ILUSTRACIÓN: Germán Gonzáles Martes, 27 Octubre 2015


Hace unos meses lanzamos una convocatoria buscando relatos que no tuvieran muchas palabras. El resultado nos llenó el correo y nos obligó a hacer una selección cautelosa de ocho historias. Aquí presentamos las primeras cuatro.

Sin-retorno

Sin retorno
Por: Fabián Mauricio Martínez G.

Desde el inicio de la lectura estaba perdido. Se encontraba atrapado en esas hojas color amarillo y, aunque las letras mudaban de piel y los escenarios de paisaje, su existencia ocurría en las líneas de esos párrafos infinitos.

Quiso escapar descolgándose de la última palabra del capítulo pero aterrizó en la cubierta de un galeón tripulado por cadáveres. Horrorizado, se arrojó al mar, pero al zambullirse, el hombre se vio cayendo en el vacío de una noche sin luna.

Con el peso de su cuerpo destruyó el tejado de una de las casas y espantó a los gatos que retozaban en las sombras.

En la calle, rengueando y con el rostro bañado en sangre, suplicó al cielo pero los ojos inquisitivos del lector lo obligaron a emprender el relato sin retorno.

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La-chica-del-tubo
La chica del tubo
Por: Laura Coll

Esta vez era ella asida al tubo, sus movimientos armoniosos no dejaban de tenerlo atónito. Él, que en la vida había probado mujer alguna, olido mujer alguna o sentido mujer alguna, la observaba de a pocos. Esas caderas… ¡Uffff!! ¡Qué caderas! Se movían lentamente a un compás lento, muy lento a su modo de ver. Su cara sexy era un sueño. Imaginaba sus labios carnudos color cereza rozando los suyos, sus ojos mirando con deseo a ese hombre que la quería para él (solo para él) y que ella por primera vez en su vida se sintiera de él (solo de él). Es así como en el altar de las manos de ella él caería, y ella en el altar de sus caderas se movería para él (solo para él). ¡Mierda! Erección.

El bus en el que iba se detenía de a pocos en un contoneo constante, ella soltó el tubo y caminó en dirección a la puerta de salida.

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Viejos
Viejos
Por: Willian Fernando Garzón Ruiz

El viento que viene del mar sopla fuerte y, sentado en la playa, un hombre mayor ve alejarse el sol en la distancia. Una mujer que le asemeja en edad se sienta a su costado mientras sumerge sus dedos en la arena. Él la observa y sonríe:

—Te lo dije, aquí te esperaría.

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El-gato-sin-ojos
El gato sin ojos
Por: María Camila Segura Matiz

Un gato sin ojos se posó en mi ventana. Olfateó como un perro y me dijo que lo mirara. Quería verme en sus fanales, delineados ojos negros, redondos, espejados. Pero yo era solo un niño y mi reflejo vacilaba. El gato me besó la mano y posó su cola en mi hombro y siseó murmurando palabras que aún no descifro.

Un día, fui a la iglesia a visitar al padre Matías, el gato sin ojos me acompañó como lo hace desde que llegó a mi ventana. Me senté en la primera banca de la iglesia; la más rayada, la que está al lado del agua bendita. Me rocié algunas gotas en la frente, pero la cruz no parecía quedar marcada, no me mojaba.

En la última fila había tres mujeres llorando, una de ellas era mi vecina; lloraba acongojada, con un manto blanco en su cabeza y acariciando un rosario de madera exclamaba: “Dios, mantenlo en tu regazo”. Yo no entendía qué sucedía.

Había un arreglo floral a la izquierda del altar; allí estaba el padre Matías, afligido igual que Tránsito, mi vecina. Quise acercarme a saludar, a preguntar qué pasaba, pero el gato sin ojos me detuvo rasguñándome el tobillo. Vi que en la entrada de la iglesia la multitud observaba un cartel roto que decía:

Las exequias del niño José Luis Ferreira serán esta tarde.

“Ese es mi nombre”, pensé. Y el gato sin ojos, con un ruido ensordecedor, rió hasta que sus ojos volvieron a salir.

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