POR: Andrea Melo Tobón Viernes, 16 Septiembre 2016

De poeta a periodista, de crítico a artista, él es Juan Calzadilla.

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Juan Calzadilla es artista, periodista, ensayista e internacionalmente es más conocido por su faceta de poeta. Recientemente ganó el premio León de Greiff al Mérito Literario en el marco de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

El venezolano tiene 85 años. Mide poco más de metro sesenta, es menudo y tiene problemas de escucha. Un hilo café sale de su camisa para terminar en un extremo de su oreja derecha, su audífono es lo único que no puede dejar en casa. “Ser sordo es peor que no ver. El sordo está aislado del mundo, de todo, en cambio al ciego todavía le quedan el tacto o el bastón”, dice. Aunque no es experto, entiende algunas palabras en los labios de la gente como blanco, negro, incluso cuando dicen amor, “es una palabra que muchos repiten sin saber qué es”.

¿Practica o practicó algún deporte?

Yo era shortstop –jugador que ocupa la posición entre segunda y tercera base en béisbol– cuando tenía 15 o 16 años y después fui Boy Scout, me gustaba porque todo era siempre a pie, 30 o 40 Km por día.

¿Qué es lo que más le gusta de Venezuela?

Depende del momento o de las circunstancias y del lugar. En este momento recuerdo a Waraira Repano –parque nacional de Caracas­­–, un sitio maravilloso que está rodeado de nubes, una maravilla, es como un valle de nubes.

¿Qué es lo que menos le gusta?

El alcantarillado y el cementerio de los automóviles: no se pueden hacer con ellos obras de arte porque quedan muy mal hechas, queda un amasijo de cosas muy feas.

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Usted inicialmente trabajó como montajista de exposiciones en museos y como escritor de catálogos de obras, ¿cuándo empezó a dibujar?

Yo me ganaba la vida escribiendo notas que luego llevaba al periódico y me las publicaban. Me di cuenta de que fallaba en algo y era la falta de conocimiento del entorno, del contorno de los materiales, de lo que pasa internamente entre el artista y el caballete. Entendí que lo mejor era ponerme a asistir a los talleres de dibujo, que eran los más experimentales, para ver cómo trabajaban y me di cuenta de que cuando yo dibujaba había un rasgo expresivo. Aunque no era muy fiel al modelo, eso me animó mucho a seguir dibujando.

¿Por qué el dibujo?

Porque me di cuenta de que podía hacer algo que no tuviera que ver con los modelos sino con la imaginación.

El dibujo no es como cree la gente, que está dictado por la presencia del modelo. No, el dibujo ya está en la mente de la persona al igual que la forma del objeto. Cuando lo tienes delante, lo que haces es ir al registro que ya tienes en el cerebro y juntarlo con la forma de lo que está al frente. Eso me inspiró para empezar a mandar mis cosas a salones de artistas y me quedé ahí, jugando. Lo que uno más hace es lo que uno más disfruta. Por eso me habitué a dibujar cada cierto tiempo y ya he hecho dos exposiciones.

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¿En qué ha trabajado recientemente?

En retratos con tinta china, sobre todo en formato pequeño, porque permiten crear un universo del personaje, así sea gente de la calle o gente de revista. Esa tinta va bien como experimento para penetrar en la psicología del personaje de manera automática porque es muy rápida y no implica estar pensando ni nada.

¿Qué materiales le encantan?

Lo que siempre me ha gustado es el papel artesanal, es lo que más me gusta. Luego el papel kraft, que también se presta para hacer cosas interesantes porque tiene mucha permanencia y permite que lo se haga sea muy durable y además que presente una textura rugosa que ya en sí es una expresión, es algo plástico.

¿Y no extraña montar las exposiciones o restaurar obras?

Yo sé mucho de museografía porque ese fue mi trabajo durante diez años, de eso comía. Entonces logré una experiencia que a la larga me pareció muy favorable desde el punto de vista salarial, pero no es que me guste mucho. Lo que me gusta es escribir, pintar y ahora enseñar.

Placer culposo musical…

Lo que pasa es que yo fui melómano cuanto estaba muchacho. Pero era música académica, escuchaba a los italianos, el barroco, Vivaldi, Mahler, Stravinsky y ahí me quedé.

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¿Recuerda su primer poema?

Más que todo eran sonetos y recuerdo uno de los primeros versos: era muy cursi, y me dio pena.

Eso fue una cosa cursi, cursi. Pero bueno, empecé con algo.

Un poema suyo que no le guste…

No me gusta porque es muy grosero.

Poema que le gusta mucho…

¿Qué es lo que menos le gusta de la poesía?

La petulancia de la gente que se cree gran poeta. Solo son grandes vanidosos.

Juan Calzadilla se asoma al balcón de su habitación para las fotos que le estoy tomando. A pesar de que le digo varias veces que levante la mirada, él sigue con la barbilla pegada a la garganta. Le pregunto cuál es su gran amor en este momento. Sin levantar su cabeza, responde:

Estoy atravesando un momento completamente inesperado, desconcertante para mí porque yo nunca había ganado un premio como el que me dieron ahora. Tampoco tenía tanta receptividad de las cosas que había hecho y todo eso viene a presentarse ahora inesperadamente. Y me pregunto por qué pasa eso si yo no lo busqué, ni lo soñaba. Un regalo de los dioses, ¿verdad? Yo antes era maravilloso, ahora no.

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