TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Ricardo Abdahllah Martes, 26 Abril 2016

 

Entre sinfonías y gases lacrimógenos, la Nuit Debout (la noche de pie), mezcla arte, juventud y discusiones políticas que buscan cambiar el sistema. ¿Qué quieren sus participantes y qué tan lejos podrán llegar?

separadorLa banda sonora del nuevo mundo 
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l jueves 20 de abril, los simpatizantes del movimiento de la Nuit Debout, que desde el 31 de marzo ocupa cada noche la Plaza de la República en París, tenían razones para querer estar en dos lugares al mismo tiempo: la Plaza y el cercano edificio de la Bolsa de Trabajo. Puestos a elegir, era casi una cuestión de razón y sentimientos. Los sentimentales preferían la Plaza: a eso de las nueve de la noche, trescientos músicos de todas las edades y los niveles, se reunieron para interpretar la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. La presentación, que juntó a miles de personas al pie de la estatua del parque, tenía todos los elementos que han ido asociándose con el movimiento: fue convocada en las redes sociales, se desarrolló en un espacio público abierto y cualquiera podía participar, bajando una partitura disponible en internet con acceso libre. A pesar de semejante diversidad, dos horas de ensayos bastaron para organizar la presentación. 

- Los músicos se preparan -

- El cuarto movimiento de la sinfonía -

En los videos que circulan (es el siglo XXI, la revolución será compartida, likeada y periscopeada), se escucha gente que dice “Putain, c’est beau” (en traducción libre al colombiano: “jueputa, qué lindo”). Por una vez, las lágrimas no se debían a los gases de la policía cada vez que intenta desalojar la plaza.

Intenta. No siempre puede.

El título de la pieza escogida era evocador, es un Nuevo Mundo lo que buscan quienes cada día celebran que se unan nuevas plazas europeas, desde los suburbios parisinos de Malakoff o Montreuil, hasta Barcelona y Kiev.

A unas calles de la Plaza de la República, las personas reunidas en la Bolsa de Trabajo escuchaban los aplausos a la sinfonía. En este segundo punto de encuentro estaban los pragmáticos. A pesar de que el movimiento no deja de crecer y las encuestas le dan un alegre 75% de apoyo entre los jóvenes franceses y 60% entre una población adulta más bien dada a rezongar contra toda idea de cambio, varios incidentes han empañado la imagen del movimiento. Uno de ellos fue la expulsión del miembro de la Academia Francesa Alain Finkielkraut, conocido por sus posiciones racistas y conservadoras: él no soportó ser chiflado por el mismo público que horas antes había ovacionado al exministro griego Yanis Varoufakis, quien frente a una asamblea popular declaró traer “La solidaridad del pueblo griego”.

Entre los asistentes a la reunión de la Bolsa de Trabajo estaba un periodista de 40 años, François Ruffin. Su documental Merci Patron, en el que narra la lucha de dos desempleados para no perder su casa, fue el punto de partida para el movimiento Debout:

“En las proyecciones, las personas se quedaban discutiendo. Decían que si ese par de desempleados pudieron asustar al hombre más rico de Francia, había forma de asustarlos a todos”, dice Ruffin, que utiliza con frecuencia la expresión “Imaginar el siguiente paso”.

El siguiente paso fueron las marchas contra el proyecto de reforma al código laboral que actualmente se discute en el Congreso. Los manifestantes, que incluían desde colegiales hasta pensionados, reconocían a Ruffin y arrasaban con los ejemplares de su periódico Fakir. Cuando lo veían, las fanfarrias de las marchas comenzaban a interpretar el tema musical de la película.

Ruffin es el tipo de camiseta blanca, en la esquina. En la mano sostiene volantes como este en los que convoca –por supuesto– a imaginar el siguiente paso.

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Otro de los iniciadores acompañó a Ruffin en su noche de reflexión: Frédéric Lordon, un economista que, con su discurso tras la no dispersión de la marcha del 31 de marzo, dio inicio “oficial” a la ocupación de la plaza.

Los fantasmas de las revoluciones pasadas

El abuelo lejano de la #NuitDebout (así, con hashtag) es obviamente el Mayo del 68. Cincuenta años después (y sobre las tumbas de Sartre, Beauvoir, Derrida y Deleuze) varios de los personajes carismáticos de la época (entre ellos Finkielkraut y Michel Onfray) han terminado por criticar al movimiento y unir agendas con la extrema derecha. Mientras tanto, Dani “El Rojo” Cohn-Bendit, que estuvo al frente de las protestas del 68, se ha convertido en un viejo amargado, ecologista apenas en la tarjeta de afiliación al Partido Verde.

Por eso, para quienes protestan en el año 2016, son más aceptables como referencias las protestas de 2005 y 2006. En las primeras, luego de que dos adolescentes murieran en un transformador eléctrico al escapar del acoso policial, miles de jóvenes de los suburbios parisinos mostraron su rabia llegando a quemar hasta tres mil automóviles cada noche. En las segundas, ante la perspectiva de un “Contrato Primer Empleo” que les daba condiciones más desfavorables que a los adultos, los estudiantes se tomaron las calles durante semanas, logrando el retiro del proyecto de ley y la pérdida de popularidad del primer ministro de la época, Dominique de Villepin, que nunca pudo recuperarse frente a su archirrival Nicolas Sarkozy.

En 2006, a punta de protestas pacíficas pero constantes, los jóvenes franceses lograron detener la reforma laboral que los perjudicaba.

El movimiento también se inspira de los Indignados españoles y en la ocupación de la plaza Syntagma de Atenas, que impulsaron la llegada al poder de los partidos Podemos y Syriza. También en el movimiento Occupy de 2011, que captó la atención del mundo en Wall Street, poniendo en la agenda el tema de los paraísos fiscales y la acumulación de capitales y contó con la presencia de figuras como Noam Chomsky y Naomi Klein.

Una versión francesa se intentó en ese momento en La Defensa, el suburbio financiero de París. Como en el corazón de Nueva York, y al igual que desde hace un mes en la Plaza de la República de París, hubo en ese entonces carpas, máscaras de Guy Fawkes, un comedor gratuito para todo el que quisiera, una biblioteca y varios payasos. También visitas de los CRS, la versión francesa de la policía antidisturbios, para desbaratar a bolillazos lo que los ocupantes habían levantado.

DEFENSA

“Cometimos muchos errores en 2011”, dice Arnault, quien hizo parte del intento de Occupy en París en ese momento, además de haber participado en las ZAD (zonas a defender) contra el proyecto del Aeropuerto Internacional de Nantes. “La Defensa era un barrio aislado, donde no sólo no vive nadie sino que los oficinistas eran muy apáticos a nuestras ideas. Eso y que es un sitio muy fácil de cercar y de desalojar, al punto de que ni siquiera podíamos pasar víveres para abastecernos”.

En la ocupación de la Plaza de la República, y en parte por la simpatía con la que la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, ve al movimiento, la policía ha sido moderada dentro de lo que puede ser, sin excluir momentos como la patada voladora de un CRS que resultó en un diluvio de memes en internet.

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“En 2011 se acercaba una elección presidencial y el objetivo era sacar a Sarkozy. Aunque el discurso de François Hollande era moderado, existía la esperanza de que la llegada al poder del Partido Socialista corrigiera el rumbo ultraliberal de la derecha. Había una alternativa de cambio dentro del sistema y por eso la gente no se acercaba a opciones más radicales. Eso no ocurrió y la propuesta del nuevo código de trabajo confirma que el PS ya no representa las ideas de izquierda. Los que ocupamos la Plaza venimos a inventar una nueva izquierda”, dice Benoît, un profesor universitario que ha improvisado un curso sobre “Historia de los movimientos sociales” en el suelo de la Plaza. Su auditorio son veinte jóvenes y cinco o seis pensionados.

“Nunca más volver a votar por el Partido Socialista” fue el único acuerdo unánime que salió de la reunión en la Bolsa de Trabajo. “Eso es algo porque crea una necesidad de pensar una democracia directa que no pase por los partidos”, afirma Paul, un estudiante de Ciencias Políticas que se apresura a regresar a la Plaza para continuar la noche.

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Entre Ágora y Pachanga

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En los vagones de las cuatro líneas de metro que llegan a la Plaza, los militantes han colocado calcomanías que indican, junto a la parada de République, que allí se celebra la Nuit Debout. Y no es que la señal se necesite, porque tres semanas después de la primera noche muchas personas han cambiado el plan del final del día de “ir a tomar alguito” o “llevar a los niños al parque” por “pasar por République a hablar de política”. Se está volviendo cool.

El lema que ha ido apareciendo a lo largo de los días (de las noches) es “Convergencia de las Luchas” pero también hay mucho de aula abierta. Entre los círculos de personas que discuten se forman clases en las que puede hablarse de feminismo, vegetarianismo, anticolonialismo, ecología…

Representantes de cada profesión han terminado por instalar kioscos o espacios abiertos en los que discuten los problemas del gremio y el aporte que pueden hacer al movimiento. A dos pasos, los Abogados Debout lanzan propuestas para reformar el Código Penal y dan asesoría jurídica tanto a familias al borde de la expulsión como a manifestantes amenazados con multas luego de ser detenidos. Más allá, junto a un letrero de Museos Debout, el jefe de restauradores del Louvre trae cada tarde una reproducción de una obra para explicarla al público; al mismo tiempo, recoge ideas como la entrada gratis a los museos y la formación en historia del arte para los vigilantes. Los Médicos Debout denuncian la reducción del presupuesto para los hospitales públicos, al lado de una enfermería improvisada para tratar desmayos, caídas o resbalones a la hora de huir de la policía.

También hay un rincón de la poesía, donde se escribe y se lee, y dos bibliotecas en las que cualquiera puede dejar y tomar libros. Para mantener informados a quienes no están presentes en la Plaza, se creó desde los primeros días una emisora comunitaria, Radio Debout, y a partir de la tercera semana, una estación de televisión con cuatro horas de programación diaria. El nombre de la cadena es, adivinen, TvDebout.

El gran ritual de todas las noches es la Asamblea General. Con un tiempo de intervención de dos minutos (lo que obliga a resumir) y un código de señales con las manos heredado de los movimientos de Indignados y Occupy, la Asamblea toma las decisiones no sólo por mayoría sino por consenso, de tal manera que una precisión puede ser exigida por cualquiera de los miembros.

En sus mejores días, la asamblea llega a reunir cinco mil personas y se extiende desde las seis de la tarde hasta entrada la noche. Es en ese periodo que el paisaje de la Plaza de la República comienza a transformarse. Al tiempo que los debates se terminan, se prenden las fogatas y las rondas alrededor de los músicos improvisados. Algunas decenas de inmigrantes y refugiados, que han ido instalándose también en la Plaza y dicen sentirse protegidos por el movimiento, preparan su cambuche y la venta de crepes veganas se sustituye por la de pinchos orgullosamente tradicionales.

“Mucho baile y mucho trago es darle la oportunidad a la policía de que vuelva y nos desbarate todo”, dice Javier, uno de los estudiantes españoles que hizo parte de Indignados. Al hacerlo, enciende un porro. “Si no se puede bailar, no hay quien aguante estas noches”, afirma, con una botella en la mano, un latinoamericano que acaba de llegar a la Plaza. 

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¿Cuál es el siguiente paso?

En menos de cuatro semanas, la #NuitDebout no sólo se ha extendido a las principales ciudades de Francia sino a otras capitales europeas y a decenas de ciudades intermedias que, si bien no realizan sus asambleas a diario y hasta el amanecer, comienzan a copiar el modelo de discusiones abiertas. A los muchos “debout” que ya hacen parte, se sumarán los taxistas, algunos gremios de agricultores y el filósofo Edgar Morin, sin duda el más respetado de los pensadores franceses aún en vida.

Mayo se acerca, como referente y como mes cálido, y el movimiento ocupa a diario las primeras planas de los periódicos. En los debates televisivos aún se le mira entre la rabia (utilizando “jóvenes” como insulto) y la condescendencia (utilizando “jóvenes” como sinónimo de ilusos). Mayo, el primero de mayo y sus manifestaciones, pueden ser también el punto de quiebre que lleve a la convergencia entre los “deboutopistas” y los sindicatos, que pueden parar al país entero. La gente olvida que si Mayo del 68 empezó en los campus universitarios, el entonces presidente Charles De Gaulle sólo comenzó a escuchar las reivindicaciones de los jóvenes cuando el país se quedó sin gasolina.

Y ni siquiera así les hizo caso.

“Lo ideal son los cambios rápidos porque la sociedad los necesita; pero no se puede decir que si no los logra, el movimiento será un fracaso. Reunir gente tan diferente en un país que por apatía está a punto de entregarle la democracia a la extrema derecha, ya es un logro enorme”, afirma Mohamed, estudiante de artes que dice que ha pasado “una de cada tres noches en la plaza hasta el amanecer”.

Ruffin, sin embargo, advierte contra la dispersión: “Hay que seguir avanzando. Esto nació para tumbar la reforma a la Ley de Trabajo. Si la logramos, ellos van a saber la fuerza que tenemos”. Lordon recuerda que “No somos un movimiento apolítico. No somos recreacionistas todo incluido. Estamos buscando alternativas y vamos a reivindicarlas con las herramientas que estamos construyendo. Eso va a molestar a varios sectores y muy bien me parece, porque molestarlos es lo que queremos”.