POR: Cindy Paola Gómez Prada ILUSTRACIÓN: Silvana Bossa Martes, 25 Agosto 2015

 

Would you hold my hand if I saw you in heaven?

Would you help me stand if I saw you in heaven?
ERIC CLAPTON
A

bandonó a Morfeo por las fuertes campanadas de su antiguo reloj despertador. Incapaz de abrir los ojos por una fuerte capa de lagañas, tanteó sobre la mesa de noche para apagar el ruido infernal y monótono que alteraba sus nervios a propósito. Crac. Despegó los párpados con la ayuda de sus manos y, desde el piso, una sonrisa desencajada, sin rostro ni labios, le dio los buenos días. ¡Maldita sea!

Comenzó a separarse de la cama en una letanía de incapacidades: la de voltearse sin parecer una tortuga resistiendo a la forma impía de su caparazón, la de sentarse sin sentir que su columna se quebraba ante cualquier esfuerzo como un tronco apolillado, la de poner los pies sobre las baldosas heladas sin sentir tachuelas clavadas por toda la superficie de sus plantas, la de buscar las pantuflas debajo de la cama sin acudir al rascador de espalda con forma de mano, la de agacharse sin terminar en el piso para poder recoger la dentadura que se burlaba de él a sus pies, la de destrozar el desayuno con su boca desarmada.

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Desistió. Era demasiado temprano y estaba demasiado solo. Elena había muerto seis años atrás a pesar de que él era quien había sufrido infartos, fumaba y necesitaba tomar un mínimo de dos pastillas con cada comida. Ella, que salía a trotar en las mañanas y comía toda clase de verduras, murió del cáncer que la consumía con cada bocanada despedida del otro lado de su cama.

Ante el descubrimiento de una nueva incapacidad –la de quedarse dormido– decidió recordar todo lo que había olvidado de sus años con ella. Le era imposible recordar su olor –que desde su juventud siempre fue el mismo–, el último regalo de cumpleaños que ella le compró, la fecha de su boda –posiblemente lo primero que olvidó, siempre fue pésimo para recordar las festividades–, la posición del diente que le faltaba, el estampado de su vestido favorito –¿flores?, ¿mariposas?–, el pie que tenía un lunar en la planta, la textura de su piel cuando se erizaba al contacto de sus dedos.

Recordó de paso lo incapaz que era de sentirse bien sin ella. Ahora era un viejo tirado en una cama, un cúmulo de arrugas del que nadie quería entenderse. Elena. Elena. Elena. Elena. Repitió su nombre hasta que perdió sentido ese conjunto de letras.

La puerta. La chapa cedió ante el objeto que penetraba con dificultad en el orificio delgado dispuesto a recibirlo. Un giro sucedió dentro de ella y, en un estremecimiento, abandonó cualquier resistencia. Los goznes oxidados chirriaron ante la fuerza que ejercía un brazo desde la calle. Ecos de pasos sordos llegaron hasta la habitación. La luz y el frío de la mañana se colaron por el umbral acompañados de una sombra abundante: la nueva enfermera. Su nombre era Alicia.

Alicia buscó las pantuflas, recogió la caja de dientes, giró el cuerpo envejecido, lo ayudó a sentarse y a pararse. Caminaron juntos hasta la cocina. Ella borraba con su dorso las lágrimas causadas por las heridas de la cebolla, que yacía impotente ante los ataques del cuchillo. Alicia le preguntó al viejo si quería carne o huevo para el caldito. Sin dar respuesta, él también lloraba.

Ella se decidió por el huevo. Dejó la olla en el fuego. Con las manos oliendo entre jabón de platos y cebolla, acarició los escasos cabellos que aún le quedaban al anciano. Le repitió a modo de consolación que no se preocupara, que el caldo le caería bien. Él guardó un silencio triste, uniforme e incomprendido.

El uniforme blanco se apretaba, impecable, contra sus enormes caderas mientras buscaba el único plato hondo y tarareaba una canción apacible. Puso el caldo sobre el mantel raído y, sentada al frente del viejo, lo miró con un cariño antiguo y puro como el color de su traje. Él abrió la boca para sorber un poco de lágrimas y desayuno, pero entonces de su boca se escapó un largo lamento en voz baja.

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—Dígale a mi hijo que gracias por recordarme que soy un incapaz. Y a usted muchas gracias por venir a cuidar a este anciano inútil. ¿Sabe? Esa balada que cantaba era la favorita de Elena, mi mujer, que en paz descanse.

—Es hermosa —suspiró—, perdón si le traje un mal recuerdo.

—No, al contrario —respondió el viejo—. Es, posiblemente, lo único que recuerdo con exactitud de ella. Así que gracias por eso también. Ella —prosiguió— era la mujer más capaz del mundo y yo, su opuesto, no puedo ni levantarme de la cama como una persona normal. Si me viera como usted me encontró esta mañana, estoy seguro de que sentiría vergüenza. Ella me ve desde el cielo y no me ha llevado con ella porque soy un completo incapaz.

—No diga eso. No esté tan seguro.

Alicia comenzó otra vez a batirle los cabellos.

—Would you know my name…

El viejo sintió tanta paz que el sueño se fue apoderando del control de sus párpados.

—…if I saw you in heaven?

No había notado que ella tenía una voz angelical.

—Would it be the same…

Vaciaba sus pensamientos en esa canción.

…if I saw you in heaven?

Cuando Samuel fue el domingo a su visita de rigor, encontró a su padre helado, con un plato limpio al frente y una cuchara igualmente limpia en su mano izquierda. No había ollas sucias ni rastros de comida en toda la cocina. Su padre sonreía como no lo había hecho en años. Llamó a contarle a su mujer, luego a la funeraria. No podía evitar sentirse acongojado, era su padre, pero se sentía feliz de saber que había muerto sonriendo. Tampoco pudo evitar tararear la canción que proferían sus labios.

—Would you know my name if I saw you in heaven?

 

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