POR: Andrés Salazar Bernal FOTOGRAFÍA: Emilio Aparicio Rodríguez Jueves, 14 Abril 2016


Ahora el raro es aquel que no tiene tatuajes. Esta es la crónica de un reportero 
sucumbiendo ante los cantos de sirena de las agujas y las tintas.

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El sudor en mis manos se hacía abundante. La ansiedad se había apoderado de mí y no veía la hora de que esas temidas agujas dibujaran en mi brazo el diseño que había soñado.
 
La historia de los tatuajes data de los tiempos de las cavernas. Los antiguos hombres que habitaron este planeta utilizaban los pigmentos extraídos de plantas y animales para dibujar en sus cuerpos símbolos que los diferenciaran de otras tribus, y que les dieran una imagen de poder y mandato sobre sus comunidades. Con el pasar de los siglos, el significado de este arte se fue transformando y su uso se popularizó, soportando diferentes sociedades y pensamientos. Hoy, la visión de este oficio ha cambiado a tal punto de que ya no se ve con malos ojos, ya no es un mal paso o una práctica de convictos y presidiarios. Hoy es todo un arte, con técnicas y con un sentido propio.

Pero bueno, no les voy a contar la historia del tatuaje, para eso tienen Wikipedia, les voy a contar la historia de mi primer tatuaje. Siempre había anhelado que alguien me tatuara, un experto en el tema, con gran experiencia y reconocimiento en la escena. Gracias a mi trabajo logré contactarme con uno de los mejores tatuadores en Bogotá, Carlos Angarita, más conocido como Carlox. Después de visitar su estudio, Subterránea Tattoo, y concretar una cita, por fin mi deseo iba a materializarse. Después de tanto tiempo de espera, el momento había llegado. No tenía ni la menor idea sobre qué era lo que me iba a tatuar. Solo quería hacerlo, quería ver alguna parte de mi cuerpo adornada con un bonito diseño –eso sí, único–. Pensaba en algo circular, sin color, algo así como de la vieja escuela. Tenía en mente un símbolo maya, un mandala o alguna especie de tribal. No quería algo tan grande, ni tan realista; me soñaba con algo más geométrico y conceptual. Busqué en Internet referencias para mandarle a Carlox y encontré imágenes perfectas. Se las mandé con la seguridad de que algo chévere se tendría que inventar con esos ejemplos.
 
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Carlox tiene 34 años y tatúa hace doce, es de Bucaramanga y aún tiene algunos vestigios bumangueses en su acento. Tiene esposa y dos hijos. Vive para ellos y trabaja orgulloso de lo que ha logrado con el tattoo. Antes de meterse en el cuento, se ganaba la vida vendiendo camas para bebés y le iba bien. Siempre le había llamado la atención el mundo del tatuaje, y experimentando con sus amigos fue que empezó a dar sus primeros pasos. Cuenta que la mayoría de buenos tatuadores son empíricos y que la experiencia es la mejor técnica para llegar a ser bueno. Hoy ya tiene cuatro estudios, dos en Suba, uno en Chapinero y otro en la Zona Rosa de Bogotá. Ha viajado por casi toda Latinoamérica, ha ganado varios premios en convenciones y ha tatuado en diferentes países. Quiere morir tatuando y dice que lo mejor de hacer esto es que todos los días se encuentra con experiencias nuevas y con vivencias diferentes.
 
Él, como muchos otros artistas, no ve esto como un trabajo sino como una experiencia de vida. Sus planes a futuro son seguir mejorando, pues cree que en esto siempre se aprende algo nuevo, nada está totalmente inventado y siempre habrá algo para aprender. Ha tatuado desde una lengua hasta nalgas y lolas de mujeres, por lo cual lo envidio. Es patrocinado por marcas de tintas y máquinas alemanas, que le mandan los productos con los que tatúa. Por todo eso fue que decidí ponerle mi brazo a Carlox.
 
Yo estaba tranquilo y seguro de él y de su trabajo. Llegó el gran día, un domingo, una tarde más bien oscura y quieta. Fui acompañado de mi novia y del fotógrafo de la revista. No sentía nervios, estaba ansioso y con ganas de que todo empezara ya. Mientras Carlox ultimaba los detalles del diseño y organizaba sus cosas, yo esperaba en una sala cómoda y colorida. Él salió y me mostró lo que iba a plasmar en mi brazo izquierdo, era un búho con una figura geométrica tridimensional en el medio, de mirada malévola y conformado por diferentes líneas y puntos. Era mediano, con mucho trabajo e imponente. Hay quienes se tatúan por algún motivo, o tienen diseños con algún significado. Yo no tenía ningún motivo ni significado, solo quería tatuarme algo que se me viera bien, más por gusto que por una razón específica. Era el diseño perfecto, me gustó tanto que sin pensarlo pasamos a la mano de obra. 
 
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En un salón forrado en papel tapiz clásico, con un espejo gigante y una pequeña ventana fue donde los hechos tuvieron lugar. Me senté, acomodé mi brazo en una posadera acolchonada, Carlox organizó las máquinas, las tintas, me rasuró los diminutos vellos del brazo y pegó el esténcil del tatuaje en mi brazo, algo así como las guías de lo que iba a dibujar. Cuando prendió la primera máquina sentí un pequeño escalofrío por todo el cuerpo: no puedo negar que el sonido de las agujas vibrando a toda velocidad me produjo un poco de miedo, y sin lugar a arrepentirme, Carlox dijo: “Bueno, aquí vamos…”.
 
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El proceso duró tres horas, largas, de trabajo, de preguntas, de risas, de dolor, de satisfacción, pero sobre todo, de solle. Los primeros y desconocidos pinchazos me dolieron bastante, pero con el pasar de los minutos mi brazo se acostumbró: era un dolor soportable y ya entrado en confianza le dije a Carlox que hiciera lo que se le ocurriera que le iría bien al diseño.
 
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Cada máquina es diferente, unas tienen más agujas que otras. La que más me dolió fue una que tenía nueve y es utilizada para hacer sombras. Hay máquinas de hasta 25 agujas. Con cada línea tatuada, el búho iba tomando forma. Pequeños puntos de sangre brotaban de mi brazo, pero nada grave ni extremadamente doloroso. Mientras Carlox hacía lo suyo, yo le preguntaba sobre su vida, sus compañeros, sus aspiraciones, su familia, si se podía vivir tranquilamente de este oficio. Respondió con toda firmeza que sí: con constancia, dedicación, algo de sacrificio y mucha calidad. Como todo en la vida.
 
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Mi brazo se ponía cada vez más rojo pero eso es algo normal en mí. Las expresiones de dolor angustiaban a mi novia por momentos. Hacía caras más bien por payasear y asustarla, más que porque en realidad me estuviera muriendo de dolor. Estaba feliz pues siempre que veía a alguien tatuado… bien tatuado, sentía muchas ganas de tener un tatuaje.
 
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Carlox trabaja en Subterránea con tres tatuadores más: SoraDavid Maldonado y Ken Chou, un taiwanés que vino a Colombia para mostrar su arte. Los tres son excelentes artistas y cada uno trabaja a su estilo. Carlox los escogió por convocatoria y se quedaron por su personalidad y por su talento. No cualquiera puede tatuar y no cualquier tatuaje es bueno. Para esto se necesita tiempo, un pulso increíble, mucha concentración y sobre todo imaginación. Ellos, junto con Carlox –o “Cucho”, como le dice Ken–, conforman Subterránea de la 83 con 14.
 
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Ya casi eran las seis de la tarde, mi brazo estaba totalmente dormido y mis glúteos no soportaban más estar sentados. El tatuaje estaba listo. Mi antiguo brazo flaco y pálido ahora estaba mejor que nunca, adornado con un buen diseño, imponente. O así es como lo quiero visualizar. Carlox había hecho un muy buen trabajo. Cuando llegué, tenía la idea de hacerme algo sencillo y normal, pero cuando me vi en el espejo supe que lo que necesitaba mi cuerpo era algo exclusivo, con un diseño complejo y con fuerza en su forma.
 
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La vida no se resume en un tatuaje. El primer tatuaje de alguien no es que sea el gran acontecimiento. Lo único cierto es que es una marca que quedará para toda la vida y con una historia detrás. Dicen que después del primero uno queda con ganas de hacerse más y más; eso es algo que no sé y que por ahora no está en mis planes.
 
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Carlox le tomó una foto a mi brazo, como hace con todas sus obras. Me plastificó el tatuaje con un pedazo de vinipel. Me dijo que lo lavara bien y me aplicara una crema cicatrizante, así en un par de semanas estaría bien y totalmente sano. Llevo cuatro días con él. Lo consiento, lo cuido, lo lavo, lo limpio, lo muestro –me imagino que eso último debe ser normal–. Me imagino el día en el que mis hijos y nietos me pregunten por eso que tengo en el brazo, y me da alegría. Esto no es para todo el mundo, y ya no es sinónimo de maldad. Esto es un arte milenario y hay que saber con quién y en dónde hacerlo. En realidad creo que se me ve muy bien y estoy satisfecho con este, mi primer tatuaje.
 
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