POR: Nicolás Rodríguez Sanabria ILUSTRACIÓN: Edgar Andrés Rozo Miércoles, 18 Mayo 2016

CUNTOS2

 
Hace unos meses convocamos a escritores que se atrevieran a contar un cuento muy corto inspirado en esta ilustración. Aquí está el ganador, que se nos apareció en una lata de aerosol.

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Hasta de Alberto me olvido cuando veo el aerosol levitando a la altura de mi pecho. Arriba, el cielo gris, parches azules y una luna precoz. Abajo, la calle gris, colillas y papel arrugado. A la derecha… nadie por aquí y me acuerdo de Alberto que me vuelve loca. A la izquierda, muros y postes sucios anuncian un perro perdido: SE BUSCA; la foto de Alberto debería estar ahí.

Pero al frente, el prodigio: una lata verde de aerosol que vuela como pendiendo de un hilo invisible. El bruto de Alberto no me va a creer.

Veníamos caminando:

—Vas a ver, Casandra, ese apartamento me lo consigo relajado —me decía.

—Bonito sí es.

—Sí, pero no me gustaría vivir solo ahí. 

—A mi sí.

—Pues yo me iría contigo —pausa y stop, se detuvo así, dramático, como le gusta ser; yo seguí caminando—. ¿Tú, Cas, irías conmigo? —le escuché decir detrás de mí. 

—Ya quisieras, antes faltan cositas —y me reí, a ver si con eso adivinaba que sí, pero que yo no me voy con cualquiera. 

Alberto quedó atrás. Yo andaba orgullosa; me tendrá que alcanzar el tonto este, pensaba, pero el tonto ese no me alcanzaba. Me tocó voltearme. Alberto, arrodillado, se había amarrado los zapatos y de un tirón se ponía de pie. Dio media vuelta y echó a andar para el otro lado.

—Alberto. ¡Alberto! ¡ALBERTO! —le fui subiendo al volumen pero de nada sirvió, se fue sin decir nada. 

Me quedé viéndolo hasta que desapareció. Hasta ahí me dio el drama, tampoco lo iba a perseguir. Di otro giro de ciento ochenta y aquí estamos: el verde aerosol. 

Lo tomo de un raponazo. Nada. Es una lata de pintura como cualquier otra –imagino yo que nunca he tenido una en la mano–. La sacudo, como he visto que hacen, y estiro el brazo encañonando al aire. Disparo.

Ni pintura ni aerosol, sale un tipito de sonrisa desmedida, seis brazos, turbante verde y cinturón de obrero.

—¡Te concederé un deseo perturbante! —me dice a carcajadas. 

Acaso Alberto me vuelve loca de verdad, que hasta genios veo. Me entran ganas de estrujarme los ojos, de pellizcarme el brazo, pero el dramático es Alberto y no está.

—¿Per-perturbante? —¡ay!, se me escapa un poquitico de drama en el tartamudeo.

—¡Sólo uno perturbante!

Aunque el bicho se ríe, sé que está hablando en serio y me pongo seria yo también. Olvídense del de Alberto, este sí es un mal genio.

—Perturbante cómo, ¿pervertido? ¿A quién debería perturbar?

—¿Perturbar? —la carcajada del siglo suelta el genio—. ¡No! Un deseo per-tur-ban-te, ¡no perturbador! ¡Necesito sacrificar un turbante por cada deseo concedido!

—¡Ah! Uno per-turbante… —pausa y stop, me detengo así, dramática, como a Alberto le gustaría, porque el bruto ese no es tan bruto. Alberto no se amarraba los zapatos, se arrodillaba para otra cosa. Le pongo replay: “¿Tú, Cas, irías conmigo?”, pero eso no es lo que preguntaba Alberto, era “¿Te casarías conmigo?”; ¡ay!, la bruta soy yo.

 

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