TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Renata Rincón Viernes, 25 Marzo 2016

 
Arturo Vittori llegó por primera vez a Colombia sin expectativas pero con la idea de brindar agua potable a los wayuu. En las creencias de la etnia, cuando la lluvia se encuentra con la tierra nace el ser… y hace varios años que no cae una gota. 

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rturo sabía que los indígenas sufren una situación muy delicada y lo impactó encontrar a un pueblo en una especie de depresión colectiva. Si bien los líderes de la comunidad luchan jurídicamente por el derecho al agua contra quienes señalan que se lo han arrebatado, también miran al cielo y se preguntan por qué Dios (algún dios) les niega la lluvia. Ellos le enviaron una carta a Arturo contándole su situación y explicándole que la tierra y el sol estaban peleados. Él se comprometió a ayudarles. 

Italiano, arquitecto y artista, Vittori ha creado refugios para astronautas en la luna y soluciones futuristas de transporte aéreo y espacial, inspirado en el funcionamiento de la naturaleza para sus diseños. Su misión de este primer viaje a La Guajira era intentar entender a la tierra y a los habitantes milenarios de esta península para saber si su proyecto social, la Warka Water, funcionaría allí.

Su invento es una torre de bambú que juega con la temperatura y la humedad para condensar gota a gota unos cuantos litros de agua cada día, suficientes para garantizar la vida de una pequeña población. Ya funcionó en Etiopía, donde una comunidad la elaboró con sus manos y materiales, sin irrespetar tradiciones ni creencias. No hay perforaciones en el suelo, no se requieren combustible ni mucho dinero. Se trata de una solución local para una problemática local. Solamente hace falta sumar a las condiciones climáticas adecuadas un alto sentido de pertenencia por esta fábrica artesanal de agua. Arturo es el guía, no un mesías, y su preocupación es la sostenibilidad. La torre debe servir para garantizar la vida de los lugareños y la preservación de su cultura, una respetuosa de la naturaleza.

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El diseño no funciona en cualquier parte y menos sin personas que comprendan la esencia de la warka. No falta el ingeniero que se cree indispensable y la critica por no ser una megaobra o el colombiano seguro de que vino un europeo buscando fortuna a costa de los indígenas. Por fortuna, la actriz colombiana Cony Camelo sí comprendió la idea. Probar esta solución en La Guajira cumplía con los postulados de Arturo Vittori y era consecuente con la cosmogonía de los wayuu.

El viaje desde Italia se dio más de un año después de establecer el contacto inicial, cuando Arturo decidió poner atención a aquella colombiana insistente. Los wayuu sintieron que tanto él como Cony los trataban como iguales y no como los “pobres indígenas”. Esta fue una de las pocas etnias que resistió la conquista de los españoles pero hoy, en el año 2016, tiene muchos enemigos. Está diezmada por la naturaleza, por la desidia estatal, por el narcotráfico, por la explotación minera y por la corrupción.

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Mientras llegaba la fecha del viaje, a mediados de febrero, los wayuu buscaron en internet unas palabras en italiano para recibir al extranjero y se dispusieron a aprender todo aquello que él pudiera enseñarles, incluso si la warka no funcionaba. Desde el inicio, Arturo fue muy claro para no crear falsas expectativas: el derecho al agua es algo que él no puede prometer.

separadorMisión: producir agua

La travesía de Arturo a La Guajira duraría apenas tres días. Antes de tomar el vuelo de Bogotá a Riohacha, quería compartir con investigadores y académicos la filosofía que representa un invento como la warka. Luego de exponer el proyecto durante un par de días, quedó sorprendido con el entusiasmo de los estudiantes de la Universidad Javeriana, institución que apoyó a Cony en el proyecto Tierra Fértil, como ella bautizó a la iniciativa de querer devolver a La Guajira su capacidad de florecer con sus habitantes originales.

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Tanto Cony como Arturo necesitarían manos y apoyo para lograr su cometido. Por eso, sonreían mientras decenas de personas trataban de acercarse a ellos como si se tratara de celebridades de Hollywood. Vittori permanecía cordial y amable, al tiempo que lidiaba con la incertidumbre. A pesar de haber dormido pocas horas, permaneció atento a quienes intentaban explicarle la realidad colombiana.

Más allá de preguntar a quienes iban a viajar sobre su rol en este proyecto, analizaba las personalidades. Era su primera vez en Colombia y solo sabía de Cony. Los otros ocho tripulantes eran desconocidos, todos voluntarios. Dos Catalinas, Rincón y Fernández, muy cercanas a la actriz, encargadas del registro audiovisual y apoyo general; Luis Mayorga, director de la Fundación Challenger, que destina recursos para unos programas sociales en La Guajira y se ganó el cupo por su nivel de compromiso con la causa; José Ignacio Valderrama y dos compañeros, del Grupo Creación y Desarrollo, responsable de contactar a la Javeriana y a la Policía Nacional; Felipe Novoa, fundador de una empresa que dona 50% de sus utilidades a causas sociales, y a última hora descubrió que aún quedaba un cupo en los helicópteros; y, por supuesto, esta periodista, que también apoyó la logística.

El vuelo aterrizó en Riohacha al medio día. Una comunidad esperaba la visita de la comitiva a la altura de Bahía Portete, un lugar donde una masacre paramilitar desplazó a cientos de indígenas en 2004. En su cosmogonía, los dioses designaron un espacio territorial para cada uno de los wayuu, sacarlos de allí representa una condena a la extinción. La tierra es lo más sagrado para ellos.

El grupo se dividió. Unos se fueron en el helicóptero y Arturo, las mujeres y los guías y gestores de este viaje, de la organización Wayuu Araurayú, se subieron en tres camionetas de esas que en el imaginario colectivo son de narcos pero que aquí se usan para atravesar el desierto. A la salida de Uribia, la caravana se detuvo un instante en un terreno lleno de pedazos de plástico. A lo largo del recorrido, el italiano quedaba desconcertado al ver tanta basura. En este caso, eran las bolsas que se usaban para cubrir las pimpinas de gasolina de contrabando, cuando se comerciaba el combustible antes del cierre de la frontera con Venezuela y del fin del negocio. El problema de la gasolina termina sumándose al del agua: las bombas que requerían combustible se oxidaron. Los indígenas están cansados de explicarles a los servidores públicos que así existiera una máquina mágica fabricadora de agua, no funcionaría si requiriera de combustibles fósiles para andar. Por eso la warka es viable: no los necesita.

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También están agotados de mostrarle al Estado que los macroproyectos difícilmente van a funcionar en esta árida península. Bastó con mirar a la izquierda al inicio del trayecto para ver vacía la Terminal de Transporte de Uribia. Cuando un wayuu quiere viajar desde la Alta Guajira hasta allí, solamente tiene la opción de reservar con tiempo un cupo en un camión que sale semanalmente, en el que hay que ir de pie durante siete horas, con un costo de setenta mil pesos. La terminal es una obra de casi ocho mil millones de pesos que no responde a las necesidades de la gente. Es un chiste de muy mal gusto para los wayuu: “pa qué zapatos si no hay casa”, como dicen en La vendedora de rosas.

A la altura del Cabo de la Vela, se gira a la derecha tierra adentro, se acaba la última carretera medio pavimentada de este trayecto y empieza una especie de rally. Al inicio, hay trochas donde los niños wayuu atraviesan cuerdas para hacer peajes a los vehículos: los que los conductores están preparados para pagar con paquetes de galletas o dulces en lugar de dinero. De ahí en adelante, ni siquiera hay trochas, las camionetas avanzan por donde pueden y los visitantes saben que este camino nunca será olvidado por sus riñones.

Arturo no paraba de trabajar. En su búsqueda de materiales nativos que pudieran servir para construir la warka, observaba cómo los cactus locales, cuando se secan, dejan ver en su interior una especie de madera. Se trata del yotojoro, un material que resiste a la lluvia y al calor y del cual preguntó si podía tomar una muestra para analizar, pues seguramente será esencial en la torre de agua. También hacía las mediciones de humedad y viento con un aparato amarillo tan grande como su mano, capaz de arrojar datos primordiales. La escena se repitió toda la tarde: las cifras determinarán si la condensación es posible en esas áreas.

Un par de horas más adelante, llegaron por fin al colegio de la comunidad Zukaramana, del corregimiento de Irraipa, donde las mujeres se pusieron sus mejores galas aunque no sabían a quién iban a recibir. Arturo les preguntó si la noche es igual de húmeda al día, si los cambios de temperatura son radicales y si siempre el viento es así de fuerte, pues salió volando varias veces el sombrero tejido que acababan de regalarle. El viento podría tumbar a la warka y habría que modificar el diseño allí.

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Las mujeres también hicieron un recorrido con los visitantes por la ranchería, donde hay varios chivos –el animal más importante para ellos porque representa poder– que, por la falta de agua, debe beber el líquido dentro de los cactus aunque vuelva amarga su carne. Sin embargo, hubo queso costeño, chivo asado, chivo sudado, salpicón de tiburón, plátano asado, sierra frita, arroz y chicha para los visitantes. Arturo se veía sereno y, a la vez, desconcertado. No entendía por qué había tanta comida si supuestamente los niños mueren de hambre; tampoco lucía optimista respecto al funcionamiento de su invento en ese lugar. De pronto se acomodaban más los diseños de los sabelotodos que se acercan a Cony insinuándole que Vittori es un charlatán.

Mientras el sol naranja se desvanecía en el horizonte entre los cactus, no se veía un solo carrotanque, de esos que salen en los noticieros y convencen a la audiencia de que el asistencialismo es la solución. Antes se contrataban conductores de Bogotá y no de La Guajira para llevar el agua hasta las rancherías más apartadas y jamás llegaban a su destino porque cualquiera que no sea de la región se pierde en el desierto. Eso sí: en época de elecciones, los candidatos logran que los vehículos lleguen a donde sea y, lista en mano, solamente les dan agua a quienes han asistido a las actividades de campaña.

En el camino tampoco se veían niños desnutridos y uno de los guías explicó la razón: los familiares los esconden. Pero existen y han muerto muchos más de los que se reconocen pues son como fantasmas. Al parecer, algunas jornadas de la Registraduría por la región estaban dirigidas a niños de 0 a 5 años, y no a sus hermanos mayores ni a sus padres ni a sus abuelos, así que para el Estado no hay prueba de la existencia de varios wayuu.

Caída la noche, todavía faltaban unas cuatro horas de recorrido. Hasta ahora, la punta norte de Colombia lucía como el apocalipsis, un árido paisaje que recuerda a películas como Mad Max, pero en lugar del guitarrista metalero, la banda sonora es vallenato ventiao. El cansancio le ganó a Arturo y le pasaron un cojín para el cuello: parecía un muñeco de trapo cada vez que cerraba los ojos. Dormir dentro de una camioneta que alcanza los cien kilómetros por hora, en zigzag a través de pequeñas dunas, solo es posible cuando ya no se tienen energías. Eso sí, en cada parada, él seguía haciendo sus mediciones y anotándolas.

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Puerto Estrella

A las once de la noche, Vittori llegó a su destino. Al otro día, fue el primero en levantarse y ya estaba trabajando, perfectamente peinado como un italiano de película. Con su computador portátil, se sentó en las afueras de la casa de un habitante de Puerto Estrella, frente al mar. Quiso zambullirse, pero temía que los pocos baldes de agua dulce no bastaran para quitarse la sal del cuerpo.

Vinieron dos reuniones burocráticas –el tradicional “por eso le digo” de los colombianos– que no le dieron tiempo a Arturo para hacer estudios y se molestó. Aún no había visto el primer pozo de los que le habían contado y le quedaban solo 24 horas en La Guajira. También mostró su incomodidad porque la tercera camioneta se recalentaba constantemente y frenaba la caravana, que aún debía llegar a Nazareth. Ningún vehículo debe separarse de los otros porque, si falla uno, los conductores de los otros pueden ayudar y así nadie queda abandonado en el desierto.

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Con el sol más fuerte, al medio día, por fin Vittori estaba frente a la tragedia más grande para los wayuu: el jagüey vacío. El hoyo gigante en la arena, recolector de la lluvia y sinónimo de vida, lleva seco casi seis años. Azael García Maasimai, líder de su comunidad, transmitía toda la angustia de los indígenas en su rostro y miraba al cielo sin entender por qué Diosito no les enviaba nada. Ellos creen que es porque no han hecho una fiesta para llamar la lluvia, con el rito de la Yonna, tambores, chicha y sacrificios de chivos y ganado. Pero, ¿cuáles animales van a sacrificar?

Luego del jagüey, siguió una visita a un molino para extraer agua, construido hace seis décadas, según dicen los wayuu, en la época de Gustavo Rojas Pinilla. Después de permanecer quieto por cinco años, el artefacto por fin recibió mantenimiento. Entre el Ministerio de Vivienda y la ONG Oxfam han logrado revivir varios pozos con poco dinero. Esta reparación costó alrededor de quince millones de pesos, pero con solo diecinueve mil pesos han reactivado otros a los cuales les fallaba solamente una pequeña pieza. Tanques y pozos de máximo veinticinco millones de pesos también han empezado a salvar la vida de los indígenas, aunque algunos ciudadanos de las urbes insisten en que esas son soluciones del siglo pasado, que hace falta una represa gigantesca. No obstante, una frase se repite entre los wayuu: “lo grande aquí no canciona”.

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El verdadero oasis

Avanzada la tarde, la caravana llegó a la Serranía de Macuira. Arturo se sorprendió al ver que en medio del desierto existe un oasis que podría ser el punto de partida para las warkas en la región. Paradójicamente, allí no las necesitan mucho, aunque no les vendría mal tener agua potable y un poco de sentido de pertenencia. La basura es la especie más frecuente en el lugar. Vittori no comprendía por qué los habitantes no mantienen limpio este paraíso.

El equipo estaba agotado y Arturo, lleno de energía. Mientras se redactaba el documento en la oficina de ingreso nocturno al Parque Nacional Natural y se pedía a las autoridades wayuu la entrada a ese lugar sagrado, hubo una hora para el turismo. En una tienda de artesanías, Arturo dejó la ciencia y la calma y mostró el occidental que lleva dentro, pidiendo pesos colombianos para cambiar por sus euros y satisfacer su espíritu de comprador compulsivo de mochilas.

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Un líder indígena se acercó y les contó a todos que un par de semanas atrás había visto el capítulo de National Geographic en el cual muestran la warka en Etiopía y le había pedido al cielo una visita de ese italiano. Estaba maravillado porque se le cumplió el deseo muy rápido.

Hacia las ocho de la noche, los permisos fueron concedidos. Solo había un par de horas para cenar, descansar, tomar un chinchorro e irse a la montaña, a continuar las mediciones e intentar dormir. El acceso no era tan simple: había que beber y escupir chirrinchi como parte de un ritual. Arturo lo hizo sin problema, aunque sin mucha convicción. Aún así, los indígenas manifestaron que la visita nocturna se dio en paz y armonía, seguramente porque el italiano llevaba un aporte para todos.

La noche fue fría, nadie estaba preparado para estas temperaturas en La Guajira. Quienes solo respaldaban al grupo buscaron dónde colgar los chinchorros prestados y quienes apoyaron la toma de las mediciones climáticas, durmieron en pleno cementerio, el lugar más sagrado de los wayuu, donde se encuentran sus antepasados. Las incomodidades no le quitaron a Arturo la sonrisa y, a las cinco de la mañana, estaba contemplando la naturaleza de pie sobre una roca. Era hora de afirmar “misión cumplida”: encontró un punto para instalar la primera warka a más tardar en octubre de 2016, un nuevo proyecto que está siendo estructurado en este momento con la ayuda de varias universidades. Allí funcionará con seguridad, según lo que indican sus herramientas.

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Visiblemente agotado, Arturo había descubierto el punto de partida para su compromiso. Relajado, hacia el medio día, en el camino de Nazareth al helipuerto, solo le faltaba admirar un gran monumento a la corrupción nacional. Los carros se detuvieron para observar con detenimiento un par de molinos generadores de energía eólica de una sola pala, oxidados, que no han generado nada y sí costaron miles de millones. Dos gigantes desperdiciados.

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Un rato más tarde, Arturo se subió a un helicóptero de vuelta a Riohacha. Por las ventanas se veían decenas de jagüeyes vacíos, donde seguro había otros indígenas deprimidos como Azael y otros tantos muriendo de hambre.

Ya en Riohacha, a la hora de despedirse del equipo, Vittori por fin preguntó cómo llegó cada uno a involucrarse en Tierra Fértil y fue enfático en que ese era el principio de todo. Para ese entonces, ya sabía en quién confiar plenamente. Contrario a lo que se podría pensar para alguien tan tranquilo, la intensidad de Luis Mayorga –quien resolvió numerosos inconvenientes durante el viaje–, lo hizo volverse su nuevo amigo. Entre él y Cony, prepararán el próximo viaje y coordinarán a quienes se ganen esos nuevos cupos para ayudar a los indígenas.

Para Vittori, el proceso en Colombia será más rápido que el de África, pues allá no tenía el apoyo de nadie. A Etiopía viajó solo y superó todos los obstáculos que pasó Cony en La Guajira. El siguiente paso es lograr que los wayuu se apropien de una warka.

Su viaje con este grupo terminó y él se fue feliz de La Guajira. Los habitantes de la Serranía ya han enviado materiales nativos a los líderes de la organización Wayuu Araurayú, quienes aseguran que la visita de Vittori sí ayudo a hacerlos más conscientes de sus riquezas culturales y naturales.

Sin embargo, la preocupación de Cony no cesa: aunque la warka funcionará en algunos lugares para que los wayuu beban agua potable, falta encontrar una solución para las tierras más áridas. “En este viaje nos les comimos el chivo, nos bebimos su agua y aún no les hemos llevado una gota. Cuando lo hagamos, ese día sí podremos celebrar”. 

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