POR: Salomé Cohen Monroy ILUSTRACIÓN: Gustavo Ortega Viernes, 22 Mayo 2015


Acostumbran a decirnos que Dios es amor. Y el amor suele desembocar en sexo.
El siguiente es un análisis de uno de los poemas de amor más antiguos.

cantar cantares

U

na chica se revuelca con su chico en praderas de lugares paradisiacos y no, no se trata de Woodstock. Ella toma la iniciativa, lo busca por las calles oscuras de su ciudad sin disimular –y tampoco se trata de los sesentas con sus movimientos de liberación femenina–. Es, en realidad, un poema que usted podrá encontrar en la Biblia de la casa de su abuela. Se llama “El cantar de los cantares” y es el poema de amor más hermoso que he leído. 

“¡Béseme con besos de su boca!”, es la orden de la Sulamita –la chica– con la que se abre el poema y se marca el ánimo del canto. Ella lo busca y él responde, unos coros los animan y son testigos de cuánto ella lo desea. Los dos son muy jóvenes, pues sus hermanos la ven como a una niña, y el hecho de que se escapen en las noches hace muy sospechoso que la versión actual de la Biblia se refiera a ellos como “esposo” y “esposa”. Y es que resulta muy complejo aquello de las versiones de la Biblia pues, además de haber sido en principio un relato oral, sus traducciones han sido terreno fértil para las lecturas convenientes de la religión. Ariel y Chana Bloch, estudiosas del carácter literario de la Biblia, observan que la presencia vivaz de la Sulamita ha sido opacada en el canto por dos milenios de interpretaciones y traducciones, que por el bien del decoro la han presentado como un ser casto y dulce.

Aún así, es un misterio que un canto tan subido de tono esté en el libro sagrado de ciertas religiones puritanas. Una posible razón es que, dado lo bello y antiguo, se haya infiltrado en el canon de la Biblia para ser conservado. Otra explicación tiene que ver con la autoridad que le confiere estar atribuido a Salomón y que, incluso, se sospeche que la Sulamita haya sido una de sus concubinas. También parece ser que se trata de una de las canciones que los judíos cantaban en sus bodas y que, como muchas otras, incitaban a los nuevos novios. En todo caso, las alusiones al sexo están en un plano figurativo y metafórico porque las palabras no son suficientes para dar cuenta de lo sublime del amor, aunque unas pueden llegar a ser muy explícitas:

“Mi amado mete la mano por el agujero de la llave.

Mis entrañas se estremecen todas.

Mi alma desfalleció al oírle”.

Cada vez que uno de los amados elogia el cuerpo del otro, cuerpo que ya conoce desnudo, recurre a frutos exóticos, los mismos que tradicionalmente han sido asociados al erotismo en la literatura. Las granadas, los albaricoques, la canela y las especias le dan un ambiente de sensualidad al canto. Sobre todo el vino, catalizador de los ritos dionisiacos, es una alusión al sexo y aparece con frecuencia en el poema. Los lugares en los que se encuentran los protagonistas son un Edén de los amores libres; no solo por lo paradisiaco sino porque es el único momento de la Biblia en el que no se condena el sexo por fuera del matrimonio. Aquí, la mujer tiene una voz firme y un poder de decisión ausente en los demás libros bíblicos, en los que ella solo está para complacer al hombre. La Sulamita busca a su amado, lo provoca y hasta se atribuye haberlo iniciado a él:

“Ven, amado mío, vámonos al campo;

haremos noche en las aldeas.

Madrugaremos para ir a las viñas,

veremos si brota la vid, 

si se abren las flores,

si florecen los granados,

y allí te daré mis amores”.

O

“Yo te llamaría, y te entraría en la casa de mi madre, 

en la alcoba en la que me engendró

y te daría a beber vino adobado y mosto de granados”.

La postura de la Iglesia es hasta comprensible: ¿qué más podía hacer con un poema en medio del libro que rige sus valores pero que los subvierte? Comentarlo, interpretarlo, guiar la lectura de sus adeptos, quienes hasta cierta época del judaísmo solo podían leerlo a partir de los treinta años. Y es que no es un secreto que las religiones judeocristianas han sido especialmente restrictivas con el sexo. No solo lo limitan a la monogamia y al matrimonio, sino que las listas en las que el hecho de acostarse con alguien se vuelve pecaminoso son larguísimas: si es extramarital, si no es en misionero, si hay sexo oral, si no es para procrear y, ni hablar, si es homosexual…

El padre Claudio Peña, de la parroquia Espíritu Santo en Teusaquillo, me dijo que el eros por el eros llevaba a la pornografía y a tanto mal que aqueja a la humanidad. Por esa razón, me explicó, el “Cantar de los cantares” es un poema que hay que leer más allá del amor erótico entre esta pareja –según él, conformada por unos castos esposos– y entenderlo como el amor entre Jesús y sus seguidores. Solo que para esta perspectiva era necesario dejar de lado el amor eros y, según yo, el verdadero mensaje del poema. Exactamente lo mismo dicen las exégesis –las notas al pie que “explican” la Biblia: que el “Cantar” habla de la relación de Dios, el esposo, y de Israel, la esposa, pero cuando estaba pura de pecados. Hilan muy fino, pienso yo, cuando en mi Biblia –la que estaba en la casa de mi abuela– dicen: “tal es el tema del Cántico: los amores de Yahvé y de su pueblo. A esta sentencia fundamental nos debemos atener”.

Christopher Hitchens, ateo obstinado y autor del libro Dios no es bueno, encuentra una relación estrecha entre la sexualidad y la represión extrema al interior de las instituciones religiosas. Según él, el control del cuerpo asegura obediencia. Y más aún, dice Hitchens, cuando la religión es un producto del hombre –en todo el sentido masculino de la palabra– y ha sido el medio y la razón de la opresión de las mujeres. Por otro lado, Foucault, en su Historia de la sexualidad, contradice la idea de que hayamos sido reprimidos. Dice que, más bien, lo que ha habido es un aumento de los discursos alrededor del sexo con el fin de regularlo y de crear cierto tipo de personas.

Y en la Iglesia no hay una excepción. José Antonio Osorio Lizarazo, escritor colombiano del siglo XX, escribía en su novela Garabato cómo su infancia en el Colegio de San Bartolomé estuvo marcada por la insistencia de los curas, tan reiterativa que a mi parecer era algo pervertida, en la castidad. No son velos sobre el sexo sino una religión que, metida entre las sábanas de sus fieles, promueve rigidez y olvido del disfrute del cuerpo, convertido en una máquina de bebés. Pero ese, definitivamente, no es el mensaje del “Cantar de los cantares”. De hecho, exalta el erotismo y borra las fronteras entre lo físico y lo emocional “porque fuerte es como la muerte el amor”. Y lo que más me gusta: nos dice que desear es muy noble…

“¡Qué hermosa eres, qué hechicera, qué deliciosa, amada mía!

Esbelto es tu talle como la palmera

y son tus senos sus racimos

Yo me dije: Voy a subir a la palmera

a coger sus racimos

Sí, sean tus pechos racimos para mí”.

 

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