ILUSTRACIÓN: John Joven Miércoles, 02 Diciembre 2015


Presentamos cuatro relatos más de nuestra convocatoria. Le prometemos que no le quitaremos mucho tiempo leyendo estos pequeños relatos.

Dos-libros-en-lugar-de-los-pulmones

LECTURAS OBLIGATORIAS
Por: Santiago Erazo
Dos libros en lugar de los pulmones
Paul Celan

El balonazo en el pecho lo botó al suelo. Rodeándolo en un círculo, sus compañeros de equipo con impotencia lo miraban revolcarse, como si el aire que le faltaba lo pudiese atrapar entre las briznas de pasto. Vinieron la ambulancia, el viaje al hospital, las primeras atenciones, las visitas familiares y un parte médico: perdió tanto aire que sus pulmones se achicaron como un par de fríjoles. Sin embargo, despertó y, con él, las preguntas, la curiosidad de los noticieros, y las incertidumbres pues no había un solo donante de pulmón. Restaba un día para que el plazo mortal se cumpliera y su cuerpo sin oxígeno terminase siendo un globo desinflado. Llamó entonces al médico y, sin voz sino en un papel escrito, dijo: “Quiero que me pongan dos libros en lugar de los pulmones”. El escándalo fue mayúsculo, tanto como la discusión que congregó a dos bandos: los que lo apoyaban y los que no. El tiempo pasaba y los doctores en el hospital se inclinaban por la autonomía del paciente. Entonces se planeó la cirugía con su respectivo trasplante: las dos partes de Don Quijote. Y tras la recuperación satisfactoria, todos en la ciudad finalmente entendieron que si se topaban con un hombre caminando con un libro cubriéndole la cara no lo distraerían: sabían que, si él dejaba de leer vez tras vez “En algún lugar de la Mancha cuyo nombre no quiero acordarme”, el desplome sería inevitable. 

*** 
laura
LAURA
Por: Camilo Andrés Ortega

—Buenas tardes, ¿tiene pelucas de cabello natural?

—Sí señor.

—¿Tiene una rubia, preferiblemente de una o varias veinteañeras?

—¿Es para una vitrina?

—No, es para masturbación. Le agradecería si tiene alguna que venga de una llamada Laura. 

*** 
el-reloj
EL RELOJ
Por: Cristina Lesmes Rubio

Buscó minuciosamente pero no encontró nada.

Estaba convencido de que estaba ahí, ¿dónde más podía haberlo perdido?

No entendía cómo había sido tan estúpido para extraviar tan valioso reloj, pero de nada servía quejarse, encontrarlo sería más que suficiente.

Porque, por su pérdida del juicio, había podido extraviarlo en cualquier parte; no precisamente en su lugar de trabajo, donde cada sábado hacía dotación de fármacos.

Como fuese, había recorrido los cuatro pisos del edificio varias veces sin encontrar su preciada joya, y su pérdida le pesaba más en la conciencia que en la muñeca.

Tenía que recuperarlo.

Aunque ahora solo quería recordar lo ocurrido el sábado anterior, con Lucía y Juan, después de tanto celebrar en el bar.

Cansado de buscar en los pasillos decidió salir a tomar aire; observó varios desconocidos, se sentó en la hierba y recordó el mensaje de Lucía en su móvil: “No trabajes más, te estamos esperando donde siempre, ¡buenas noticias!”.

Solo escucharla le producía felicidad…

¡Eso era!

Debía visitar ese bar.

Se levantó corriendo, pero justo antes de llegar a la salida sintió un corrientazo en la espalda y cayó. Sorprendido, trató de levantarse, sin lograrlo.

Solo cuando volvió en sí, momentos después, fue consciente de su vestimenta y escuchó por enésima vez, entre sus rebeldes gritos, que aquel sábado, diez años atrás, él mismo había degollado a Juan y a su novia encinta, alegando que ese bebé era suyo. Eso después de que ambos le contaran la gran noticia, obsequiándole un reloj de cumpleaños. 

*** 
Anda-conmigo
ANDA CONMIGO
Por: Juana Restrepo

Clara baja por los escalones en busca de un poco de sol. Ha perdido sus lentes, y con la visión borrosa camina a tientas, mientras toca las paredes. De repente, escucha un chillido. Proviene del suelo. Se atreve a tocar aquella cosa peluda que la olfatea. “Visión –le dice–, ándate a caminar conmigo”.

 

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