POR: Nicolás Rocha Cortés Miércoles, 17 Agosto 2016

En el Desierto de la Tatacoa la oscuridad es profunda, el silencio perpetuo
y la tierra color ocre.
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e donde vengo los ríos son de gente. A siete mil pies de altura y por una pequeña ventanilla, el imponente cauce del Magdalena se deja ver entre las nubes. En el departamento del Huila, las Cordilleras Central y Oriental abrazan los caminos que alguna vez fueron transitados por indígenas paeces, pijaos y totoyoes. Ahora, con camisas abiertas para socavar el calor y usando sombreros de suaza, sus habitantes caminan por las calles de Neiva.

El Aeropuerto Benito Salas recibe vuelos de Avianca, Líneas Aéreas Suramericanas, EasyFly y Searca. Está ubicado al norte de Neiva y cuenta con servicio de taxi las 24 horas para transportarse al centro de la ciudad, donde se encuentran la mayoría de hoteles. Al ingresar a Neiva se encuentra una gran variedad de lugares para pasar la noche, las habitaciones pueden valer desde $30.000 hasta aproximadamente $250.000 la noche, según las necesidades del viajero: Wi-Fi, piscina, aire acondicionado o cercanía al centro.

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Tras caminar por la ciudad es común encontrar personajes como Armando Torres, un hombre de más de cincuenta años que recuerda cómo el incendio del Centro Comercial Los Comuneros, el 5 de agosto de 2003, lo dejó prácticamente en la calle. Ahora camina por los pasillos del establecimiento, que después de ese golpe se intentó levantar y el 16 de enero de 2009 vio una vez más a las llamas derrumbando todo, cuando explotó un carro bomba. Me intenta mostrar su cédula pero al parecer la dejó en casa, tartamudeando se despide y se aleja.

A unos metros, sobre la puerta principal se encuentra John Jairo, conocido como Manolo, el presidente actual de Los Comuneros. Su imponente estatura, modificaciones corporales y tatuajes en parte de su rostro no logran ocultar su amabilidad. “El primer tatuador de Neiva”, como se describe a sí mismo, con el típico acento opita, nos invita a conocer su local y tomarnos una gaseosa Cóndor y acompañarla de un bizcocho de achira.

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Neiva sufrió el azote de la guerra como muchos otros lugares del país; a pesar de que la violencia tocó sus puertas, sus habitantes caminan con la tranquilidad de quien encontró la paz entre tantos disparos. Quizá es la calma del río al mediodía la que hace que los niños se acuesten en hamacas o sobre la ribera para ser arrullados por el sonido del agua. A pesar de la historia del Magdalena, al transitar la avenida Circunvalación se ve cómo, custodiados por la enorme figura de bronce de Guatitipán o La Gaitana hecha por Rodrigo Arenas Betancourt, los hombres toman largos sorbos de cerveza mientras su mirada se pierde en la profundidad del agua marrón del río y las barcas que navegan dejan una larga estela tras su paso. 

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Aproximadamente a cuarenta minutos de Neiva se encuentra Villavieja. Para llegar puede utilizar un bus que no debería cobrarle más de $6.000, dependiendo de la duración del recorrido que muchas veces llega hasta La Tatacoa. Es recomendado contactarse con anterioridad con alguno de los guías o las empresas de turismo. Villavieja es un lugar lleno de arquitectura colonial, bicicletas y piel canela, donde el totumo es el guardián de cada hogar –lámparas, instrumentos musicales, aretes y hasta vino se pueden hacer con este árbol–. “La casa que no tenga totumo no es nada”, expresa entre risas Gabriel Rodríguez Charry, propietario del Museo Artesanal Casa del Totumo.

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Una orquesta de niños se encuentra en el centro del municipio con sus instrumentos brillando al caer la tarde, canciones como “Colombia, tierra querida” y el clásico de Lucho Bermúdez “Fiesta de Negritos” desbordan de sus manos, pulmones y bocas. Al otro lado del parque, en un pequeño jardín, me percato de un grupo de niños de no más de siete años que bailan y se divierten de lado a lado, jugueteando, mientras el sol cubre sus rostros. Los aplausos no demoran en aparecer. Qué rico me suena este país.

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A cada paso, debajo de las ramas de los árboles de cujé, reposan tranquilos los villaviejunos, personas sonrientes y calmadas. En frente se encuentra el Museo de Paleontología: por dos mil pesos se pueden admirar fósiles, huesos de toxodonte, mastodonte y muchas criaturas más. Si tiene suerte no demorará en aparecer una mujer vendiendo cucas, achiras y bizcochos. Aproveche.

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Si de estadía se trata hay varias opciones, con ofertas desde habitaciones sencillas con ventilador a $50.000 la noche, $100.000 habitación doble con aire acondicionado, hasta $177.000 con aire acondicionado, todo depende de la cercanía del hotel al casco urbano de Villavieja. Usualmente las personas que se hospedan en estos lugares lo hacen para viajar en el día los diez kilómetros que separan al pueblo de La Tatacoa. En general, la opinión sobre estos hoteles gira en torno a la gran atención prestada. En la noche el pueblo duerme, sólo una o dos tiendas permanecen abiertas con canastas de cerveza en la puerta.

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El Hotel Yararaka es una de las tantas casas coloniales que se convirtieron en hogar de paso para los viajeros. Sus paredes esconden secretos repletos de nostalgia, como un libro sobre Gunther Buch titulado Soldado de dos mundos. El ecologista, nacido en Bromberg, ahora Bydgoszcz (Polonia), cuenta que fue soldado en la Segunda Guerra Mundial y dejó las armas para defender la Reserva Forestal de Meremberg, ubicada en el corregimiento de Belén en el Huila. Su lucha, retratada en las cartas y conversaciones registradas en el libro, relata la historia de amor que lo trajo a Colombia detrás de su esposa Mechthild, enfermera colombiana que murió defendiendo la reserva.

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El mayor atractivo de la zona es el Valle de las Tristezas, más conocido como el Desierto de la Tatacoa: un bosque seco tropical que al pasar los años se ha ido convirtiendo en desierto. El aire se siente puro, el cielo está despejado y, más allá de algunas bolsas y paquetes abandonados en el suelo, son las grietas de la tierra y las semillas las que crujen a cada paso. Es importante asistir con un guía; si bien no es totalmente necesario, el transporte, información histórica y geográfica, además de los lugares escondidos dentro de la gran extensión de tierra pueden potenciar la experiencia. Existen servicios como paseos en mototaxi por $20.000, que también son una opción.

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El viento sopla con una intensidad indescriptible y varias aves surcan por las corrientes provenientes de las cordilleras. “Son águilas”, expresa Pedro Paulo Amaya, el guía encargado de narrarme lo que esconden estas formaciones rocosas. Me habían mencionado que en el desierto hay un hombre que canta las leyendas del lugar y su nombre es Miguel; a pesar de buscarlo, no lo encontré y no pude escuchar su voz entonando el relato de una serpiente gigante que, al morir, formó las cárcavas de la Tatacoa.

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Al caer la tarde, el rojo de la arena se opaca. El color ocre se debe a las grandes concentraciones de hierro que hay en la tierra, mientras que el gris contiene magnesio y azufre. Los caminos del desierto son silenciosos, lo único que rompe el sosiego es el rugir del viento. Los animales son esquivos, se esconden entre las rocas a los ojos de los visitantes. El cielo es rojo, azul y verde, parece El Crepúsculo en Venecia de Monet en movimiento. La pintura se desvanece con la luz. Los cactus se convierten en siluetas negras una tras otra y el vacío aparece.

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La noche es profunda. Las nubes que cubren la luna hacen que ver el suelo sea imposible. Mientras, un cielo compuesto por estrellas permite que los rostros de los visitantes del Observatorio –visita obligada– se iluminen y sonrían. José Eustasio Rivera escribió en su poema Esta noche: “Esta noche el paisaje soñador se niquela, con la blanda caricia de la lumbre lunar…”. Las palabras del escritor oriundo del Huila describen a la perfección una noche en este desierto. Al despejarse la luna su brillo es implacable, como un gran reflector blanco que cubre la arena. Al acostarme en el suelo, agradezco el hecho de poder volver a ver una noche despejada.

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Las ascuas del cigarrillo revolotean por el lugar, cualquier pequeño brote de fulgor se apodera de la noche. La charla sobre las estrellas y cuerpos celestes es dictada en español e inglés, para que los extranjeros también entiendan. Acostados en la arena con la mirada dirigida al cielo, las estrellas pasan, brillan, se ocultan y hacen formas. Algunos ven planetas; los que no lo logran, pueden hacer uso de los telescopios dispuestos para los visitantes. Nunca logré ver figuras mitológicas surcando las nubes, otros quizá sí lo hicieron.

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El desierto también esconde tesoros gastronómicos: pizza y dulces de cactus en el Observatorio, carne de ovejo con la que se prepara un estofado típico del Huila –la pipitoria, en el que las vísceras del animal se mezclan con el arroz–, el jugo de chulupa –una de las frutas de la pasión junto a la maracuyá–… Los platos dentro del desierto tienen un valor de $10.000 en adelante. Como recomendación: el Parque temático el Valle de la Tatacoa, donde el servicio y la ubicación ayudan a ver mejor a los extintos dinosaurios.

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Para quedarse a pasar la noche en el desierto hay varias opciones: cabañas desde $20.000 o rentar carpas desde $15.000; siempre que quiera quedarse en un hotel como Noches de Saturno llame con antelación, ya que la señal es mala y quizá no encuentre habitación si se confía.

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No olvide el bloqueador, zapatos cómodos y toda la disposición para caminar entre caminos complicados y llenos de cactus. No se desespere si no encuentra señal celular, disfrute del camino, las estrellas y el desierto, dese la oportunidad de conocer a las personas: si algo hay en el Huila son grandes sonrisas y paraísos por descubrir. Aprópiese de los ríos, la música y los rostros de esta parte del país. Puede que no exista un abanico de actividades ilimitado pero desde el río hasta el desierto se esconden historias que hay que escuchar.

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