TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Carolina Chavarría Olarte Viernes, 17 Abril 2015


“Sembrar el campo de libros” es la consigna de la Fundación Secretos para Contar, que lleva libros e historias a las veredas de Antioquia. La autora trabaja en la entidad, y en este relato comparte los instantes de asombro que le han regalado los paisajes del campo, los niños y el viaje.
El proverbio europeo es falso; viajar no es ‘morir un poco’
sino ejercitarse en el arte de despedirse para así, ya ligeros,
aprender a recibir. Desprendimientos: aprendizajes.
Octavio Paz. 
H

oy he caminado durante dos horas con mis botas pantaneras y una capa impermeable enorme y pesada que ha servido para cubrirme de la lluvia. Hace frío y la niebla es espesa, de hecho ha habido tanta niebla que estoy a punto de creer que es de este lado de las montañas donde se origina la lluvia. Lo cierto es que los vientos del norte soplan tanto que aquí se acumulan las nubes –me ha dicho mi compañero de ruta–, y por eso al sur del Valle de Aburrá lo llaman “Cielo Roto”. Durante toda la semana ha llovido, en cada trayecto, en cada camino. Hacia adelante siempre hay niebla.

Me encuentro en el filo de una montaña del suroeste antioqueño, en lo alto de la vereda Promisión en el municipio de Angelópolis. Ha terminado mi jornada laboral y antes de regresar al hotel, ubicado en el casco urbano, me tomo mi tiempo para contemplar el paisaje. “Qué montañera soy”, pienso. Miro mis pies empantanados, la geometría de las montañas y los cultivos de café que se extienden ante mí como símbolo contundente de las distintas formas que han tomado las satisfacciones en mi vida.

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Hace varios meses estoy trabajando para la Fundación Secretos para Contar, ejerciendo dos de mis pasiones: el viaje y la lectura. Mi misión: llevar libros hasta las escuelas rurales y promover educación y lectura en las familias campesinas, o como la fundación diría, “sembrar el campo de libros”. En encuentros directos con estudiantes, familias y maestros rurales brindamos espacios de entretenimiento y diversión y estimulamos actividades para compartir en la escuela y en familia.La clave de Secretos para Contar ha sido entregar personalmente los libros, acompañados talleres y actividades para promover, por medio del juego y el arte, la lectoescritura y las bases del aprendizaje en la escuela primaria rural.

Los libros están diseñados para que sean buenos y bellos. Cada colección está compuesta por un libro de literatura que estimula el placer de leer, uno de manualidades que invita a hacer, y uno de ciencias, juegos, acertijos o de interés general, que invita a pensar. Uno de mis favoritos es Lecturas fantásticas, una antología de cuentos de literatura fantástica universal, con una selección de pinturas e ilustraciones de artistas de varias épocas. Actualmente entregamos Los secretos de las plantas, un libro en edición especial que invita a volver a las huertas y recuperar el conocimiento sobre el valor medicinal de cincuenta plantas importantes en Colombia.

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La Fundación ha llegado a más de 2.400.000 habitantes del campo colombiano, y hoy más de 206.000 familias de los 125 municipios de Antioquia tienen una biblioteca con 16 libros de Secretos para Contar. De hecho, son los únicos libros que tienen todas las familias de una vereda al mismo tiempo. Quienes amamos los libros sabemos que cuando dos personas leen la misma obra se genera un hilo invisible que vincula mucho más que cualquier otro tema de conversación.

Una de las cosas que pasan una vez y para siempre en la infancia son los primeros encuentros con esos objetos que a través de imágenes y letras nos llevan a otros mundos. De ahí la importancia de la calidad de esos primeros encuentros, de esos primeros libros. En mediciones de impacto que la fundación ha hecho de sus programas se ha confirmado que 74% de los jóvenes y niños del campo tienen un hábito de lectura diario en el hogar motivados por los libros de Secretos para Contar; muchos de ellos han aprendido a leer con esta biblioteca. Valdría la pena indagar por cuántos de estos libros, a su vez, le han enseñado a leer a los padres de esos niños. La biblioteca en el hogar es el principio de la alfabetización.

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Cada dos años la fundación produce, edita y entrega una nueva colección de libros por familia, pues es ese el tiempo que el equipo de talleristas se demora en planificar y ejecutar las rutas que le dan la vuelta a Antioquia solo para transmitir el placer de leer las historias de otros, que en el fondo son un espejo de las propias. Las familias se desplazan a las entregas que semanalmente abarcan todas las veredas de algún municipio, cada semana un paisaje geográfico y humano distinto, como la página de un libro de aventuras.

RUTAS

Viajar, para mí, es casi siempre un deseo hecho realidad. Trabajar viajando, la mayoría de las veces, se siente como un privilegio. Sin embargo, no ha sido fácil. Ponerse en ruta significa desprenderse. Abandonar la casa, la compañía de familia, pareja y amigos, la ciudad y los rincones que uno ha hecho predilectos y los hábitos para los cuales uno ha elegido horarios y lugar. Significa también emprender una ruta diaria, que comienza a las seis de la mañana sin hora de finalización estipulada, hacia tres veredas distintas, con horas de camino entre sí, para llevar decenas de cajas que contienen 42 libros cada una. Ponerse en ruta también significa emprender camino con mente y sentidos despiertos.

Los viajeros talleristas somos jóvenes, todos profesionales. Hay antropólogos, artistas, comunicadores sociales, biólogos, ingenieros y abogados. El que viaja es un ser que está dispuesto a dejarse atravesar por la experiencia del camino; es decir, por aquello que decide observar. La desconexión y precariedad que ofrece el campo colombiano está representada en la escasez de esos vínculos que hacemos con lo moderno, lo inmediato y, por qué no, lo fácil. La ausencia de una señal de teléfono celular, por ejemplo, parece una pequeñez, algo temporal, aunque trae consigo una consecuencia importante. En medio de la rapidez y la virtualidad que acontece en las ciudades hacemos elecciones cotidianas sin darnos cuenta: elegimos no mirar. De alguna manera renunciamos a ver lo que pasa en el camino y, como se sabe, en el camino el viajero piensa, siente y se transforma mientras está en tránsito.

Las veredas son las zonas más alejadas de un municipio y, como tales, son olvidadas, vulnerables, están detenidas en el tiempo. Las veredas son las cicatrices del mapa nacional, y cada cicatriz cuenta una historia. Nuestra tragedia más actual es tal vez la guerra contra la naturaleza. Los mineros durante siglos han buscado el oro alojado en las venas de la montaña. Especialmente en los caminos del nordeste antioqueño es fácil ver cómo la cordillera tiene tajos arrancados que permiten ver la edad de la tierra. A veces siento que contemplar la naturaleza es una forma de defenderla.

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Las veredas de Valdivia y Puerto Valdivia son los lugares que recuerdo más duros de recorrer. Hasta ahora. La llegada a las veredas Emilio Basco, La Alemania y La Llana comienza atravesando el río Cauca, en lo que los pobladores llaman La Barca Cautiva. A bordo van cinco hombres vestidos con uniforme de empresas de servicios públicos, quienes de manera mecánica y lenta descargan un transformador cuyo peso excede sus fuerzas. En la cubierta yace una vaca con las patas amarradas y los ojos brotados como queriendo hablar. Mis compañeros de ruta y yo observamos con cierto asco un costal de pescados que revolotean aún vivos cerca de la cola de la vaca. Llevamos 15 cajas con libros para 210 familias de seis veredas. Un cable atraviesa el río de orilla a orilla. Atado a él hay otro cable sujeto a la proa de la barca. Esta navega sin motor, pues atraviesa el río con la fuerza de la corriente; el estar amarrada le asegura que se desplace en línea recta hacia el otro lado. La barca se posiciona de manera que quede apuntando hacia un lado especifico de la corriente y, mientras la enfrenta, obtiene la energía necesaria para moverse.

Al descender nos esperan siete motos para llevarlas cajas por caminos que un carro no podría recorrer. La moto-aventura dura una hora. Voy con un chico que aparenta no tener cédula aún, su moto está llena de calcomanías del Che Guevara. Me aferro a él con vértigo en el estómago y sin creerlo capaz de llevarme sana y salva a la escuela de la vereda. El trayecto transcurre entre patinadas y saltos rápidos que tengo que hacer para no caerme con la moto. 

—Ellos saben que ustedes están aquí —me dice, refiriéndose claramente a la guerrilla—. Pero tranquila, ustedes son “los de los libros” y aquí siempre van a poder entrar.

Al día siguiente recorro la vereda Las Camelias. Al otro lado del río dos mulas nos transportan durante dos horas hasta la escuela. El guía, un niño de diez años. Con su agilidad y a pie parece burlarse de nuestras torpezas. Comprendo lo que es un camino de herradura, el caos vegetal del trópico, el vértigo al ver culebras y tarántulas esconderse tras los arbustos a mi paso, la tierra hinchada por los aguaceros. Me siento perdida por no ver hacia adelante un sendero definido. En ese viaje supe qué es eso de hacer camino al andar, la misión de los arrieros.

Soy de las personas que no adquieren conciencia clara de las cosas si no las viven en carne propia, si no se ensucia los zapatos y las manos. Es a base de someter el propio cuerpo y las emociones a cargas reales que vamos consiguiendo que suba la aguja del indicador de nuestro grado de comprensión. Guerrilla, paramilitares, cultivos de coca, desplazamientos, masacres, abandono son, ahora, cosas visibles para mí. Las consignas y amenazas de otros tiempos aún chorrean en los muros de las casas abandonadas al lado del camino, y la imaginación vuela hasta ese lugar común: la guerra.

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IRSE MUCHAS VECES

En el campo, los caminos que parecen una obra de la naturaleza son indiferentes y cínicos a las prisas de quienes los recorren. Con derrumbes y pantano las escuelas son un punto lejano en el horizonte.

—La selva no deja ver la selva —me dice John, uno de mis compañeros nacido en la Amazonia—. Cuando hay que recorrer tramos muy largos en la selva tienes que escoger siempre un árbol lejano para guiarte hasta allá. Tiene que ser el más grande, si no te pierdes.

De los viajes, la peor parte son los hoteles. La dosis de melancolía. Los cuartos son así: cama, ventilador, la mesa, el baño. Ese mundo ajeno, en el que en el mejor de los casos encuentras una franja de papel en el sanitario que dice: esterilizado. Tener que adoptar un espacio tan ajeno para simular el hogar. Aceptar el olor impuesto y ascéptico de la limpieza; el detergente neutro y barato que el dueño eligió y no el de pino o lavanda que uno hubiera elegido. Las almohadas de consistencia irregular formadas en su interior por motas montañosas y forradas en una tela caliente. Tan soñadas por tantas personas más. Los muebles impersonales acomodados por la dictadura del estrecho espacio. Los ruidos del pasillo y de la ducha del extraño habitante de al lado. Justo cuando empiezas a acomodarte, a habituarte, llega el check out.

Hay que emprender otro viaje.Irse para volver.

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TODAS LAS MUJERES, SILVIA

Cada vez que visito una escuela me voy con la misma sensación: toda vereda tiene su propia personalidad. Tímidas, frías, caóticas, sencillas, fraternas, extrovertidas, emocionales, reacias. Cada fragmento de la idiosincrasia antioqueña tan diversa. Hay una manera de poder capturarla al menos superficialmente, y es contemplar a las mujeres que viven en ellas.

La piel manchada en el rostro de una mujer hermosa que sonríe por naturaleza, manos que develan el trabajo en la tierra por años bajo el sol. La timidez exagerada con que se dejan intimidar por personas más jóvenes que ellas, el aplauso y gratitud con que reciben nuestros libros y talleres, la fuerza con que recorren horas de camino diariamente. Son ellas, los seres solitarios que uno suele ver por la carretera, con mochila y bebés terciados. La incondicionalidad con que atienden al forastero con una taza de café campesino en agua panela, los fiambres en hoja de plátano con que nos sorprenden, la complicidad con la que ayudan en el comedor o la huerta escolar y el azucarado jugo de guayaba en leche fresca. Hay una solidaridad innata en la mujer del campo que vive en comunidad. Tengo tanto de ellas como de mi propia madre.

Al llegar a los municipios contamos siempre con la ayuda de hombres jóvenes que trabajan con nosotros como personal de apoyo. En Venecia, para mi sorpresa, era ella, Silvia. Tiene el hablar cantado y camina como bailando. Chocoana, desplazada, profesora de baile y casada con un maestro. Silvia es muchas mujeres al tiempo. Alza cajas como cualquier hombre del campo y no para de hablar. Es una palabrera. Llegó al suroeste antioqueño huyendo para salvar a los dos hombres de su vida. Su esposo y su hijo. Su esposo, como a tantos maestros en Colombia, lo extorsionaron y amenazaron los grupos armados del Urabá chocoano, y como medida extrema solicitó traslado. Su hijo, en cambio, dejó de estudiar el día en que un paramilitar degolló en el salón de clases y frente a todos los niños a uno de sus compañeros, por haber sido obligado a llevar un paquete de un lugar a otro. Silvia encontró a su hijo sentado en el pupitre, mudo y salpicado de sangre. Su contento por la vida en medio del tumulto del temor y del horror, me inspira. Antes de despedirnos ella me regala un secreto.

—Qué hermosas tus trenzas —le digo, y ella me cuenta que lo que tiene en su cabeza no son trenzas sino mapas. Una herencia que viene de la época de la esclavitud para recordar el camino hacia los palenques en la huida, los sitios de encuentro, o para esconder semillas y granos. Me habla de su abuela, de las marcas de esclava en su rostro y de los códigos ocultos en el canto y en el baile. “No sé nada de nada” pienso, y me siento contenta de estar vacía de tantas cosas. Solo hay que estar vacío y todo ocurre.

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MIRAR, ADMIRAR

—El primer hombre que voló al espacio debió sentirse muy estúpido… ¡No había nada! Tanto esfuerzo, tanta tecnología, tantos preparativos, ¡para nada! ¿No les parece?

—¡Nooo! —gritan en coro los niños de una escuela rural mientras les cuento la historia de Yuri Gagarin, el primer hombre en ver la Tierra moverse en el espacio. Esa historia está en el libro Los viajes del viejo Jacobo, de la última colección de Secretos para Contar, y cada vez que entrego ese libro les cuento la misma historia. Los niños se me quedan mirando como si yo les trajera noticias del mundo o como si fuera un extraterrestre.

Cuando comencé a trabajar para la fundación descubrí que le tenía una especie de miedo al hecho de relacionarme con niños. Me intimidaban. Ahora los respeto con esa mezcla de admiración y desconcierto que provocaría mirar a un oso de cerca. Lo cierto es que la gente del campo mira distinto, no solo los niños. Conceden al otro una atención sin prejuicios, su mirada se basa en la confianza y en el simple deseo de mirar.

A diferencia de un colegio privado en la ciudad, las escuelas rurales siempre tienen mascotas. Perros, gatos, gallinas, marranos, monos y chigüiros. En el trato que les dan, concluyo que los niños aman de manera innata. Siento en ellos una pureza diferente, como si el no tener acceso a tanta información conservara su dulzura.

Muchas veces me pregunto: “¿Irán a ser ellos como todos los demás?”. Al mirarlos he experimentado un sentimiento de felicidad. En cada escuela he conocido seres cuyo destino no me resulta predecible, niños para quienes los caminos de la vida siguen abiertos, seres humanos llenos de posibilidades. No sé si alguien alguna vez me miró de esa manera, con la curiosidad con que se espera ver la mariposa salir de su crisálida. Ignoro los dibujos que harán el aleteo de sus alas pero confío en que serán buenos.

Si hay una esperanza, ellos tienen gran parte.

Todos los libros editados y producidos por Secretos para Contar, juegos interactivos, programas de radio y las guías de maestros se pueden descargar, con libre acceso, en www.secretosparacontar.org