POR: Natalie López Valencia Viernes, 05 Junio 2015


Hablamos con Jean Paul Zapata sobre el lado B de la historia, esa que se le
olvidó contarnos al profesor de sociales en el colegio.

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El lado B de la historia incluye relatos que tal vez jamás nos contaron en la clase de sociales del colegio. La idea de libertador que tenemos seguramente no va más allá de la anquilosada y abandonada estatua de un Simón Bolívar que hay en cada parque de nuestras ciudades. La historia de Colombia que probablemente reposa en nuestra cabeza es la que nos han contado en las telenovelas, un disco rayado que suena únicamente del lado A, mientras que del lado B se esconden personajes que jamás osaron merecer el título de “héroes de la patria”. Tal vez se deba a que poco sentimos como nuestra esa patria de latitudes lejanas a las ciudades.

Entre esos nombres deliberadamente olvidados, está el de Benkos, un príncipe de una aldea en la isla de Bioko, en Guinea Bissau (África Occidental), que cayó en manos de esclavistas portugueses, y después de ser vendido de mano en mano como mercancía, llegó a Cartagena en 1599 donde fue vendido a Juan Díaz y rebautizado como Domingo Biohó. Finalmente escapó tras varios intentos, se reunió con varios esclavos cimarrones y formó cerca de Cartagena lo que se llamaría una matuna, que es el primer paso para los palenques en Colombia.

Jean Paul Zapata es un artista plástico de Bogotá que decidió darle la vuelta al disco y escuchar esas otras voces. Al atender sus historias, sus cantos y lamentos, pudo darse cuenta de que Benkos Biohó representa un puente para percatarnos de una Colombia que desconocemos. Aún en la actualidad hay muchos Benkos Biohó que luchan por romper cadenas, de esta premisa nació Benkoz (con z), un cómic que hace referencia a esos héroes locales que tienen la osadía de ser libres.

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¿De qué se trata Benkoz?

Es un homenaje y una referencia a la forma en que sueño y vivo la vida ancestral afro. Más que construir un proyecto basado en admiración por el personaje histórico (Benkos Biohó), busco reivindicarlo en el presente a través de la historieta y de las letras.


¿Quién es Benkoz, el personaje que usted desarrolla? 

Es un joven bailarín de 16 años de Ciudad Bolívar, que baila un nuevo estilo de música champeta breakdance que se llama “breika”, además es ciego y viene de San Basilio de Palenque a estudiar a Bogotá.


¿En qué se identifica y en qué se diferencia del personaje histórico?

Se identifica porque viene a enfrentarse a los nuevos contextos de la ciudad, su lucha es aprender a bailar. Se trata de un personaje artístico, no marcial; es totalmente pacifista y su derrotero es conocerse a sí mismo, a su historia, a su legado, y lidiar con la cotidianidad urbana.

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¿Qué tipo de personajes le gusta escoger o crear?

Elijo personajes muy complicados, que se enfrentan a entornos difíciles y a geografías donde deben atravesar muchos obstáculos, cuya superación implica heroísmo.

 

¿Cuál es la Colombia que retrata en sus obras?

Mi interés es siempre develar cosas que en la historia no han sido completamente evidenciadas porque no resulta conveniente; hay mucha gente que me dice “tú muestras Colombia como es” y en realidad es que estoy mostrando el lado B de las cosas. Muchas personas no están interesadas en saber cuáles son las condiciones de una persona que vive en Ciudad Bolívar, que sufre marginación racial o social, y estas cosas son noventa por ciento de la Colombia en que vivimos. 


¿Cuál es o de dónde surge la conexión que usted tiene con la cultura afro?

Desde la academia tuve interrogantes alrededor de la diversidad cultural, y siempre enfrenté inconvenientes en la universidad porque me daba cuenta de que los artistas de nuestro tiempo tienen la voluntad de sustraerse a sus geografías, a su contexto, y de crear cosas para seguir las tendencias; lo que yo buscaba era investigar y reconocer medios de diversidad incluyente, donde se muestre el trabajo, la vida, la cotidianidad y los gestos de los pueblos.

Comencé con una historieta de Ciudad Bolívar que se llamaba Cuatro Jinetes, pero estos personajes eran completamente citadinos. Cuando acabé ese proyecto me fui a las regiones a mirar cosas más específicas y más diversas. Comencé un trabajo con los embera que se dio gracias a un proyecto multicultural de integración artística que se llamaba Kabai, que involucró un trabajo con músicos embera desplazados del Chocó que vivían en Chapinero, y los apoyé con un libro y con la presentación de la carátula de su disco compacto.

La intuición me llevó a Benkos. Comencé a construir el personaje sin conocer las agonías íntimas de la raza negra en Palenque, lo que me llevó a visitarlo, ir al festival de tamboras, estar unos ocho días allá, compartiendo, conociendo, para luego poder hacer la novela.

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¿Qué aprendió de la cultura afro o qué experiencias lo marcaron cuando visitó San Basilio de Palenque?

Primero que todo Palenque es ñeque (bebida alcohólica artesanal de la región), es fuerza, vivacidad, sinceridad; entre ellos no existe la ofensa sino el tono para decir las cosas. Es un pueblo pacífico, lleno de música, lleno de verdadera fiesta, no fiesta triste: es baile, reunión, encuentro.

Sé que queda mucho por aprender, de la cultura indígena, de la cultura afro, de la cultura gitana. El colombiano promedio es muy ajeno a estos temas porque Colombia y sus ciudades principales actúan de forma represiva; las personas solo ven lo que muestran sus pantallas y estas vivencias siempre están permeadas por una visión de segregación. Dicen “estos son los indios, estos son los negros” como si ellos mismos no pudieran ser catalogados, esa es una de las fisuras que me hizo buscar cierto tipo de identidad en mi trabajo.


¿Cuál es el papel de la danza para Benkoz?

Él va a liberar a las masas de la ignorancia y lo va a hacer a través de la danza, porque la danza existió antes que la palabra. Estamos en una sociedad donde todo es culto al verbo, pero en realidad las cosas se crearon por vibraciones y Benkoz lo sabe.


¿Cuáles son las cadenas que Benkoz tiene que romper?

Primero, madurar y conocerse a sí mismo; segundo, encontrar un puente, unir a las personas para que se den cuenta y vean lo que él ve, porque él es invidente pero no ciego: esa lucidez es lo que convoca a las otras personas para la libertad.


¿Cómo ve el panorama del cómic colombiano?

Yo no entraría en demérito de las personas que hacen cómic colombiano, creo que en los últimos años el oficio se ha ampliado mucho, pero creo que no hay un proceso de reflexión, eso es lo que tiene Benkoz: investigación y creación.

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¿Hacia dónde apunta Benkoz como proyecto?

Desde su inicio intentó ser un proyecto transmedia, porque es un personaje que nos da muchas posibilidades entre la música, la pintura, el baile, el cómic, etc.; Benkoz va a ser un proyecto a través del cual podamos vincular a mucho público. Nuestro primer experimento de llevarlo más allá del papel, fue con Chongo de Colombia que nos apoyó con los tambores.


¿Cómo es su proceso creativo?

Primero es una etapa de investigación, segundo reflexión, tercero boceteo muchísimo y apunto cosas, después voy cuadrando, coloreando, y así voy armando cosas hasta que me resulta una narración.

¿Tiene algún ritual para crear?

Solo me concentro mucho, tiene que haber silencio; siempre que voy a dibujar saco todo el día, no dibujo ya casi en las noches.


¿Qué técnicas utiliza?

Dibujo a lápiz, entinto con tinta china y rapidógrafos, coloreo, hago carboncillo, y también coloreo digitalmente las historietas.


¿Cuál es su comic favorito?

Hubo uno que me inspiró muchísimo de Craig Thompson, se llama Habibi y es la historia de un negro y una prostituta en un país lleno de Islam, la recomiendo mucho, son 666 páginas de gran arte narrativo.

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¿Si sus cómics tuvieran un sabor, cuál sería?

El de los tambores de Palenque, indiscutiblemente, el tambor dulce, el tambor alegre.


David A. Barón (Editor de Benkoz)

Benkoz es un héroe cercano al ideal que tiene un humano, uno de carne y hueso, ese que eres tú, que soy yo, que es Jean Paul, que es cualquiera que está en la calle y que le toca trascender en una sociedad que genera obstáculos. En eso hay algo heroico, porque a veces pareciera que todo se confabula para que siempre estés comiendo popó, pero el camino del héroe es comer el popó y procesarlo para que no genere una carga o un odio, sino aprender a perdonar, a olvidar y seguir su camino. Benkoz es un héroe que crece desde el error y el fracaso, y que no tiene el éxito asegurado.


Juan Carlos Puello “Chongo” (Músico):

Yo comparo mi carrera artística con la de Benkoz, que es bailarín y expresa la libertad como yo la expreso con el tambor. Tocar el tambor me exige también hacer un baile. Me siento muy identificado con el personaje en el sentido de crecer como héroes en esta batalla que tenemos siempre por sobrevivir y por comer.

Las cadenas que tenemos puestas todavía las comunidades afro son las de la pobreza. Para mí, Benkoz tiene mucho sabor, es como probar el enyucado, el caballito, el arroz de coco, el pescado con limón. El caballito y el enyucado son una especie de cocada que venden las palenqueras, y siento ese color mágico y ese sabor para endulzar palabra.


Andrés Mercado (Músico)

Lo bonito de este personaje es que es invidente de nacimiento, entonces su percepción del odio no parte de que él se pueda identificar como negro, él puede identificar el bien y el mal a través de otras sensibilidades. Benkoz nos recuerda a Kid Pambelé, que a pesar de sus problemas fue un personaje que visibilizó a Palenque ante Colombia a través de su habilidad como boxeador. Otro Benkoz es Mohamed Alí, que no era el simple deportista que daba golpes sino que estudió su cultura afro y se sintió orgulloso de ella. La mayor virtud de estos personajes fue que con sus habilidades de superhéroes lograron transmitir un mensaje, y esto es lo que hace Benkoz, habla de lucha, de cambio y de reivindicación de lo que somos: seres humanos.

 

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Arte Ilustración