TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Nicolás Rocha Cortés Miércoles, 01 Junio 2016

 
“Mucha gente que llega a un seminario piensa que allá se orina agua bendita, pero somos personas de carne y hueso”.

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Anselm Grün, un reconocido sacerdote alemán, inicia su libro El orden sacerdotal: Vida sacerdotal preguntándose “por el significado actual del sacerdocio, por lo que esta opción de vida lleva consigo" y en un mundo donde hay tanta oferta de dioses, doctrinas, estilos de vida y posibilidades de redención, ¿qué impulsa a una persona a elegir la vida de sacerdote o de monja?

La institución que conocemos como Iglesia Católica tiene tantas ramas como la Biblia interpretaciones. Cada historia es diferente dependiendo de una serie de variables específicas, como el carisma, el seminario, la congregación, si es religiosa activa (que sale) o contemplativa (de clausura), entre otras. Lo que sí es común dentro de toda historia es la fe, a veces revelada en forma de un llamado celestial, algo que describen como fuego ardiente, una voz dulce o simplemente señales, muestras de que a lo mejor la vida religiosa era una gran opción.

Pero los sacerdotes y las monjas también son seres humanos: sienten, sufren y viven su vida fuera del Edén. No nacen pobres, castos y obedientes, escogen serlo en cierto momento de su vida. Tampoco se privaron de disfrutar el néctar del amor antes de convertirse en lo que son, de recorrer el mundo sin un alzacuellos alrededor de su tráquea, de soñar con sr atletas o modelos, de una buena tanda de cerveza o unas copas de aguardiente.

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 Una vida de amor tras las rejas

 

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En la clínica Palermo de Bogotá, un viernes santo nació Ana Margarita González. Su padre provenía de un hogar con una fuerte vocación católica, al punto que intentó ordenarse como sacerdote franciscano. Por ser el único hijo de su familia, la iglesia no permitió su ingreso a este estilo de vida. Sin embargo, años después descubrió que el “llamado” no era para él, sino para su primera y única hija.

Durante su infancia, Ana fue una niña consentida. Los problemas llegaron al sufrir la metamorfosis a la que llamamos adolescencia: las fiestas aparecieron, la moda, la calle. Según ella, se empezó a descarrilar. Para ese entonces estudiaba en el colegio Pureza de María, practicaba muchos deportes, era porrista, participaba en competencias de atletismo, softball, baloncesto, cualquier actividad que requiriera actividad física la atrapaba, sus glándulas sudoríparas permanecían en constante uso. La historia de esta monja está colmada de episodios en los que la fe no figura como opción de vida. Perdió séptimo de bachillerato en dos ocasiones, la expulsaron de su colegio y terminó en el Santa Mariana de Jesús.

—La tercera fue la vencida —cuenta Ana mientras suelta una fuerte carcajada tras la reja del monasterio de la Visitación de Santa María en Bogotá.

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En algún momento consideró ser modelo: su madre, la secretaria de gerencia de una empresa de arquitectos, la llevó a Santa Marta a la inauguración de un hotel cuando tenía poco más de catorce años; durante la estadía se realizó un concurso de pasarela que Ana Margarita ganó. Poco tiempo después tuvo una oportunidad, y aunque hizo su mayor esfuerzo, el sueño de ser modelo se truncó al no encontrar la ubicación exacta del estudio donde iba a hacer una audición.

Un día, la mirada penetrante de un cuadro de Jesús Misericordioso que estaba colgado en el cuarto de sus padres la hizo cuestionarse el camino, intentó ignorarlo y salió. Al regresar de reunirse con sus amigas sintió que algo le faltaba. Se encontró con su padre en la sala de la casa y le dijo: “quiero ser monja y de las que no salen a la calle”. Estupefacto, él decidió apoyarla.

Ana Margarita buscó órdenes y comunidades, primero donde las Dominicas de Nuestra Señora de Nazaret, religiosas con vida mixta –es decir, que salen al mundo y también viven en claustro un tiempo–; no le gustó esa idea. Siguió con la comunidad de San José de Monguí (Boyacá), donde cuidaba a niñas huérfanas. Los niños no eran lo suyo, prefirió seguir buscando. Hasta que la mirada llena de amor, bondad y paz de una monja del Monasterio de la Visitación durante una misa de la Divina Misericordia, la convenció de que ese era su lugar indicado.

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Realizó una experiencia en vacaciones y su camino la llevó a Madrid (España) durante nueve años y medio, a Valencia seis meses y a Valladolid un lustro más, para luego volver a Bogotá a vivir tras las rejas de la clausura. Lleva veintiún años valorando el silencio que la cautivó a sus quince, la fuerza que la hizo dejar a su novio, sus comodidades, su colegio y el amor de su familia para unirse a la comunidad de la que hoy hace parte. Recuerda con especial apego el día que escuchó una voz en su interior, un susurro que le dijo: “te invito a que te desposes conmigo, en mí encontrarás lo que en ninguno has encontrado, tú eres la niña de mis ojos”. Fue la voz de alguien que la invitaba a ser parte de esta vida.

La fe de Ana Margarita nunca ha estado en duda porque ella no ha pensado en salir de su clausura. Sin embargo, durante el segundo año de noviciado, en 1997, un dolor punzante en el abdomen hizo que tuviera que ser intervenida quirúrgicamente de emergencia por una apendicitis; al sentir que podía morir pensaba que si llegaba al Reino de Dios tendría las manos vacías: sí había trabajado en su vocación pero muy ligeramente, había vivido una experiencia a medias tintas. Al recuperarse todo cambió: durante la ceremonia en la parroquia Jesús Eucaristía, según ella, se comió al Señor, sintió cómo estaba dentro de ella. Ana se convirtió en morada y habitación de Dios. Lo describe como estar poseída, llena de él. Desde entonces maduró su fe.

—Lo sientes dentro. Como Dios es amor, no puedes dar sino amor.

Tras las rejas, que ella compara con las costillas de un cuerpo protegiendo su corazón, quien alguna vez se llamó Ana Carolina González confiesa que lejos de sentirse en prisión por el acero que la separa del exterior, se siente libre:

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—Hay más esclavos afuera: quienes viven en clausura tras las rejas de la Internet, las drogas y el placer. No somos del mundo, estamos en él pero no le pertenecemos. Acá empezamos a vivir la vida eterna, no tenemos que esperar a morir para conocerla.

La paz, la armonía y la calma que hay en los corazones de quienes habitan esa casa se filtran por sus voces, el silencio del monasterio es abrasivo, contundente y esperanzador. La reja intimidante y las sonrisas de quienes custodian su castillo están llenas de aparentes bondad y amor, propios de la mirada de una madre que recién carga a su hijo en brazos. Su misión dentro de la Iglesia Católica es “bombear”, a través de la oración y el sacrifico, fe a todas las partes del mundo. Es decir: las monjas de clausura rezan por el mundo. 

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 Un alzacuellos de granada

 

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9:00 a. m., un hombre de poco más de un metro ochenta de estatura, con ropa oscura y una chaqueta de cuero, llega al Teatro de La Castellana –en Bogotá– a contar su historia. Su nombre es Elkin López y tiene 34 años, las cejas color oro y los ojos entre azul y verde. Nació en un pequeño pueblo al oriente de Antioquia: Granada. Su familia es campesina y, después de él, que es el mayor, tuvo un hijo y una hija.

1998 fue un año que cubrió de un aire escarlata al oriente antioqueño: Cocorná, San Luis, Granada y San Carlos estuvieron azotados por el conflicto entre Ejército, guerrilla y paramilitares. Elkin, cual peregrino, se marchó en diciembre a Barranquilla a probar suerte. Su familia, desplazada por la guerra y con una niña de diez años, siguió sus pasos. Llegaron a dormir sobre un colchón prestado que ubicaban en el piso para lograr acomodarlos a todos. Una mesa, un par de platos y un ventilador eran todas sus pertenencias.

Como la cabeza del hogar, Elkin consiguió un trabajo que le ayudó a sostener las deudas de la casa como Sísifo a su piedra. Fue en un almacen en la zona comercial de Barranquilla. Casualmente, su jefe inmediato, el administrador del almacén, había estado en un seminario. Antes de trabajar con él, un sábado en la noche se sentaron a tomar un par de cervezas:

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—Hermano, ¿cómo le fue a usted por allá en el seminario, verdad que usted estuvo allá un año?

—Sí, hace como ocho años. ¿La verdad? Es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Para el final de 1999 Elkin empezó a crecer laboralmente. Antes recibía el sueldo mínimo ($236.450 para la época) y, producto de sus nuevas responsabilidades, el ingreso mensual ahora rondaba los $300.000. Elkin confiesa que de vez en cuando se tomaba unas cervezas y si le destapaban una botella de whisky: “bueno, ¡nos la tomábamos!”.

—Me pegué buenas borracheras pero no fui alcohólico. Recuerdo que con este jefe nos metimos a un lugar al que llamábamos La Canequita, nos compramos o media o una botella de guaro antioqueño, nos la tomamos y salimos borrachos. Pero lo normal, tragos entre amigos que pasan dificultades.

Un día llegó una amiga de su prima de visita a Barranquilla. Sus miradas se cruzaron –dice Elkin– y en cuestión de tres semanas ya eran pareja. A pesar de la distancia, ella trabajaba vendiendo productos por catálogo y ahorraba para visitar las playas de Santa Marta y Cartagena junto a Elkin, quien sonríe constantemente al narrar cómo se tomaban unos tragos, caminaban, bailaban y vivían una película de ensueño. A pesar de su profundo amor, cometieron un error que según él es muy común en los jóvenes.

—Idealizamos la relación y parecía tan bella que yo hoy, desde mi posición, la veo como si la hubiera puesto en un altarcito, como si fuese la Virgen María. La mujer perfecta, Nicolás. Hasta el día que tuvimos un inconveniente y todo se me desbarató. De repente, dos años se vinieron abajo.

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Su vida dio un vuelco estando en un parque en Sincelejo un viernes en la noche, lo que él describe como aburrimiento y mamera lo llevaron a comprar media botella de aguardiente y tomar en la habitación del hotel. Ya estaba mareado cuando recordó que en Barranquilla hay una comunidad de laicos que realizan retiros espirituales, pensó que al ir podría salir renovado, alegre. Al regresar de uno de sus viajes lo hizo y su vida tomó otra dirección. En 2006, y después de tres cervezas y un largo proceso de refexión, lleno de valor habló con su jefe para decirle que se iba a ir al seminario.

—Tenía mucho miedo porque uno de ellos, a pesar de respetar la vocación, hablaba en ocasiones muy mal de los curas; aun así me atreví y le conté. Me llevé la gran sorpresa cuando este hombre me dijo: “si usted a esta edad y después de todo lo que ha vivido piensa, cree y siente que el Señor lo está llamando a eso, hágale; yo quise intentarlo de pelado y hoy me pesa no haberlo siquiera intentado”.

Elkin tocó la puerta del Seminario Nacional de Cristo Sacerdote en La Ceja, Antioquia. Estando allí retomó el ritmo de estudio que se encontraba corroído por el óxido de los años: desde 1998 no tocaba un libro con fines académicos. Empezó a depender de la autoridad de otros cuando era el que mandaba en su casa. A sus 24 años convivió con más de 150 personas más en una casa –Cristo Sacerdote recibe hombres hasta de 50 años, es un seminario para vocaciones tardías–. La convivencia se tornó bastante complicada. Elkin suspira como recordando esas cruzadas que libró contra su propio carácter y su nuevo estilo de vida.

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—Yo no me siento cohibido por no tener relaciones sexuales; es más, en este momento entre usted y yo hay una relación sexual, son dos sexos, dos hombres que tenemos una relación, una conversación en torno a un café, ahí es donde yo vivo eso. El término psicológico es sublimar, entonces no es tanto la sublimación como tal sino más bien aprender a vivir con.

En 2007, Elkin empezó a cursar Filosofía en el Seminario Mayor de Zipaquirá. Después de dos años académicos realizó el noviciado, su primera profesión religiosa y los votos de pobreza, castidad y obediencia que le implican ser célibe. Cabe aclarar que el celibato es un estado, mientras que la castidad es considerada una virtud moral.

Elkin continuó sus estudios, esta vez de Teología en el Seminario Mayor de Bogotá que, en ese entonces, tenía un convenio con la Pontificia Bolivariana de Medellín. El cura explica que no todos los seminaristas que dejan incompleto su proceso se retiran por voluntad propia: la institución puede pedirles que se vayan, no sólo por escándalos. Si bien sí existe una "lista negra" –documento donde están esos miembros de la iglesia que han sido descubiertos con faltas graves y no son idóneos para hacer parte de ella–, no todos los que se retiran están en ella.

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Después, Elkin realizó la profesión perpetua, fue ordenado diácono y finalmente presbítero el 24 de octubre de 2015. Acepta que aún lucha diariamente contra su orgullo, procura no tratar a nadie con prepotencia y comenta que muchas veces habla de más. Todos los días está expuesto a tentaciones pero siempre logra superarlas. Describe su misión dentro de la iglesia como “un servicio a Jesús sacerdote a través de los mismos sacerdotes”. Mejor dicho: su trabajo es ayudar a los curas que conforman la iglesia en sus dilemas diarios.

—¿Pero cuál es la tentación más fuerte dentro de la humanidad? El poder. En nombre del poder se hace lo que sea. ¿En la iglesia hay poder? Claro, en toda institución lo hay. Pero cada uno lo entiende a su manera. Amedeo Cencini, un psicólogo de Roma, dice que un problema como la pederastia (no sólo en el clero) obedece a una tentación del poder, de la manipulación. Hay más placer en que un ser menor se someta que en el acto sexual como tal. El poder es la gran tentación del mundo: ¡cuántas cosas no se tejen en el nombre del poder!

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El hábito que hizo a la monja

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Sor Jessica Arango Hernández nació hace 28 años en Manizales, capital del departamento de Caldas. Actualmente reside en una localidad italiana de la provincia de Turín, región de Piamonte, llamada Salassa. Afirma que la vida religiosa es un misterio: antes de los 15 años por su mente jamás pasó la idea de entregarse a ella. Pero hace aproximadamente una década que las lágrimas de su hermana al momento de despedirla hacia una nueva vida marcaron un punto de no retorno en su historia.

A pesar de hablar de momentos que quizá muchos considerarían tristes, lo hace con una sonrisa en su rostro. Su historia religiosa comenzó con lo que ella describe como un fuego ardiente que la impulsó a decir “sí”, fue lo que encendió en su vida una llama que la llevó a abandonar todo lo que conocía. Inició el aspirantado presencial a los 17, un par de años más tarde de recibir ese llamado, junto a ocho jóvenes que al igual que ella sentían que debían responderle a Dios.

—¿A qué se debe que ese proceso dure un año?

—Anteriormente las familias estaban muy bien constituidas y toda la parte doctrinal estaba muy fuerte dentro de las jóvenes. Ahora, como los hogares no son familias bien establecidas, esa carencia emocional y doctrinal se debe suplir dentro de la vida religiosa.

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En las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, congregación de la que hace parte, sólo se permite el ingreso a mujeres entre 17 y 25 años. Después de este primer año, Jessica pasó a la segunda etapa de formación religiosa que se llama el postulantado. Ahí se busca solidificar la vida fraterna y conocer la historia congregacional, alternada con el trabajo apostólico de catequesis.

Después de dos años en su proceso dio un nuevo paso, esta vez hacia el noviciado, una etapa que Jessica describe como hermosa, ya que trae a su memoria el recuerdo de ese instante en el que pudo enamorarse profundamente de su dios. Pasaron dos años más: el primero lo dedicó a estudiar cual erudita la estructura de la iglesia, la santa regla y las constituciones. Las letras estuvieron acompañadas de mucha oración, plegarias que iban dirigidas a la profundización del conocimiento y la vivencia de la consagración religiosa. El segundo año busca actuar como puente e integrar la vida espiritual con la apostólica, antes de poder profesar los conocidos votos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

La cuarta etapa de formación es el juniorado y dura un lustro. Si se suma todo el tiempo invertido, el resultado es que durante nueve años Jessica trabajó sin parar para lograr consagrarse perpetuamente a su señor. Para ser parte de la iglesia que durante casi una década la había formado, para ser una hermana, para ser Sor Jessica. En su mano brilla casi que con luz propia el signo de su comunidad, un anillo con una cruz tallada, figura que representa entrega total al Señor.

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Sor Jessica parte de que el llamado de Dios está siempre dispuesto en el corazón de muchas jóvenes, pero que es nuestra sociedad uno de los óbices que no les permite descubrir esa señal, pues ahora todo gira en torno al placer y la vida religiosa representa sacrificio, uno que no muchos optan por hacer.

—La iglesia la formamos personas muy humanas, carentes de muchas cosas, pero siempre abiertas y dispuestas a recibir la gracia de Dios, que es la que nos permite seguir avanzando. Para hacer motivante nuestra vida debemos acercarnos más a las personas y a las jóvenes para mostrarles cómo es nuestro estilo de vida. Que no salgamos a rumbear cada ocho días no significa que hayamos perdido la alegría sino que la hemos encontrado en otras cosas. Todo esto hace parte de reenfocar y refundar esos principios por los que hemos venido a este lugar.

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Un llamado malinterpretado

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Jorge Andrés Canasteros es un joven oriundo de Siberia (Cundinamarca), nació el 3 de marzo 1989 y vivió en Silvania mucho tiempo. Cuenta que en 2004 llegó la Fraternidad Sacerdotal al barrio Los Puentes, donde él residía en ese entonces, y se ubicaron en una casa llamada El Propedéutico. Jorge estaba cursando su último año escolar y planeaba enlistarse para ser policía.

La familia de Canasteros no es de fuerte tradición católica. Al culminar sus estudios, y por ser tan joven, él se vio obligado a esperar un año para poder presentar papeles en la Policía. Entre semana ayudaba en su casa y esporádicamente salía a practicar algún deporte: casualmente, los muchachos de la fraternidad sacerdotal salían a jugar baloncesto tres veces a la semana y durante el ocaso se enfrentaban a Andrés y a su grupo de amigos en partidos amistosos. Sin darse cuenta, él comenzó a acercarse a lo que sería su primera experiencia vocacional.

Jorge Andrés llegó a la congregación de San José de Zipa. Desprenderse de su familia fue un proceso lento y complicado, en el ambiente se comenzó a cocinar una de las experiencias más difíciles que ha atravesado. Las lágrimas fueron constantes, diariamente se sentía “bruto”, sufría la consecuencia de no haber dedicado más tiempo a estudiar en el colegio. Se describe como un estudiante vago, uno que se estrelló fuertemente al llegar a una comunidad sofocante donde los padres, llenos de títulos y laureles, podían ser humillantes y orgullosos. Durante ese primer año, Jorge estuvo a muy poco de ser expulsado por las calificaciones que tenía. Ya no era como en la comunidad, donde los sacerdotes lo ayudaban y lo guiaban.

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Jorge Andrés evoca con peculiar detalle al rector de su comunidad: su actitud era particularmente desagradable. Él entiende que muchos de los rectores no son pedagogos, cuentan con muchísimos estudios –“más preparados que un yogurt”, exclama– pero no son buenos enseñando, caminan con un aire de superioridad, se sientan lejos de los demás, se burlan mediante la ironía y el sarcasmo de la ignorancia de jóvenes de pueblo.

El 16 de enero de 2010 Canasteros se retiró de este camino. Quizá el tener un amigo que también había decidido irse fue lo que lo motivó a no continuar. Su compañero ya no se sentía bien en la comunidad y Andrés se veía tentado por una muchacha que había conocido en una parroquia.Él siente que muchos seminaristas no son más que cobardes que escapan de la vida secular, holgazanes que al no poder enfrentar el mundo ingresan a una institución que muchas veces les puede asegurar estabilidad económica y social.

—Es un mundo en el que se ve mucho la doble moral.

Jorge Andrés explica que conocía compañeros que tenían novia por fuera de la comunidad y estaban allí sólo para escaparse de sus responsabilidades. Todo esto, sumado a que él comenzó a comprender que la institución de la que quería ser parte guardaba muchas incongruencias, como los principios filosóficos que le enseñaban.

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—Dios existe pero la religión... es otro cuento.

Andrés recién se graduó como licenciado en Ciencias Sociales. Al ser parte de la academia vio el sesgo que la iglesia puso sobre sus ojos en temas como la filosofía; por eso se ha alejado de ella, siente que de poco sirve tener bibliotecas que emulan a la gran Alejandría si el conocimiento depositado en ellas es limitado, si nunca se habla de una obra completa sino sólo de opiniones o interpretaciones que le convienen a la religión. “El conocimiento debe ser completo, no parcializado”, afirma.

Después de varias horas, Andrés revela que estudiar o ingresar al seminario no es realmente algo muy costoso: conoce el caso de un profesor del colegio Bosconia, en Zipa (vía Ubaté), al que le cobraban $230.000 mensuales, que incluían alimentación, estadía y estudios.

—No eran tan tiranos como en las universidades públicas —concluye mientras ríe.

Andrés contó con la ayuda de un benefactor que vivía en Bucaramanga, un hombre que jamás conoció pero que le ayudó a obtener sus libros, a darle dinero para salir, para poder seguir formándose. Aun así, para Canasteros este no fue un verdadero llamado.

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