POR: Andrea Melo Tobón Viernes, 17 Junio 2016

 

Alfredito “El Bravo” Linares no pertenece al linaje de salseros puertorriqueños, a la escuela de Nueva York o a Cali –aunque lleve varios años viviendo en esta ciudad–. Linares nació en Perú y es uno de los músicos y arreglistas más importantes en la historia de la salsa.
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En el centro de Cali hay una casa de un solo piso con pequeñas rejas blancas y una puerta de vidrio y metal donde vive Alfredo Linares con su familia. Este peruano mide poco más de un metro setenta, su pelo es negro azabache, está peinado hacia atrás como si tuviera una cresta de mar congelado en la cabeza y su cara parece estirada con ganchos: los ojos y la sonrisa no tienen una sola arruga a sus 66 años. Linares llegó al Valle del Cauca atraído por la leyenda de las casetas caleñas y lleva tres décadas yendo y viniendo de la autodenominada Capital Mundial de la Salsa.

Hoy, la esposa de Linares aprende repostería en el comedor mientras él se sienta en su trono: un piano negro ubicado en la sala. En las paredes hay fotos de conciertos y discos y, justo al lado de la entrada, un pequeño cuarto que Alfredo usa como estudio, con discos, escritorios y carteles arrumados.

—¿Qué quieres saber?— pregunta, con su acento peruano casi intacto.

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La salsa no era salsa

Alfredo Ángel Linares Saucedo nació en Lima, hijo de Aurora y Ángel Mariano, un afinador de pianos. Desde pequeño, jugó fútbol en el Universitario de Deportes y ayudó al papá en su oficio. El secreto del señor Linares era una cuña rústica que él mismo fabricaba para lograr que cada tecla quedara a punto. De ese trabajo, el pequeño Alfredo ahorraba cada peso para comprar vinilos. En las mañanas, cuando estaba en casa, le gustaba escuchar los valses de Strauss que ponían en un colegio que quedaba a media cuadra.

—Ese sonido me penetraba e iba al piano y trataba de sacarlo— cuenta Linares, vestido con una camisa azul manga corta y unas gafas de aviador con lentes de color miel que recuerdan a Héctor Lavoe.

Entre los años sesenta y setenta, Perú era uno de los pocos países que mantenía relaciones con Cuba después de la Revolución. Eso trajo migrantes de la isla y una fuerte influencia sonora: los discos que más se bailaban eran de los tríos Matamoros o La Rosa y la salsa aún no era salsa, sino que se distinguían los géneros y su respectivo baile de acuerdo a su lugar de origen y a su ritmo. No era lo mismo una guaracha, un guaguancó, un son montuno, una pachanga o una columbía –en este caso, sí es columbía, no Colombia–.

—La salsa vino del locutor venezolano Phidias Escalona, que bautizó su programa radial con esa palabra. Se entendió como mezcla de las raíces musicales africanas, cubanas, caribeñas y principalmente del jazz afrocubano— dice Linares.

Además de arreglar pianos, el padre de Alfredo tocaba guitarra y mandolina y de vez en cuando organizaba toques en la sala de la casa. Al poco tiempo, formó una orquesta y, cuando tenía presentaciones formales, llamaba a un sindicato y pedía un instrumentista según lo requiriera. Sin embargo, había ocasiones en las que su solicitud no llegaba y no había otro reemplazo que el pequeño Alfredito, que hacía de músico o de cantante sin haber cumplido diez años.

—Una vez tuve que tocar un acordeón en un baile y eso es cosa seria porque pesa y yo era muy pelado. Cuando llegué a mi casa, llegué muerto— dice, mientras mueve sus manos que parecen de modelo de crema hidratante: finas, suaves y sin una grieta.

Al comprender la versatilidad de su hijo, doña Aurora decidió llevarlo ante el entonces ministro de Justicia y Cultura para que lo recomendara en el Conservatorio de Lima. Linares estudió en esta escuela hasta los dieciséis y aprendió –además de piano– trompeta, contrabajo, saxo tenor, flauta, bajo y percusión menor. A pesar de que la mayor parte de su aprendizaje se alejó de la música popular, Inés Pauta (maestra de solfeo y de teoría) reconoció su talento y le dio la oportunidad de dar talleres de jazz.

—Yo había transcrito varias partituras, que es una de las bases para un músico. Pero no niego que cuando entraba a dar la clase, parecía que el salón se moviera— confiesa Alfredo. Uno de los primeros discos que tuvo fue Time out de Dave Brubeck, jazzista que experimentó con la métrica y que marcó al peruano irremediablemente.

Linares comenzó a ser solicitado por artistas de la región para que fuera parte de sus agrupaciones. Hizo su primera grabación a los trece años, colaboró como músico en una emisora local y, poco después, conoció a Koky Palacios y a Ñiko Estrada y su Sonora Antillana con quienes grabó sus primeras producciones.

¡Oye y ese pito!

Alfredo Linares tenía apenas 24 años cuando convirtió la canción de Joe Cuba “El Pito (I'll Never Go Back to Georgia)” en un hit que lo ubicó en el mapamundi musical.

—Debemos darle el crédito al cantante Tony de Cuba. Él hizo unas improvisaciones impresionantes y uno entendía y se reía de lo que estaba diciendo. En esos momentos, el pito en Perú era marihuana, de ahí las frases “se me cae el techo, caballero" y “me da una cosquillita”. Cuando uno está “sabroso”, se ríe de cualquier cosa— cuenta Linares con un gesto pícaro.

El pito y otros éxitos fue el primer LP grabado a nombre de Alfredo Linares y su Sonora. En la portada de 1968 aparece el músico peruano con su peinado intacto, sus dedos sobre el teclado y una chaqueta amarilla que le prestaron en los estudios de grabación. Tal y como le había ocurrido con su padre, para el registro de “El pito”, Alfredito tuvo que grabar el piano y el baby bajo por aparte y luego mezclarlos, pues el músico encargado de interpretar el baby no llegó a la sesión. Lo mismo le sucedería años después con el “Mambo rock”, otro de sus éxitos más reconocidos.

Bogotá, ¡Salvaje!

Un año después de ese debut, Linares obtuvo varios contratos para trabajar en Ecuador y en Chile y estrenó Yo traigo boogaloo, su segundo álbum en Perú para Discos MAG. Estando de gira recibió la noticia de que lo andaban buscando en Colombia para que acompañara en el piano al cantante mexicano Paco Michel en televisión y, gracias a esto, consiguió un contrato con el Hotel Tequendama para ser parte de su orquesta.

En esa época, Colombia estaba en pleno Frente Nacional, atravesando las elecciones entre Gustavo Rojas Pinilla y Misael Pastrana. Aunque Linares tenía cierta estabilidad laboral –trabajaba con artistas de la talla de Leo Marini y tenía comida y bebida gratis–, su compromiso laboral en el hotel se estaba acabando y él quedaría como ilegal.

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—Fui al DAS y me dijeron que me buscara un contrato, era la única manera de no salir del país—. Vagó por las calles de Bogotá hasta que una noche, en pleno corazón de Chapinero, distinguió un sonido que lo atrajo: se trataba de la música de la orquesta del bar de jazz Miramar. Decidió probar suerte y entrar. En el centro del escenario estaba un paisano suyo, el pianista Alex di Roma, quien lo reconoció y lo invitó a tocar. Por cosas del destino, di Roma había obtenido un contrato con un crucero y le propuso a Linares que tomara su lugar en Miramar.

Después de que Linares se convirtiera en el pianista y arreglista de la orquesta, el jazzista Plinio Córdoba invitó al peruano a hacer parte de otro proyecto musical llamado La Pampa, que comenzó a rodar en los bares de Bogotá. Alfredo no paraba de sorprenderse al darse cuenta de que la gente lo reconocía.

Entre rumbas y conciertos, empezó a oír rumores de una ciudad que vibraba al ritmo de la salsa. “Si no conoces a Cali, no conoces Colombia”, le decían. La chispa estaba encendida, solo bastaron unos meses para que Linares decidiera emprender el viaje a la ciudad de la caña. Por esa época grabó los sencillos “Cachumbambe” y “Linares Boggie” junto a Kiko Fuentes en al casa disquera Sonolux.

Baile mi mambo rock, mi mabo rock, baile mi mambo

—Las casetas de baile eran una cosa extraordinaria. Puedo decir que de todos los países que conozco, ninguno le llega a la cintura: ver a cinco mil personas bailar era impresionante porque ni siquiera los bailes que mi papá hacía con orquesta en los carnavales de Perú se llenaban así— cuenta Linares mientras se toma un vaso de limonada y mira a su esposa batir la mezcla de un postre.

En Cali, Linares fue mucho más reconocido por el círculo artístico y musical de la salsa que en Bogotá. En una ocasión, en el bar La Fania le pidieron incrédulos que les mostrara el pasaporte buscando verificar su nacionalidad.

—A mí me creían cubano o puertorriqueño, nunca peruano—. Alfredo salía de los griles y amanecía bailando en Juanchito, uno de los sitios más tradicionales de salsa en Cali. Aunque ha aprendido a bailar como lo hacen los caleños, rescata su cadencia peruana que, según él, se parece a la de Buenaventura: se mueven mucho los hombros y la cadera, como si fuera un golpe de la marea.

En 1970 Linares participó en el Festival Panamericano realizado en el Estadio Olímpico Pascual Guerrero, donde se codeó con artistas como La Sonora Matancera, El Gran Combo, Ricardo Ray & Bobby Cruz o Nelson y sus Estrellas.

El peruano no solo aprovechó las influencias de Cali para crear nuevos sonidos. Mientras estaba en la ciudad, reemplazó a un baterista amigo en algunos conciertos de rock y, mezclando esta experiencia con sus influencias de jazz y lo que ya había hecho la Sonora Matancera y Celia Cruz, creó una pieza que sabe y suena a Cali: el “Mambo Rock”. La producción no pudo ser realizada por los grandes Discos Fuentes ni Sonolux porque no tenían baquelita (la materia prima de los vinilos), por lo que solo el independiente INS hizo el disco en 45 rpm en 1974. Como agradecimiento, Linares produjo tres álbumes para esa casa disquera.

—La fusión que yo hago nace del modo de bailar de los caleños porque aquí bailan con quiebre y dan mucho giro, es muy rockero también— dice el pianista mientras marca el compás del “Mambo Rock” con los dedos en su pierna derecha.

Posteriormente, Linares grabó en Lima la canción “Tiahuanaco” –que en lengua preínca significa “Puerta del sol”– como un homenaje a su tierra, junto a sencillos como “Nostalgia caleña”, “Mi dulce amor” o “El Chévere”.

Alfredito`s Caracas Boys

A finales de los años ochenta, la flecha de la brújula de Alfredo cambió de dirección: aceptó una invitación a Venezuela para ser productor del pianobar Las Cien Sillas, trabajo que le duró algunos meses hasta que los dueños del establecimiento decidieron remodelarlo y el peruano se quedó sin empleo una vez más.

Y estuvo de vuelta en las calles, pero de Caracas. Alfredo consiguió trabajo gracias al pianista Samuel del Real, quien no logró llegar a una grabación con el grupo venezolano Mango y envió en su lugar a Linares. Gracias a esa labor, el peruano obtuvo el Premio Record World como Mejor Sexteto.

Ahí comenzó una etapa de colaboraciones con diferentes artistas venezolanos, incluyendo a la Billo’s Caracas Boys, en la que fue director musical, pianista y arreglista apoyado por el maestro Billo Frómeta.

—Él ya era reconocido y me pidió que dirigiera la orquesta. No solo me ayudó a conseguir la visa para que mi madre pudiera quedarse conmigo, sino que aumentó la cantidad de instrumentos de la agrupación a petición mía.

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Pero la época de abundancia en Venezuela no paró ahí. El peruano fue invitado a ser el director musical de José Luis Rodríguez “El Puma” después de su salida de la Billo’s. Durante seis meses, Alfredo Linares trabajó con el cantante venezolano en su gira por Estados Unidos y América Latina.

—Esos arreglos los hicimos en su quinta en Venezuela. Este lugar se llamaba Nosotros porque El Puma seguía casado con Lila Murillo y era nuestro centro de ensayo, ya después se separaron y no tenía mucho sentido ese nombre— cuenta el maestro entre dulces risas. Aunque con Rodríguez se alejó del jazz y la salsa, Linares dice que fue importante porque significaba trabajar en algo que él ya tenía en el baúl de la memoria: el bolero.

El maestro cuenta que tuvo dos alumnos que tomaban clases de piano con él y les quedó grande el bolero: “La gente lo ve de una manera tan elemental, pero es increíble que haya personas que están dentro de la línea de pianistas y no sepan tocarlo”, sentencia Linares.

Testigo de la salsa

A finales de los ochenta, Alfredo Linares había decidido radicarse en Cali y seguía recibiendo peticiones para trabajar con artistas de todo el continente. Participó en orquestas como La Cali Charanga, Los Del Caney, Orquesta Matecaña y hasta en la Banda Departamental del Cauca.

Lo que no sospechaba el músico era que en 1989 conocería en un concurso de salsa a quien hoy es su pareja. Doña Isabel Moreno asistió al certamen para acompañar a su hijo John “Lemmy” Moreno, quien participó en la categoría de canto. El niño llegó a la final y, aunque no ganó, se convirtió en el hijo adoptivo de Alfredo Linares.

Desde que el peruano se convirtió en protector y maestro de John, lo impulsó a estudiar música en el Conservatorio. Pero su prodigio de la salsa se decidió por el metal como género preferido y creó una banda que ya cuenta con veinte años de trayectoria: Apolion’s Genocide.

—Él siempre me apoyó e incluso yo ensayaba en la misma casa: entre semana tocaba salsa con él y los fines de semana estaba con mi banda de metal. Mi mamá sí se disgustaba un poquito porque era música pesada, pero él siempre estuvo allí; de hecho, me ayudaba con arreglos para mi banda, que son cosas que no te enseñan en la escuela— cuenta Lemmy.

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Además de músico y padre, Alfredo Linares lleva tiempo perteneciendo a los testigos de Jehová. Pero hace diez años que tuvo que enfrentar una prueba: líderes de su congregación le insinuaron que dejara el mundo de la música y se dedicara solamente a Dios, a lo que el artista respondió: “Si yo tengo que dejar mi música, primero los dejo a ustedes porque yo no sé hacer otra cosa y ese es el don que Dios me ha dado a mí”.

Linares recibe regalías de sus producciones musicales, principalmente de éxitos como “El pito”, “Mambo Rock” o “Tiahuanaco”. Pero su hijo cree que el maestro no es valorado: “Hay muchas personas que no saben que él vive acá. Y los que saben no aprovechan que una persona como él esté viva y vigente”. Además, Lemmy reconoce que cuando sale de gira con su padrastro, le impresiona ver cómo la gente se desplaza de un país a otro para verlo, para tomarse una foto con él, para que les firme los discos.

—Ni en este país ni en Perú, Alfredo Linares tiene el reconocimiento que debería— remata Moreno.

Por otra parte, Robert Téllez, programador musical e investigador de música afroantillana (salsa y música cubana tradicional y contemporánea) dice:" Alfredito Linares es el más fiel representante de la salsa hecha en Perú. Están Lucho Macedo, Melcochita y otros, pero Alfredito es quien ha puesto la bandera peruana en el lugar màs alto en los terrenos de la salsa".

Ya entrados en el siglo XXI, Linares trabajó con el productor Will Holland, más conocido como Quantic, con discos de jazz y posteriormente en la agrupación Ondatrópica. Recientemente Alfredo sacó una producción llamada Salsa pa todo el mundo de la mano de DJ Gonzo, un productor peruano radicado en Estados Unidos que lo contactó por Internet y decidió apoyar su álbum que ha llevado al peruano de gira por Europa y América Latina.

Hace unos meses, Alfredo Linares y su Orquesta fueron invitados a un festival en Zúrich, Suiza, pero él no pudo asistir por un documento: aunque vive en Colombia y tiene cédula de extranjería desde hace más de treinta años, pensó que como los colombianos ya no necesitan visa, él tampoco, así que no hizo los trámites.

—Fue una experiencia muy bonita porque hice todo lo que tenía que hacer y, aunque mucha gente viajó de otros países para poder verlo, siento que lo representé muy bien— dice Lemmy, quien toca el bajo en la orquesta.

En el mismo festival, hubo una canción que sacudió el piso del encuentro salsero: “Pal barrio obrero” sonó y William Biáfara, cantante de la orquesta de Alfredito Linares, decidió preguntarle al DJ de quién era el tema.

—Cuando escuché el nombre de Alfredito comenzó a sonar su solo de piano y hubo una bulla estruendosa de gente de todas partes del mundo— cuenta emocionado el intérprete.

Aunque el maestro se desvive por Cali y por la tradición salsera de la ciudad, no ha querido dejar su nacionalidad peruana, al contrario, no se pierde un partido de la Selección Perú y llevó a su esposa a su país para que aprendiera a cocinar los tradicionales platos de su tierra.

El deseo

Hace poco, Linares estuvo en el Festival Oaxaca de Salsa y Bachata y se sorprendió mucho. Al llegar al recinto en el que iba a hablar, empezó a escuchar “Peruvian guaguancó”, tema de su LP de 1969.

—Sonó y la gente lo estaba vacilando. Para mí eso fue demente, yo pensé que en México no sabían de mí, pero ver a esa gente fue sorprendente, no había experimentado una cosa así— cuenta con tono humilde.

El único deseo que no ha podido cumplir Linares es el de tocar con una orquesta filarmónica: “Me dicen que es muy costoso, pero sería maravilloso llevar mis arreglos a un despliegue musical como ese”, dice y mira al techo, como invocando a sus colegas salseros que ya han fallecido para que le cumplan el deseo.

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Alfredo no habla de las fiestas que vivió en la época de la salsa brava porque toma el tema como un asunto de caballeros: no se acuerda de caras, lugares ni nombres. Y aunque haya publicado treinta y ocho discos a lo largo de su carrera y colaborado en veintitrés producciones de otros artistas, ni su gesto ni su pelo han envejecido. Al contrario, conserva esa mirada altiva de quien escucha consejos y críticas y sigue su instinto hasta las últimas consecuencias.

Ya sea en un estudio en Estados Unidos o en Palmira, Valle, Alfredo Linares no ha dejado que el tiempo empolve sus oídos. Hoy vive con su esposa, sigue muy de cerca las tendencias musicales y continúa trabajando en nuevos arreglos y producciones. “Él es muy estudioso. A pesar de que es un maestro y tiene tanta experiencia en su instrumento, siempre saca tiempo para repasar” concluye su hijo.

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