POR: Daniel Vivas Barandica Martes, 02 Junio 2015

DANTE3

En Shopping Las Fuentes, en Cali, se encuentra un pedazo del infierno en la tierra:
sexo, juego y alargamiento de penes hacen parte de su oferta. 

“Viejo, tiene que conocer la Colonia de Dante”, me dijo un amigo con un extraño brillo en los ojos. Me aseguró que si uno quería ver un pedazo del infierno en la tierra había que meterse en ese edificio de la ciudad de Cali que esconde tres oficinas estrafalarias: Sexólicos Anónimos, La clínica de alargamiento de pene y Jugadores Anónimos.

El edificio realmente se llama Shopping Las Fuentes, está ubicado entre la avenida octava y la calle sexta, al frente del Parque de las Tortugas. Su fachada es amarilla, con grandes ventanales en mal estado. En el día se ve a algunas personas en las cafeterías aledañas, a uno que otro vecino fumando marihuana en una banca, a skaters patinando y a clientes de los sex shops de los locales externos. Pero a medida que llega la noche, el edificio y la zona toman un aspecto oscuro del que emergen prostitutas, travestis, jíbaros e indigentes.

LUJURIA

La primera vez que entré iba decidido pero asustado. El portero, un hombre de tez oscura, me indicó (al decirle que iba para la reunión de sexómanos) que en el parqueadero se encontraba el líder del grupo. Era un hombre de 1.65 metros, pelo blanco, cercano a los 60 años. Llevaba gafas, camisa de manga corta, pantalón azul gastado y zapatos de charol. Le dije que iba para la reunión y, como si yo fuera un criminal, me inspeccionó de arriba abajo. Luego preguntó que quién me había contado sobre ellos. Le mentí diciéndole que una psicóloga. Respiró hondo y me respondió que lo siguiera. El lugar me producía náuseas, las paredes estaban sucias y llenas de moho. Subimos por unas escaleras en forma de espiral y el tipo comenzó a contarme que hacía ocho años asistía al grupo. Se había hecho miembro después de una noche en la que estuvo a punto de suicidarse porque su esposa lo había dejado tras perder todo su dinero en prostitutas y travestis.

La oficina donde se reunían era pequeña, escasamente cabían diez personas. En el centro reposaban cinco sillas plásticas acomodadas en círculo, una vitrina pequeña con una cafetera, vasos desechables y palitos para revolver el café. De las paredes colgaban varios cuadros, uno con la oración de los adictos, otro con el nombre del grupo y otro con algunas indicaciones. En mis manos tenía un folleto que decía “Examínate a ti mismo” y contaba con 20 numerales que me indicaban si era adicto al sexo. Entre estos estaban: “¿Se te ha ocurrido alguna vez que necesitas ayuda para modificar tu comportamiento sexual?, ¿Utilizas el sexo para huir de la realidad? ¿La búsqueda de sexo hace que no prestes atención a tus necesidades o al bienestar de tu familia?”. Me reí. Este último enunciado era para alguien que debía responder por esposa e hijos y yo en mi vida, si mucho, cuidaba a un canario.

A mi alrededor, otros tres hombres entre 55 y 60 años dijeron sus nombres, aceptaron que eran sexólicos y contaron sus experiencias, entre las que se encontraban tener relaciones con animales o con objetos inanimados, excitarse con el perfume de una mujer o llegar al orgasmo rozando a diferentes personas en los buses. Luego se me indicó que debía participar. No fue tan difícil. Solo tuve que exagerar algunas cosas, como que todos los días me masturbaba con pornografía online y que sentía un placer demencial por las niñas de 17 años.

Después de 45 minutos, la reunión acabó. El líder del grupo empezó a pasar un sombrero con el fin de recoger dinero para el alquiler del sitio. Yo saqué un billete de diez mil pesos y lo tiré. No sé si con eso podía pagar mi atrevimiento de hacerme pasar por uno de ellos, pero me sentí mejor.

VANIDAD

Dos días después volví al edificio. Esa vez visitaría al Dr. Concha, un personaje con una peculiar ocupación: agrandar y engrosar penes. Me parecía curioso que, dedicándose a lo que se dedicaba, tuviera de apellido uno de los sobrenombres del aparato reproductor femenino. El Dr. Concha era un hombre alto, gordo, alrededor de los 40 años. De piel muy roja y pelo rubio. Se me presentó sonriendo y extendiéndome su mano. Sentí asco. Con aquellas regordetas manos tal vez había sostenido más penes que Pamela Anderson. Igual, se la estreché.

Su oficina era un pequeño consultorio –limpio y ordenado– en el que la luz se colaba a través de ventanales que iluminaban varios diplomas sobre la pared. Uno era de la Universidad Estatal de Guayaquil y decía “se le concede el título de Odontólogo a…”. Otro era sobre un congreso de sexólogos. También había cuadros con dibujos del aparato reproductor masculino y, en una esquina del cuarto, reposaba una camilla y algunos implementos médicos.

“Bueno mijo, ¿su problema es de grosor o de largo?”, fueron las palabras que me sacaron de mi inspección visual. Le dije que de largo. Sonrió. Luego, limpiándose el sudor de la frente, comenzó a contarme que había tres métodos. El primero era el más barato y consistía en una herramienta de fabricación alemana llamada Tensor estimulador de crecimiento. Una cosa metálica con un círculo para introducir el miembro, ligado a dos rieles con un soporte movible donde se pone el glande y se mueve a medida que se obtiene una mayor longitud. El elemento fue adaptado a partir de uno parecido que utilizaba una tribu en África conocida como los hombres elefante.

El segundo método costaba 800.000 pesos, se le conocía como peneplastia y consistía en inyectarle al miembro una sustancia traída del Brasil que usan las mujeres para agrandar los glúteos. Agregó que si tenía más dinero (dos millones y medio para ser exactos) estaba la “cirugía sección de ligamento suspensorio”, que consistía en cortar el puñado de fibras que sostiene la parte interna de la base del pene adherida al hueso de la pelvis. Según él, el crecimiento era de hasta seis centímetros.

—¿Entonces qué, mijo? ¿Cuál prefiere?

—Creo que podemos comenzar con el aparato —, le dije un poco vacilante.

—¿Seguro? ¿No quiere que le haga una evaluación?

Me negué. Luego me mostró en su computador fotos de penes después de las intervenciones y agregó que ya que tenía su teléfono, que lo meditara y lo llamara para coordinar el envío del Tensor.

AVARICIA

A los tres días regresé al edificio para visitar el último nivel de la Colonia, el de los Jugadores Anónimos. El lugar era otra oficina de paredes grises, con un gran bombillo en el centro. Sobre algunas sillas plásticas se encontraban cerca de diez hombres y dos mujeres. Entre ellos había un médico, un pensionado, un vendedor de la galería de víveres, un ejecutivo, un ama de casa… Frente a dichos personajes, un hombre de bigote leía lo siguiente: “Hemos perdido la capacidad para controlar el juego, sabemos que el verdadero jugador compulsivo nunca recobra el control…”.

La mayoría de jugadores habían perdido a su familia, sus empleos, sus posesiones materiales y estuvieron al borde del suicidio. Otros aún no podían dormir debido a las deudas y al miedo de que los mataran. Verlos llorar me hizo sentir como una vil sanguijuela; por eso cuando el tipo de la entrada me señaló y me invitó a participar solamente pude decir: “me llamo Daniel Vivas, soy jugador anónimo, pero prefiero hablar en la otra sesión”. Todos me aseguraron que siempre era difícil la primera vez.

Durante días soñé que los adictos al sexo descubrían que todo lo que les decía era mentira y me perseguían por aquel edificio sombrío hasta que llegaba a un corredor sin salida y se abalanzaban sobre mí. Otras veces, soñaba que me internaban en un manicomio y me quedaba sin bienes. También me visualicé con el Dr. Concha: él llevaba un hacha en sus manos mientras yo, acostado en su camilla y sin ropa, gritaba pidiendo ayuda. Con el tiempo, los sueños dejaron de aparecer y comprendí que aquel lugar era el fondo del abismo al que nunca se debía llegar. Muchas religiones promulgan un infierno después de la muerte, pero con las visitas a la Colonia de Dante me di cuenta de que varios padecen en vida ese terrible castigo divino. 

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Sexo

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