevivir con unos 250.000 pesos, viviendo como derrochón descontrolado estilo Donald Trump.

Es importante llevar mucho repelente contra insectos, linterna, botas, mosquitero, chinchorro o hamaca, cuerda, bolsas tipo ziploc para los aparatos electrónicos (la humedad los daña con facilidad) y ropa de la que definitivamente quiera prescindir, pues el barro de la selva es más poderoso que cualquier detergente musculoso.

También tenga en cuenta dentro del presupuesto inicial que debe parar el impuesto de entrada a Leticia (20.000 pesos), y que la forma más sencilla de llegar es en avión: la vía fluvial es riesgosa y toma muchísimo tiempo. No olvide tampoco el pasaporte porque, aunque generalmente no lo piden las autoridades, no falta el que quiera hacerle la vida difícil. Por lo demás, solo déjese sorprender por el encanto de la selva amazónica.

 

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