POR: Martín Franco Vélez ILUSTRACIÓN: La Ché Lunes, 05 Octubre 2015


¿Cómo es reunirse con los antiguos compañeros de colegio quince años después de graduarse? Una experiencia virtual poco alentadora revela que quizás sea mejor dejar las cosas como están.

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ue una noche, hará unos tres o cuatro meses. De repente vibró el celular en mi mesa de noche y al revisarlo me di cuenta de que estaba metido en un grupo de WhatsApp lleno de teléfonos desconocidos. No entendí de qué se trataba hasta que en la pantallita comenzaron a aparecer, poco a poco, mensajes de personas que dejé de ver hace más de quince años, cuando entre abrazos sinceros e inocentes escribimos en las páginas del anuario colegial que nunca cambiaríamos, que volveríamos a vernos y toda esa cantidad de buenas intenciones que entonces uno se cree con fervor.

Y ahí estábamos. Dieciséis años después de graduados volvíamos a juntarnos de alguna manera. Al principio fue fiesta: todos nos preguntábamos qué habría sido de la vida de aquel, como iría este y en qué andaba tal o cual, que de repente se reportaba para el alborozo general. Luego pasamos a la etapa de los hijos: como ya andamos por la mitad de los treinta, y muchos están casados y tienen de a dos o tres, el chat se llenó de fotos de niños de diferentes tamaños y edades, seguidos de comentarios corteses del tipo “¡ay, qué es esa hermosura!” o “¡Divinos, te felicito!” (yo también lo hice y dejé la foto de mi hijo; soy culpable).

Superada esa fase –que duró más de lo necesario y todavía regresa, a veces, en oleadas de fotografías sueltas–, siguió la del recuerdo. Comenzamos a enviar fotos viejísimas y nos vimos, otra vez, con caras de niños y uniforme de colegio compartiendo historias que creíamos olvidadas. El entusiasmo todavía era grande, pero en el fondo notábamos cómo empezaba a decaer. No podía pasar otra cosa, a fin de cuentas: luego de la formalidad inicial, el silencio incómodo empieza a instalarse. A eso hay que sumarle lo correctos que nos habíamos vuelto, sopesando cada palabra y armando cada frase con la excesiva cortesía de los adultos aburridos.

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Las grietas tras la fachada de las buenas intenciones comenzaron a hacerse más hondas cuando alguien habló de política. Primero saltaron varios para decir que ese no era el lugar apropiado, que allí solo nos dedicaríamos a recordar buenos momentos, pero aun así la cosa siguió adelante: uno de esos uribistas recalcitrantes que hay en todas partes compartió un video en el que un congresista manda al carajo el proceso de paz, pretexto ideal para que otra excompañera sacara toda su rabia contra lo que está sucediendo en La Habana. Todo se puso peor cuando una noche, con dos aguardientes de más, me dio por preguntar por qué un excompañero que ahora es aspirante al concejo de Manizales no nos había compartido sus propuestas, y pregunté quién de los que estaban allí votarían por él. El silencio se hizo aún más incómodo.

Hoy queda el humor como último recurso; el salvavidas de una conversación que cada vez se apaga más. Un humor que, sin embargo, se ha reducido a chistes inocentes sacados de Internet, pues cuando intentamos volver a reírnos de nosotros mismos la cosa no fue muy bien: un compañero abandonó el grupo luego de una foto de la excursión en la que aparecía mirándole los pechos a su novia de entonces. El chat, pues, sobrevive a punta de memes que vienen acompañados por un par de “jajaja” tardíos y las oleadas de fotos de esa nueva generación que ya es ajena a todos. Nadie sabe muy bien qué decir, cada palabra se usa con sumo cuidado y los comentarios incómodos se pasan por alto de la manera más fácil: ignorándolos.

Lo cierto es que, a pesar de las buenas intenciones, queda claro que el experimento ha servido para entender ciertas cosas: que dieciséis años no pasan en vano, que crecer siempre será una trampa, que los recuerdos deben quedarse donde están y, sobre todo, que uno nunca escribe tantas mentiras como en las páginas de un anuario.

Es solo que hace falta tiempo para entenderlo.

 

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