POR: Mauricio Silva Viernes, 17 Julio 2015


Beverly Hills no queda en California. O bueno: también queda en California.
Nosotros fuimos a una que está en pleno Bogotá.

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Alguna vez le preguntaron a Steven Gerrard, famoso capitán del club inglés Liverpool e infaltable en la selección de fútbol de su país, por qué sigue yendo al mismo peluquero de su adolescencia. Su respuesta, contundente y aguda, fue así: “porque, para lo que hay hacer con mi pelo y para este eterno resultado que salta a la vista, es el único que todavía me cobra dos libras esterlinas”.

Palabras más, palabras menos, el gran mediocampista británico –que no es precisamente un muerto de hambre y desde niño se hace un corte que los colombianos que pasaron por el ejército conocen como “la chuler”–, dio en la pepa del asunto de la peluqueada en general. Gerrard, digamos, puso los puntos sobre las íes: casi a todos los hombres, a menos que sean metrosexuales o protagonistas de novela, nos gustaría que a lo largo de nuestra existencia nos peluqueara el mismo tipo –y sobre todo eso, que fuera un tipo y no una vieja–, que lo hiciera rápida y eficazmente, que siempre realizara el mismo corte y que no costara más de dos libras esterlinas (algo así como 6.000 pesos colombianos), porque en últimas “para lo que hay que hacer” y para lo que después “hay que ver”, cobrar más sería un robo.

Y esa, podría jurar, es principalmente la terrible sensación que tenemos todos los hombres a la hora de la peluqueada: de $5.000 a $10.000 digamos que está bien; de $10.000 a $20.000 ya es muy caro; y de $ 20.000 para arriba es un atraco a mano armada, literalmente.

Ya lo sé: las mujeres no piensan así y entre más les cobren menos inseguras se sienten frente al acto definitivo de la tijera. Lo que pasa es que a los hombres no nos parece tan importante, incluso más allá de la vanidad. Si para la mujer la peluqueada es un evento concluyente, para el hombre es un mal necesario. Dos visiones.

Sin embargo, lejos de hacerle caso al gran Gerrard, casi todos los hombres damos tumbos en busca del peluquero de toda la vida. Claramente yo no lo he encontrado y, por alguna extraña razón, vuelvo y reincido en inútiles experimentos.

Seguramente por eso, para decir la verdad, ir a la peluquería me perturba y me revuelve hasta el tuétano. Pero hay que visitar al peluquero, porque de otra manera sería echarse tijera uno mismo y ya sé del lamentable resultado a la hora de la autoayuda.

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- BEVERLY HILLS -

La más reciente recaída en el tema de buscar un nuevo peluquero fue provocada por la revista Bacánika cuando me propuso visitar la peluquería Beverly Hills. Así, con el mismo escandaloso nombre de la pequeña ciudad-barrio de los ricos gringos, localizada en Los Ángeles, California.

Ubiquémonos. La peluquería Beverly Hills queda en la carrera 15 con 114, en Bogotá. Está en un segundo piso y para entrar hay que pasar por el frente de una peluquería infantil. Sí, una peluquería infantil, ¡qué lindo!, con carritos, globos y colores. Ahora que lo pienso, a los hombres, a la hora de la peluqueada, nos deberían subir a un Jaguar de mentiras para entretenernos, darnos una paleta, un par de revistas de viejas empelotas, hacernos la chuler y ya está. Todos felices.

Pero no. El drama comienza cuando decimos: “buenas, habría quién me corte el pelo”. Seguido de un: “¿y cuánto vale la peluqueada?”. La respuesta de Beverly Hills fue: “16.000 pesos, siga y siéntese, señor”.

Entonces uno ya sentado, inseguro, medio angustiado, convencido de la inutilidad del acto, recibe la ráfaga: “¿Cómo quiere el corte?, ¿grafilado o degrafilado?, ¿redondo o cuadrado atrás?”. Todo es muy odioso y cuando eso sucede siempre recuerdo a un tío mío que respondía a la pregunta sobre el corte con un contundente: “En silencio, por favor”.

Pero a mí me da pena decir eso y me dejo envolver en un tema del cual, digámoslo claramente, no hay salida ni control.

—¿Conoce la chuler? —pregunto para ir a la fija.

—¿La qué? —contestó la peluquera de turno, y prosiguió—: Yo creo que le queda mejor degrafilado y con una leve cresta.

¡Atención, la peluquería Beverly Hills es atendida única y exclusivamente por mujeres! Y ahí es cuando uno recuerda que no hay que dejarse peluquear por mujeres. Pero ella actuó. Igual no pude ni quise hacer nada.

Tres ojeadas a la revista Elenco que asegura, sin ningún problema, que la exreina Taliana Vargas “…es una mujer que en todo momento piensa en tener relaciones sexuales”, y que la modelo Natalia París “…busca sus relaciones sentimentales sólo por el deseo sexual” (o sea, literatura ideal para Beverly Hills). Un par de sorbos a un café recalentado. Una rápida chequeada al trabajo que me hacen en la cabeza y ya está. Todo queda consumado. Trasquilado y con cresta de cantante vallenato.

—Esa es la moda —me dijo la peluquera ante mi cara de desconcierto.

—Esa es mi tragedia –contesté.

Terminé en otra peluquería. Busqué a un cuarentón que, sin titubear, respondió “sí” cuando le pregunté si sabía hacer la chuler. En siete minutos estaba en la calle. Asunto terminado.

Steven Gerrard es un genio del siglo XXI.

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