POR: Andrea Melo Tobón Martes, 09 Agosto 2016

 Rocca es un rapero colombofrancés conocido por hacer parte de La Cliqua –una de las más importantes agrupaciones de hip hop en Francia– y de Tres Coronas –un grupo que se formó en Nueva York y fue nominado a un Grammy Latino en 2007–. Hace más de cinco años, se radicó en Bogotá para consolidar su carrera como solista con doce álbumes bajo el brazo y más de 500.000 copias vendidas en todo el mundo.

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El universo de Sebastián Rocca  

En 1974, los artistas colombianos Francisco Rocca y Gloria Uribe viajaron a Francia gracias a una beca para estudiar arte. Un año después nació Sebastián. Los dos hijos Rocca crecieron entre acuarelas y racismo en una casa del barrio 14 de París. Casi todos los amigos de Sebastián eran de ascendencia africana y, como en esa época no había tantos latinos en la zona, a él lo creían árabe.  

En su casa se escuchaban boleros, salsa y música clásica y colombiana. Desde pequeño estudió en el Conservatorio Cesar Franck: “masacré el violín, torturé el piano y terminé dándole duro a las congas y a la batería”. Sebastián contrastaba su formación musical en la academia con ser DJ y grafitero en tiempos en los que no había internet ni teléfonos celulares.

A sus trece años ya rapeaba en las calles de París junto a un amigo DJ que tocaba con las tornamesas de los papás: ponían los vinilos y grababan los beats en un casete para reproducirlos cuando Rocca cantaba. La navidad de 1988, la mamá le regaló a Sebastián un vinilo de Public Enemy y le dijo “no sé si sean buenos pero los de la portada se parecen a tus amigos”. Él lo recibió y lo puso a sonar hasta que amaneció.

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Años después, Sebastián ahorró con un amigo por meses para ir a ver a la agrupación Gangstarrr en una discoteca de París. Aunque eran menores de edad, pudieron convencer al guardia de dejarlos entrar y, apenas lo hicieron, fue tanta la impresión que le generó la interpretación que el adolescente se convirtió al rap para siempre. Sus padres no dejaron pasar inadvertida la obsesión: “Si quiere hacer rap tenga más vocabulario, lea poetas latinoamericanos, filósofos y aprenda de los mejores, no sea mediocre”, le aconsejaron.  

De callejón en callejón, entre pintadas e improvisaciones, Rocca terminó conociendo a varias pandillas, entre ellas los Black Dragons, un grupo afro que, se dice, exterminó a los skinheads en tiempos en los que si se era migrante, no se podía andar por ciertas calles de París. A los diecisiete años, Sebastián –quien siempre usó su apellido como apodo– ya era invitado fijo a los toques de la pandilla que terminó transformándose en La Cliqua, un grupo de culto entre la movida hip hop francesa.  

“Aprendí mucho de ellos, del bien y del mal”, dice el colombiano. Para 1995 él ya vivía del rap, vendía más de 10.000 discos al año, tenía apartamento y estaba haciendo giras por Francia y Alemania y en festivales de música como el de Montreux en Suiza. “Hace poco tuvimos un concierto en París con todos los miembros de La Cliqua y no hubo necesidad ni de ensayos. Nadie te quita lo bailao”, afirma Rocca.  

Después de estrenar siete discos colaborativos con los miembros de La Cliqua, con canciones que lo volvieron famoso como “Les Jeunes de l’Univers” o “Comme une sarbacane”, Rocca firmó como solista con la sede francesa de Universal Music y, entre los años 1997 y 2003, sacó tres álbumes. Entre deux mondes le hizo merecer dos discos de oro en Francia.

Al principio, tenía todo un equipo de productores, músicos y realizadores que condimentaban cada uno de sus trabajos, pero el presupuesto de la disquera bajó y muchos de ellos fueron despedidos, a lo que Rocca respondió con el fin del contrato y un cambio brutal: irse a Nueva York a hacer rap en español; es decir, comenzar desde cero en el corazón de la industria del entretenimiento.  

En 2004 montó su sello Parcero Productions y formó Tres Coronas junto a P.N.O. y Reychesta –que se retiraría tiempo después–. Pero la historia de lo que pasó en Estados Unidos la conocemos muchos porque la escuchamos al crecer: Tres Coronas es una de las pocas agrupaciones latinas de rap que se puede jactar de haber sido nominada a un Grammy Latino y haber vendido más de 200.000 copias.  “Puedo decir que ya logré hacer escuela del rap latino. Hoy en día todo el mundo sabe quién es Tres Coronas, yo creo que 90% de las bandas se criaron escuchándonos”, cuenta orgulloso. Sin embargo, el proyecto se acabó en el año 2011 después de una gira en Europa y África en la que P.N.O. y Rocca quedaron exhaustos y con ganas de emprender camino como solistas.  

El trabajo de Rocca no se ha quedado en discos o tarimas, también ha escrito bandas sonoras para el cine como La vida loca, un documental del difunto director Christian Poveda sobre los maras salvadoreños, o Asalto al cine de la mexicana Iria Gómez y una canción para la película de Hollywood Sabotaje, que protagoniza el actor Arnold Schwarzenegger. Hace poco más de un año acompañó a la directora francesa Margot Didi en la filmación de un documental llamado La ruta hip hop en el que recorren las raíces de este género desde Buenos Aires a Ciudad de Guatemala con artistas como Eklips, Deejay Nelson y el grafitero Marko 93.  

Desde que se radicó en Bogotá, Rocca ha ido y venido entre sus tres hogares, cantando con diferentes artistas en cada país. Su último trabajo, llamado Bogotá–Paris, es un recorrido por su carrera, en el que fusiona géneros como el dubstep, el son y el dancehall. “Tengo toda la credibilidad que se debe tener para cantar en francés y tengo toda la credibilidad para cantar cuando toca en español, ¿hay algo que sea más original que eso?”, remata el rapero.

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En la fábrica del rap  

Desde que Rocca era un MC en las calles más pesadas de París, se ha consolidado como una voz de culto: de componer pasó a producir porque le interesa el proceso de la fusión de sonidos, la creación de texturas musicales y de ambientes, aunque no le trasnocha hacer discos como pan caliente. “Yo no cojo un micrófono o mi computadora si no tengo algo que decir. Cuando hablo acá es con paso firme, cuando digo algo es porque lo es”. Ha colaborado con artistas que van desde El Alguacil y The Hall Effect hasta ChocQuibTown o Jay-Z.  

“Yo escucho 10% de rap y 90% música de otros lados, eso es lo que me gusta”. Rocca lleva décadas mezclando sonidos como el jazz, la salsa, el rock, lo autóctono y el reggae porque los ha explorado hasta la raíz. “Tengo criterio para decir qué me gusta y no me gusta del heavy metal porque tengo amigos a los que les apasiona y me he sentado con ellos a buscar cosas interesantes”.  

Cuando Rocca tiene un beat o un verso metido en la cabeza, los anota en su celular y vuelve a ellos para aterrizarlos y materializarlos en un sonido contundente. Prefiere crear la letra antes que la canción porque siente que es más difícil ajustarla a una melodía que viceversa. Al tener las canciones definidas, las graba, las mezcla, las masteriza y luego las analiza una a una.  

La primera persona que escucha sus discos es su esposa; luego, sus amigos, sus productores, su hermano y todo su equipo de trabajo: “así tengo tiempo para que me fusilen algo que esté mal; por eso cuando sale algo, dura y perdura en el tiempo. Las cosas bien hechas no tienen caducidad”, apunta. Solo vuelve a escuchar sus canciones cuando está de gira para aprendérselas pues tiene muchas letras en francés, inglés y español.  

Rocca confiesa que hay canciones que ha dejado de cantar porque, para él, una cosa fue la canción cuando la escribió, otra cuando la grabó y otra, en vivo. El olvido forzado de algunas se debe a que le traen recuerdos de una época dura, amigos que perdió o que lo hirieron: “no las canto porque me llenan demasiado en tarima, no quiero llorar y me ha pasado; eso no quiere decir que no me gusten pero sí son muy fuertes para mí. En cambio la furia, la rabia o la indignación me llevan a hacer cosas chéveres”. Las canciones que le piden en los conciertos varían de lugar: en París, “Les jeunnes…”; en Nueva York, “Falsedades”; en Bogotá, “El original”.  

Los de acá  “Lo que pasa es que el ‘jijó’ o el ‘ra’, como le dicen acá, no prospera. Hay que cogerlo de una manera más criolla, hay que saberlo fusionar. Y para eso se requieren bases musicales. Escuelita es lo que les falta a muchos protagonistas de este género, mucha calle pero poca técnica: ¿pa qué tienes calle si no tienes ingenio?”, opina.  

Para Rocca, el principal problema del rap colombiano es que todos quieren cantar y de los cien que hay, diez son realmente buenos. En La Cliqua, por ejemplo, la pandilla era mucho más que bates de béisbol y micrófonos para defender sus territorios: había guardaespaldas, grafiteros y productores de música, todos trabajando en torno al grupo sin protagonismos. “Aquí hay mucho afán por figurar, pero mientras mejor le vaya al cantante, mejor les irá a todos porque pueden comer de ahí. Es muy tonto pensar que porque este tipo está delante, detrás de él no hay nadie”, dice.  

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Muchas veces, cuando Rocca camina por la calle, lo detienen para saludarlo, tomarse una foto o abrazarlo. En algunas ocasiones, le han agradecido porque su música los salvó en un momento de desesperación. “Yo no creo que les haya cambiado la vida, pero sí creo que una canción les dio fuerza”.  

Siempre tiene billetes de baja denominación –el “menudo”, que llaman–, su celular y un muñeco de la religión yoruba para que lo proteja. Aunque en Colombia no es tan reconocido como en otros sitios, eso no le preocupa: “tarde o temprano algo va a resaltar cuando las cosas están bien hechas y esto de ahora viene natural, no me lo estoy sacando a punta de payola o a golpe de trampa ni rosca; eso es muy valioso a la hora de cantar porque me hace real”.  

Y real sí es. Rocca tiene la sensatez para decir lo que piensa porque sabe de lo que habla y la sencillez de reinventarse cuando él mismo no se siente honesto. Con fama o sin ella –o con lo efímera o difusa que pueda ser su definición–, el rapero seguirá alborotando beats hasta que la vida le saque tarjeta o él se la saque a ella.  

Si quiere ver a este rapero destilar puro sabor y poder, esté pendiente de Radiónica y gánese boletas para su concierto escuchando la emisora.