POR: Fernando Salamanca FOTOGRAFÍA: Sebastián Jaramillo Miércoles, 10 Agosto 2016


Muy cerca de Bogotá hay niños que se entrenan para convertirse en matadores.
Estuvimos con ellos.

Una mañana de sábado, Nicolás Nossa, un bogotano de 63 años, canoso de ojos oscuros y cejas pobladas, se pasea nervioso por la sala de utilería de la Plaza de Toros La Morenita, en el municipio de Choachí (Cundinamarca). Envuelto en una chaqueta impermeable azul, el director de la Escuela de Formación Taurina Jerónimo Pimentel, observa cómo la niebla engulle lentamente la plaza. Hasta ahora han llegado ocho chicos de la escuela. Le preocupa que si el lánguido cielo chiguano no abre pronto, se verá obligado a cancelar la clase de hoy: cómo enfrentar al toro en su primer asomo al ruedo, una práctica esencial en la que la geometría y la conciencia del cuerpo (propiocepción) son claves. Si alguno de sus estudiantes realmente quiere ganarse la vida como torero, esta lección es indispensable.

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A pocos pasos de la puerta de metal desajustada desde donde inútilmente comprueba cada tanto el estado del clima, Nossa echa un vistazo a sus estudiantes: Camilo, Cristián, Santiago, David, Juana, Sebastián, Pelos y Esteban, quienes llegaron antes de las nueve de la mañana en parte por la promesa de la instrucción de hoy. Camilo, un chico delgado a quien pocos habrían podido calcularle sus 16 años, examina los útiles para torear. El capote, la muleta, las espadas y las banderillas y la puntilla. También las tres carretillas que simulan ser el toro, de unos tres metros de largo y la cabeza grande con los pitones pintados con óleo de color blanco. Camilo lleva una pantaloneta azul oscura, tenis y un suéter gris. No es el atuendo que imaginé para un aspirante a torero.

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Algunos de los ocho estudiantes están sentados en varias sillas de plástico y otros en el suelo en la sala de utilería, formando un círculo cuyo centro es Nossa. “El Matador”, así le dicen. No maestro ni profesor ni tutor. Matador, que en el argot taurino es una palabra que representa sabiduría, experiencia, valor, arrojo, coraje. Quieren llegar a ser como él. Por ahora esperan atentos a que el cielo ayude, se protegen del frío con sacos de lana, otros con su capota; David y Cristián están listos para el llamado a entrenar, por eso se quedan en camiseta. La sala es oscura y la luz natural se filtra endeble por la puerta y los resquicios del techo. A pesar de la atmósfera, sus ojos están abiertos, una quietud traviesa.

Con el paso de los minutos, el tiempo no parece mejorar. La mitad de los veinte estudiantes de la Escuela Pimentel viven en Choachí y los demás en Bogotá. De ahí que entre semana la asistencia sea intermitente y el sábado sea el día clave para retomar lo que se ha aprendido y lo que se practicará durante las clases siguientes. La institución tiene ya veinte años y el horario de estudio es el mismo: de dos a seis de la tarde entre semana; los sábados, de nueve a tres. Reciben clases de ética y valores civiles, que insiste en dar Jerónimo Pimentel, torero de cuna y refugiado catalán de la Guerra Civil Española, hoy ganadero y protector de los chicos y del único ancianato del pueblo. Hay también clases de educación física. Y el refrigerio ha sido igual durante dos décadas: arepas de maíz con gaseosa fría. No se paga ninguna cuota. Aquí, el estudio es gratis. Esto es por vocación, por gusto.

—¿Las corridas de toros se han quedado sin futuro?

—Falta relevo generacional y sobre todo más oportunidades para los toreros jóvenes colombianos—, dice Nicolás Nossa.

—¿Cuánto gana un torero joven en una corrida de una feria?

—No mucho. Yo calculo que entre cuatro y cinco millones. Con lo cual debe cubrir el precio del traje de luces o al menos su alquiler… Cuatro millones para un trabajo y preparación de seis meses es muy poco.

—¿Y un torero como Enrique Ponce o El Juli cuánto gana cuando torea en Colombia?

—La comparación es cruel. Puede estar sobre los cien mil dólares por corrida [unos trescientos millones de pesos].

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Son tiempos difíciles para los toros en el mundo. Parece que su tiempo se agota. Nueve países tienen tradición taurina (España, Francia, Portugal, México, Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador y Costa Rica); en otros hay pequeñas actividades taurinas a lo largo del año (Paraguay, Kazajistán, Australia, Brasil, Panamá y Bolivia), y es un espectáculo en otros más (China, Filipinas y Estados Unidos). En 2010, el Parlamento de Cataluña aceptó una iniciativa popular que pedía prohibir las fiestas de toros; la ley continúa vigente. La desavenencia llegó antes a América: en 2009, una consulta impulsada por el gobierno de Rafael Correa tuvo como resultado la prohibición de la muerte del toro en el ruedo de Quito, como en Portugal. Hoy está prohibida cualquier corrida. En Perú y México la situación es similar: iniciativas populares y gubernamentales buscan prohibirlas. Únicamente Francia había declarado el toreo patrimonio cultural inmaterial, en 2011; sin embargo, hace unos días el Consejo de Estado votó a favor de la eliminación definitiva de las corridas de lidia. Aun así, esta decisión no significa que la tauromaquia deje de celebrarse en Francia (sobre todo en el suroeste, donde es muy popular), sino que ya no serán consideradas como una actividad cultural digna de ser defendida por el Estado.

A mediados de 2016, la Alcaldía de Bogotá expidió un comunicado en el que explica que, si bien el alcalde Peñalosa se ha opuesto a la tauromaquia en la plaza La Santamaría, está obligado por orden de la Corte Constitucional a garantizar las corridas. El gobierno lo que hace es acatar el fallo, agrega el comunicado. Y de nuevo se abre el debate del regreso de los toros a Bogotá.

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Dos horas y media después de lo previsto, Nossa –que conserva su chaqueta impermeable– entra al ruedo chapoteado de la plaza. Una suave llovizna forma pequeñas manchas oscuras en la arena. La niebla parece haberse retirado hacia las montañas.

—Ya podemos salir a entrenar— dice Santiago, que tiene ocho años, el estudiante más pequeño de la escuela. —Salgamos de una vez.

***

Nicolás Nossa fue torero profesional en las décadas del setenta y el ochenta. Guillermo Cano y Hernando Santos le dedicaron crónicas y lo mencionaron en algunos editoriales en El Tiempo y El Espectador. Veinte años toreando se fueron al traste cuando lideró el primer sindicato de toreros del país; en aquellos años, irónicamente, quienes le brindaron mayor apoyo en su lucha fueron militantes del M-19, el mismo grupo del que Gustavo Petro se desmovilizó para convertirse en un enemigo de las corridas de toros.

Nossa nació en 1953 y su infancia se dividió entre Bogotá, España, Venezuela y México. Sus esfuerzos para que el toreo fuese declarado como una profesión que debía ser retribuida y sus trabajadores, asalariados con derecho a salud y pensión estuvieron cerca de dar frutos en 1985, cuando el ministro de trabajo de entonces, Gustavo Castro Guerrero, alcanzó a dejar listos los borradores de su orden ministerial, pero todo se cayó por un cambio repentino de gabinete. Nicolás dio un paso al costado. Diez años después, Jerónimo Pimentel lo convenció de abrir una escuela de toreros en Choachí, pues el municipio había inaugurado su plaza de toros. Nossa dijo que sí, y ahí continúa.

—Aquí formamos a los muchachos en valores. No importa que decidan no ser toreros. Lo importante para mí es formar a la persona antes que al torero.

—¿Cuál es la clave para llegar a ser un buen matador?

—Hay que dedicar muchas horas del día, el torero debe dormir con la muleta, ir al baño con ella, acostumbrarse a ella hasta que sea una extensión de su cuerpo.

—¿Y cuál es su opinión sobre quienes están en contra de las corridas?

—Comprendo su posición pero por supuesto no la comparto porque es limitada, cerrada y con poca perspectiva. Esto es mucho más que matar a un animal. Ellos no conocen ni la historia, ni las claves, ni mucho menos cómo es un toro de lidia. Están en contra de algo que desconocen o se informan de manera limitada.

—¿Para usted los antitaurinos son ignorantes o intransigentes?

—Es una mezcla de ambas. Por ejemplo, ellos no saben que si el toreo desaparece, también desaparece el toro de lidia como especie animal. Además del entorno en que se cría, que son ecosistemas vírgenes en los municipios de la sabana de Bogotá (como Mosquera o Choachí), que los propietarios de las ganaderías protegen. Aquí mismo hay un nacimiento de agua. Si el toreo desaparece, ¿quién cree usted que llegará primero a estas reservas forestales?—, me pregunta Nossa con un tono retador, como quien lanza los dados a ver si le sigo el juego.

—No tengo la menor idea—. Antes de que pudiera lanzar una mejor respuesta, él me dice con un estilo ceremonial calculado:

—No serán los animalistas ni los ambientalistas, sino las empresas mineras, el cemento.

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Nicolás Nossa dice que la fiesta brava está en crisis desde hace un tiempo. Tiene tres explicaciones. Los jóvenes quieren verse bonitos y después ser toreros; los empresarios no han sabido diversificar el mercado y se han anquilosado en ferias y fiestas; y la gente quiere algo diferente de ferias y toreros porque se nota que no hay evolución. A pesar de este escenario, él sigue trabajando y señala que ha tenido que reducir al mínimo sus pretensiones económicas para que la Escuela Pimentel continúe funcionando: no puede ni quiere romperles el sueño a los chicos de ser matadores.

Hoy ya no están los estudiantes aventajados y con mayor experiencia, como Sebastián Cáqueza y José Luis Vega, que enseñan trucos y dan consejos a los más pequeños. Los dos andan en Madrid (España) a la espera de presentarse en la plaza de Las Ventas. Si se hubiesen dedicado al balón, para hacer un paralelo, estarían preparándose para debutar en el estadio Santiago Bernabéu. Han llegado lejos, Nossa lo sabe y habla con ellos todos los días para saber cómo va el entrenamiento y cómo han sobrellevado el verano europeo.

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Nossa le pide a Cristián que llame a los demás al salón de clase. Verán un video de José Tomás, una de las máximas figuras del toreo en los años ochenta, quien se retiró sin dar explicaciones en 2002. Nossa hablará de cómo enfrentar al toro cuando sale al ruedo. “Si no tienes la mente en blanco, te jodes. Hay que aprender a respirar lentamente, inhalar por la nariz y exhalar por la boca. Son fracciones de segundo cuando se abren las puertas hasta que la bestia llega hasta donde estás. Tienes que leerlo rápido: mirar por cuál pitón embiste mejor el toro, por dónde se desplaza más y a qué altura. Así se trae el toro al capote. Mira hasta dónde lo sube, cómo lo hace José Tomás. Mira cómo torea con la mano derecha, le sobra el cuerpo, no se despega del suelo. Al toro hay que seducirlo. Pongan cuidado, vean cómo hace lo más sencillo, pero también miren cómo se le complica el toro a veces”.

Los doce chicos que observan el video se mantienen constantes en la idea de ser toreros. Ellos no quieren ser futbolistas ni parecerse a James Rodríguez, tampoco desean emular a Nairo Quintana o a Mariana Pajón. Quieren ser toreros y punto. Para el adolescente Camilo, ser matador es enfrentarse a un animal que embiste como una locomotora y que no recula. Hace cuatro meses llegaron dos estudiantes nuevos pero también se fueron otros tantos, la mayoría son los mismos que llevan entre cinco y siete años como pupilos de Nossa.

A pesar del entusiasmo hay una verdad que no se puede ocultar: las escuelas de toreros en el país son muy frágiles. Dependen de circunstancias que no pueden controlar para seguir adelante: unas ferias que funcionan y otras que no, la lluvia que espanta a los aficionados, un ganadero que vende o regala sus novillos porque no puede mantener a flote su criadero, sus toros de lidia. Lo mejor sería tener opciones, un cierto respaldo, no vivir siempre al punto del desastre. La Escuela Pimentel vive en un filo: cualquier circunstancia adversa significa despeñarse.

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Cristian tiene 15 años, vive en el barrio Fátima de Bogotá y cada semana ahorra los 18.000 pesos que cuestan los buses que lo llevan hasta Choachí. Todos los sábados se levanta en la madrugada para recorrer los 58 kilómetros que lo separan de la Escuela Pimentel, hora y media de viaje para llegar puntual a las nueve de la mañana. No tiene más opciones: las dos escuelas que funcionaban en Bogotá cerraron hace tres años.

—Mi papá fue muy amigo de César Rincón y yo vivo en el mismo barrio en el que el matador se crió.

Cuando era chico, Cristian solía preguntarse qué se sentía tener un toro al frente, cómo era estar a un paso de este, cómo era la vida de los toreros, qué les gustaba, qué les dolía. Cristian no tuvo que ir muy lejos para saberlo: su hermano Steven fue estudiante de la Escuela Pimentel hace unos diez años y estuvo bajo la tutela de Nicolás Nossa. A inicios de 2007, su padre lo llevó a una de las últimas tardes en que César Rincón toreó en La Santamaría y le aseguró a su hijo que también había asistido al debut (alternativa) de Rincón en Bogotá. Sin embargo, el aprendizaje más efectivo de Cristian ha sido en sentido contrario.

—La última vez que estuve en La Santamaría fue acompañando a los compañeros toreros en su huelga de hambre.

Entre capas, cadenas y colchonetas, los diez novilleros y toreros exigían que se cumpliera la ley 916 del 2004, en la que se contempla que los espectáculos taurinos son una expresión artística del ser humano. Era agosto de 2014. Un par de años antes, Gustavo Petro rescindió el contrato de alquiler de la plaza de toros a la Corporación Taurina de Bogotá, lo que cerró definitivamente la celebración de corridas con el argumento de que estos espacios públicos deben ser utilizados para actividades “de vida y no de muerte”.

—Para mí el toreo es un arte y yo quiero ser matador—, afirma Cristian.

—¿Qué te dicen tus compañeros de colegio cuando se enteran?

—Mis amigos me entienden pero los demás me ven como un extraño. No les hago caso. No me gusta hablar del tema con ellos para no pelear.

—¿Pero cuando te hablan del tema qué les dices?

—Yo guardo silencio.

—¿Y tus profesores?

—Mal. Ellos dicen que el fútbol es mejor y que el toreo es una barbarie. Yo les digo que no es así, que en el fútbol todos los días hay muertos y en el toreo no.

—¿Qué piensas de matar un animal como forma de espectáculo o festejo?

—Yo no lo considero así. El toreo es un arte misterioso, es un mundo en el que me siento vivo y es entrañable.

—¿Toreas para tener dinero y ayudar a tu familia?

—No, uno no se enfrenta a un toro por mucho que le paguen. ¡Uy, no!, jugarse la vida no tiene precio.

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Así zanja el tema. Cristian lleva un pantalón de sudadera y una camiseta con franjas blancas en los costados, los ojos pequeños, los labios delgados, una pequeña cicatriz en forma de flor en la sien derecha y un pequeño empaque de cuero para su celular. Su cara es una construcción simple, cargada de expectativa. Hace un mes, el 29 de junio, se presentó como torero auxiliar en una corrida en las ferias de El Espinal (Tolima) ante unas diez mil personas, y la expresión de su rostro se transforma a medida que va contando cuando llegó a la plaza, el momento en el que se puso el traje de luces, el saludo de la gente, la bendición de sus padres, la emoción que sentía cuando salió al ruedo. Pero la exaltación desaparece cuando le pregunto por la emoción final, qué pensamiento pasó por su mente en el instante anterior de tener el toro al frente suyo. “En esos momentos me sentí infinitamente solo”. Aunque no mató al animal, aquella tarde fue el debut de Cristián como torero auxiliar, aún le quedan un par de años para su alternativa, me explica, y añade en tono burlón que por ahora continuará matando toros de paja: las carretas de entrenamiento.

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Su vida entre semana es siempre igual. Cada mañana, a eso de las cinco, se lava, reza y sale a correr una media hora, para que su cuerpo se acostumbre al ejercicio y su carácter tome disciplina. Una hora después de llegar del ejercicio sale para el colegio, que está a diez calles de casa. Regresa después de la una y hace la siesta. Ve videos, revisa correo, hace tareas, postea cosas en Facebook, chatea por WhatsApp. Cristian es como cualquier otro quinceañero.

***

Han transcurrido cuatro años desde que en Bogotá no hay corridas de toros. El 7 de octubre de 2012, Gustavo Petro tomó la palabra en medio del primer acto cultural posterior al cierre de la plaza: un mandala comunal, según informó la prensa. Al final de su alcaldía, la consulta popular que había convocado para acabar con las corridas de toros, avalada en agosto por el Tribunal Administrativo de Cundinamarca, fue rechazada por el Consejo de Estado. El entonces alcalde esperaba que los bogotanos dijeran sí o no a la tauromaquia en las pasadas elecciones regionales (25 de octubre de 2015), pero al final todo se volvió en contra: el tribunal liquidó dicha iniciativa y decretó el regreso de la fiesta brava a La Santamaría. El Consejo de Estado señaló que el exalcalde, al proponer una consulta antitaurina, violó el derecho fundamental al debido proceso de los accionantes o ciudadanos.

A finales de octubre, después de ser elegido alcalde la Bogotá, Peñalosa repitió lo que dijo en campaña: no estaba de acuerdo con que se realizasen corridas de toros en La Santamaría. Sin embargo, añadió que respetaría el fallo del Consejo de Estado. “Yo seré el primero en salir a marchar de manera respetuosa y democrática para protestar contra el hecho de que se llegue a usar la Santamaría para corridas”, dijo el actual alcalde.

De los tres argumentos que los aficionados a los toros arguyen en sus debates –que el toreo es un arte y debe respetarse, que es una tradición y que ellos son una minoría–, este último es caricaturesco. Si de minorías se trata, en Colombia hay minorías étnicas que sufren hambrunas, sed, abandono estatal; minorías políticas que han sido eliminadas sistemáticamente o han debido exiliarse; minorías sexuales que sufren el acoso, el señalamiento y el matoneo. Y la lista podría seguir. Son los aficionados la minoría que reivindica el derecho a torturar animales como pasatiempo dominical, no los chicos de las escuelas ni los toreros jóvenes, que al final de cuentas persiguen un sueño.

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La afición a las corridas de toros cumple con el viejo precepto de ser hereditaria: es común que al hijo de un aficionado, como Juanita –la única chica de la Escuela Pimentel–, le guste la fiesta brava. Ella retoma una vida parecida a la de su padre: recupera, conserva y reproduce. Es una tradición, una idea de otros tiempos, pero al final se trata de una práctica generacional.

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El padre de Juanita es ganadero.

El abuelo de David fue novillero.

El padre de Cristian es amigo de Cesar Rincón.

El hermano mayor de Santiago debutará en Madrid en un par de meses.

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Ahora el sol golpea con fuerza. Arde en los ojos. Son las tres de la tarde, Nossa me invita al ruedo de la plaza. Los chicos acomodan sus capas y espadas de entrenamiento. El más pequeño corre por el burladero con unos pitones en las manos, llega hasta una puerta y entra a un callejón cubierto por un pasto mal cortado. Sale corriendo con los pitones en lo alto, que lleva en sus brazos extendidos. Simula ser el toro que entra al ruedo. El chico corre apenas unos metros, la arena mojada no es un terreno firme, le rompe las piernas. Los otros chicos se han ubicado en la barrera y la contrabarrera. Cristian me cuenta que hace un mes descargó una lista de canciones para crear el ambiente de toreo en la clase: pasodobles en su mayoría, algunos flamencos y música andaluza. En tanto, Nossa toma la carretilla con la cabeza del toro y David lo recibe con una chicuelina. Luego va por las banderillas, las pone, pero se caen dejando un reguero de paja en la arena. Lo intenta de nuevo y se van al suelo otra vez. Luego va con la muleta y la pierde. La carreta casi lo golpea en la cabeza. Torea. Intenta matar pero pierde su muleta, se retira con cara de decepción.

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Luego sale Camilo, que quita la arena de sus tenis y se ajusta la pantaloneta. Le da ocho pinchazos al toro relleno de paja y logra “matarlo” con una estocada trasera. Los demás chicos lo aplauden desde la barrera, otros le toman fotos y ríen entre ellos. Luego van a entrenar con la carreta: pinchazos, volteretas, caídas. Aquí se aprende y se aplaude y se anima. No se aburren, a pesar de que Nossa es un tipo serio y duro cuando cometen errores. Mientras Camilo “mata” al toro de paja, Santiago deja los pitones en el suelo y corre por el burladero, luego de un rato descansa y toma asiento en la barrera, observa atento las indicaciones de Nossa a sus compañeros, que esperan entre risas y empujones el llamado de su profesor para la lección de hoy. Cuando Camilo, Cristián o Juanita llegan hasta la mitad del ruedo con su capa para seguir las indicaciones de Nossa, dejan de sonreír y su rostro adquiere una expresión seria, ceremoniosa, al igual que su forma de caminar: la espalda recta, la cabeza erguida y los brazos al compás de una marcha personal. Allí, justo en ese momento, dejan de ser los adolescentes comunes y corrientes para dar paso a la actitud de los toreros, la pose de vivir en la lucha contra el toro de lidia, que se debilita cuando Nossa habla con severidad.

Los chicos parece que fueran a llorar en sus momentos de frustración. Todos tienen un sueño, la ilusión de una buena tarde en la plaza de toros.