POR: Mónica Diago FOTOGRAFÍA: Sebastián Jaramillo Jueves, 23 Julio 2015

 

Pone a sus hijos a dirigir en el set, como lo hacía su padre, Fausto Cabrera. Cree en la posibilidad de un mundo donde la riqueza esté repartida de manera más equitativa. Cree en el cine como medio para cambiar la sociedad. Sergio Cabrera está lleno de experiencias que lo han llevado a hacer un cine consecuente con sus ideales.  

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a vida para un director de cine hace cincuenta años debía empezar más temprano que la de cualquier otro profesional. No existía la gran cantidad de incentivos con las que cuentan ahora los cineastas, y eran pocos los que podían formarse en las labores técnicas que exigía el oficio. La tecnología era sencillamente una palabra futurista que aún no estaba al servicio de ningún cineasta, y la profesión “Director de cine”, en Colombia, parecía sacada de un libro de ficción. Quien decidiera dar un paso al frente y convertirse en director debía consagrarse a la lectura de guiones teatrales, a devorar clásicos de la literatura y a buscar proyecciones de películas europeas.

Por fortuna, Sergio Cabrera tenía acceso a mucho más que eso. Su padre, dramaturgo, actor y declamador, fue uno de los precursores de la televisión, y le inculcó el amor al teatro, a la literatura y al arte en general. Su vocación pudo ser rápidamente encauzada y su pasión pasó a convertirse en su profesión.

Dirigió una película memorable en la historia del cine colombiano, La estrategia del caracol (1993). Llegó a rodar su película con todas las enseñanzas que le había dejado su paso por diferentes culturas y eso, indiscutiblemente, marcó su vida y su trabajo. 

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¿Cómo se vive la cotidianidad en una familia de artistas?

Mi papá es actor, director, poeta, declamador y escritor, entonces crecí en un ambiente muy teatral. Desde que tengo memoria todos los sábados y domingos íbamos al teatro a ver los ensayos y después a un restaurante o hacíamos cualquier otro plan. Nací en Medellín pero cuando tenía cinco años mis papás se trasladaron a Bogotá porque había más trabajo en televisión en la capital que en las regiones. Él hacía teleteatro y yo actuaba de vez en cuando. Entonces me parecía lo más normal del mundo que mi futuro fuera en teatro o televisión. 

¿Recuerda alguna imagen de la infancia que le reveló su vocación de cineasta?

Cuando tenía nueve años, una hermana de mi mamá se enfermó de cáncer, y antes de morir repartió sus pertenencias entre sus sobrinos. A mí me tocó una cámara fotográfica. Era una Kodak Brownie Fiesta. Era sencilla pero en esa época los niños no tenían cámaras y mi mamá, por estimularme, se preocupaba por revelar y ampliar las fotos que yo tomaba. Así que organicé un álbum de fotos “artísticas”: le tomaba al perro, a mi hermana, hacía retratos, tenía toda la actitud de fotógrafo, y todo este revoltijo de teatro y fotografía se me reveló en el cine.

Entonces ¿se le dio más bien de manera natural?

Sí. A los 12 años ya sabía que iba a ser director de cine. Así que empecé a estudiar y a leer. Mi padre mantenía obras de teatro, libretos y guiones en casa. Luego mis padres se fueron a vivir a Pekín, en China, un país muy extraño y diferente, y a mi papá lo contrataban para hacer doblajes al español para películas que iban a Cuba, que era el único país que tenía relaciones con China en ese entonces. Un día mi padre tenía que doblar una película infantil y me puso a mí a doblar la voz. Este trabajo se hacía en estudios de cine, así que durante quince días estuve paseándome por ahí, y como era un niño extranjero y me relacionaba bien con la gente, entonces todos me acogían con mucho cariño y ahí definitivamente dije “esto es lo mío”.

¿Qué películas vio en esa época?

Recuerdo varias de las que veía pero en Colombia: El mago de Oz, Los diez mandamientos, Ben Hur. Pero durante mi estadía en China empezó la Revolución Cultural. Cerraron todas las escuelas, los cines, los teatros, prohibieron el cine, la música, la pintura; fue una época terrible, y la única forma de ver cine era en las embajadas y en la Alianza Francesa. Así que empecé a ir cada semana a la Alianza, pero las proyecciones eran muy limitadas. Tenían un paquete de diez cintas que repetían una y otra vez, por eso me marcaron. Una de ellas fue Ascensor para el cadalso, de Louis Malle: la vi por lo menos diez veces.

¿Qué aprendió de los chinos?

Su concentración, la mirada que tienen del tiempo. Son personas que planifican muy bien, se ponen objetivos muy precisos. Siempre tienen metas. Por ejemplo, cuando construyeron la Gran Muralla a nadie le decían “vamos a construir una muralla larguísima”, sino que a cada grupo de obreros le daban un pedazo de 500 metros para que el trabajo tuviera un final y un momento de celebración. Y luego volvían a arrancar otros 500. Ese estilo de hacer las cosas “a lo chino” me quedó, lo tengo muy incorporado a mi vida. Soy bilingüe en el idioma pero también en el comportamiento.

De Pekín pasó a Londres. ¿Por qué dejó Oriente?

Yo ya tenía 22 años y nada que abrían las escuelas de cine en China. Entonces tuve la oportunidad de trabajar como intérprete para un documentalista holandés que había hecho su carrera en Francia. Él me ayudó a conseguir un cupo para estudiar cine en Londres. Después de tres años regresé a Colombia a hacer mis primeros cortos. Fui director de fotografía e hice cámara antes de ser director. Después de diez años pude hacer mi primera película.

¿Y qué le enseñaron los ingleses?

Entre ellos hay un culto por la técnica, la precisión y la excelencia en todo, en sus máquinas y en su gente. Además, todos son actores. Coges a cualquiera y lo puedes convertir en un actor, porque han estudiado teatro en las escuelas. Su comportamiento es muy teatral. En todas las escuelas montan obras de Shakespeare. Es un país muy literario. Lo que aprendí de cine allá fue toda la parte técnica, la científica, pues yo sabía de puesta en escena, de dirección de actores pero poco de cosas técnicas del cine.

Su faceta de revolucionario ¿en qué momento se manifestó con más fuerza?

Tuve una educación 100% comunista porque desde pequeño en los colegios chinos se enfocan en impartir esas enseñanzas. Teníamos clases de política, veíamos los principios del marxismo y del leninismo, por eso me vinculé a un grupo de extrema izquierda.

¿Qué recuerda de su paso por la guerrilla?

Recuerdo la ilusión que tenía, así suene paradójico. Corría el año 68. Al Che Guevara y a Camilo Torres los habían matado hacía poco. Era una época de mucho romanticismo, de verdad pensábamos que podíamos cambiar el mundo, y lo queríamos hacer porque vivíamos en una sociedad muy injusta. Bueno, seguimos viviendo en una sociedad injusta, lo que pasa es que uno ahora entiende que no puede cambiar las cosas a la fuerza y mucho menos de un día para otro. Pero como dijo Bertolucci en una entrevista: “en el 68 me acostaba pensando que iba a despertar en el nuevo mundo en el que ya todo había cambiado”. Y el mundo sí cambió, pero para peor. Yo milité con amor, con un espíritu de sacrificio.

¿Cómo era su día a día ahí?

Cumplí 19 años en la guerrilla, entonces no era ni dirigente ni líder, era militante raso, básicamente obedecía, pero como había estado en China y tenía una formación política marxista muy sofisticada, comparada con el resto de la gente, me daban mucho trabajo de educación a los compañeros y a los campesinos. Era como un jefe de propaganda, de comunicación. También había momentos muy complicados, teníamos que desplazarnos. Esa era una guerrilla pequeñita, más que todo se hacía trabajo de construcción hacia el futuro.

¿Qué queda de ese sentimiento revolucionario que tenía en la juventud?

Mi pensamiento prácticamente no ha cambiado, sigo pensando que el mundo sería mejor si hubiera una repartición más justa de la riqueza. Si hubiera menos explotación. Sigo siendo comunista pero veo que la gente que cree en el comunismo no lo supo aplicar. Los experimentos de hacer realidad lo que a mí me gustaría no han funcionado, ha sido peor el remedio que la enfermedad. Entonces, lo que hago es, por lo menos, tratar de transmitir mis ideas en las películas que hago, aunque un largometraje no puede decir muchas cosas porque dura solo dos horas. Lo único que puede hacer es lanzar un pequeño mensaje, y me gusta que el mío sea el que insiste en poner las bases que permitan un mundo mejor, con más solidaridad, más tolerancia, más generosidad y más justicia.

¿Cómo se retratan estos valores en su última película, Todos se van?

Ahí quise mostrar el problema de la niñez, porque veo que nos estamos olvidando de que dentro de veinte años la sociedad serán estos niños, y que ellos deben aprender a crecer con una capacidad de perdón, con una búsqueda de justicia. Sé que lo que se puede hacer es poco, pero sería peor no hacer nada.

¿Qué tipo de educación les ha dado a sus hijos?

Tengo cuatro hijos, las dos mayores ya son grandes. Lili es directora y Valentina estudió Bellas Artes. Raúl tiene 17 años y se fue a España a terminar el colegio, y la pequeña tiene tres y medio. Con mis hijos siempre he tenido clarísimo que uno debe enseñarles a vivir felices. Les enseño a no hacerle daño a nadie y a hacer las cosas que uno quiere. No es difícil, es sencillo pero hay que enseñarlo. Los que tienen que ser felices son ellos, no uno a través de ellos. Es común que los padres se sientan frustrados porque el hijo no estudia bien o no estudia lo que ellos quieren.

¿Qué hace normalmente con ellos? ¿Van a cine?

Me los he llevado a rodaje desde pequeños, como hizo mi papá conmigo. A Lili y a Raúl los he dejado dirigir. Hablo primero con los actores y luego ellos dan órdenes y los corrigen. Con la pequeña, muy a mi pesar, no he podido ponerla a ver dibujos animados europeos porque a ella le gustan son los de Walt Disney, pero igual me siento a verlos con ella.

¿Cómo hacer cine en Colombia?

Lo principal es tener ideas, porque cualquier manifestación artística consiste en tener una buena idea para contar. Siempre digo en los talleres que doy que Gabriel García Márquez usó las mismas letras y las mismas palabras que usamos nosotros, pero el orden en el que las ponía corresponde a la idea que tenía en su cabeza. El cine es igual: un director es como un pintor, debe tener en la cabeza lo que quiere porque si no le sale un engendro.

¿Y sus ideas de dónde vienen?

De la vida, de las lecturas, de la experiencia. Me entristece ver que la gente joven no lee mucho y va poco al cine. He tenido alumnos a los que les hablo de El padrino y no tienen ni idea qué es. La gente joven cree que el secreto está en saber usar las máquinas o en tener dinero, y no: el secreto está en tener algo que decir, y encontrar una manera poderosa de contarlo.

¿Qué le falta al cine colombiano para convertirse en un referente latinoamericano, y qué tiene de bueno?

El cine nacional goza de una salud muy buena; hay variedad, como debe ser: desde cine de autor hasta cine comercial. A nivel creativo está bien. Admiro lo arriesgados que son la mayoría de los directores que cuentan historias duras a sabiendas de que el público prefiere las comedias o el terror. Saben que si escogen otro tema están hipotecando su película, e igual la hacen. Yo he trabajado en cine comercial, pero a mí no me interesa contar esas historias, me da vergüenza. No quiero que un amigo mío vaya a ver una película del patrón que se enamora de la campesina. El cine colombiano no ha caído en los cantos de sirena de la industria de Hollywood. Y en cuanto a una falencia, creo que necesita que el apoyo del Estado se aplique también al tema de la distribución y del marketing.

¿Qué tipo de cine prefiere?

Me gusta el de autor. Es decir, no me gustan las películas hechas con fórmulas de Hollywood donde se sabe que debe haber una persecución, muertos, amor… ese no me interesa hacerlo ni verlo. En televisión no tengo problema de hacer cualquier cosa, pero el área del cine es sagrada, solo hago lo que considero que es cine y que corresponde a mis pensamientos.

¿Con qué películas se quedaría en el fin del mundo?

El conformista, de Bertolucci, El Padrino, de Francis Ford Coppola, El apartamento, de Billy Wilder, Amarcord, de Federico Fellini y El gatopardo, de Luchino Visconti.

¿Y de las suyas?

La estrategia del caracol porque es el resultado de mi vida. Es un resumen de la vida de varias personas, es la revolución que no pude hacer en la realidad, esa que hacen los inquilinos de la casa.

 

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