TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Natalie López Valencia Viernes, 26 Junio 2015

Así vive una pareja gay desde hace más de 20 años.

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A estas alturas de la vida me parece un tanto inaudito tener que afirmar y reafirmar una y otra vez que una pareja homosexual es “normal”. Justificar que día a día cumplen con tareas comunes y corrientes como levantarse, ducharse, trabajar, y reconocer que una simple caricia puede convertirse en algo escandaloso, parece mandado a recoger en estos tiempos. Sin embargo, los hechos en Colombia demuestran que la palabra “normal” todavía hay que ponerla entre comillas. 

Jaime Cardona y Sefi Humar tienen una relación que se acerca a los 23 años, mucho más de lo que podrían jactarse muchas pareja heterosexuales; son los dueños de una empresa de productos de belleza y, mientras hablamos, ellos se miran fijamente a los ojos con un poco de picardía. Jaime responde casi todas las preguntas; Sefi, tímido, calla, complementa una que otra respuesta y mira atentamente a Jaime, como saboreando cada palabra. No son activistas, pero sus años de relación son como una dulce protesta.

Cuando llego a su apartamento me recibe una Sorpresa, una chihuahua de 18 meses que corre emocionada por doquier, usando un collar de taches que ni por un segundo la hace parecer más ruda. Sefi toda la vida quiso una mascota pero ninguna de sus otras parejas se animó a adoptar una. Con Jaime tuvo por primera vez la oportunidad de disfrutar de esos animalitos que, como él asegura, “lo llenan a uno emocionalmente”. La primera mascota fue un fiasco, no había nada que Polo no destruyera; al fin, Sefi, resignado, aceptó que era mala idea conservarlo. Luego un poco de Pimienta llegó a darle sabor a sus vidas, y cuando Pimienta murió y la vida se tornó demasiado simple, Sorpresa sacudió el apartamento y hubo que ponerle reja al balcón para que en una de sus locuras de felicidad, la pequeña criatura no terminara de hocico en el pavimento.

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Jaime: Cuando tocó despedir a Pimienta después de 18 años fue muy traumático para él, a mí me dolía pero siempre he sido consciente de que la vida es un proceso: nacer crecer y morir. Sefi incluso llegó a decir que nunca más tendría mascotas y cuando se tomaba sus tragos lloraba por la perrita. Un día nos fuimos a viajar y le compré a Sorpresa. Sefi siempre es el que bautiza a los hijos antes de que nazcan, y los nombres tienen mucha relación con el tamaño, Pimienta era algo pequeño pero picante y Sorpresa es algo tierno y diminuto.

Sentados en su mesa cuadrada uno al frente del otro, como dos polos opuestos, como si recrearan la escena de hace 23 años, dicen que se fueron atrayendo sin conocerse. Vivían a cuatro cuadras de distancia en el barrio Cedritos (Bogotá) y Jaime conoció primero a Gonzalo, la pareja de Sefi en ese entonces. Gonzalo le habló a Jaime de Sefi, le dijo que estaban en proceso de separación y fue flechazo a primera oída. Para Jaime, Sefi era su objetivo real, pensaba “este tipo se me hace superinteresante, lo quiero conocer, lo voy a conocer. Yo soy muy claro en que las órdenes que uno le da al cerebro se cumplen”, asegura con firmeza. Casualmente, un día se conocieron en un supermercado sin que nadie los presentara y, después de tantos años de convivencia, no se han separado ni una sola vez; aunque al parecer son libres de echarse una canita al aire de vez en cuando.

Jaime: No pienso que nos vayamos a separar, no concibo la vida sin él. Puede pasar que alguien le atraiga a uno, es inevitable. Yo pienso que por eso se deterioran las parejas: uno no puede mirar hacia los lados porque se vuelve un drama, pero igual los dos miran a escondidas. Sefi tiene libertad de mirar otro hombre si quiere y verle cosas buenas, yo también la tengo y no pasa absolutamente nada.

Sefi se levanta todos los días a las seis de la mañana a contestar correos de su hermana Soledad y de sus sobrinos, que viven en el extranjero; Jaime dice que es muy perezoso para madrugar y se levanta a las nueve o diez si es posible. Ya están en plan de retiro, la idea es irse a vivir cerca a la playa, porque una de las grandes pasiones de Sefi es el mar.

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Aunque Jaime es el más cariñoso, Sefi no es inmune a sus caricias, por eso una vez se ganaron un problema en las playas de Johnny Cay (isla de San Andrés). Jaime estaba besando a Sefi al resguardo de una palmera cuando llegó un policía que pretendía llevarlos a pasar la noche en la estación por escándalo público y “el único que estaba viendo era él”, asegura Sefi entre risas. Según Jaime, el policía quería plata: “a mí la policía no me asusta, si un agente me pregunta por qué le estoy dando un beso a Sefi le digo que es mi marido y punto”.

Y es que así como el amor no necesita justificación, tampoco sus demostraciones: Jaime no lo ve desde la condición sexual, sino desde la posición de que cualquiera desea ser cariñoso con la persona que ama. “Todo lo hago dentro de la normalidad sin que pase a ser ni obsceno ni llamativo, porque también hay que ponerse en la piel de los demás; de pronto para ellos no es tan fácil de asimilar, tengo claro que no me gusta generar escándalos”.

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Una pastilla milagrosa

Por qué no hacen activismo es una buena pregunta. ¿Por qué una pareja con tantos años de convivencia parece no querer alzar la voz para reclamar sus derechos? La respuesta es que ellos nunca se sintieron diferentes.

Jaime: Jamás tuve la necesidad de sacar una bandera y decir “¡Ey, aquí estoy yo!”. Yo pienso que los humanos nos tenemos que hacer notar por lo que somos como personas y profesionales, nuestra vida privada es privada. Ser gay es una inclinación, no una enfermedad como aterrado escucho decir a personas que creen que con una pastilla o con un tratamiento se va a quitar.

Para Jaime, tal vez quienes necesitan una pastilla milagrosa son quienes lo señalan. Y aquellos que están descubriendo que tienen una inclinación sexual diferente, tal vez requieran orientación, no tanto para ellos mismos o porque estén confundidos y necesiten quien los ayude a ser “normales”, sino para saber cómo van a enfrentar el mundo, el qué dirán, y sobre todo la situación familiar, que es lo primero que se cuestiona una persona cuando tiene una inclinación sexual diferente.

Para esta pareja, “El gay nace, no es que lo vuelvan o que sea una moda; es una condición. Que unos se identifican como tales a una edad y otros a otra, es diferente. Uno nace con la inclinación, nadie lo hace a uno”.

Jaime: No se trata de ser el supermacho ni el supermarica. Lo primero que asumí al identificarme como gay, era que quería ser un hombre común y corriente. Ayudó mucho el hecho de que nunca me he preocupado por ocultar nada, mis sobrinos desde que nacieron conocen a Sefi, saben que no es mi hermano, que no es mi primo, que no es mi tío, como se acostumbra mucho a decirles a los niños en este mundo.

A medida que transcurre la entrevista, la charla se torna más amena y más honesta. Les pregunto cómo asumieron sus familiares su orientación sexual, se miran entre ellos y comienzan a conversar, yo únicamente sostengo mi grabadora para evitar que el viento o algún ruido imprudente me roben alguna palabra.

Sefi: Mi papá era árabe y mi mamá colombiana, no creo que él lo haya llegado a saber, lo intuyó; lo más cómico era que éramos cuatro hermanos gais, si lo hubiera sabido se hubiera muerto antes.

Jaime: Nunca he tenido que decirles “yo soy” o “él es”, yo siento que me aman y me aceptan, lo importante para mis papás han sido mis logros. Yo sé que lo saben, solo que me respetan y me admiran como soy.

Sefi: Yo no creo que uno haya tenido que enfrentarse a nadie, eso afloró naturalmente; uno desde pequeño sabía que le gustaban los hombres y lo veía muy natural, y la familia también se fue dando cuenta. Jaime es mi tercera pareja, fui viudo, luego separado, después de mí, mi ex se volvió sacerdote (risas) y ahora sigo con Jaime.

Jaime: Pero entre comillas tú vivías dentro de un clóset pensando que tu familia no sabía, para Yamile y Alí (hermanos de Sefi) que están dentro de un mundo artístico parece algo normal, pero pensabas que tu hermana Soledad, la persona más cercana a ti afectivamente, no sabía, entonces guardabas cierta apariencia…

Sefi: Sí, le guardaba un respeto a ella, traté de ocultárselo, pero ella lo sabía más que yo (risas).

La misma dinámica prosigue cuando les pregunto qué es el amor para ellos:

Sefi: Yo no sé, a veces confundo el amor con la costumbre, yo creo que eso es el amor.

Jaime, sin estar visiblemente perturbado por la opinión de su pareja, responde: Se te puede volver una costumbre, es cierto, pero creo que el amor es un conjunto de cosas, empieza por una atracción física, a medida que va avanzando el tiempo se va profundizando el sentimiento, se procura el bienestar de la otra persona más que el de uno mismo y eso demuestra que uno de verdad está enamorado: el amor no tiene un color específico. Para mí estos 22 años bien pueden ser tres años, o meses.

Les pregunto qué es lo que más les gusta al uno del otro y se miran en silencio un largo segundo:

Jaime: Su inocencia, es ingenuo, es muy tierno, sensible; para mí es un niño grande, él es mi niño; a pesar de que yo tenga 47 y él 62, él es el bebé de la casa.

Sefi: O sea, yo soy un retrasado mental según Jaime (risas). De él me gusta la seguridad, la compañía, la alegría, se preocupa mucho por mí, es demasiado hablador, toma del pelo. Todo me gusta de él, o no todo, a veces se escapa con mucha frecuencia… “a misa”.

Jaime: Ir a misa es importante.

En cuestiones de cocina no es la complejidad de una receta lo que hace a un plato exquisito. Para Jaime, “una sopa es muy simple pero si uno le pone su estilo seguramente va a quedar rica”. Paradójicamente, Sefi, quien tuvo un restaurante durante 14 años, no sabe cocinar, pero es el mejor administrador que existe según Jaime, “Sefi hace unas hamburguesas muy ricas y a la gente le encantan, no es que cocine, sino que las arma. Sefi no es un buen cocinero, pero si me preguntan cuánto dinero tengo en la cuenta, no tengo ni idea”.

El color favorito de Sefi es el azul, determinante en sus compras; tal vez la compañía de Jaime, quien no tiene una fijación por un color en especial, ha hecho que su armario se haya diversificado un poco, pues “ya se pone rosadito o se pone rojo”.

Su consejo para las familias que tienen un integrante homosexual es impulsarlos a que se preparen intelectualmente, porque cuando una persona se prepara, su condición sexual pasa a un segundo plano y no existe tanta discriminación hacia ellos. 

Sin duda este no es un artículo extraordinario en el que se habla de una pareja gay maltratada y con sus derechos vulnerados, como hay miles de casos que merecen ser visibilizados; en este caso, simplemente decidimos hablar de la cotidianidad de una pareja homosexual aceptada por sus familiares, un caso extraordinario de una pareja tan “normal”, como cualquier otra.

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Historia LGBTI

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