TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Ed Ladino Viernes, 26 Junio 2015


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Porque el amor no tiene que justificarse y la igualdad es imparable. 

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driana y Marcela llegan tarde a nuestra reunión; sin embargo, sus amigas –que están esperándolas para ver un partido de fútbol– me hacen compañía. El ambiente de su apartamento es cálido y lleno de color, aunque las paredes son blanco hielo, están adornadas por cuadros con imágenes femeninas, en ellos encuentro rostros conocidos como el de Frida Kahlo y el de Marilyn Monroe.

Son las seis de la tarde y por la ventana del balcón empiezan a brillar las luces de la ciudad, una vista privilegiada en la que los naranjas y amarillos van dando lentamente paso a la oscura noche y a las lucecitas intermitentes de los edificios de Bogotá. Es un lugar acogedor que lo invita a uno a quedarse, lo hace sentir como en su propia casa.

Los ladridos de Malena, su perra de color negro, anuncia la llegada de las señoras de la casa; su gata Oliva, con esos grandes ojos amarillos, se pone en alerta para saludar a sus dueñas.

Adriana tiene el pelo corto, iluminaciones rubias, contextura delgada y una actitud un tanto severa que se desdibuja cuando sonríe. Marcela es risueña, tiene la voz aguda, los labios rojos y es un poco más alta que Adriana. Ambas se excusan por la tardanza, pero Marcela está en parciales y se tardó un poco en salir.

Aunque tiene su propia empresa de soluciones de software, la verdadera pasión de Marcela, siempre fueron los animales: su sueño era estudiar veterinaria y su casa es el mejor ejemplo de esto. Marcela va, como diría Adriana, “de cumplir años a cumplir sueños”, nunca abandonó esta ilusión y hoy, a sus 44 años, es una orgullosa primípara de medicina veterinaria.

Adriana, por su parte, ha dedicado la vida a la educación, es trabajadora social en la Secretaría de Educación de Bogotá, donde se ha entregado a educar y formar mejores ciudadanos: ella cree que el amor es una herramienta poderosísima y que uno no aprende a ser persona en un colegio o con la cátedra, es la vida la que forma a las personas.

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Adriana y Marcela están casadas, y sí, su matrimonio es legal. Después de diez años de relación y dos de casadas, el amor con el que se miran la una a la otra mientras se toman de la mano, parece ser el mismo que sentían desde el primer día que se amaron, o al menos eso dicen sus amigas, que han decidido grabar la entrevista porque están rodando un documental acerca de la lucha por la igualdad de sus derechos a la que estas mujeres le han puesto tanto empeño.

Para esta pareja, el hecho de que los heterosexuales se puedan casar legalmente y ellas no, dejó de ser una situación de derechos para ser cuestión de igualdad. “A un heterosexual no le preguntan por qué quiere casarse, no debe justificar su relación ante nadie, solo es cuestión de ir y decir que se quieren casar, ¿por qué nosotras no?”. Además del reconocimiento legal que el matrimonio le otorga a una pareja, el social es igualmente importante: no es lo mismo decir que uno sea el compañero permanente de alguien a decir que uno es el marido o la mujer, ahí existe un reconocimiento como familia.

Los parientes de ambas han sido un gran soporte para la consolidación de su matrimonio, su apoyo se ha manifestado desde el primer momento y fueron un impulso para que ellas decidieran casarse. Ellas decidieron que se iban a casar solo dos años después de haber empezado su relación. En 2007 lograron radicar ante la ley su convivencia como una unión marital de hecho, primer paso para lo que se vendría después. Su principal motivación no era, como muchos pueden creer, casarse porque les interesara hacer una fiesta y comer ponqué. Lo que ellas buscaron desde el comienzo fue la aceptación de su relación para que la sociedad no negara la existencia de la misma y que ambas tuvieran los derechos que tienen las parejas heterosexuales.

Para ellas, cosas tan triviales como ir al médico, comprar una propiedad o la sucesión de una herencia, se convirtió en un problema. “Cuando tengo que realizarme algún procedimiento, prefiero la compañía de Marcela pero, como no era mi esposa, se dificultaba su presencia en el consultorio”, comenta Adriana, quien asegura que han tenido que presentar el documento que las ratifica como legalmente casadas para que Marcela pueda ingresar: “es ilógico, cuando las parejas heterosexuales lo solicitan, no les piden nada, uno tiene que demostrar de mil maneras que está casado, eso no es igualdad”.

El tema de la sucesión es otro gran problema. “Las personas nos dicen que estamos solas y que los bienes ojalá se los dejemos a nuestras familias, y ahí fue cuando dijimos: No, no estamos solas, el hecho de que tengamos una relación entre dos mujeres, no quiere decir que esta relación sea inexistente para la familia o la sociedad”. Por eso han luchado incansablemente para ser reconocidas, como cuenta Adriana: “el camino del matrimonio, es el reconocimiento de que ella existe, que tiene un hijo y que esa familia de la cual yo también decidí hacer parte, son Marcela y su hijo. Y esa familia existe para mí y debe existir para todo el mundo”.

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Actualmente, en el mundo existen 20 países donde es legal el matrimonio entre parejas del mismo sexo, uno de los últimos en sumarse a esta lista fue Irlanda donde, por medio del referendo (un procedimiento jurídico que somete a voto popular leyes o actos administrativos) se otorgaron los mismos derechos a los homosexuales. Este fue un gran triunfo para la comunidad LGBTI, pues hasta 1993, en este país era un delito la homosexualidad. 

Sin embargo, aún con la posibilidad que existe de poder casarse en otras partes, Adriana y Marcela decidieron luchar por que su unión se diera acá, en Colombia, específicamente en Bogotá. “Yo fui la que más insistió, siempre le dije a Marcela que quería casarme, que la lucha debía ser acá, debíamos pelearlo como ciudad. Yo vivo, produzco, pago impuestos y trabajo por esta ciudad. Estoy muy comprometida con su transformación, entonces ¿por qué no transformar mi vida, en mi ciudad?”.

Es muy común escuchar a la gente opositora de esta lucha decirle a los que se quieren casar que vayan y lo hagan en otro lado, que acá en Colombia no lo van a lograr; sin embargo, además del hecho de que no todo el mundo tiene los recursos para viajar y casarse en otra parte, las implicaciones legales que eso tiene en nuestro país son nulas, es como un bonito paseo, pero nada más, como casarse en Las Vegas. “Podríamos hacerlo simbólicamente, como lo hacen algunas parejas que se casan en todos los lugares a los que van; sí, eso podría ser muy rico como un plan de luna de miel eterna. Tocaría buscar un patrocinio… el de la Procuraduría, por ejemplo (risas), ya que ellos deben protegernos”.

El compromiso de esta pareja con su relación trasciende las fronteras de lo legal, ambas han creado un vínculo muy fuerte la una con la otra desde el día en que se comprometieron en la punta de la Torre Eiffel. El hecho de que Marcela tuviera un hijo nunca fue un impedimento para la relación de ellas, inclusive su propio hijo fue uno de los que más apoyó a su madre en el momento en el que ella decidió afrontar el hecho de que quería compartir su vida con otra mujer.

La compañía de sus amigas hace que la charla fluya desde lo político hasta lo personal; entre anécdotas de su matrimonio e historias familiares, Marcela y Adriana se van abriendo poco a poco en lo que a su vida se refiere. Me cuentan que cuando recién se conocieron, Adriana tuvo que realizar un viaje con su expareja, algo que no le agradó del todo a Marcela; sin embargo, Adriana supo sortear este contratiempo gracias a la ayuda de un amigo. Él llamaría a Marcela a leerle poesía mientras ella estaba ausente. Ese detalle la mató.

Hablamos sobre el amor, algo que nunca falta en su casa, a lo que me responden que para ellas son muy importantes las manifestaciones afectivas, aunque últimamente debido a lo mediático que se ha vuelto el asunto de su relación, deben tener más cuidado a la hora de abrazarse, tomarse de la mano o darse un beso. Hoy, después de haberle ganado tres tutelas al Procurador, aún no se sienten del todo seguras en este país. “Una vez íbamos por la calle tomadas de la mano y un taxista nos gritó “Perras areperas, las voy a matar”; ese día le dije a Marcela que teníamos que ser más precavidas a la hora de tomarnos de la mano, de besarnos, y eso que estábamos en Chapinero, una zona que se supone es tolerante a los homosexuales”. Una actitud deplorable en un país que se ufana de su cultura, su diversidad y sus mujeres bonitas, esas que seguramente el señor taxista disfrutaría viendo en una escena pornográfica besándose, pero que lo escandalizan cuando caminan juntas de la mano. Actitud que difícilmente han encontrado en otros lugares, en el Vaticano por ejemplo: “Yo soy excomulgada hace mucho tiempo, así que me puse una camisa que decía Excomulgada y caminé de la mano con Marcela por toda la plaza de San Pedro. Nadie nos dijo nada”.

En la lucha por sus derechos, han logrado beneficiar indirectamente a toda la llamada comunidad LGBTI, aun cuando esta misma es tan dispersa. Dentro de este movimiento social existen, como en todos, distintas agendas y no hay unanimidad respecto a los puntos que ellas han alcanzado. Para ellas, esta tarea ha sido ardua y, aunque han contado con apoyo de organizaciones, abogados y activistas, también estaban dispuestas a hacerlo solas, como asegura Adriana: “existe una comunidad y nos hacemos llamar así, no por que estemos enfocados hacia lo mismo sino porque históricamente hemos sido un grupo que ha sido discriminado. Yo no pertenezco a ningún movimiento social, a ninguna organización, yo pertenezco a Marcela y ella a mí. Tenemos una red de amigos, pero particularmente nosotros no hacemos parte de ninguna organización”.

De Adriana y Marcela me llevo su calidez y la fortaleza de su lucha, la tenacidad con que defienden sus derechos, algo que muchos hemos olvidado en este país. Pero sobre todo me quedo con su amor, ese que las ha mantenido durante tanto tiempo juntas y que ojalá todos supiéramos dar, no solo a quienes nos aman, sino también a quienes nos odian, a ellos les hace más falta. Finalmente cerramos nuestra charla con cerveza, pizza y el partido de las “Superpoderosas” de la Selección Colombia, otras valientes mujeres que también luchan por su país.

 

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Historia LGBTI