POR: Sinar Alvarado FOTOGRAFÍA: Camilo Rozo Jueves, 11 Junio 2015

El trabajo en una ambulancia es tal como lo imaginamos: estresante, complejo, extenuante. Al final, se encuentra la grata recompensa siempre que se salva una vida.

Martha, de 86 años, llevaba varios días con una insuficiencia pulmonar. Jadeaba en su cama todo el día, y a través de una cánula (una manguera plástica muy fina) recibía un soplo permanente de oxígeno medicinal. Cada día sus hijos llamaban temprano al servicio de ambulancias de la empresa Su Aliada: un médico y un auxiliar de enfermería que llegaban listos para hacerle terapias respiratorias. Le ponían una mascarilla, y con el vapor del oxígeno ella inhalaba medicamentos que iban directo a sus pulmones.

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Esa terapia de sostén empezaba a volverse rutina. Pero un martes, a primera hora, la familia llamó al servicio de ambulancias con una solicitud distinta: Martha había fallecido a las tres de la mañana, dijeron. Y necesitaban con urgencia el certificado de defunción.

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Ella fue el primer paciente que atendió esa mañana la ambulancia 23. En el vehículo viajan siempre tres personas: el conductor, John Pinilla; el auxiliar de enfermería, Yair Unibio; y el médico Iván Monroy. Sentado en el puesto del copiloto, Monroy hizo un gesto de pesar y dijo que esa no era la mejor manera de iniciar el día.

Pero a veces toca. Entre los pacientes que atendemos están los casos terminales: casi siempre viejitos que están muy complicados. Uno los atiende y hace lo que humanamente puede. Después los deja en las manos de Dios.

Monroy, un especialista en urgencias de 52 años, con quince mil traslados en su hoja de vida, se topó temprano con su vocación:

Yo estaba interno en Arauca y muchas veces tuvimos que trasladar pacientes a hospitales de Santander. A veces nos tocaba ir hasta Venezuela, para llevar gente a hospitales de aquel lado. En esa época las carreteras no servían.

Monroy habla de vías mientras la ambulancia, una Renault modelo 2011, llena de equipos e insumos médicos, se desplaza con suavidad sobre el asfalto de Bogotá. Pinilla trepado sobre el volante, la espalda nunca en reposo apura a los demás conductores con una bocina pertinaz que pone nervioso a cualquiera. Y la pesada masa de vehículos abre camino como un rebaño ante la voz de un hombre a caballo. A pesar del estrés natural, Monroy se ve cómodo en su trabajo:

Este es un mundo que es bueno vivirlo si le gusta a uno. Pero hay que saber hacerlo. Lo ideal es estabilizar al paciente en el sitio antes de trasladarlo, y no trabajar en movimiento.

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Varios minutos más tarde llegamos a un apartamento en Suba Salitre. La paciente, una señora en sus cuarenta, llamó por una gripe congestionada. Pero en el examen físico Monroy descubrió que tenía la presión muy alta:

¿Se tomó la droga?

Sí, esta mañana.

¿Seguro?

Sí, seguro.

Listo. Tiene que cuidarse mucho la presión.

En el ascensor, ya de salida, el doctor explicó:

A veces los pacientes dicen mentiras; les da pena decir que no se tomaron el medicamento. Fíjese, ella llamó por una gripe, y resulta que tiene algo más grave. Eso pasa mucho: nos llaman por una cosa y encontramos que la situación es otra. Esa presión alta, si no se cuida, la puede matar.

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Vivimos acostumbrados al cliché: una ambulancia cruza la ciudad entre volantazos de vértigo y rugido de sirenas. Pero esa es solo la excepción. La sirena se enciende nada más en casos de urgencia real: un código rojo; es decir, momentos cuando está en auténtico riesgo la vida del paciente. De lo contrario, si puede esperar, el conductor acciona un único pito intermitente y molesto que dice “voy apurado, pero no tanto”. Cuando veamos pasar una ambulancia, sabremos que lleva un paciente si arriba, además de las rojas y las azules, van encendidas unas luces blancas. Si éstas van apagadas, la unidad se desplaza vacía en busca del enfermo.

Aquella mañana, salvo por el deceso de doña Martha, iba siendo una jornada común. El equipo de la ambulancia 23 atravesó varias veces la ciudad de oriente a occidente (recorren un promedio de doscientos kilómetros diarios); decenas o un centenar de calles en cada trayecto, siempre buscando direcciones y orientándose en medio del tráfico diurno. Antes de mediodía habían atendido cinco casos (logran un máximo de diecisiete en cada turno de veinticuatro horas; la visita más corta dura veinte minutos; la más larga, dos horas); y parecía que ese sería el ritmo, hasta que llamaron porque había un niño enfermo.

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El paciente esperaba con su mamá en una IPS de El Tunal. Pinilla estacionó la ambulancia sobre un ancho andén y allí esperó mientras el médico y el enfermero lo traían en la camilla. El niño salió conectado a una bala de oxígeno portátil, tosiendo y llorando sin consuelo.

Era justo mediodía y el trancón estaba denso. El conductor manejaba con bríos, pero no demostraba angustia. Antes de conducir la ambulancia, Pinilla trabajó escoltando a políticos y millonarios: otros pasajeros urgidos.

Me gusta la velocidad dijo él, sin quitar la vista del camino. Pero con esa gente no tenía vida social. Y ya cuando usted tiene esposa e hijos, necesita tiempo para atenderlos. Aquí estoy mejor.

Las ambulancias chocan a cada rato con otros carros, pero generalmente reciben abolladuras menores. Quienes conducen estos vehículos reciben de la Cruz Roja un entrenamiento en manejo defensivo.

Uno maneja la ambulancia y tiene que estar pendiente de los demás, prever qué van a hacer los otros conductores explica John. En el curso, además del manejo de las luces y la sirena, uno aprende a moverse con seguridad en la calle.

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En uno de tantos semáforos rumbo a la Clínica Colombia, él pitaba y pitaba abriéndose espacio en un tercer canal por el medio de la vía. Otro conductor, justo al lado, empezó en su carro una maniobra difícil, hacia adelante y hacia atrás, en un afán por apartarse del camino. Hasta que por fin lo consiguió. Pero no contento con eso, el sujeto bajó su vidrio y batió un brazo arengando a otros conductores para que lo imitaran. Si un chofer de ambulancia pudiera escoger, sin duda querría ver en la calle solo conductores así de proactivos. Monroy, acostumbrado a miles de conductores indiferentes, se veía sorprendido:

En todo el tiempo que llevo en esto, primera vez que veo a alguien hacer eso.

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Hace falta mucho aplomo para coordinar un grupo de ambulancias. Desde la oficina de la empresa Su Aliada, en el barrio Gaitán, Sandra Silva es una de las encargadas de la central. Ella viste siempre una chaqueta gruesa de color azul, y sobre el pelo recogido lleva un auricular de manos libres. Trabaja sentada frente a un computador, junto a un ventanal que da al parqueadero donde estacionan las ambulancias. Detrás de ella hay un tablero con los números de las unidades que están de turno. Y a su lado, un mapa de Bogotá. Alrededor de la pequeña Sandra gravitan las vidas de muchas personas: quinientas llamadas recibe cada día (llegan por un conmutador, a través de un radioteléfono o por correo electrónico). Y para agilizar esa atención, ella y los hombres en las ambulancias se comunican a través de códigos que designan distintos eventos: “paciente hombre”, “vamos en camino”, “paciente fallecido”. Maneras de nombrar los azares.

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La salud de los pacientes es el gran reto de esta gente, pero los dilemas no parecen agobiarlos: están habituados. Su gran enemigo es la movilidad. Y Bogotá, lo dicen todos, está cada día peor. Los automovilistas no ayudan, el trancón no cede, las direcciones a veces se complican y, para colmo, la gente llama por urgencias que no son tales. Algunos impacientes llaman de forma simultánea a dos empresas distintas, y ocupan recursos que alguien más podría necesitar.

Cuando el congestionamiento es impenetrable, las ambulancias pueden usar la calzada de Transmilenio. Pero cada conductor debe llamar al sistema y pedir una clave de acceso especificando su recorrido. Si lo sorprenden sin autorización, habrá multa. Otra cosa: el SOAT obliga a todas las ambulancias a detenerse si encuentran en su trayecto a una persona herida. El equipo debe estabilizar al paciente antes de continuar su camino. Monroy y sus compañeros tienen muchas anécdotas, pero recuerdan de manera especial un accidente entre dos buses de Transmilenio que dejó más de ochenta heridos. La Secretaría de Salud pidió apoyo a distintas empresas, y cada una mandó dos ambulancias al lugar del siniestro.

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Rumbo a la Clínica Colombia tomamos la calzada exclusiva de los buses durante varios kilómetros. La marcha fue rápida y ganamos un tiempo valioso, pero pronto encontraríamos un nuevo cuello de botella.

Cuando llegamos con el niño de la tos, su papá y un hermano estaban esperando en la entrada de urgencias. Él bajó con su mamá y todos juntos entraron en la clínica. Allí fue la sorpresa: un centenar de personas saturaba el área, y el personal calculó que la espera para atender al paciente sería de dos horas y cuarenta minutos. Uno a uno iban llamando por números mientras él, acostado en la camilla, tosía o lloraba a ratos. Su padres lo calmaban y esperaban el turno resignados. Yair se tomó un breve descanso en la parte de afuera, junto a la puerta. Y allí, con el cansancio que ya empezaba a asomarse, recordó su experiencia como auxiliar de enfermería en varios hospitales de Cundinamarca:

Había días en que no dábamos abasto: llegaban y llegaban pacientes. Uno veía eso y daban ganas de tirar la toalla.

El oficio en la ambulancia está hecho de velocidad, pero también de largas esperas, como aquella. Esa tarde estaban atados: el equipo no puede dejar al paciente hasta que el personal de la clínica lo reciba. Mientras eso ocurre, sólo pueden esperar junto a la camilla. Por eso el gremio de las ambulancias describe el trance como encamillarse.

Ese martes, después de dos horas que se volvieron cuatro, al final de la tarde nos pusimos de nuevo en marcha: otro paciente esperaba un traslado en la Unidad de Atención Primaria de Sanitas en la calle 80.

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Moreno y calvo, de cuerpo menudo, el señor Armando había sufrido dos infartos; se veía cansado de solo caminar y su hija parecía temer la llegada de un nuevo ataque. Con él acostado en la parte de atrás cruzamos de nuevo la ciudad rumbo al sur, hacia el Hospital Méderi. Una vez allí, Yair y Monroy empujaron la camilla hasta la sala de urgencias, esperando no perder demasiado tiempo en esta nueva incursión. El paciente, muy calmado, con la camisa abierta en el pecho, se dejaba llevar conectado a un monitor, mientras su hija, nerviosa, lo atendía y hacía llamadas desde su celular.

Los pasillos estaban agitados por el vaivén de médicos, pacientes y familiares. El tiempo pasaba, pero todavía el hospital no recibía al señor Armando de manera oficial. Una nueva encamillada parecía inminente. Monroy pensó en dejar la camilla para volver por ella en otro momento. Pero buscó y encontró una camilla disponible en un rincón del hospital. John y Yair trasladaron al paciente, lo acomodaron en un cubículo a cargo de una enfermera y nos fuimos.

Eran las nueve de la noche y el doctor Monroy, sentado en un andén del parqueadero mientras los muchachos cargaban los equipos, admitió que los años ya le pesaban. Que no faltaba mucho para terminar su larga aventura en la medicina de urgencias.

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Todo el servicio de ambulancias en Bogotá, el privado y el público, es regulado por la Secretaría Distrital de Salud: esta entidad cuenta con 159 ambulancias, entre básicas, medicalizadas (equipos más completos y con un médico a bordo), neonatales y de salud mental. Si a estas sumamos las empresas particulares (88 en total, con 345 unidades entre todas), hay más de quinientas ambulancias disponibles en la ciudad. La Secretaría atiende todas las emergencias a través del número 123, y las remite al Centro Regulador de Urgencias y Emergencias, CRUE. Allí, los médicos reguladores deciden qué tipo de ambulancia deben enviar.

A través del Procad, un sistema inteligente usado también en Inglaterra, el personal clasifica los incidentes y coordina con las unidades móviles disponibles. El programa les dice dónde están todas las ambulancias, qué están haciendo, si están disponibles y en cuánto tiempo pueden atender un llamado. En total, alrededor de mil personas trabajan en el CRUE, entre médicos, auxiliares de enfermería, conductores y personal que labora en la central. En 2013 recibieron 760.000 llamadas, de las cuales 262.000 generaron despachos –se podría decir que dos terceras partes de las llamadas no son verdaderas urgencias–.

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Santa Librada, al sur de la Bogotá, dormía entre calles desiertas y una brisa helada que bajaba de las montañas. Algunas personas se juntaban en negocios de comida, pero casi todas las casas estaban cerradas con sus ventanas a oscuras. John y Yair repasaron muchas veces la dirección, en la calle 76 bis sur, pero la ubicación les resultaba confusa. Por fin un transeúnte los ubicó y dimos con la casa. En un segundo piso, después de subir una escalera de caracol estrecha nos recibió una pareja en pijama cuyo hijo, de ocho años, estornudaba y se sonaba la nariz. El doctor Monroy le prescribió medicamentos y seguimos el recorrido.

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Daba gusto rodar de noche por vías despejadas. En pocos minutos cubríamos varios kilómetros con el trancón del día como un recuerdo lejano. Cerca de las once llegamos a otra casa diminuta, cuya sala hallamos en un desorden monumental: un reguero indescifrable de ropa usada, comida, vasos de jugo a medio terminar y juguetes rotos. El servicio a domicilio tiene esa cualidad: mete a los profesionales en la intimidad de muchos desconocidos. En medio de aquel desorden, una mujer de unos cuarenta años esperaba en un sofá con su hija, una niña de nueve meses con una infección de oído. De nuevo el doctor Monroy hizo preguntas, llenó la historia médica y prescribió drogas.

No todos los casos ameritan traslados. A veces la gente simplemente se siente mal y pide la visita del equipo médico, que se traslada en la ambulancia. Si el médico valora al paciente y decide que debe ir a un hospital o clínica, entonces sí lo trasladan. La visita a domicilio es una opción que muchos usan para evitar el congestionamiento en los centros de salud. Es probable que deban esperar, pero lo harán en la comodidad de sus casas.

Los llamados de aquella noche permitían presagiar un fin de jornada rutinario. Pero en urgencias nada es seguro. Al borde de la medianoche sonó el radioteléfono con tres nuevos servicios: tres ancianos que el equipo debía valorar. El primero de ellos estaba en un ancianato del sector Las Villas, al norte de la ciudad. Cuando llegamos, la casa estaba a oscuras y la enfermera responsable dormía en la sala frente a un televisor encendido. La chica nos guió por un corredor, entre puertas de alcobas pequeñas donde dormían otros huéspedes.

Don Alfredo, un tipo alto de 71 años, con cáncer de próstata y alzhéimer, estaba acostado en su cama de una plaza con las manos atadas a ella. “Se muerde”, dijo la enfermera. El doctor revisó las lesiones y le recetó algunas medicinas. Durante el examen, le habló al paciente con calidez, pero sus palabras caían en el fondo de un pozo vacío. Sin ritos ni demora nos despedimos para ir a atender a otro abuelo de 73 que nos esperaba muy cerca de allí, igualmente postrado en una cama, con el lado izquierdo del cuerpo paralizado por un accidente cerebrovascular. Pero, a diferencia de don Alfredo, este hombre estaba en su propio cuarto, atendido con devoción por su familia. Entre la niebla de su cerebro confundido, decía cosas sobre su sangre y su orina. Monroy lo trató con compasión, como lamentando el estado de aquellos hombres, e insistió en que debían cambiarle la sonda por donde orinaba, pues llevaba un mes con ella.

Estos pacientes, a quienes vimos alrededor de la una de la mañana, exhibían un estado doloroso. Pero todavía faltaba el último caso de la jornada.

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Una enfermera somnolienta y desaliñada abrió la puerta del albergue en Niza, y nos guió hasta la alcoba. Allí, Doña Carmenza, una abuela que rondaba los ochenta, dormía entre cobijas que parecían excesivas. El doctor Monroy la había atendido el día anterior por una infección pulmonar. Le recetó antibióticos y recomendó vigilar su respiración. Pero la paciente, con la cabeza muy levantada sobre dos almohadas, seguía respirando con dificultad. Monroy pidió que le midieran el oxígeno en la sangre, y Yair confirmó: apenas 56 por ciento, cuando lo ideal es que esté por encima de 90. El rostro del médico, cansado pero hasta ese momento afable, se transformó por completo: la indignación lo poseía por primera vez en casi veinte horas de trabajo. Con tono airado, le reclamó a la enfermera:

¿Por qué la tienen sin oxígeno?

Ella balbuceó excusas: que en el día no lo tenía, que ella pensó, que supuso, que usted perdone, qué pena…

Es fundamental el oxígeno, sobre todo en la noche. En cualquier momento la paciente se nos muere y es un problema para todos.

El doctor machacó ese punto varias veces, mientras acribillaba a la enfermera con nuevas preguntas sobre la paciente; preguntas que, en su mayoría, la pobre no supo responder. Monroy terminó su examen y señaló con la mano el aparato que medía el oxígeno, como quien exhibe la prueba reina al final de un largo proceso:

La encontré en 56 y se la estoy dejando en 95. ¿Sí ve?

La enfermera asintió, y en medio de ese silencio nos fuimos.

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Tal vez el doctor Iván Monroy, en ese último caso, tan parecido al primero del día, pensó en el fracaso de la medicina: en la fragilidad que existe entre la vida y la muerte. Tal vez comparó a Martha y a Carmenza. Tal vez sintió rabia por la incompetencia de esa enfermera, que le hubiera podido quitar un segundo paciente ese mismo día. O quizá no. Quizá fue para él otro procedimiento de rutina: uno más entre quince mil urgencias atendidas durante su carrera. Gajes de un oficio tan ingrato como necesario.

 

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