POR: Ed Ladino Viernes, 24 Julio 2015

Este es el trabajo de Antonio Castello, un fotógrafo fugitivo.

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uan Antonio Hoyos es el nombre de pila de Antonio Castello, un fotógrafo y diseñador bogotano, de 31 años, radicado en Nueva York desde hace tres y que se ha dedicado a fotografiar el mundo que lo rodea.

Dejó Colombia porque para él, como para muchos de los colombianos, se ha vuelto muy difícil vivir aquí. “Hay mucha gente que busca la violencia, que prefiere hacer el mal, mucho político mafioso, mucho lagarto, es difícil moverse de un lugar a otro o caminar por la calle sin andar precavido porque lo van a robar”. Sin embargo, desde el país del Tío Sam ha decidido poner en práctica muchas de las cosas que ha aprendido durante su juventud colombiana: montó su empresa, POORdesigner.com, dedicada a comercializar productos de diseño que, como su eslogan afirma, lleva “7 años evitando ser ricos”; además se volvió embajador de Lomography para Colombia y el mundo.

Su amor patrio lo hace soñar con volver a vivir en estas tierras algún día y, si lo hiciera, seguramente sería en Medellín o en Santa Marta, ciudades que a su criterio sacan la cara por Colombia. Se mudó a Nueva York en noviembre de 2012, días después de que el huracán Sandy arribará a la ciudad: “fue un invierno muy frio y oscuro, tengo muchas fotos de esa época, mucha nieve y lugares oscuros”.

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De su experiencia en Estados Unidos destaca el enorme esfuerzo que, como artista en formación, ha necesitado para subsistir: “hay mucha competencia y es difícil sobresalir, pero eso también lo hace muy interesante, es algo que se vive. Se puede sentir en todas partes, todo el mundo lo habla, prácticamente se desayuna, se almuerza y se come arte. Nueva York es una capital de artistas, hay cosas pasando en todas partes todas las semanas alrededor del arte: nuevos lugares, nuevas galerías, gente haciendo cosas nuevas todos los días, se deja de competir por ser el mejor, el único y ganar premios o ser famoso, y se comienza a ser parte de ello, a vivirlo y disfrutarlo sin importar si te hace famoso o millonario; eso llega por añadidura si lo haces bien”.

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JUAN Y ANTONIO

Por un lado está Juan, el amigo, el que todos conocen, el que sale y socializa, el que da la cara y está en las listas. Antonio es el que nadie ve, el que está tomando la foto en secreto, el que se cuela a las fiestas sin pagar, el que entra a los fashion shows sin permiso o al backstage cuando nadie se da cuenta, solo para tomar fotos que no está autorizado a tomar, “decidí crear un alter ego llamado Antonio, que es el patito feo, ese que nadie conoce. Castello es un apellido en mi familia que solía tener mucha historia –era usado por el duque de Holt Castello en Luxemburgo hace muchos siglos, así que decidí rescatarlo”.

Para Juan siempre ha sido difícil definir su fotografía, pero a lo largo de estos años ha logrado desarrollar una línea de trabajo en particular, la de Antonio: “me gusta tomar fotos en la calle o en eventos, de cosas que pasan cuando la gente no se da cuenta que la están fotografiando. Una vez un amigo me dijo: sus fotos son como pícaras y kinkis. Cuando todos los fotógrafos están concentrados en alguien posando, yo trato de ubicarme al lado opuesto, retratando lo que nadie quiere ver”.

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Antonio es un rebelde de la fotografía; vive, come y respira por ella y esta pasión lo ha llevado a ser uno de los embajadores de la marca austriaca Lomography. La lomografía es considerada por sus seguidores como un movimiento artístico y, en la actualidad, hay varias tiendas, galerías, grupos y concursos de todo el mundo con el objetivo de difundir y apoyar esta forma de arte. Según lomography.com hay diez reglas doradas para esta práctica, incluyendo llevar la cámara a todas partes, disparar desde la cadera, acercarse a los objetos lo más posible, no pensar y no preocuparse por las reglas. Eso explica su apariencia descomplicada y esa textura medio casera, como de foto familiar.

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Antonio se esfuerza por ser fiel a esta filosofía de vida, pues para él la lomografía es como una familia: a través de ella conoció a sus amigos, a su novia y a varias exnovias. Nos cuenta que ser embajador significa viajar a otros países y conocer gente envuelta en este movimiento, tener donde quedarse en Viena sin pagar hotel, tomarse unas cervezas con un alemán un día o comer pato con alguien de Corea del Sur, al tiempo que se toman fotos análogas sin parar y se discute sobre las mejores sugerencias, rollos, herramientas o efectos, sin importar si las fotos son raras o no son las mejores (o incluso si salen veladas). Para Castello, ser embajador es también promover la fotografía análoga y experimental entre aquellos que solo piensan en tomar fotos digitales iguales a las de los demás para poderlas compartir en Facebook.

Así, el trabajo de Antonio viaja entre lo fashionista y lo cotidiano, porque sus gustos también son muy variados: la ropa la prefiere de acuerdo a la temporada o al evento –negro en invierno, blanco en verano, azul y verde para acompañar, rosado para llamar la atención y controvertir–. Si pudiera escoger un momento para tomar fotos, sería al amanecer desde el ferry de Staten Island, cuando se puede ver el sol saliendo detrás de los puentes del río Hudson iluminando Wall Street y Brooklyn. Su lugar favorito es Madrid y recomienda leer Sexus, de Henry Miller. Admira a Asher Moss y Melody Medows, una pareja de fotográfos experimentales que se retratan el uno al otro. Le gusta comer tapas y tomar cervezas pequeñas (cañas, como les dicen los españoles). Por ahora, su lente seguirá capturando la ciudad de Nueva York y, quién sabe, quizás en un tiempo su talento esté de vuelta en Colombia y no siga como los que deben partir porque, como dicen por ahí: “nadie es profeta en su tierra”. 

 

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