POR: Daniel Vivas Barandica ILUSTRACIÓN: Emilio Aparicio Rodríguez Viernes, 23 Septiembre 2016

Este periodista visitó a una tarotista para saber qué le tenía el destino guardado. Verdad o mentira, la idea de que un extraño pueda revelar detalles de nuestro futuro siempre será algo atrayente.

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La gente se mantiene en una constante búsqueda del bienestar. Es la ley de la vida, queremos saber de dónde venimos y para dónde vamos. La última pregunta es el eje que nos motiva a seguir levantándonos a trabajar, a aliviar la ansiedad en una fiesta o a buscar a ese otro ser humano con el que queremos pasar los mejores años de nuestras confusas vidas. Esa pregunta nos ayuda a resistir y a seguir pagando deudas porque, quizás, un día por fin podremos tener el dinero para gastar sin preocuparnos. Es con la que resistimos a nuestra salud. Es la que, al final, nos da esperanza para no lanzarnos por un puente y ensuciar más el pavimento.

Cuando me dijeron que debía visitar a una tarotista, pensé en brujería, astrología. Mi futuro, mi suerte. Profundicé un poco en el tema y me di cuenta de que no iba a ir a donde una “bruja”, sino donde una “lectora del tarot” que no hace maleficios, conjuros, no “trabaja gente”, ni consigue dinero, salud o amor. Lo que hacen estas personas es interpretar, “leer”, contarte sobre tu futuro, tus próximas acciones a través de una baraja de cartas. La más tradicional es “el tarot de Marsella”: un juego de 78 cartas con imágenes de estilo medieval, en el que se pueden encontrar representaciones de La justicia, La muerte, El diablo, El sol, El juicio, La fuerza, Los enamorados –por nombrar tan solo algunas–, y del que han derivado las demás barajas místicas.

Alba Lucía es una mujer grande, gruesa, que pasa los 40 años. Tiene el pelo un poco crespo, le llega hasta los hombros y parece que hace meses fue teñido con un tinte en la gama del rojo. Su mirada es tranquila y serena, sonríe con amabilidad y se mueve despacio para abrir la puerta del garaje de su casa, en el sur de Bogotá. Me sorprende que una tarotista me atienda donde vive. Como si hubiera escuchado mis pensamientos, me dice que desde hace cinco años está dedicada a la lectura de las cartas, lo hace desde su hogar por comodidad. Además, a ella no le interesa mucho la publicidad ni atender a cualquiera. Las personas que le llegan son recomendadas, conocidas, todo por el voz a voz. Al entrar a la casa observo portarretratos viejos con fotos de sus tres hijos (dos hombres, una mujer). Sigo caminando y no puedo dejar de observar los muebles con la madera gastada, las repisas con polvo, las porcelanas y adornos que ya pueden estar en la categoría de objetos kitsch.

Mientras observo a Alba Lucía sacar la baraja Marsella de una bolsa de tela y revolver las cartas, me pregunto cómo alguien puede aferrarse a algo que para la mayoría de los mortales es pura patraña. Ella me mira, sonríe, me pregunta si realmente creo o si soy escéptico. Le respondo que creo un poquito. Agrega que diariamente trabaja y lidia con la fe y el escepticismo de la gente. Hace una pausa, me pasa el mazo de cartas y me ordena que las baraje. Luego me pide mi nombre completo y fecha de nacimiento, le doy la información y la anota en una hoja blanca. Termino de barajar y le entrego el mazo, ella lo parte en tres y me dice que tome una carta de alguno; lo hago, la volteo sobre la mesa y me dice que escogí la carta de La decisión: me está mostrando caminos, puertas laborales, donde la parte económica me va a favorecer. Hace una pausa y, como quien lee detenidamente un libro, afirma que es muy probable que viaje fuera del país; su voz es pausada pero certera.

Imagino que Alba Lucía debe preparar una rutina. Tengo 26 años, soy un periodista más del montón. Soy hijo de la globalización. Cualquiera que me observe por más de dos segundos sabrá que soy de esos que quieren salir como sea de este chochal. Sonrío, fingiendo estar feliz con la noticia. Ella agrega que diariamente le llega gente que después de una lectura de cartas, se va sin creerle nada. A los seis meses o un año esa gente regresa disculpándose por no haber confiado en ella, en que lo que había visto les iba a suceder. Aunque me aclara que no es la típica “adivinadora” trágica que anuncia la muerte, las infidelidades, los accidentes, si llega a ser necesario lo dice de una forma preventiva. Como recomendar que tengan cuidado al pasar la calle: “no hay necesidad de angustiar a la gente”.

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Me indica que me siente en la mesa del comedor, le hago caso mientras sigo analizando el lugar. Nada fuera de lo normal, quizás un poco oscuro. Alba Lucía trabajó más de veinte años en el sector de la educación y en la última década fue directora de un colegio en Bogotá. Su vida aparentaba estar en orden hasta que empezó a tener muchos problemas. Sus compañeros de trabajo dejaron de hablarle, se vio inmiscuida en líos legales y empezó a recibir amenazas anónimas que le ordenaban que renunciara. Ella no entendía qué pasaba hasta que un compañero le dijo que varios colegas “la estaban trabajando”. Gente que le tenía envidia, se había reunido con un brujo y le había hecho un “entierro” en un cementerio.

Los entierros en la brujería son ataduras o nudos, con muñecos enterrados en frascos junto a objetos o pertenencias de la persona a la que se le quiere hacer el mal. A veces tienen cosas del cuerpo (pelo, dientes, sangre, uñas) y su objetivo siempre es causar un maleficio específico, como producir rompimientos sentimentales, enfermedades, inducir a la bancarrota o hasta ocasionar la muerte. Con la ayuda de otro brujo y entregada a la oración, Alba Lucía pudo neutralizar este maleficio. Renunció a su trabajo para evitar problemas y se empezó a interesar en los temas esotéricos y espirituales. Luego, una amiga le regaló una baraja de cartas y Alba empezó a estudiar para interpretar el tarot. Ahora está dedicada a este “arte”.

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Alba me pregunta si tengo algo especial para mirar o si quiero una lectura general. Le respondo que general, luego me señala los tres mazos de cartas y me pide que elija uno. Escojo el del centro. Me sale la carta de La emperatriz, que según ella se relaciona con la fertilidad. Me pregunta si tengo hijos. No. Si no está en mis proyecciones tenerlos, debo cuidarme. La miro y no encuentro signos de que me esté diciendo mentiras. Luego saca otra carta y me responde que definitivamente me voy del país. Un viaje auspiciado por la parte laboral. Sonrío como quien se cree la cosa. Sigue diciendo que este viaje trae unos cambios emocionales, conoceré gente. Repite que voy a estar económicamente muy bien. Me advierte que debo aprender a tomar decisiones con prontitud porque a veces me doy mi tiempo. Alguien me ofrecerá una nueva oportunidad de trabajo y debo aceptar sin pensarlo. Alba Lucía agrega que a mi vida pronto llegará una mujer que me hará crecer espiritualmente, una muchacha menuda, trigueña, igual de linda en tacones o tenis. Aquí pienso que sí erró con toda porque mi obsesión son las rubias.

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Luego, Alba Lucía me pregunta si trabajo con algo legal. No. Me dice que se me aproxima una situación de este tipo, me advierte que debo tener cuidado para salir adelante. Como si leyera un libro de superación personal, señala que voy vivir un suceso que me llevará a la búsqueda de un camino interior y a descubrir respuestas, que en dos meses más mi vida tomará un rumbo distinto porque soy vengo a hacer cosas grandes para mí y la gente que me rodea. Me siento como Neo, el elegido de Matrix. Me repite que trabaje mucho y que definitivamente me voy del país, y de ese viaje traeré ideas para desarrollar un proyecto que tengo en mente. Soy un perezoso y no soy capaz ni de montar un puesto de dulces en mi escritorio de la oficina. Tal vez eso cambie.

Al terminar, Alba Lucía me pregunta si tengo alguna duda. ¿Acaso va a pasar algo malo? Ella hace una pausa, me mira diciendo que las cartas que traen tragedias son la de la muerte y la del diablo, y que ninguna ha salido: “las cartas del trabajo y del amor han priorizado en esta lectura”, contesta con seguridad. Para finalizar, agrega que un familiar necesita de mi afecto. Cierra los ojos y me dice que es mi mamá, que la llame, que llevo mucho tiempo sin hablarle. La verdad hace dos semanas no la llamo porque me cortaron el celular. Le prometo que lo haré, le doy la mano y le agradezco por no exigirme los veinte o cincuenta mil pesos que cobra regularmente (“dependiendo del paciente”).

Alba Lucía me abre la puerta de su casa y se queda mirándome sonriendo, sabe que no le creí casi nada de lo que dijo pero no le importa. Cuando llego a la tienda de la esquina, pido una empanada, un Smirnoff Ice y agrego que me presten un celular. El primer número que tengo pensado marcar es el de mi mamá. El segundo el del médico: ya es hora de pedir la cita para hacerme la vasectomía. No tengo un trabajo que me hará millonario, si quiero grandes cosas no debo tentar a la suerte.separador

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