POR: María de los Ángeles Potilla Viernes, 17 Julio 2015


En los cerros que bordean a la capital por el oriente se encuentra la iglesia del barrio Egipto, a donde sin importar el frío y el hambre asisten ancianos, niños y hasta perros.

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Una gran plaza abraza las dos escaleras simétricas que se unen justo en su entrada principal. Desde abajo, se observan los cuatro vitrales pintados en las ventanas de su fachada y un reloj enmarcado en un círculo amarillo debajo de tres monumentales campanas. La pequeña cruz que indica al recinto sagrado apenas se percibe.

Luego de diez minutos de recorrido por la carrera séptima y de otros diez por la avenida circunvalar, encontré lo que buscaba: la Parroquia de Nuestra Señora de Egipto, en plena zona colonial de Bogotá. Su extraordinaria arquitectura, decoración y estampa no se opacaron por la fuerte lluvia que aumentaba cada minuto; por el contrario, invitaban a conocerla, a pesar de estar ubicada en uno de los barrios más olvidados de la capital.

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¡Bienvenida a la parroquia!

El reloj marcaba las 11:57 de la mañana cuando la gente comenzó a llegar con prisa para escapar de la intensa lluvia y el viento helado. Desde ahí me fijé en la cantidad de paraguas negros que se acercaban a la iglesia, debajo de ellos los más viejos vestían con corbata y ruana y las mujeres jóvenes, menos conservadoras, con una falda corta que dejaba entrever sus piernas temblorosas por el frío.

Los pitos de los pocos buses que llegaban hasta allá y cuyos letreros decían Egipto, Centro, Lomas y carrera décima, se mezclaron en algunos instantes con el sonido de las campanas que invitaban a rezar.

Era evidente que la iglesia significaba mucho para los habitantes de Egipto pues, por encima del aguacero y de los rayos que caían estrepitosamente, al menos cien personas asistieron a misa ese día: niños, ancianos, mujeres, hombres y hasta un perro Pug, que parecía estar sofocado por la altura. Doña Dolores, con quien hablé antes de comenzar la eucaristía, ratificó mi observación: “yo vengo todos los domingos a la misa de siete, pero hoy se me hizo tarde. Usted le pide a la santísima Virgen que la proteja y ella le cumple. Es muy bonito, por ejemplo, venir a las fiestas del seis de reyes, son como tres días con orquestas, teatro y un gran bazar”.

A los pocos instantes comenzó la misa que ese domingo conmemoró seis muertes y celebró una primera comunión.

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En el nombre del padre…

Mientras escuchaba el sonido de las viejas sillas de madera que rechinaban cuando las personas se sentaban, los gritos de algunos niños y la tos de los ancianos, la voz del cura se sintió como un estruendo en los micrófonos. “Oremos”, dijo. Todos nos pusimos de pie. Las sillas crujieron. Las cuatro lámparas, siendo aún mediodía, estaban encendidas.

Algunos ancianos llevaban un rosario debajo de la ruana con la que se protegían del frío, otros hombres apretaban en sus manos la gorra con la que habían entrado al templo, las mujeres, en su mayoría madres, prestaban atención a lo que sus hijos hacían y la mayoría sacudía el paraguas. En uno de los salones de la parroquia, las personas se acercaban a una escultura del Sagrado Corazón de Jesús abrazado por la bandera de Colombia con el objetivo de tocarle los pies pálidos, descoloridos y fríos para santiguarse y hacer su petición.

Cuando todos entonaban Gloria aleluya, de repente llegó a mi nariz un fuerte olor a sudor. Un anciano indigente había dejado un agudo hedor a su paso. Tenía puesto un pantalón sucio y roto, llevaba un sombrero en sus manos y su piel se veía arrugada y seca a pesar de estar mojado. Su fetidez partió en dos mi visita al templo. Minutos después el sonido de algunas monedas chocando con otras y la rápida apertura de las cremalleras en los monederos me anunció el momento de la limosna. Un hombre de unos 40 años recolectaba el dinero en una vasija de barro que movía lentamente. Vi billetes de $1.000 y $2.000 cuando pasó por mi lado.

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Amén

Antes de finalizar la misa, el cura hizo una invitación para que la gente comprara las empanadas que se vendían a la entrada del templo. Finalmente, dio la bendición. Cuando salí de la iglesia llegó a mi nariz otro fuerte olor: orines mezclados con la fritura de las empanadas y la basura amontonada que permanecía afuera del templo. Así son los barrios olvidados de Bogotá.

De nuevo se abrieron las sombrillas, algunos niños comenzaron a llorar, la mayoría bostezaban, los invitados de las primeras comuniones, emocionados por el festejo que se avecinaba, empezaron a dispersarse en carros y motos, algunos vecinos cruzaron la plaza y otros subieron por unas escaleras rústicas construidas sobre la montaña con la conciencia tranquila por el deber cumplido. Una tormenta no impidió que fueran a misa mojados, con hambre y frío. Allí entendí que a la casa de Dios todos son bienvenidos, me deslumbré con la imagen de Bogotá que ofrece la parroquia y, finalmente, en lo alto de ciudad, conocí el Egipto de la capital.

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Religión

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