TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Chilango Páez Viernes, 26 Junio 2015

La Chorrera se encuentra en Choachí, a menos de una hora de Bogotá. Este es un plan poco conocido para salir de la (cochina) ciudad.

Debo admitir que conocí Choachí, Cundinamarca, por pura casualidad. Mucha gente que vive en Bogotá cree que el pueblito queda lejos de la ciudad, que hace frío, que el camino es muy peligroso –y tienen algo de razón, pero no es más feo que la mayoría de carreteras colombianas– y que se trata de una zona guerrillera. Poco de eso es cierto: Choachí es un balneario tranquilo, de clima templado, sin muchos rolos ensuciando sus calles, más barato que otros sitios alrededor de Bogotá y con un paisaje sorprendente. 

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A menos de una hora de Bogotá, saliendo por Monserrate y siguiendo la misma vía que va al Santuario de Guadalupe, se sube a un páramo lleno de niebla y luego se empieza a bajar en medio de abismos imponentes y una colcha de parcelas verdes que obliga a olvidarse de la gran capital de la que uno viene. Entre sus curiosidades, junto a la carretera está el restaurante Colombia 86, un homenaje al Mundial fallido de nuestro país, muy cerca del parque ecológico Matarredonda, en pleno páramo. El mayor atractivo turístico de Choachí son sus aguas termales, pero en la carretera hay un avisito que anuncia La Chorrera y le pone un ícono que parece un charco. Resulta que esa es la cascada más alta de Colombia (con casi 600 metros de caída) y que se puede ver antes de llegar al pueblo si la neblina lo permite y el ojo le da para identificar una rayita blanca en medio de los farallones.

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Para llegar a La Chorrera, hay que desviarse de la carretera justo donde hay una valla de aguardiente (quizás sea una especie de símbolo que lleva años dando la bienvenida a Choachí) y tomar a la izquierda a través de un camino destapado durante unos quince minutos hasta la entrada del parque. A partir de ahí, toca caminar durante una hora y media entre piedras, otra caída de agua más pequeña (El Chiflón), una especie de cueva, vegetación abundante, muchos pájaros –lamentablemente, pocos animales más se dejan ver– y algo de barro. No es demasiado exigente pero resulta más transitable con ropa cómoda y sin mucho equipaje, apenas hacen falta un impermeable e hidratación. Si no tiene carro, puede llegar desde Choachí o averiguar sobre tures que salen de Bogotá muy temprano, incluso algunos van en bus y caminan desde la carretera –los buses salen de Bogotá desde la calle 6 con Caracas, detrás de la estación de policía–. También es posible hacer el trayecto a caballo hasta cierto punto o, para los más deportistas, irse a pie hasta Monserrate por el camino real, lo que puede tardar unas ocho horas en medio de las montañas. La entrada a La Chorrera cuesta $8.000, incluyendo guía, y dentro del parque se puede comer una trucha o un sancocho por $15.000 (también venden galguerías y almuerzo corriente por menos precio o es posible cargar mecato y esperar a la salida para comer en otro lugar).

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Dependiendo de la temporada, hace algo de frío o llueve bastante; sin embargo, el calor de la caminata lo hace tolerable. Por el contrario, a veces se llegan a secar las cascadas durante las sequías y resulta mejor llevar ropa ligera pero siempre manga larga porque el sol es muy fuerte. Como sea, el recorrido siempre vale la pena: así suene a cliché, ir a La Chorrera significa desconectarse del ruido de la ciudad, respirar aire puro, pasar por nacimientos de agua y ver farallones increíbles incluso cuando las caídas de agua se secan. Y hasta aplica eso de “la gente amable”: todo el mundo saluda y sonríe al paso de los caminantes.

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Al regreso, si puede parar, hay un mirador con una vista panorámica de Bogotá más grande que la de La Calera, desde donde incluso se pueden ver Monserrate y Guadalupe.

Así que es hora de alistar los tenis y salir a caminar. Encuentre más información en la web del parque La Chorrera.

 

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