POR: Ed Ladino FOTOGRAFÍA: José González Martes, 14 Julio 2015

 
“Ahí tienen su hijueputa casa pintada”.

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Humberto Dorado es un caballero de fina estampa, de porte elegante y de una puntualidad envidiable: nuestra cita era a las cuatro de la tarde y él, como si de un relojito se tratara, llega justo a esa hora.

Entre el saludo y el momento en el que iniciamos nuestra charla, él se despoja de su sombrero fedora y ordena un café americano. Nos movemos entre sus memorias y llegamos a su infancia, una tan agitada como su carrera. Humberto estudiaba en el Colegio Andino (Alemán) en Bogotá, del que fue expulsado por su conducta; de ahí fue enviado a vivir en una finca maderera en Río Negro, Antioquia, donde tampoco duró mucho tiempo, convirtiéndose en un verdadero dolor de cabeza para sus padres. Su papá era caucano, su mamá, costeña y él un cachaco de pura cepa: “soy hijo de una primera generación de inmigrantes”.

A lo largo de su vida ha pasado por las tablas, el cine y la televisión, se ha rodeado de un círculo en el que personajes del ambiente cultural han sido sus grandes amigos. Por ejemplo, tuvo una amistad entrañable con Fanny Mickey, con quien compartía su pasión por el teatro y de quién escribió una biografía titulada Por el placer de vivir.

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El amor por las artes escénicas ha sido una constante y le ha permitido interpretar papeles desde pequeño. Recuerda con alegría que interpretó obras de Samuel Beckett –antes de que este obtuviera el premio Nobel– con un pequeño grupo al que perteneció en su adolescencia, cuando fue acogido en el Instituto Champagnat de Pasto, hace 45 años. La mayor influencia que él encuentra en su carrera viene directamente de la casa: su tío materno tenía por esposa a Helena Mallarino, hermana del declamador y director de teatro Víctor Mallarino Botero; gracias a ellos, su cercanía con el teatro fue enorme.

Cuando tenía diez años hizo su primera aparición en televisión en el programa Hogar, dulce hogar y, desde ese momento, su presencia ha sido constante y fructífera en los distintos espacios que las artes escénicas le han permitido. Humberto viene de una generación que pudo ver el nacimiento de la televisión y conoció a los primeros actores que se abrieron paso en este medio; junto a ellos se inició en Colombia el proceso de profesionalización del actor, que 54 años después obtuvo un verdadero reconocimiento por parte de las leyes estatales. Es por eso que hoy, a los 64 años, Humberto se preocupa por el futuro incierto de la televisión colombiana.

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Para Dorado la televisión ha tenido una evolución sui generis porque ha sido copista: todo lo que se hacía dependía de los clásicos del drama que se presentaban en los grandes centros culturales; luego pasó a contar historias propias pero con narrativas del extranjero, que abordaban de una manera muy superficial temas de la idiosincrasia nacional. Humberto afirma que nuestros creadores han crecido aprendiendo de esa televisión colombiana, una suerte de uróboros (el ciclo eterno de las cosas, también la lucha inútil, ya que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo) que se devora a sí mismo y que no retroalimenta los procesos creativos.

A lo largo de su carrera, Dorado ha participado en más de cincuenta producciones nacionales de la pantalla chica y es especialmente recordado por sus papeles en Sangre de Lobos y, más recientemente, por su trabajo como Santiago Delucci en Amor en Custodia. De la caja mágica añora las historias de antaño y critica fuertemente el declive en materia de contenidos que se ha venido gestando en los últimos años en nuestro país: para él, esto se debe en gran medida a que se depende de dos casas realizadoras que buscan aumentar la productividad y no la calidad.

“El campo de la televisión es mediocre y va en bajada” 

De la televisión admira el trabajo del libretista, labor que para él es infernal y para la que se requiere ser casi un acróbata para poder mantener la atención del televidente y, además, lograr introducir la publicidad en medio de la narrativa sin destruir el relato, pues así lo requiere la naturaleza del negocio. Al referirse a la pantalla chica, sus palabras tienen un dejo de desasosiego, pues para quien haya sido un pionero de la misma, observar cómo poco a poco se va yendo en picada algo por lo que ha luchado toda su vida, no debe ser nada gratificante. “Yo pienso que la televisión colombiana está mirando hacia donde no debe, hace desesperados esfuerzos en aprender de donde no es, ¿cuántas versiones hemos hecho de novelas como Lola Calamidades y todas van de mal en peor?”.

Al hablar de la película La estrategia del caracol Humberto es más bien modesto, aun cuando ha sido considerada por la crítica como una de las mejores cintas colombianas de la historia. Él, por su parte, jugó un papel fundamental desde el guión hasta la actuación, y afirma que “ese tema, el desalojo del centro de Bogotá, que en aquel momento era un problema social muy grave, la convirtió en una película subversiva, ya que se pone de parte de las víctimas y no de los programas de gobierno; paradójicamente, en la Constitución de 1991 se declaró la vivienda como un derecho al que todos deberían tener acceso y La estrategia del caracol plantea claramente la vulneración de ese derecho”.

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El amor que profesa Humberto por esta película se puede sentir mientras narra algunos triunfos de la misma, entre ellos la vigencia de su temática y especialmente a la genialidad con que se narró la historia: aunque parece más un rumor entre amigos, surgió de hechos reales que la inspiraron. Humberto, inicialmente, estuvo reacio a participar en la película “después de haberme negado un par de veces a hacer parte del proyecto, nos fuimos con el arquitecto a buscar las locaciones y resultó que él recomendó todas las que eran de mi barrio –Santa Bárbara Centro–, entonces hubo una identificación automática con todos los personajes que iban surgiendo durante esta búsqueda, muchos de ellos no estaban en el guion original y aparecieron en la vida real”. Para Dorado, este relato de un grupo de inquilinos que desocupan una casa y dejan un cascarón, es una expresión de rebeldía y a eso atribuye el logro de ser un hito en el cine nacional.

Del rodaje, Dorado dice que pasaron tantas cosas que no tiene un hecho específico para recordar; sin embargo, recientemente en un encuentro entre él, Sergio Cabrera y Ramón Jimeno, se dieron a la tarea de recordar quién había pintado el famoso letrero que rezaba “Ahí tienen su hijueputa casa pintada”: ese detalle se ha convertido en una especie de refrán nacional. También se le esboza una sonrisa a Humberto cuando habla de, quizás, una de las mejores críticas que se le ha hecho a la película: la que le dio García Márquez cuando la vio por primera vez en el cine club La moviola. “Me dijo el elogio que guardo en secreto en mi corazón como el más grande que me han hecho en la vida; dijo que era la primera película que él veía hablada en colombiano. Yo había hecho un esfuerzo enorme de que en La Casona se concentraran muchos acentos del país y creo que eso se logró”.

Otro hecho significativo de esta película, que denunció un agravio por parte del Estado, es que recibió el beneplácito del entonces presidente César Gaviria, quien en medio de una alocución invitó a los ciudadanos a verla.

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Hoy en día, entre otras cosas, Humberto se dedica a trabajar por la cultura cinematográfica de este país. Es el vicepresidente de la Asociación de Guionistas Colombianos, desde donde aporta en la edificación de la que para él, en concordancia con Gabriel García Márquez, es la más humilde profesión de la literatura: la de guionista, porque desde el comienzo ya sabe que su obra no le va a pertenecer.

Para él, saber si un guion es bueno o no, no es una tarea fácil, no hay pautas ni un decálogo revelador o un secreto del éxito para escribir un libreto. Lo que él hace al revisar un relato es preguntarse si la historia merece ser contada o no; si no, muy a pesar del esfuerzo y entusiasmo del creador, el guion ya está muerto.