POR: Javier Mejía ILUSTRACIÓN: Juan Gaviria Jueves, 07 Abril 2016

 

Antes de Rodrigo D. No futuro, este actor ni siquiera sabía que podía ser actor. Este es un monólogo de ruido y lujuria adolescente en una Medellín que era menos violenta de lo que parecía. Desde las baladas setenteras hasta el punk más visceral, así creció el protagonista de una de las películas más icónicas del cine colombiano.


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Yo llegué al rock por el básquet y al básquet por la mujeres y a las mujeres porque la feromona comenzaba a gritar. Era más o menos 1978 y me dediqué al básquet porque quería crecer aunque fuera un centímetro. Yo vivía a diez cuadras del parque principal del barrio Villas de Guadalupe, en Manrique Oriental (Medellín), allí estaban la cancha y las mujeres más bonitas. Yo jugaba bien, de verdad, jugaba como un putas, no te rías guevón que es en serio; y a pesar de que no me estiré un culo, gracias al básquet pude dar mis primeros besos. El parque de Guadalupe era una nota, en ese momento había una transición de toda esa ola romántica que habían traído Sabú, Camilo Sesto, Raphael, Sandro y había llegado la música americana, así se le decía, “música americana”, qué risa; habían llegado el disco, el funk, el pop que traían unos ritmos muy pegajosos así nadie entendiera nada, eran ritmos medio amanerados y si uno escuchaba esa música, de inmediato iba a tener el apelativo de maricón, pero a mí me importaba un culo y oía música disco al escondido, casi de manera revolucionaria, me remangaba la camiseta para dejar ver el musculito y la solapa del cuello levantada para parecer más sexi.

Un día, empezaron a parchar en una esquina del parque donde yo jugaba básquet unos tipos más oscuros, con una mujeres oscuras, con el pelo larguísimo: era una gallada nueva, fascinante; y con unas mujeres que en medio de su desfachatez estaban buenísimas, yo sentía que venían en mi rescate, te lo juro. Ese combo olía a marihuana y mi mamá me había dicho mil veces: “Ojo que yo no quiero hijos viciosos; vea al hijo de fulanita, que se volvió loco: los viciosos empiezan robando, luego matando y por último en la cárcel o muertos”. Mierda, ese panorama era aterrador, escalofriante: el manicomio, la cárcel o la muerte. Pero a mí me ganó la feromona y no le hice caso a mi mamá. Eso cuando se lo dicen a uno tanto, hay veces que causa el efecto contrario. Así que solté el balón y me fui ver quién era esta gente tan extraña y ¡oh, sorpresa!, resulta que allí fui excluido e ignorado por completo. Yo era lo contrario a ellos: usaba gomina, ropa de colores, la manguita remangada, no tenía pelo largo ni aretes… nada. Mucho tiempo después supe lo que yo era: un “aparecido”, así nos decían.

Estos manes tenían su pinta, con sus Levi’s, sus camisas hindús coloridas –sicodélicas, hermosas–, sus pelos largos. Y ellas eran diosas, o así las veía yo, y para mí se convirtió en un conflicto: era un camino que olía a marihuana y el otro olía a maricón. ¿Y sabés qué? También creo que el sentirme rechazado hizo que la cosa se volviera un reto: empecé a tratar de hacer amigos y me pillé cuál era el truco: “Si tú sabes, nosotros te respetamos, te escuchamos”, “Si tienes el pelo largo, eres un hombre libre, te rebelas contra la sociedad, contra las reglas establecidas”. Todo eso representaba un signo de poder y liderazgo, el saber más que cualquiera sobre música, tener el pelo más largo, el que se vistiera más raro. Con ese clima de Medellín y la gente usaba gabán, gabardinas y sobretodos, ¿te acordás? Unas gabardinas viejas, heredadas de cuando el papá o el abuelo de uno habían ido a hacer alguna gestión en Bogotá y desde eso estaban guardadas. Qué belleza, con ese calor tan hijueputa, eso era un despropósito, no nos faltaban sino la bufanda y los guantes.

Pero lo que daba más poder y respeto era tener un LP, con uno bastaba, no tenía que ser tuyo ni siquiera, con que te vieran con el LP bajo el brazo por ahí algún día caminando, subías un peldaño en esa escalera al cielo que era pertenecer al parche. Eran unos LP con unas carátulas que la que no tenía calavera, tenía corazones rasgados, metal en los cuerpos, eran futuristas, sicodélicas y con una gente que yo no tenía ni puta idea quién era: andróginos, con más pinta de maricones que los que yo venía escuchando. Igual a mí ese mundo me sedujo y ya no hubo vuelta atrás. Por ejemplo conocí a Nico: ese loco tenía el LP de UFO y en ese disco venía “Belladonna”, una canción muy importante en el ámbito romántico; la verdad, yo creo que esa era la única canción de ese LP y eso hizo que Nico se convirtiera en una especie de representante honorífico de UFO en Medellín.

A mí me comenzó a crecer el pelo, pero con el pelo crecieron los problemas en la casa: trataba de evitar lo más que podía a mi mamá y que no notara que ahora me demoraba más en la ducha. Es que ese es un punto importante: cuando el pelo tiene 7 u 8 centímetros, esa vaina es una choza, eso no es atractivo ni para el espejo ni para las nenas ni para nadie, es una cosa muy hijueputa; solo hasta que llega ese momento cumbre en que el pelo está más abajo de las orejas y toma movimiento, cuando comienza a sansoniarse, ahí es que se hace llamativa tu cabeza. Mientras eso pasa hay que consentirlo con masajitos al cuero cabelludo: yo compraba en la tienda el sobrecito de bálsamo, había que encontrar el adecuado o existía la posibilidad de que uno quedara oliendo a primavera. Y había que tener mucho cuidado de que no te motilara tu mamá en la noche. Era una sensación horrible, esa era la mayor vergüenza: tener a Dalila en tu propia casa y un día amanecer trasquilado era nefasto, esa mierda te acababa la reputación, a muchos les pasó y les tocaba buscar otro parche y no volvían, se convertían en unos parias, exiliados del combo, desplazados del rock.

Los rockeros sabios usaban los Levi’s 505 y, marica, yo no tenía un puto peso para comprar unos jeans de esos. Usaban unas camisas hindús que eran divinas y carísimas y todas las nenas vivían enamoradas. Entonces empecé a pintar mis propias camisetas con témpera, me acuerdo que las primeras fueron de Kiss y, como no tenía gabán, mi abuelo me regaló un saco como los de ir a la oficina y eso me quedó igual a un gabán, me llegaba a las rodillas, parecía un loco. Es que uno creía que Robert Plant andaba todo el día por ahí con el ombligo afuera como salía en las carátulas.

Pasaron los meses, yo me esforcé mucho por tener conocimiento y ya en el combo me dirigían la palabra, aunque no supieran cómo me llamaba. Como yo dibujaba, también empecé a colaborar con un periódico que se llamaba Liberación y rock, una belleza: hecho en fotocopia, doblado y grapado al centro, eran como cinco páginas y valía como dos pesos. Dibujé un par de portadas y algunas ilustraciones en las páginas interiores y eso se repartía en los colegios, donde sabíamos que había parche: Castilla, Villa Hermosa e Itagüí.

Y empecé a ir a los bailes. Al principio no me dejaban entrar; igual yo iba y me quedaba afuera, ahí parchado, relajado, como si estuviera descansando o fumando o hablando con otro aparecido, aguantando la vergüenza de no poder entrar. Estoico con el saco de mi abuelo. Con el paso de los meses fui aceptado en el grupo y ya podía entrar a los bailes, que se hacían en la casa de alguno y el dueño decidía quién entraba y quién no; se quitaban los muebles y en una esquina se hacía el DJ con su tocadiscos, iluminado únicamente por una vela y con los discos en un orden metódico y muy estudiado, donde se sabía que canción seguía y qué surco iba a sonar. Allí, la prioridad no era el amor, era el rock, o al menos para mí que aún no conseguía nena. Pero cuando logré ser aceptado y entrar al parche, también entré al corazón de dos o tres chicas de las más apetecidas. Y ahora sí, marica, cuando sonaba “Belladonna” yo también podía bailar baladas y si uno bailaba con una pelada era una señal para decirte que la podías besar, era el comienzo de algo, era un despliegue de coquetería ni la hijueputa: la cercanía del rostro, el besito en el cuello, la respiración en la oreja, acercarse a la esquina de los labios; siempre bajo la complicidad de la oscuridad y esas sombras en las paredes que producía la vela.

Un colino que conocía me prestó el primer LP: una recopilación de varias bandas que se llamaba Heavy-Duty y tenía bandas como Whitesnake, Atomic Rooster, Krokus, con canciones muy viejas y mi tarea fue aprenderme los nombres de todos los bajistas, los bateristas, los guitarristas, los vocalistas, de todos, nombre y apellido y, además, tratar medianamente de traducir los títulos –pues aún no llegaban las letras con el disco– y, con eso, tratar de adivinar de qué trataba la canción y, algunas veces, coronar qué decía el coro; de resto, uno no tenía ni puta idea, teníamos ese pobre inglés de colegio. Uno tarareaba tratando de que sonara lo más parecido al inglés y sumándole la mímica de la guitarra imaginaria y el movimiento de las melenas, se lograba un buen efecto.

Como los LP eran la espada del rockero, me dediqué a realizar unos trueques maravillosos: yo le decía a alguien en Copacabana “tengo el Hell bent for leather, présteme este suyo y le paso el de Judas Priest”. Y así lograba unos cambalaches fantásticos sin que nadie se diera cuenta de que yo no era dueño de ninguno de los dos LP. Lo que sí tenía es que me había ganado la confianza y eso era tal vez lo más importante, eran núcleos muy cerrados y si se enteraban de que faltoniaste a alguien con un LP o que lo rayaste o que lo entregaste con huellas, eso a nivel de reputación acababa con un rockero; incluso si la otra persona no te recibía el disco como se debe –dedo al centro donde va el papel y dedo por fuera en el borde–, era muy probable que esa persona saliera del circuito de trueques.

Llegó el momento en que tuve el pelo en los omoplatos. Ahí ya uno se sentía rugir a cada ondulación que lograba con la melena. Tenía el conocimiento, tenía chicas, muchos amigos, sabía bailar baladas y con los ahorros pude comprar unos jeans, no los putos Levi’s 505 pero sí unos Carrel oscuros que eran baratísimos y los vendían en Paguemenos o en el Éxito. Además, tuve la suerte de conocer a un man del M-19 que estudiaba en la Universidad de Antioquia y él odiaba las marquillas, me decía: “¡Uno no puede ser tan marica y tan güevón de querer ser un ser-pancarta, un maniquí lleno de marcas que lo único que hacen es quitarte identidad!”. ¿Cómo? Yo me pegué de eso, este es mi sensei, me está dando la luz y, viéndolo bien, tenía razón. Ahorré y me compré una camisa tipo Krishna, comencé a usar alpargatas y collares y, así, logré tener el kit completo de rockero revolucionario y líder: o sea, me volví un pelao cuca, ¿te acordás? Así se les decía: los pelao cuca.

El parque de Guadalupe nos comenzó a quedar pequeño, se llenó de heladerías y rumbeaderos de salsa. Todo eso era plástico para nosotros, así que nos fuimos de ahí y el combo se comenzó a parchar en la cancha de San Blas. Eso allí era como un nido tibio: la cancha era oscurita, nadie lo jodía a uno, a veces iban los tombos y ya, era un sitio muy cómplice; si uno tenía suerte, podía echarse un polvito con la parcera sin que lo molestaran. Pero todo eso era demasiado bonito para durar, toda esa cosa idílica y romántica del rock cambió con la nueva música, llegaron las Metal Massacre, unas recopilaciones de varios grupos, unas bandas con unas baterías más fuertes, unas guitarras más agresivas, entraron a la escena Mercyful Fate, Slayer, Venom, Metallica, Raven y la gallada comenzó a tomar posición y bando musical.

Ya en la escena local estaban sonando Carbure, Nash y Fénix. Estas bandas, sobre todo Carbure, se habían tomado la radio y eran número uno por primera vez por encima de todo lo que llegaba, salían en televisión y, además, ocurrió que ya no eran los pelaos de Laureles o El Poblado o Belén los que hacían rock, los barrios fabricaron su propio sonido pues veían a estas bandas como plásticos, como casposos, se les veía como unos pequeñoburgueses, así no lo fueran.

Entonces se comenzó a defender con mucho ahínco, casi de manera irracional, el no saber tocar, el tener que hacer los instrumentos con las uñas, se empezó a defender esa originalidad. En los barrios sentíamos que estábamos inventando un rock, que no estábamos copiando nada, que no necesitábamos la academia y eso dividió mucho a la ciudad: era una batalla en búsqueda de la verdad, de quién tenía la verdad.

Para ese momento ya se había empezado a crear el núcleo punk de Medellín, había llegado algo de música y la ciudad se dividió en dos bandos: los metaleros que eran muy serios, como muy secos, muy oscuros, muy estridentes; en cambio el punk seguía siendo rocanrol y mí me gustaba eso de que los punkeros se jugaban la vida a cada instante, era el hoy, el ahora. Así nadie supiera muy bien qué era punk, todo se volvió punk, por todo se decía “Uy, qué punk”. Te pegaban tres puñaladas: “Uy, qué punk”; me echó la novia: “Uy, qué punk”; me quebré los dientes: “Uy, qué punk”; usar la chaqueta del abuelo: “Uy, qué punk”. Todas las desgracias, todo lo negativo, el desamor, el desempleo, no tener expectativas, no suplir necesidades básicas, que un parcero te escupiera y eso no te produjera ningún malestar sino todo lo contrario, que lo pudieras tomar y comértelo, ¿me entendés? Y ahí, marica, apareció una fauna muy bonita: los cortes de pelo –había muy poco mohicano aunque se buscaba la cresta, los pelos largos se cortaron, el agua de panela para fijar el pelo–, las botas de platina Grulla, los estoperoles, los taches, los chuzos, las puntillas, los bailes más fuertes. Entró el codo, la gente era más agresiva y había una cosa bonita: en los pogos se armaban unas grescas ni las hijueputas pero las peleas duraban lo que duraba la canción, se daban pata y puño y, después, cada quien a una esquina a lamer sus heridas.

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Un día me encontré con mi amigo Omar Alfonso Arroyave, un compañero del colegio que me preguntó si quería tocar con él. Le dije que no tenía instrumentos, que yo solo cantaba y él me dijo que tenía una batería. Güevón, yo no tenía ni puta idea de tocar batería pero acepté la invitación. Llegué a su casa y era una batería de un grupo de música tropical, era deplorable, tenía un bombo en un cuero grueso de vaca, los tensores eran casi artesanales y estaba llena de almohadas adentro, no tenía charles, tenía un plato y un tom de aire, era mitad hechiza y mitad reparada, con decirte que había un platillo y una tapa de una olla.

Las primeras baquetas fueron talladas, hasta que pude comprar unas. Uno siempre compraba las más gruesas porque se supone que tenía que ser un baterista fuerte, era sinónimo de rudeza. Luego, Omar se compró unos micrófonos en una prendería, él tenía una guitarra acústica y le quitó el brazo y mandó a hacer un cuerpo en V en una carpintería, le incrustó los micrófonos y quedó con una guitarra eléctrica con diapasón de acústica, una belleza de maroma. Y eso sonaba una maravilla, sonaba como queríamos, lo importante era lo que teníamos para decir, había mucha rabia y toda esa rabia salía en las canciones. El primer nombre de la banda fue Abortos Hijos de Puta pero ese nombre no pegó: Omar es un tipo muy sano, su insulto más grande es decirte “Qué más, cabezón” o “Qué más, muelón” y no más. Me dijo: “No, hermano, cambiemos ese nombre que eso no dice nada”. Le llevé entonces otro, le propuse que la banda se llamara Fornicar Ltda. y esa empresa también fracasó, así que le propuse Entes y me dijo: “No, cabezón, nadie sabe qué son los entes”. Y yo ya mamado de buscar nombre cada semana, le dije, “ve, ya que estamos mutando tanto, pongámonos Mutantex”. Así, con X, pues la equis era sinónimo de punk y le chantamos la equis; a mí, la verdad, ese nombre siempre me sonó a fábrica de plásticos.

Primero yo tocaba en negras, de manera autodidacta, ¿me entendés? Era algo como “tupa, tupa, tupa, tupa”. Luego aprendí a sacarle corcheas al hi hat y comencé a mezclar negras con corcheas en la derecha. Así montamos “Sin reacción” y, de verdad te lo digo, ese tema yo aún lo siento muy auténtico. Omar tocaba una base rítmica de lo que él creía que era “My Way” de los Sex Pistols, pero esa armonía no es “My Way”, si escuchas de nuevo la versión de Sex Pistols y la nuestra, no tienen mucho que ver. En fin, la cosas es que yo arranqué a escribir como loco y a estudiar batería, a preguntar, a conocer bateristas, a hacer mis partituras. Repartíamos casetes muy mal grabados por todo Medellín y sentíamos que sonábamos tan bien que no necesitábamos a nadie más, éramos guitarra, batería y voz, un dúo de punk, eso nos hacía una banda muy particular y así fueron naciendo “Peye”, “Así no”… y la gente se las apropiaba y les cambiaba hasta el nombre, a “Así no” la gente la llamaba “Estúpidas miradas” o “Peye”, que todo la gente la conocía como “Ramera del barrio”.

Hicimos muchos toques en la casa de Omar, teníamos nuestro público, los casetes pasaban de mano en mano, hasta que llegó uno de los momentos cumbres de Mutantex, el concierto en la iglesia de Buenos Aires. Un par de amigos, Giovanni Rendón y el Chino, habían conseguido engatusar a un cura con que iban a hacer un concierto para la gente buena del rock, una fiesta a la vida y la música o no se qué más cuentos, pero lograron vender la idea. Estaban varias bandas punk de Medellín, que no eran muchas, estaba Peste, No, P-Ne, Las Pichurrias y Mutantex. Nos reunimos en Castilla para hacer el sorteo de en qué orden íbamos a salir, pues a nadie le gusta salir de primero, era como ser teloneros, una mierda: y claro, marica, nos tocó de primeros. Eso fue lo mejor que nos pudo pasar.

La iglesia estaba hasta las tetas y arrancamos a tocar, ahí fue cuando el cura blanqueó los ojos y se dio cuenta de la gentecita con la que se había metido y llamó a la policía. No sabemos qué les dijo y llegó un operativo gigantesco, como si fueran a rescatar al mismísimo Papa de las garras del punk. Eran cinco camiones llenos de tombos y en ese momento había muchos punkeros agresivos, que sabían hacer bombas Molotov y, al llegar la policía, abrieron la puerta y los recibieron con un bombazo. Ahí sí se armó la chupamelculo, nosotros habíamos preparado unos diez o doce temas, íbamos por el octavo cuando la policía irrumpió y se armó ese verguero tan hijueputa de bolillo, cadenas, chuzos, bates, pata y gritos. Y como en el Titanic, nosotros seguíamos tocando y entre más duro nos daban, más duro le dábamos a los tarros. Estábamos musicalizando la toma y ahí comencé a cantar un coro improvisado: “no te dejes más golpear / no te dejes acabar / no te dejes más golpear”. Fue un momento memorable, cinematográfico, hasta que la policía nos alcanzó y nos sometió. Eso fue un mierdero, ahí hubo bala. Terminamos en el F2, nos tuvieron encanados tres días con sus noches, nos mojaban en las madrugadas, nos amenazaban, nos trataron horrible, fue inhumano: imaginate, nos tenían descalzos pues nos quitaron las botas con el argumento de que parecían militares, tan maricas. Les decíamos: “Tombo güevón, no ves que las venden en Grulla”. Pero los güevones fuimos nosotros, nos mandaron descalzos para la casa.

Vinieron más toques, aunque nunca volverá a haber algo igual a ese. Luego vino todo el rollo de Rodrigo D, pero esa es otra historia y, como vos sabés, los directores de cine son un poco de aparecidos.

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