POR: Fernando Salamanca FOTOGRAFÍA: Sebastián Jaramillo Miércoles, 02 Septiembre 2015

 
Llevamos tantos años oyendo la misma historia que se ha convertido en ruido de fondo. Ser mula parece una torpeza similar a meter la mano en el fuego pero aún existen cientos de personas que caen en la tentación de ganar dinero fácil por llevar droga de un lado al otro. Estas son tres experiencias sobre cómo es eso de ser correos humanos.
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EL MEXICANO 

L

uis Alejandrine acaba de terminar la merienda de la mañana y aparece arrastrando sus tenis Converse con esa desgana propia de los condenados al encierro. Está en el patio 3 de la Cárcel Modelo, donde no hay violencia, hacinamiento o drogas. Es el mejor sector de la prisión. La mayoría de las mulas capturadas en los aeropuertos del país terminan aquí, en una mezcla de idiomas y religiones que conforman una Torre de Babel de cuatrocientos internos. Luis es un mexicano seco que acata las órdenes sin protestar. Esta vez ha aceptado conceder treinta minutos de entrevista y se le ve distraído. Luego de tomar aire me aclara que trabajó para Joaquín “El Chapo” Guzmán desde 2006, llevando de vuelta a suelo mexicano los millones de dólares que los gringos pagaban por la mercancía del jefe de Sinaloa.

—Es el mejor patrón, como dicen acá —me dice Luis, con más entusiasmo que retentiva—. Estaba seguro que se escaparía del bote [así le dicen en México a la cárcel].

—¿Quieres volver a trabajar con él?

—Sí, apenas salga de acá quiero regresar. Irme de una buena vez. Más que nada porque mis papás, tíos, hermanitos están lejos.

—¿Han venido a visitarte?

— No, a los extranjeros no nos visitan ni las familias ni los delegados de las embajadas.

En una sombra del patio, sentados solos y frente a frente, Luis muerde cada una de sus palabras antes de que salgan de su boca. Es como si de tanto en tanto necesitara confirmar que lo hemos entendido, como si pidiera permiso para hablar. En su adolescencia fue vendedor de marihuana en Ciudad de México, luego trabajó para pequeños capos, que lo llevaron a repartir cocaína y otras drogas hasta que terminó trabajando con El Chapo y se ganó su confianza por un golpe de suerte. Según Luis, sus abuelos vivieron gran parte de su vida en San Antonio, un pueblo fronterizo con California. Para ganarse unos pesos ayudaban a pasar mexicanos que buscaban un futuro mejor como ilegales en Estados Unidos. Los inmigrantes eran transportados en contendedores sin entrada de aire y bajo el sol inclemente del desierto. En los años setenta, El Chapo intentó cruzar varias veces la frontera, después de que su padre lo corriera de su casa a los diecisiete años. En uno de sus intentos, los abuelos de Luis lo protegieron durante algunos días hasta que logró pasar al otro lado. Hoy, Enrique Peña Nieto ha asegurado que si el capo es capturado de nuevo, será enviado de inmediato a Estados Unidos.

Visto de cerca, Luis tiene ese aspecto contradictorio de los hombres que pueden tener cuarenta años o una década menos. Calcular su edad es una labor complicada, aun más por sus ojos tímidos que no renuncian al fisgoneo, y su mirada infantil.

—¿Qué hizo El Chapo cuando recordó a tus abuelos?

—Me dio un apretón de manos —sonríe—, así no más me dijo que trabajara con él en lo de los túneles.

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Cuando dice túneles, a Luis se le borra la sonrisa de la cara y se pone tan serio como si fuera a cobrar un tiro penal. El Chapo le ordenó llevar de vuelta a Tijuana parte del dinero recaudado por la venta de la droga a los distribuidores californianos. Algunos túneles eran cómodos (equipados con rieles, iluminación y ventilación) y Luis podía caminar erguido; otros, en cambio, debía atravesarlos casi a rastras y soportar los cincuenta grados de temperatura que hacía en su interior. Para sobrellevar estas condiciones, él recibía una chaqueta climatizada y un pequeño tanque de oxígeno que debía administrar durante los veinte minutos que, en promedio, tardaba en atravesar el túnel de ciento metros de longitud. Según Univisión, en 2014 se descubrieron cincuenta túneles del “capo constructor”. Luis dice que cumplía su labor con la flexibilidad de una contorsionista, la misma que parece haberse quedado cincuenta metros debajo de la tierra: hoy sus ademanes son lentos y entrecruza las piernas con la misma dificultad de un luchador de sumo.

Cada semana, dos hombres esperaban a Luis en una bodega en San Diego, allí hacían las cuentas y le entregaban el dinero en una maleta que él ataba a sus pies e ingresaba de nuevo al túnel que salía a Tijuana. En más de una ocasión renegó ser un millonario encerrado en una gruta donde el dinero le pesaba hasta el alma. El negocio del tráfico de drogas es gigantesco. Según datos de la Oficina de Crimen y Droga de la ONU (ONUDD), esta industria movió alrededor de 500.000 millones de dólares en 2014, una cifra superior al PIB de Noruega, Bélgica o Argentina. Tan solo en Estados Unidos, la cocaína y la heroína generan utilidades por unos 116.000 millones de dólares. Gran parte de las ganancias se queda entre las bandas distribuidoras y un pequeño porcentaje regresa a los países productores como México, Colombia o Afganistán. Es la dinámica de un mercado globalizado. El Chapo Guzmán es un hombre práctico: lleva la mercancía y recibe las ganancias con la misma estrategia por la que hoy se ofrecen cinco millones de dólares por su cabeza: dar y recibir.

Después de entregar el dinero, Luis recogía su pago (tres mil dólares) y regresaba a su vida normal en la superficie, junto a María Alejandra, una menuda mexicana que conoció en una fiesta en 2011. Ella era una mula experimentada que lo convenció de viajar hasta Europa con tres kilogramos de cocaína camuflados en una maleta de doble fondo y entre algunas camisas.

—Fue arriesgado —le digo—. ¿Tenías necesidad de hacerlo?

—Es que estaba muy enganchado con ella —dice como si abriera la envoltura de un dulce—. Le había propuesto que nos casáramos unos días antes de viajar.

—¿Aceptó?

—Claro, dijo que sí.

—¿Y qué harán cuando salgan? —le pregunto a Luis— ¿Se van a casar?

—Yo sí quiero —responde sin dudar y de inmediato explica—: pero no la he vuelto a ver desde hace mucho tiempo. Este mes voy a visitarla.

Por primera vez Luis habla en voz alta del futuro. Es el tono tímido y prudente que usaba cuando entregaba las maletas a los hombres del cartel o les avisaba que se había tropezado con el cuerpo de un topo en la mitad del túnel; solo que en vez de desembolsos y muertos por asfixia, administra el tema de su novia y una boda incierta. Pero la realidad interrumpe su cuento de amor cuando por detrás de la cabeza de Luis se asoma de repente una mano con los cinco dedos en alto. Es el guardián que me advierte que se acaba el tiempo. En minutos Luis volverá a encerrarse tras una pared de esta incubadora de cemento, a la espera de que la Oficina de Trabajo Social le confirme la fecha en que podrá visitar a su prometida.

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La última vez que estuvo con ella fue la mañana de su infortunio. Él permaneció nervioso durante las cinco horas que duró el viaje del DF hasta su primera escala, Bogotá, en febrero de 2012. Cuando el capitán del avión informó que estaban a punto de aterrizar, Luis descansó. Quería bajarse de prisa. Pero tres agentes encubiertos de la Policía Antinarcóticos se acercaron hasta la silla donde estaba la pareja. Interrogaron a María Alejandra y le pidieron que los acompañara a unas inspecciones de rutina. Luis, en medio del desconcierto permaneció a su lado, cuando uno de los agentes se percató de que no había desabrochado su cinturón de seguridad y le preguntó por qué, él solo atinó a decir que venía con ella. En ese momento, su viaje y su matrimonio terminaron. Los dos fueron condenados por tráfico de estupefacientes: Luis a diez años y María Alejandra a ocho. La diferencia de sus condenas se explica por una razón práctica: él llevaba más cocaína.

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LA POLICÍA

La mayor Liz Cuadros dirige el Centro Internacional de Estudios Estratégicos contra el Narcotráfico (CIENA) que, desde 2010, hace parte de la Policía Antinarcóticos de Colombia, encargada de vigilar la entrada y salida de sustancias ilícitas en los puertos y aeropuertos del país. Su misión más conocida es cazar mulas e investigar sus métodos de ocultamiento, que se han clasificado así: adheridos, introducidos, bodega, correo, ingeridos, maletas con elementos o doble fondo, equipaje encauchetado y equipaje de mano, sin contar la nueva modalidad de utilizar familias y niños, en la que la carga es repartida entre varias personas de un grupo familiar, superando los controles policiales sin mayor dificultad: pocos pensarían que una niña de diez años puede llevar en su equipaje de mano 250 gramos de droga. El caso más conocido es el de Diego Mancilla Aguilar, responsable por hacer que su hija de doce años llevara en su cuerpo más de cien cápsulas de cocaína, en noviembre de 2014. Él fue capturado días después de haber abandonado a su hija en la clínica Valle de Lili, en Cali.

Las cifras del CIENA en 2014 son contundentes: cuarenta personas capturadas en promedio mensualmente, contrario a su predecesor, la Policía Aeroportuaria, que en 2009 capturó a 295 correos humanos, entre nacionales y extranjeros –poco más de la mitad–.

La mayor Cuadros reconoce que el porcentaje de mulas que captura junto a su equipo de policías uniformados y encubiertos es menor en comparación con los que se van cargados. “Las mulas son una modalidad de toda la vida –explica–. Todos los días cae una, de todas las nacionalidades”.

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En la estación de policía del aeropuerto militar de CATAM hay unas ochenta mulas detenidas, muchas de ellas amas de casa, albañiles, pensionados, estudiantes y desempleados colombianos y extranjeros. Son mulas clásicas, casi caricaturescas: personas con un pasaporte en blanco y una visa nueva, que jamás han salido del país y se van de vacaciones durante una semana a Europa. Son sujetos ingenuos a quienes convencieron en una fonda o que siguieron el consejo de un conocido. Igual a los comerciales de televisión o a las películas.

También hay épocas del año que le marcan el camino a la mayor. Febrero es el mes en el que está más alerta pues, con la fiesta de San Valentín en Estados Unidos, muchos colombianos aprovechan para camuflar su carga entre las flores. Sin embargo, hay modalidades de salida de droga menos amables con los correos humanos. Mujeres que van con doble carga: ochenta cápsulas y un niño en gestación, otras que se le miden a llevar diez cápsulas en su vagina y otras dos en su ano. “Hace unos meses se puso de moda usar botellas pequeñas de perfumes de Dolce & Gabbana para llevar cocaína en solución”, asegura la mayor Liz. En la cumbre de las rarezas estaría la mujer que pasó un bebé muerto lleno de paja y coca. Pero se trata de un rumor.

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La mayor me cuenta que el potencial de producción del país es de 296 toneladas de droga anuales, que incluye marihuana, cocaína y heroína. De ese potencial, Antinarcóticos afirma que captura 60%, el resto sale por los puertos marítimos camuflados en los contenedores de alimentos y materias primas, o desde terminales clandestinos, submarinos y, claro, entre el estómago de cientos de correos humanos.

Estas afirmaciones me recuerdan una frase de Mark Twain: “hay tres clases de mentiras: mentiras, mentiras malditas y las estadísticas”. Es cierto que la política antidroga de los gobiernos colombianos ha tenido buenos resultados y la inversión en actualización de tecnología ha ayudado bastante. Pero si las mulas continúan existiendo y reinventándose, es porque el negocio sigue siendo muy bueno: la frase que más escuché cuando visité la Cárcel Modelo fue: “Los verdaderos culpables están afuera, libres. Nosotros (las mulas) somos los peones en este negocio”. Francisco E. Thoumi, investigador del IEPRI (Universidad Nacional) explica que Colombia no podrá dejar de producir cocaína mientras esta sea ilegal. La única solución es la legalización, porque los factores internos no son importantes sino que la solución debe venir de afuera. Especialmente de Estados Unidos, donde anualmente se detienen más de 1.600.000 personas por drogas y se tiene encarcelado alrededor de 600.000 traficantes y distribuidores.

El columnista Antonio Caballero rechaza la guerra contra las drogas porque es una guerra ajena que ha tenido consecuencias devastadoras para el país. Para él, el narcotráfico no ha creado ninguno de los problemas sociales, políticos y económicos a los que se enfrenta Colombia; al contrario, los ha potenciado, complicado y hasta disfrazado sus causas. Lejos de generar alguna riqueza, esta guerra ha generado corrupción y violencia en el país. A la hora de evaluar los costos y beneficios de las políticas represivas contra las drogas, él afirma: “¿Cuándo se reconocerá el hecho evidente de que la prohibición es el negocio?”.

A propósito, la llamada guerra contra las drogas inició con el gobierno de Richard Nixon, en 1971. Fue una decisión motivada por factores coyunturales: el aumento del consumo de marihuana entre los soldados y veteranos de guerra de Vietnam y por la antipatía de Nixon hacia los jóvenes que se oponían a su cruzada anticomunista, muchos de ellos consumidores de marihuana y otras drogas psicoactivas.

LA PORTUGUESA

A la plazoleta central de la cárcel El Buen Pastor le dicen el Parque de la 93: un lugar al que la mayoría de la 2.160 internas no puede entrar. En frente de este, sobre una banca de madera, con un cielo azul, Silvia, una portuguesa de 29 años, piel tostada y anteojos de miope, desenreda su historia.

—En un mes cumplo años. El mejor regalo sería que me dejaran salir 72 horas. Si salgo, esos tres días me pasaría conectada a Internet para saber cómo están mis padres en España, mis amigos y las personas que no veo desde hace dos años.

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—¿Quién te propuso transportar droga?

—Un conocido de Buenaventura. Yo quería viajar a Brasil y a España pero no tenía dinero. Entonces acepté. Me dijo que debía llevar a Miami quinientos gramos de cocaína. Seguí sus recomendaciones de no comer grasas ni carnes rojas. Una semana después me llevó hasta una casa en Bogotá, allí una mujer me enseñó a abrir la tráquea, primero con trozos de zanahoria y uvas, luego con cápsulas de verdad. Pero no pude, el sabor era horrible y le dije que no.

—¿Qué sucedió entonces?

—Él me dijo que no me preocupara y me planteó una solución: llevar la droga en una faja adherida a mi cintura. Me pareció más sencillo y acepté. El día que viajaba a España, un taxi me recogió y llevó hasta el aeropuerto. Cuando iba a entregar mi pasaporte al agente de migración, dos policías se acercaron hasta donde estaba y me lo quitaron. Luego me dijeron que las acompañara hasta un baño del aeropuerto.

—¿Por qué te descubrieron?

—No lo sé. Creo que alguien informó a la Policía que yo iba con esa droga. En el baño, las oficiales me pidieron que me quitara la chaqueta y la camisa. Luego me esposaron y llevaron hasta una cárcel pequeña. Me dieron ochenta y cinco meses (más de siete años).

—¿Qué haces en tus ratos libres en la cárcel?

—Me dedico a hacer artesanías y cosas para el pelo, arreglarse las uñas y maquillaje; trabajamos con una amiga peruana que en un año saldrá libre.

—¿Quién te visita?

—Una amiga del colegio en Portugal, ella ha viajado dos veces. También un amigo de Barranquilla, el único que me queda.

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