POR: Carlos Vallejo FOTOGRAFÍA: Erick Espejo Viernes, 11 Marzo 2016

 

Diana Bustamante, Cristina Gallego y Johnny Hendrix Hinestroza son tres de los productores colombianos que han llevado al cine nacional a figurar internacionalmente. A pesar de su juventud, la tienen muy clara a la hora de hacer películas. Estas son sus experiencias.

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En las entrevistas normalmente vemos a los directores de las películas, muchas veces hablando con aire romántico sobre sus intenciones estéticas o sobre la imperiosa necesidad que tenían de contar sus historias. Pero detrás de todo director siempre hay un productor. Pocas veces lo vemos –a no ser que se trate de Brad Pitt–, pero gran parte de la realización de una película depende de él. Y no sólo en su fase de producción. Según el caso, puede estar desde el guion, o incluso desde la idea, y acompañar al producto final hasta su exhibición y su recorrido en taquillas y festivales. Muchos creen que se trata de personas organizadas hasta el exceso, que se encargan del dinero o que no tienen nada que ver con las decisiones creativas; pero nada más lejano a la realidad o, en este caso, a la ficción. ¿Qué hacen los productores? ¿Cuáles deben ser sus principales cualidades? ¿Qué tan cierto es que para llevar una película a un festival hay que hacer lobby? Las respuestas a estas y otras preguntas están en estos perfiles de tres de los más importantes del país.

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El talento de armar rompecabezas

Todo parecía indicar que Diana Bustamante seguiría los pasos de la mayoría de sus familiares: casi todos son abogados o ingenieros. Pero en quinto semestre de ingeniería química, mientras su profesor explicaba al borde del éxtasis algo relacionado con ecuaciones de variable compleja, supo que estaba viviendo un punto de giro en su vida. “Yo me voy a morir aquí”, pensó, y ese día se retiró de la carrera para estudiar cine. Y no se equivocó: al frente de la compañía productora Burning Blue –de la que también son parte Jorge Forero y Paola Pérez– produjo la película que el año pasado le dio al cine colombiano el que hasta ahora es su principal reconocimiento: La tierra y la sombra, ganadora de la Cámara de Oro en Cannes. Ese año también produjo Violencia, dirigida por Forero, y en su carrera se cuentan títulos como Los viajes del viento, La sirga, La playa D.C. o El vuelco del cangrejo, ganadora del Fipresci en el Festival de Berlín. El año pasado, además, fue nombrada directora del Festival Internacional de Cine de Cartagena, del que ya había sido productora y coordinadora. 

Desde la universidad se perfiló hacia la producción: se fue dando sin querer queriendo. No lo soñaba pero lo asumí desde lo creativo, que no sólo tiene que ver con lo financiero y la organización sino con pensar creativamente qué necesita una película para ser realidad”. Efectivamente, la organización no es indispensable, como lo comprueban sus socios cuando ven su escritorio. “Se burlan mucho porque los de ellos siempre están todos organizaditos y en el mío hay pilas de catálogos, libretas, CD… Mi cabeza funciona como un caos, y por eso mi principal habilidad es imaginarme las cosas y pegar los pedazos como si fueran un rompecabezas”.

Normalmente empieza en una producción desde muy temprano. “A veces desde que son embriones, desde que son guiones o escaletas, y luego en el proceso de escritura y de encontrar la película: hay un punto en el que uno la va sintiendo”. Esto es clave para pensar en su participación en festivales: “uno va sintiendo cuál puede ser el rumbo; cada festival tiene una personalidad, una línea editorial”. Y con los años ha aprendido algunos secretos sobre esa labor: “llegan cientos de películas, entonces hay que hacer una labor más fina que enviarla: no es lo mismo para un programador verla en una sala con todas las comodidades que en un link de Vimeo. En todo caso, eso es en teoría, porque como programadora he visto algunas a las dos de la mañana en el computador y son de mis favoritas: a veces no tiene tanto que ver cómo las veas, sino el poder que tengan”. 

Eso fue lo que, según ella, ocurrió con la primera de ellas, Los viajes del viento. Dirigida por Ciro Guerra y coproducida por Cristina Gallego –la pareja de esposos detrás de El abrazo de la serpiente, “enamoró de entrada a todos los programadores, cuando nadie nos conocía y ni siquiera tenían productores aliados en otros países”. Hoy, con los años, todo es muy diferente: “en ese entonces fue como si la película sola hubiera tocado las puertas, pero ahora yo puedo tocarlas y decir que tengo algo, porque me lo he ganado diez producciones después”. Eso, contrario a los que muchos piensan, no es hacer lobby: “uno va haciéndose a un nombre, como ocurre en cualquier medio, y cuando manda un correo la gente sabe quién es uno y resulta más fácil, pero eso no es hacer lobby, eso es mandar un mail”. 

Diana considera importante para su rol tener bases para contribuir en cada fase de la película, capacidad de liderar procesos –“no se trata de hacer todo tú sino de ver qué necesita cada uno para desempeñarse mejor”– y cinefilia: “el cine es un arte universal, por lo que hay que estar viendo todo el tiempo para tener referencias”. Pero, al final de todo, lo fundamental para ella es la sensibilidad: “hay que tener la mente abierta a la expresión humana, que es de lo que se nutre lo que hacemos”.

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El reto de la organización

A Cristina Gallego siempre le interesaron los negocios, y por eso lo primero que estudió fue publicidad y mercadeo. Pero en medio de su carrera empezó a pensar que el de los negocios podía no ser el mejor de los mundos, por lo que decidió que podía aplicar sus conocimientos en uno que siempre le había gustado: el cine. Por eso estudió también esa carrera en la Universidad Nacional, donde conoció a quien se convertiría en su llave cinematográfica y en su esposo: Ciro Guerra. “Todavía estábamos estudiando y, sin saber mucho aún, nos embarcamos en La sombra del caminante, el primer largometraje de Ciro, que implicó un esfuerzo de producción increíble porque teníamos pocos recursos, poca experiencia… pero fue una buena manera de aprender, un buen entrenamiento para lo que se venía y la demostración de lo que éramos capaces de hacer”, cuenta recordando ese año 2004, en el que tuvo otra experiencia definitiva: trabajar como asistente de producción en Sumas y restas, el tercer largometraje de Víctor Gaviria: “fue clave, porque además las películas de Gaviria, por sus lenguajes distintos, con elementos como actores naturales y sus tipos de aproximación a la realidad, implican modelos de producción versátiles, y estar inmersa en ello desde tan pronto fue muy afortunado para mi aprendizaje”.

Hoy, tantos años después, tras haber producido El abrazo de la serpiente, la primera película colombiana nominada a un Oscar como Mejor Extranjera, tiene claro que el papel de un productor va mucho más allá de organizar y manejar los negocios. “Un productor debe tener también visión, saber construir una cinematografía, saber cuándo es el momento para hacer una película y encauzarla, así nadie crea que es posible. Como he dicho varias veces: Ciro se imagina las películas y yo las pongo a andar”.

Todo ello lo comprobó con el surgimiento de Los viajes del viento, su segunda película, también dirigida por Guerra y coproducida con Diana Bustamante. “Después de La sombra…, Ciro tenía una idea y a mí no me cuadraba. Como productora, siempre quiero hacer cosas diferentes, entonces yo seguí por mucho tiempo pensando, hablando con Ciro, forzándolo a pensar en otra cosa. Hasta que un día, en una conversación muy cotidiana, él me dijo que hacía tiempo tenía la idea de un juglar que viajaba para encontrarse consigo mismo, pero que creía que para hacerla tenía que estar mucho más grande. Y yo le dije que teníamos que hacerla”. Ciro, sin embargo, pensaba que algo así necesitaba un productor más experimentado, pero Cristina no se echó atrás y, junto a Diana Bustamante, sacó adelante un filme que en su momento fue uno de los mayores sucesos de nuestro cine al ser seleccionado en la sección Una cierta mirada del Festival de Cannes.

Desde entonces, Cristina sabe que un productor debe hacer todo para que su proyecto encuentre sus soluciones. “Por ejemplo, con El abrazo de la serpiente, llegamos a un punto en el que la historia todavía no cuajaba, y entonces le dije a Ciro que se requería una mirada fresca y llamamos a Jacques Toulemonde para que se sumara como coguionista, y ahí la cosa empezó a tomar forma”. Ese es apenas un ejemplo de lo que considera fundamental para ejercer el oficio: “me gusta no ser sólo quien se encarga del dinero, sino tener argumentos para poder intervenir con puntos de vista sobre las distintas partes del proceso”. Al respecto, coincide con Diana Bustamante en que lo fundamental no es el orden. “Una producción me implica pelear contra mis pocas habilidades de organización. Entonces siempre tener que organizar todo es un reto, y es así como lo asumo”. También cree tener una cualidad que ha sido muy útil: estar pensando en todas las posibilidades. “Un día, en el rodaje de Los viajes…, en el desierto, en medio de la nada, se fue la luz e inmediatamente pensé en qué había que conseguir, cuál sería la forma más rápida, cuándo debíamos volver a hacer la escena, qué podríamos hacer mientras tanto… y la luz llegó al segundo”. Después, cuando le contó a Ciro todo lo que había pasado por su cabeza, su respuesta fue la que habría dicho cualquiera que no tenga esa habilidad: “mierda, yo sólo alcancé a pensar ‘¡jueputa, se fue la luz!’”. 

Ahora, con todo lo que ha pasado con El abrazo de la serpiente, sólo siente agradecimiento y tiene claro un deseo: “que toda la alegría que está sintiendo el medio cinematográfico colombiano se convierta en energía para seguir llevando a la gran pantalla nuestros sueños”. 

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Los amigos del cine 

Jhonny Hendrix Hinestroza se convirtió en productor y director de cine de manera inesperada. “Los abuelos dicen que las cosas están escritas, y yo lo creo”, dice y recuerda que trabajaba como locutor radial cuando unos amigos de la universidad en la que estudió comunicación social empezaron a hacer cortometrajes y le pidieron ayuda, como a varios más. “Era básicamente hacer vaca para la comida, y uno aportaba en lo que podía, hasta que empecé a ir y me fue gustando”. Empezó haciendo iluminación, primero en esos cortos y luego en comerciales, que terminó produciendo y dirigiendo. Y más adelante, con un grupo de amigos que venía haciendo lo mismo, fundó Antorcha Films en Cali, el inicio de todos ellos en la industria cinematográfica. 

Ha sido jefe de producción de Perro come perro y Nochebuena y productor de coproducciones extranjeras como Dr. Alemán, Anina o Hiroshima, dirigida por Pablo Stoll (25 Watts, Whisky). Esa relación con otros países tampoco fue calculada, sino que se produjo en talleres y encuentros en el exterior en los que hizo muchos amigos. “Luego, con los años, resultó que me mostraban sus proyectos a ver qué me parecían, y yo terminaba enamorado de ellos y produciéndolos, y lo mismo ellos con los míos: ha dado la casualidad de que primero hemos sido amigos y luego sus guiones me han gustado, porque en todo caso soy partidario de hacer sólo lo que me gusta, no lo que hay en el mercado: no soy de los que va a un centro comercial a ver qué hay, voy por lo que me gusta”. 

Sus películas han tenido exitosas participaciones en festivales, como Anina y Perro come perro, estrenadas respectivamente en Berlín y Sundance. “En los festivales, si la película es buena le va bien. Pero hay tantas en el mundo como camisetas, entonces hay que hacer ruido para que la gente sepa de ella”, dice y añade que ese ruido debe ser calculado: “hay productores que mandan las películas a todos los festivales, pero prefiero pensar que cada película se relaciona con un festival, como cuando uno presenta a dos amigos que sabe que se van a gustar y eso termina pasando, y hasta ahora hemos quedado en todos a los que hemos apostado. Uno tiene que mandar la película como todo el mundo, pero como uno sabe que llegan miles y es difícil que las vean todas, o con la objetividad necesaria, hay que tratar de hacerlas llegar directamente a manos de la persona que decide”.

Para Jhonny, la labor de producción es mucho más que organizarle todo al director. “Siempre llego con propuestas concretas sobre la historia, sobre cómo puede crecer o mejorar, qué me gusta, qué no. Trabajo desde el inicio, desde el guion”. Precisamente por esa actitud terminó explorando también la dirección, cuando en cierta ocasión un director no aceptó sus comentarios diciéndole que no tenía ni puta idea de dirigir. Eso lo motivó, y hoy ya dirigió Chocó, estrenará este año Saudó, empezará a rodar una próximamente y tiene unos diez guiones escritos. Y en todas ellas ha replicado el modelo de sus inicios y de sus coproducciones: trabajar con amigos.

Por supuesto, estar en ambos roles le ha enseñado las diferencias: “un productor tiene la visión de 360 grados de un proyecto; un director, a pesar de que puede ser su idea, a veces no tiene eso porque hay cosas que no le interesan, como la economía o cómo se consiguen las cosas; el director sabe lo que se va a contar pero el productor sabe, además, lo que se necesita para contarlo”.

Él no siguió el consejo que siempre había oído de que antes de hacer un largometraje tenía que hacer por lo menos diez cortos: “eso es absurdo porque es el mismo esfuerzo, el mismo empeño, las mismas ganas, sólo que en más días”. Ya sea como director o como productor, lo más importante de todo para él es saber para qué está una película: “son como los hijos, que uno sabe de qué son capaces: a uno lo llaman del colegio a decirle ‘es que su hijo le metió una pedrada a otros’ y uno dice ‘sí, pues sí, ese man es así’”.

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